VERDADES VERDADERAS. El prólogo del editor de este sitio al último libro de Boot

Ayer subí uno de los relatos de Verdades verdaderas, el último libro de Teodoro Boot, que acaba de publicar la editorial Ciccus. Hoy, a instancias de César Litvin, entrevistamos en la AM750 a su editor, Coco Manoukian, so pretexto de que su editorial cumple nada menos que 30, años. A instancias de Manoukian, cumplo en publicar el prólogo que escribi para este libro. Las fotos que publico en este post se refieren a la primera yapa que se ofrece: el link a la revista Zoom donde Boot adelantó otro relato de dicho libro: El Entrerriano, de ambiente tan tanguero como prostibulario. Después, una segunda yapa o bonus track: el comentario que acaba de hacer Gabriel Fernández de Sin árbol. sombra ni abrigo.

1896. Ya en las épocas en que se desarrolla “El Entrerriano” había verdaderas libertarias y feministas.

 

Éste fue mi prólogo:

El editor me conmina a escribir sobre Teodoro Boot metiéndome en un brete. Y es que Boot es el hermano mayor que no tuve, a quien siempre admiré y la persona que más influencia ha tenido sobre mi pensar (más basto, extremo y cazurro que el suyo) por lo que me es imposible fingir ecuanimidad. Téngase en cuenta, además, que –desapariciones y discontinuidades de amigos y compañeros del colegio secundario mediante –Boot es, sin más rupturas o interrupciones que las de mi exilio– mi amigo más antiguo. Todavía hoy, sus análisis suelen sorprenderme, como me sorprendió hace años reparar súbitamente en su vasto conocimiento de la mitología griega y romana o en su sapiencia al confeccionar risueñas pero precisas biografías de santos. Para no hablar de lo que sabe sobre una enorme variedad de pájaros, incluidos los rojos.

Boot es, en muchos sentidos, una caja de sorpresas. Como ensayista y analista político continúa el nacionalismo popular fraguado en FORJA y a mi entender, y no es un ditirambo, a veces supera –claro que con el diario del lunes– a sus mejores exponentes gracias a su capacidad de procesar informaciones y digerir factores culturales en beneficio de la construcción de una patria grande, justa, libre y soberana. Para que tenga voz y voto en el devenir de una Humanidad cuya sobrevivencia no está para nada asegurada.

Si no fuera una palabra tan mancillada por energúmenos autoritarios, viudas de Felipe II y forofos de Steve Bannon o Alexandr Dugin, diría sin complejos que Boot es un patriota en línea con Bolívar y San Martín. Pero, también, con antihéroes de la Historiografía Oficial como Bernardo de Monteagudo, Martiniano Chilavert y Felipe Varela, y otros cuyas biografías y sentido de sus vidas suelen ser tergiversados. Como Hipólito Yrigoyen y tantos héroes anónimos y no tanto de las resistencias peronistas, la primera y también de la segunda, surgida después del golpe demoledor que supuso “El Rodrigazo” cuya derrota parcial por los trabajadores organizados desató la furia homicida del capital concentrado al servicio del Imperio.

Conozco a Boot desde mi adolescencia y su primera juventud, y no fue en un grupo de indolentes ni diletantes sino en el marco de una muchachada entregada a la acción en pro del regreso de Juan Domingo Perón a la patria y al poder. Sin embargo, simplificar su personalidad limitándonos a esta faceta política a la hora de redefinir, renovar los votos acerca de si queremos ser, seguir siendo (si al mezclarnos con el resto de la especie, tendremos voz y voto para definir si se hará de una manera democrática o bajo la tiranía de la ínfima minoría de dueños de todas las cosas) más que un esquemático escorzo puede ser, por parcial, un garabato.

Porque Boot es también un gran narrador y eximio novelista, emparentado con Chesterton, Evelyn Waugh, Enrique Jardiel Poncela, Graham Greene y, sobre todo, con Kurt Vonnegut.

Sucede que en Argentina, desde la muerte del (vilipendiado por la academia) Osvaldo Soriano, pronto hará un cuarto de siglo, hay pocas novelas de calidad que al mismo tiempo aspiren y consigan ser populares. Y las de Boot, claramente, lo aspiran, pues el autor tiene como precepto central no agobiar a nadie con conocimientos que jactancia del saber, y si, en cambio, divertir al personal, tal como hacía Miguel de Cervantes Saavedra, y sigue haciendo allá, en la patria de nuestros ancestros, Eduardo Mendoza. O, entre nosotros, lo hizo el gran Roberto Fontanarrosa, padre de un paródico Inodoro Pereyra que nada tiene que envidiarle al Martín Fierro como ícono de la argentinidad . Fontanarrosa fue, además de dibujante, un eximio cuentista y novelista, cualidades éstas que suelen no serle reconocidas. El rosarino universal tuvo la suerte de ser apadrinado por un poderoso grupo económico y la desgracia de morir todavía joven… como Soriano. Lo que aparejó la paradójica suerte de haberse librado de asistir a la deriva de sus auspiciantes hacia la cipayería más vergonzosa. No soy adivino, augur ni pitoniso. Pero a veces sueño que los esfuerzos por instaurar un poco de justicia terrenal, quizá no carezcan de sentido. De igual manera aspiro a que la genialidad de un observador tan potente y profundo como Boot sea disfrutada y analizada hoy y por las generaciones venideras. Pues Boot es –aunque se ruborice al escucharlo o leerlo– alguien que participa de la línea de conducta del Gaucho Cruz y es, al mismo tiempo, un artista de enorme sensibilidad.

Quien se adentre en estas Verdades verdaderas podrá corroborarlo.

Juan Salinas

Navidad de 2020, año de la peste.

El Entrerriano: https://revistazoom.com.ar/el-entrerriano/


Nadie es peronista

 

POR GABRIEL FERNÁNDEZ / LA SEÑAL MEDIOS
Transitamos de nuevo y con más dedicación el libro Sin árbol sombra ni abrigo del amigo Teodoro Boot. Entra tantas narraciones bien entrelazadas, vale destacar algo. La investigación sobre el golpe del 55 es completa, profunda y veraz. Lo que más llama la atención es constatar que los golpistas impunes en los alzamientos previos a la asonada definitiva luego protagonizarían ejes represivos del golpe de 1976. Ahora que se acerca el 24 de marzo, vale evocar: dos décadas después los mismos nombres reaparecieron en el horizonte argentino al frente de campos de concentración, grupos de tareas, cargos públicos. Vale el subrayado para comprender el valor del impulso a los enjuiciamientos a lo largo de las décadas recientes. Y, por supuesto, insuflar al análisis el trasfondo articulado en el plan económico dictatorial luego desplegado por las administraciones liberales.
A lo largo de las páginas se evidencia esa sensación potente que suele preocupar al argentino bien nacido: durante largos períodos se palpa la sensación de que nadie es peronista. El movimiento más importante del país y uno de los más voluminosos del mundo, queda invisibilizado y todas las voces, desde las surgidas en los espacios comunicacionales hasta las que se escuchan en el almacén, el café y el transporte público de pasajeros, dan cuenta de una ajenidad profunda.
Lo curioso es que esa aparente mayoría está configurada por quienes no ven lo que tienen ante las narices mientras que la mayoría genuina se desplaza, lúcida, en silencio, por calles y pasillos oscuros con el objetivo de retomar las formas democráticas en nuestro país. Queda bien descripto en la obra, además, que por muchos aires que nos demos sobre Unidad, Solidaridad y Organización, nuestra querida Resistencia, nuestro andar cotidiano, se han asemejado mucho a la Armada Brancaleone. Teo lo plasma con un humor singular.

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