|

OPINIÓN. La demonización del kirchnerismo es parte de una campaña continental

Un breve texto de Osvaldo Jauretche que nos deja con ganas de más. Por ejemplo, de establecer comparaciones, diferencias y semejanzas con lo que está ocurriendo en Brasil: ese golpe de nuevo cuño, extendido en el tiempo y en pleno desarrollo. Si en Argentina la guerra entre el gobierno de CFK y el multimedios Clarín y sus aliados fue más verbal que efectiva (no sólo por permitir la fusión Multicanal-Cablevisión, ni porque el gobierno nunca instrumentó en produndidad la Ley de Medios, sino porque careció de decisión en las varias oportunidades que tuvo de zanjar el pleito a su favor) en Brasil la situación es aun peor porque el gobierno de Dilma ni siquiera sometió a crítica constante y sostenida a esa auténtica máquina de mentir que es la red O Globo… para no hablar de otras cadenas en manos de las poderosas iglesias evangelistas, que casi siempre ofician de infantería de marina del imperio.

Osvaldo nos recuerda como se manipuló a la opinión pública de los Estados Unidos hace un siglo para que aceptara la entrada del país a la Gran Guerra Europea, llamada luego «Primera Guerra Mundial» . Sucedió algo muy parecido en la Segunda Guerra (esta vez sí, casi planetaria), cuando F.D. Roosevelt llegó a la presidencia prometiendo que mantendría al país fuera de la conflagración y luego aceptó las presiones del Pentágono a fin de presionar a su vez a Japón, estrangulando sus necesidades de combustible, para obligarlo a atacar Pearl Harbour… tal como había sido minuciosamente planeado (el ataque fue filmado desde todos los ángulos y en apenas una semana exhibido en todos los cines del país) como demostraría, entre otros, el escritor Gore Vidal. Y algo muy parecido volvió a suceder el 11 de septiembre de 2001… a fin de justificar las invasiones a Afganistán, Irak y Libia, países que absolutamente nada tenían que ver con el ataque a las Torres Gemelas de NY…  que, como ya sospechan,  incluso un alto número de diputados estadounideneses, fue un asunto interno de los servicios secretos yanquis y saudíes, probablemente también con la colaboración de los israelíes,  que en cualquier caso sabían del ataque y lo utilizaron para sus fines. JS

OsvaldoJauretche-2-320-MaxPOR OSVALDO JAURETCHE / NAC&POP

La campaña de demonización del kirchnerismo no es para tapar el ajuste. Esconder las consecuencias del ajuste salvaje de la reacción antipopular es sólo un objetivo secundario. Aunque en declaraciones políticas –en primer lugar de Cristina, y su lamentable elección como vocero y secretario, Parrilli– y opiniones de muchos compañeros se adjudique esa intención como obvia,  a juzgar por lo desembozado de sus acciones y manifestaciones públicas al macrismo eso no parece importarle demasiado,

El objetivo principal es continental. Se trata de demonizar todo intento de políticas populares que le metan la mano en el bolsillo a los poderes reales, esos que se afanan todo.

Las multinacionales, hoy más homogéneas que nunca en la historia moderna, han armado un aparato gigantesco y multimillonario para moldear la «opinión pública» a su conveniencia, en lo que bien ha sido caracterizado como el «El Plan Cóndor mediático Latinoamericano». Ya la «solución militar» es obsoleta y desacreditada, y la perversa inteligencia al servicio del peor capitalismo ha desarrollado formas mucho más subliminales y efectivas: la «manufactura del consenso», como definieran certeramente Noam Chomsky y Edward S. Herman en su libro de ese título.

Esa «manufactura del consenso», cuenta Chomsky, fue aplicada exitosamente ya en tiempos de la primera guerra mundial, cuando la opinión pública estadounidense estaba sólidamente opuesta a entrar en ese conflicto. El entonces presidente de los EE.UU., Woodrow Wilson, había ganado las elecciones con el slogan «Él es quien nos mantuvo fuera de la guerra», y un discurso famoso suyo se basó en el lema «Paz sin victoria».

Pero Inglaterra necesitaba acuciosamente sumar a los EE.UU. a su esfuerzo de guerra. La inteligencia inglesa, ante esa necesidad, inspiró -siempre según Chomsky- la creación de un aparato de propaganda -palabra que no había caído en desgracia todavía- para cambiar las cosas.

No parecía fácil la empresa. Se creó entonces para ello la «Comisión Creel», cuyas planes priorizaban el meloneo a los intelectuales estadounidenses, ya que, según la ironía jauretcheana de Chomsky, «razonablemente veían que eran los más volubles». Estos desencadenaron una campaña que en sólo seis meses cambiaron la opinión pública del pacifismo al odio contra esos «monstruos» alemanes.

Funcionó tan bien que fue la base sobre la que se llevaron adelante otras campañas. Cito al propio Chomsky: «Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos».

Recordemos que por aquellos tiempos se imponían las ideas del «gurú» de lo que sería la gran industria de las relaciones públicas, Edward Bernays (Publicista, periodista e inventor de la teoría de la propaganda y las relaciones públicas según Wikipedia).

Recién hoy comienza a resquebrajarse ese aparato de discurso único en los EE.UU., según se ha verificado en la campaña electoral de Bernie Sanders.

Al sur del Río Grande esto se aplicó históricamente, como en los casos del aprismo en Perú, el peronismo en Argentina, el varguismo en Brasil o el cardenismo en México. Pero no había alcanzado las dimensiones que hoy tiene a manos de los emporios mediáticos del continente. Estos son los socios necesarios de las multinacionales -multinacionales ellos mismos- para cambiar la percepción pública de las políticas emancipadoras de los gobiernos nacionales y populares. Desde el uso peyorativo del término «populismo» por lenguaraces de derecha a izquierda, hasta la ofensiva de la «asociación ilícita» de gobierno, medios de comunicación y partido judicial, el objetivo excluyente es destruir la credibilidad de quienes intentan, no ya digamos la revolución, sino al menos una mejor participación del pueblo en el reparto de la torta: «Son todos chorros».

Publicaciones Similares

4 comentarios

  1. Bastante tirado de los pelos el paralelismo que se intenta trazar entre confabulaciones de pricncipio de siglo( que efectivamente creo que asi sucedieron)con una actualidad autoctona.ya que se habla de operaciones para la colonizacion de mentes fogoneado por corporaiones y medios hegemonicos, deberian ahondar absolutamente mucho mas en los hechos que se denuncian como sobreprecios de la obra publica en el gobierno k.Atacar directamente las pruebas que figuran el el expediente.Tener la capacidad de dejar el conceptualismo basado en echos de otro siglo yescribir sobrte algunas inconcistencias como el cruzamiento de societrarios en distintas empresas que forman parte del grupo hegemonico oficialista hasta 2015.

  2. No deja de llamarme poderosamente la atencion como se toma un texto de chomsky para darle mas veracidad a la teoria de la conspiracion…..cuando el propio Chomsky tambien escribe y alerta sobre las corrupcion de los populismos y su utilizacion de las clases mas bajas para fortalecer sus argumentos politicos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *