FUSILAMIENTOS DEL ’56 – LOS HECHOS. Qué, exactamente, conmemoramos ayer

La orden fue fusilar

 

POR ERNESTO SALAS

Parte del libro: El Atlas de peronismo, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2019

El general Juan José Valle caminó los últimos metros que lo separaban del Ministerio de Marina para arreglar la rendición de los sublevados. En el aire percibía el olor de la guerra y, a su alrededor, el mundo que había estallado, la destrucción y la muerte, que jamás lo abandonarían. Tres meses más tarde, Juan Perón fue derrocado y su carrera sería marcada por esa lealtad al gobierno ahora destituido. Se lo privó del mando, fue dado de baja y detenido en el buque Washington. Allí, con el general Raúl Tanco y otros oficiales comenzó a planificar la sublevación.
Los leales al gobierno atribuían el golpe a una casualidad histórica y creían que la relación de fuerzas en el Ejército les era favorable. En enero le dieron la posibilidad de un confinamiento y Valle optó por la quinta de su suegra, en general Rodríguez. Dos meses después se fugó y pasó a la clandestinidad. En los meses siguientes juntó adhesiones entre algunos oficiales, pero sobre todo entre muchos suboficiales indignados. También se conectó con varios grupos de comandos clandestinos peronistas del conurbano bonaerense que estaban resistiendo a la dictadura desde el primer día.

Montoneros conmemora los fusilamientos en la Plaza Las Heras, donde estaba la Penitenciaria Nacional, donde fueron fusilados Valle y varios de sus compañeros.

Para abril de 1956 estaba conformado el núcleo promotor del Movimiento de Recuperación Nacional con los siguientes hombres además de Valle y Tanco: el coronel Fernando González, el teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno, el capitán de navío Ricardo Anzorena; el teniente coronel Valentín Yrigoyen; el mayor Pablo Vicente y los capitanes Jorge Miguel Costales y Álvaro Leguizamón.
No hubo sublevación más anunciada, y hasta los conspiradores sabían que la dictadura esperaba un posible estallido. Aun así, siguieron adelante y luego de algunas postergaciones la fecha se fijó para el sábado 9 de junio a las 23 horas. Valle se encontraba oculto en Avellaneda, a la espera de poder trasladarse a la Escuela Industrial de la localidad, donde un grupo habría instalado una antena de comunicaciones para conectarla con una radio tomada previamente, para leer la proclama revolucionaria del movimiento.
Un resumen de la insurrección de esa noche incluye los siguientes hechos. En Avellaneda, un grupo descarga un equipo transmisor en la Escuela Industrial y comienza a instalarlo. En las cercanías, grupos civiles y militares esperan armas para tomar el Comando de la II Región Militar.


En La Plata, el teniente coronel Oscar Cogorno al mando de cien hombres ocupa el cuartel del Regimiento 7, mientras otros grupos toman centrales telefónicas y el edificio de LR11 radio Provincia. Desde el cuartel sublevado sale una compañía a tomar la Jefatura de Policía, pero los reciben con un fuerte tiroteo que provoca varios muertos entre los atacantes. En el transcurso de la noche parten a reprimirlos tropas de infantería de marina desde Río Santiago y la aviación, por la mañana, ametralla el cuartel.
En Campo de Mayo, con la colaboración de suboficiales de la unidad, dos grupos de hombres al mando de los coroneles Ricardo Ibazeta y Alcibíades Cortines, entran a los cuarteles y se apoderan de vehículos de combate controlando un par de edificios. Un tercer contingente, al ver reducido el número de adherentes convocados, decide dar por fracasado el intento. Los asaltantes quedan aislados y, rodeados por una inmensa concentración de tropas, deciden rendirse.
En la ciudad de Santa Rosa, al mando del capitán Adolfo Philippeaux, grupos de civiles y militares toman la jefatura de policía y las comisarías. Cuando tienen el control de la ciudad emiten la proclama revolucionaria por Radio Nacional. Pero el triunfo es efímero. A la mañana del día siguiente se apresta a reprimirlos el Regimiento 13, distante unos 15 kilómetros de la ciudad. Un rato más tarde, cuando ya han sido derrotados, un mensaje del interventor federal de la provincia los acusa “de haber propalado por radio las mismas mentiras de la justicia social, la libertad y la soberanía con que engañaron al pueblo durante 12 años”. Philippeaux logra huir, aunque el día siguiente es detenido en San Luis.

En la esquina de Garay y Pichincha un grupo de civiles y suboficiales retirados penetran en la Escuela de Mecánica del Ejército, pero no logran el control del edificio. Rodeados por fuerzas superiores del regimiento motorizado, contiguo a la Escuela, se rinden después de un breve tiroteo que no cobra víctimas. Ante el fracaso del ataque, decenas de civiles, que esperaban en la zona las armas que se obtendrían del Arsenal Esteban de Luca, se dispersan.
Un grupo de militares y civiles intenta infructuosamente acercarse al estratégico Regimiento de Infantería 1 de Palermo. Pero la conspiración ha sido descubierta y la unidad se encuentra en estado de alerta. Son detenidas veinte personas, la mayoría suboficiales.
En la localidad de Florida, antes de la medianoche, una fuerza policial irrumpe en un departamento donde se encuentran reunidos un grupo de hombres a la espera de noticias de la sublevación y son todos detenidos. Los llevan a la Unidad Regional San Martín de la policía bonaerense. A las 0.30 del 10 de junio, cuando los sucesos insurreccionales se están desarrollando, la dictadura decreta la Ley Marcial. Un par de horas después, en la comisaría de San Martín reciben la orden del jefe de policía de la provincia de Buenos, Aires, teniente coronel Desiderio Fernández Suárez: “Fusilen a los detenidos”.
La misma noche de la insurrección, el gobierno militar ordena el asesinato de los sublevados apresados, sin importar que haya habido mínimos enfrentamientos, ni que casi haya habido víctimas. Los detenidos en Florida son llevados a un basural en José León Suarez, bajados de los vehículos y ametrallados por policías mientras huyen. Son cinco las víctimas. Al que se mueve, lo rematan. En Lanús, a los seis detenidos en la Escuela Industrial, les hacen un simulacro de juicio y los van asesinando en el patio de la unidad. Los cuatro suboficiales de la Escuela de Mecánica son fusilados en el propio establecimiento el día 11 a la madrugada. Lo mismo sucede en Campo de Mayo con los coroneles Cortines, Ibazeta y cuatro oficiales más, pese a que se han rendido sin disparar. El teniente coronel Cogorno y el subteniente Alberto Abadié, herido de bala, son capturados en su huida, trasladados a La Plata y ultimados contra un muro del cuartel que habían ocupado. También el lunes 11 son fusilados tres suboficiales en la Penitenciaría Nacional. El general Raúl Tanco y varios de los sublevados encuentran refugio en la embajada de Haití, pero tropas del Ejército al mando del jefe de la SIDE, el general Domingo Quaranta, los arrancan de la sede diplomática para asesinarlos en la calle. Solo la intervención del embajador Jean Brierre y su esposa logran salvarles la vida.
Juan José Valle, el hombre más buscado del país, se entrega el 12 de junio para detener los asesinatos. Pese a la promesa del cese de las ejecuciones, esa misma noche el dictador Juan Carlos Aramburu ordena que sea fusilado contra los paredones de la Penitenciaría Nacional. Son veintisiete los fusilados, cuatro más han muerto en la intentona.
El domingo 10, cuando ya hay once asesinados, miles de hombres y mujeres concurren a la Plaza de Mayo para pedir mano dura contra los peronistas. Nadie parece contradecirlos. Un solo incidente se produce, como una postal de la Argentina de entonces. Desde un departamento en la Avenida de Mayo tres empleadas domésticas, Rosa Bassi, Mireya Robledo y Juana Santillán, arremeten a gritos contra el gobierno y arrojan, indignadas, objetos a los manifestantes.

Si querés un relato de estos hechos por parte de Gonzalo Chávez, un gran militante peronista cuyo padre y hermano mayor participaron de estos hechos, cliquea aquí. Y si querés recrear estos hechos en una magnífica historieta, cliquea aquí.

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