CARAPINTADAS. Recuerdo de la sublevación de Villa Martelli, por Rubén Furman

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Hermosa crónica de Rubén Furman (la mujer que se ve en la foto es Patricia Grimberg, una compañera de El Porteño que hace años vive en Brasil) sobre el alzamiento de Villa Martelli (yo, lo recuerdo perfectamente, me «acuartelé» en Página/12., dónde me enteré de la herida de Rubén). Está muy bien descripto el ambiente previo a lo de La Tablada y la caída del gobierno de Alfonsín… Hoy, en ese mism lugar, se encuentra Tenópolis. JS

Villa Martelli en primera persona

 

POR RUBÉN FURMAN
VILLA MARTELLI EN PRIMERA PERSONA Por Rubén Furman Cada vez que veo por la tele pibes o familias enteras que apedrean una comisaría por algún abuso policial, no puedo dejar de acordarme de Villa Martelli, el cuartel que hace justo 25 años tomó un grupo de carapintadas del ejército y la prefectura al mando del coronel Seineldín. Los amotinados tuvieron en jaque el país durante una semana mientras exigían el cese de las citaciones judiciales por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura y reclamaban otros honores. Como era obvio que nadie se levanta en armas sólo para evitar una indagatoria, miles de personas rodearon a los golpistas en el batallón mientras se aguardaban las medidas de represión que nunca llegaron. Durante la última jornada, los sitiadores más audaces practicaron un deporte de riesgo verdadero: absolutamente desarmados se acercaban a tiro de escopeta a los muros y la arcada de ingreso al cuartel para arrojarles botellazos y piedrazos a los embetunados. Los proyectiles estallaban sobre la pared o pasaban sobre sus cabezas, y mientras desafiaban a los gritos la virilidad de los ocupantes, esquivaban sus perdigonadas. Ese emocionante despliegue de
Cada vez que veo por la tele pibes o familias enteras que apedrean una comisaría por algún abuso policial, no puedo dejar de acordarme de Villa Martelli, el cuartel que hace justo 25 años tomó un grupo de carapintadas del ejército y la prefectura al mando del coronel Seineldín. Los amotinados tuvieron en jaque el país durante una semana mientras exigían el cese de las citaciones judiciales por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura y reclamaban otros honores. Como era obvio que nadie se levanta en armas sólo para evitar una indagatoria, miles de personas rodearon a los golpistas en el batallón mientras se aguardaban las medidas de represión que nunca llegaron. Durante la última jornada, los sitiadores más audaces practicaron un deporte de riesgo verdadero: absolutamente desarmados se acercaban a tiro de escopeta a los muros y la arcada de ingreso al cuartel para arrojarles botellazos y piedrazos a los embetunados. Los proyectiles estallaban sobre la pared o pasaban sobre sus cabezas, y mientras desafiaban a los gritos la virilidad de los ocupantes, esquivaban sus perdigonadas. Ese emocionante despliegue de «cultura del aguante» con objetivos inmejorables y organización incierta, dio mucho que hablar pero quedó opacado por un final trágico: luego de la rendición, la policía disparó sobre la muchedumbre que aun permanecía expectante y mató a siete manifestantes (y no solo tres, como se dijo la prensa) e hirió a una cantidad indeterminada. Yo mismo recibí un tiro en la espalda esa tarde mientras cubría los hechos, que no fue tan grave porque pude escapar corriendo junto a decenas de cronistas que habíamos quedados atrapados en la línea de fuego. Desde hace un cuarto de siglo celebro cada 4 de diciembre como un renacimiento. Para tener una magnitud: la justicia recogió al día siguiente varios miles de vainas servidas, en su mayoría de las armas policiales. Las producciones fotográficas de las revistas mostraron a cientos de personas cuerpo a tierra entre los arboles de Parque Saavedra que no entendían demasiado qué pasaba porque el tiroteo había arrancado del otro lado de la General Paz. Allí había un cordón policial que marcaba distancia entre los civiles y el cuartel hasta que una piedra tirada por manifestantes impactó en la cabeza de un agente. Más de un centenar de policías desenfundaron entonces sus pistolas y comenzaron a disparar alocadamente hacia adelante, primero un cargador y luego el otro. Durante veinte segundos se oyeron dos cargas de fusilería y luego un silencio sepulcral, cortado por las sirenas de las ambulancias. Los periodistas ubicados en la puerta de Villa Martelli también nos tiramos al piso porque, si bien estábamos detrás de los policías, quedamos a merced de los disparos que salían del cuartel. Yo mismo sentí una ráfaga que picaba a mi lado en el piso y de pronto, un golpecito y un ardor tibio en la espalda. Un colega de mi propio medio, Rolando Graña, me confirmó que tenía sangre. Apenas amainó la balacera, yo mismo arranqué al frente de la corrida por un zanjón que nos alejó un centenar de metros, mientras otros periodistas gritaban «llevamos un herido». Semanas después, Roberto Pera me acercó las fotos que había sacado para su diario en que aparecía con el manchón de sangre en mi espalda. El practicante de una ambulancia del hospital Churruca me confesó lealmente que nunca había visto una herida de bala pero me desinfectó y me recomendó vacunarme con la antitetánica. Fue lo que hice recién esa noche, luego de pasar por la redacción para escribir una nota olvidable y correr luego hasta mi casa, donde temían que la información de las radios y de mi propio llamado telefónico no reflejara toda la verdad. Un traumatólogo de guardia en el Hospital Francés me confirmo entonces que como tenía un orificio de entrada y ninguno de salida, sin duda tenía un proyectil alojado en el cuerpo. Meses después y de forma espontánea, la pequeña pieza de bronce salió por donde ingresó y se confirmó que era una esquirla de la camisa de una bala de fusil FAL, que aun guardo. Durante las 48 horas que permanecí internado en observación, me llamaron entre otros el vocero del presidente Raúl Alfonsín y el del gobernador Antonio Cafiero, para solidarizarse y ofrecer la ayuda que hiciera falta. El lunes 5 de diciembre de 1988, la principal noticia de los diarios fue la rendición los facciosos, que se tomaron otras 24 horas para entregarse. Con la foto de las corridas bajo la arcada del cuartel, Clarín reportó además un ascéptico «graves disturbios entre manifestantes y policías». La Nación desplegó una versión inverosímil fuera del ámbito de la inteligencia militar: la vuelta de los guerrilleros montoneros, verdaderos responsables de la masacre. Pagina/12 le dió el crédito del «aguante» en torno al cuartel a la barra de Chacarita, que ya capitaneaba Luis Barrionuevo, mientras organizaciones de izquierda que habían dispuesto militantes en esa actitud guardaron por años el secreto ocultando la pertenencia de algunos muertos y heridos. El único medio que informó que entre los heridos estaba uno de sus periodistas fue Página, lo que revela que hace 25 años la autorreferencialidad no era una conducta tan extendida en la prensa. Pero el entonces juez Alberto Piotti ordenó hacerme escuchas telefónicas secretas para saber si la víctima no era uno de los culpables. Hace 25 años, la Argentina era definitivamente otro país. Ni siquiera podía soñarse que el cuartel de Villa Martelli terminaría convertido en mero destacamento de vigilancia, que parte de su terrenos serían cedidos para la instalación de la feria tecnológica de Tecnópolis, y que no habría impunidad.


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