RODOLFO ORTEGA PEÑA. A 42 años de su asesinato, lo recuerda Eduardo Luis Duhalde desde un libro inédito.

El 31 de julio de 1974 era asesinado por la banda parapolicial AAA, conducida entre las sombras por el ministro José López Rega, Rodolfo Ortega Peña, militante peronista, historiador, abogado de presos políticos, prolífico escritor y, por último, diputado Nacional. Se cumplen 42 años de un crimen que ha permanecido impune. Al cumplirse 25 años del homicidio escribía Eduardo Luis Duhalde, socio y amigo de Rodolfo Ortega Peña, lo recordaba así.

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Este es un conjunto de apuntes para la biografía de Rodolfo Ortega Peña. Mi condición de partícipe privilegiado en casi quince años de su vida me hizo depositario de un conocimiento que me siento obligado a volcar para evitar que sea sepultado por el paso del tiempo y quede irremisiblemente perdido por la oclusión de la memoria.

Rodolfo es uno de los grandes silenciados de nuestra historia reciente. Ninguna relación guarda este silencio con el protagonismo que le cupo en las décadas de los 60 y 70, y con el impacto causado por su asesinato. La razón tal vez hay que buscarla en que careció, a diferencia de otras víctimas del terrorismo de Estado, de un círculo orgánico de pertenencia política, que tras su muerte, hiciera del culto de su memoria una práctica constante. Ni siquiera tuvo una madre que levantara su nombre, luego, en las rondas de la Plaza de Mayo. Pero también tiene que ver con esa  heterodoxia de Ortega Peña, con la singularidad creativa de su pensamiento y de su actividad, tan difíciles de encasillar en los modelos al uso de los que suelen abordar hoy la caracterización de  aquellos años, y sin embargo, tan ligada a esa vasta franja político-cultural que buscaba su instancia de consagración en la imposición de una legitimidad alternativa.

Tan sólo era un Tribuno de la Plebe, apreciado por millares de personas que lloraron su muerte como la de un familiar -como se vio en su velatorio y entierro-  las más de ellas, anónimas y carentes de los medios propios para su reivindicación.

A pesar de lo expuesto, a veinte años de su asesinato, bastó que un puñado de amigos, propusiéramos la imposición de su nombre a la plazoleta existente en el lugar donde fue asesinado, en Arenales y Carlos Pellegrini de la Ciudad de Buenos Aires, para que el propio peso de su historia personal llevara a que el Consejo Deliberante denominara así a la manzana de la Avenida 9 de Julio comprensiva del teatro del asesinato.

También reflexionaba Eduardo Luis Duhalde respecto de las causas que llevaron al asesinato de Ortega Peña:

…no fue sólo el gran fiscal de la dictadura lanussista y de la “Argentina Potencia” del peronismo degradado, ni tampoco el simple vocero de los intereses sociales postergados, que ejerció en una suerte de representación colectiva ficta como corresponde a un Tribuno de la Plebe. En el campo de la militancia su inteligencia provocativa, la originalidad de sus posiciones, su carácter de polemista obsesivo, y su irreverencia antes las estructuras, lo convirtieron en un revulsivo incómodo y permanente del pensamiento adocenado, superficial y erróneo, obligando al constante debate y  discusión, reclamando la rectificación de los rumbos.

Al cumplirse 30 años del crimen, escribió Duhalde que Ortega Peña era

… el diputado nacional “que cuestionaba su momento histórico y a sus dirigentes principales”. Es en este convencimiento, que encuentra sentido escribir sobre Ortega Peña, como sobre otros protagonistas de su tiempo. Decía Walter Benjamin que articular históricamente el pasado no significa conocerlo “como verdaderamente ha sido”. Significa adueñarse de un recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro”. El peligro mayor del presente, es la simple aceptación del estado del mundo, como un concreto inmodificable. Las estrellas fugaces y los meteoros nos recuerdan el carácter mutable del firmamento. Ortega Peña fue de aquellos fenómenos. En este entender, ha escrito Horacio González que fue una figura  “que pasó como un estremecimiento nocturno, como un parpadeo trágico, por la Argentina de las décadas de los sesenta y setenta”. Adueñarse del relampagueo de su historia como propuesta, no es más que recuperar la misión del intelectual tal como la entendió Rodolfo al poner todo de sí para transformar una sociedad cuyas desigualdades, injusticias y negación de la condición humana, le irritaban y ofendían su espíritu.”

Y sobre aquel aciago 31 de julio de 1974:

Al llegar ya estaban algunos amigos: mis hermanos, Diego Muniz Barreto, Vicente Zito Lema y algunos más. Poco después llegó Hipólito Solari Yrigoyen. El cuerpo de Rodolfo lo habían trasladado a la Comisaría 15º, a cien metros del lugar donde lo mataron. Entramos Diego, Vicente y yo. Pasé al escritorio donde habían colocado el cuerpo desnudo de Rodolfo en el piso. Estaba acribillado y su imagen era impresionante. Eran numerosos, incontables, los balazos en la cabeza, en el tórax y en una mano.  Volvimos al patio policial en momentos en que llegaba el jefe de Policía, (Alberto) Villar (jefe operativo de un ala  completa de la Triple A. N. del E.) , y se abrazaba, festejaba y reía ostentosamente, con los oficiales que estaban a cargo del procedimiento. Diego Muniz Barreto, no soportó tanta provocación. Se acercó a Villar y a gritos le dijo: “ !De que te reís hijo de puta, si la próxima boleta puede ser la tuya!”. Hubo amagos de abalanzarse sobre nosotros, cuando en ese instante llegaron Lastiri y Pedrini y pusieron calma.

A la misma hora, a muy pocas cuadras, en el bar “05” en Paraná y Arenales, Jorge Conti -secretario de López Rega- destapaba botellas de champagne, para festejar con un grupo de Los asesinos, en su mayoría, policías federales en actividad.

La Tres A fue algo más que una organización: fue una política instrumentada desde el poder del Estado. Su centro de imputación público fue José López Rega, con su banda mafiosa y su control sobre los estamentos superiores de la Policía Federal. Hay nombres que prueban fehacientemente la existencia de tal estructura y López Rega murió en la cárcel procesado por estos crímenes, luego de ser extraditado de EE.UU., tras el restablecimiento de las instituciones de la República, acabada la dictadura militar. Pero poco más se sabe. No ha existido una profunda investigación judicial pese a las toneladas de papel acumuladas en los expedientes sustanciados en torno a cada una de las víctimas. Más sería ingenuo pensar que este psicópata sólo, desde un ministerio, fue capaz de asolar con centenares de muertes la geografía de la Argentina. De ser simplemente esto ¿porqué la inoperancia y el silencio cómplice de buena parte de la sociedad política y civil? ¿por qué continuaron los asesinatos aleves, tras el desplazamiento de López Rega del cargo y de su salida del país, acompañado por sus hombres más involucrados? ¿Que relación hay entre la política de las Tres A y el aseguramiento del primer plan económico de reconversión y ajuste salvaje del capitalismo argentino en la década del 70 intentado por el ministro Celestino Rodrigo?. Es posible afirmar sin riesgo de equivocación que las Tres A, fueron al Estado terrorista del ’76, lo que el plan Rodrigo al Plan Martínez de Hoz: sus primeras manifestaciones. Y detrás, los mismos intereses: desde la P-2 hasta Roberto Alemann, ex-ministro de Economía de Frondizi y ex-embajador en los EE.UU y representante de la banca suiza, quien poco tiempo antes del asesinato de Ortega Peña publicó un editorial en el diario de su dirección, el ArgentinischesTageblat -editado en Buenos Aires en lengua alemana- en el que se planteaba como hipótesis: “se llega a la conclusión de que el Gobierno podría acelerar y facilitar ampliamente su victoria actuando contra la cumbre (subversiva)  visible, de ser posible al amparo de la noche y la niebla y calladamente, sin echar las campanas al vuelo. Si Firmenich, Quieto, Ortega Peña entre otros, desaparecieran de la superficie de la tierra, ello sería un golpe fortísimo para los terroristas”.

En total, los crímenes producidos por la derecha paraestatal entre 1974 y marzo de 1976, superaron las 2000.

(Fragmento del  Prologo del libro inédito de Eduardo Luis Duhalde, Trazos sobre la vida y muerte de Rodolfo Ortega Peña, Tribuno de la plebe. Se lo agradecemos a su hijo, Mariano Duhalde)

 

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