Mosqueteros

Por Juan Salinas / Télam

Es curioso. Gentes que hasta hace una semana no podían mal pronunciar su apellido sin torcer la boca, se han entregado en masa al deporte de pronunciar con edulcorada voz meliflua un «Néstor» seguido de zalamerías, y un cineasta paquete que ayer nomás tachaba al ex presidente nada menos que de traidor a la patria, terminó por encontrarle, una vez difunto, cualidades de estadista.

Ahora que él no está, constituyen legión sus empeñosos, acérrimos detractores que descubren consternados que su partida dejó un vacio imposible de llenar. Más allá del pánfilo citadino que bromeó con sus allegados acerca de que había perdido a su «jefe de campaña» (en vano esfuerzo por minimizar el hecho de que, privado de descargar sobre el occiso las culpas por su manifiesta incapacidad, no tiene nada que decir) la mayoría de quienes salpican con sus lágrimas de yacaré como diáconos con agua bendita, utilizan sus loas a él para desmerecer a su viuda.

Se trata de limar, esmerilar, desgastar la investidura presidencial, deporte al que los corifeos del establishment se han dedicado desde el preciso momento en que se dieron cuenta de que él estaba decidido a utilizar todas las atribuciones que la Constitución le confiere a quienes han sido elegidos para presidir el país, a fin de restaurar el Estado nacional y la sociedad argentina, incluyendo a los marginados y reparando paulatinamente las enormes heridas infligidas por el vendaval neoliberal.

Y, por cierto, la Constitución otorga poderes de reyes (aunque constitucional, es decir, esclavo de las leyes, pero de nada ni nadie más)  a los presidentes, bien que por un espacio de tiempo acotado. El gran escándalo que supuso la carambolesca llegada de él a la Presidencia fue su absoluta decisión de no resignar ese poder en beneficio de las corporaciones. Las mismas que doblegaron a Raúl Alfonsín, que tuvieron un socio en Carlos Menem, y que fueron objeto de la obsecuencia de Fernando De la Rúa, que la primera ley que envió al Parlamento para su aprobación fue, a modo de guiño, netamente antiobrera. Una ley que jamás hubiera podido aprobarse si no se hubieran sobornado legisladores. Una ley inicua que, por cierto, durante la pasada legislatura el Congreso derogó.

Hay quienes, como el ministro más reputado de la Corte Suprema, Raúl Eugenio Zaffaroni, proponen reformar la Constitución para reemplazar el régimen presidencialista por otro, parlamentario, que a su juicio podría atemperar las crisis políticas a través de un primer ministro que -al depender su continuidad del apoyo del Congreso- serviría como fusible, preservando la figura de un presidente-jefe de Estado con atribuciones meramente formales, tal como sucede en muchos países europeos. Sin embargo, dentro del llamado «campo nacional y popular» parece haber consenso, o al menos un neto predominio de la opinión de que es imprescindible preservar la concentración de poderes que la Constitución otorga al Presidente por ser esa concentración la única posibilidad de que el Poder Ejecutivo pueda equilibrar el enorme poder acumulado por las corporaciones durante la larga década neoliberal.

José de San Martín y Manuel Belgrano se iniciaron en la política bajo el influjo de las ideas republicanas que alumbró la Revolución Francesa, pero a mediados de 1816, en víspera de la declaración de independencia de las Provincias Unidas coincidían en postular la instauración de un Inca como monarca constitucional para así avanzar hacia una unidad suramericana, epopeya que recién se ha retomado ahora, casi dos siglos después. Ellos no veían contradicción en ser liberales y republicanos en Europa, y monárquicos en América, siempre que la existencia de un rey sirviese a la unidad continental, a la que subordinaban regímenes y formas de gobierno.


Tampoco veo hoy obstáculo en ser en Europa partidarios de la desconcentración del poder acumulado por estados centralistas durante más de cinco siglos (como es el caso de España) y aquí, en la joven Argentina, de preservar contra viento y marea la autoridad y potestades presidenciales, que durante los últimos siete años han servido para salir del infierno de la disolución nacional y avanzar a grandes zancadas por el camino de la reconstrucción nacional y la emancipación suramericana.


Desde que en marzo de 2008 estalló el conflicto con “el campo”, ante el riesgo cierto de terminar a los golpes con algunos pocos amigos de origen nac & pop que insólitamente se sumaron a las protestas destituyentes o morir del ofuscamiento, participo todos los jueves por la noche de unas «cenas antisoja». El único requisito para asistir a ellas fue, en un comienzo, estar a favor del Estado y contra los alzados «campestres». Y con el correr del tiempo a favor de la Ley de Medios Audiovisuales y contra La Apropiadora, sus trompetas y clarines.


Dichas comidas, que se materializan en un discreto restorán gallego de San Telmo, son convocadas por una proteica “Cofradía de Mosqueteros de la Reina”. Es, claro, una humorada, pues no hemos dejado de ser republicanos y a dichos ágapes asisten también féminas. Pero todos sabemos a qué se refiere.


Ella es corajuda y decidida y los cófrades nos hemos conjurado para estar a la altura de las circunstancias. Él ya no está, y ella nos necesita para profundizar los cambios. Uno para todos y todos para una, todos unidos triunfaremos.

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