LA TABLADA y el misterio de cómo se enteró la policía que era inminente el ataque al cuartel

La Operación Tapir, como misteriosamente la bautizaron Gorriarán Merlo y sus acólitos, estuvo ostensiblemente cantada, aunque no se sabe por quién. Iba a subir una nota del querido Patán Ragendorfer, pero como tardé, subo dos, la primera publicada en Tiempo Argentino y la segunda en Contraeditorial. Mi primer libro, escrito junto a Julio Villalonga, fue Gorriarán, La Tablada y las “guerras de inteligencia” en América Latina, por lo que el tema me toca de lleno. Por eso, al final, dejo algunos comentarios.JS

A 32 años del intento de copamiento del Regimiento de Infantería Mecanizada 3 “General Belgrano”

La Tablada: los misterios que nunca se develaron

Persisten las dudas sobre la información que motorizó la acción guerrillera. 

 

(Foto: AFP)

Al cumplirse el trigésimo segundo aniversario del frustrado ataque al Regimiento de Infantería Mecanizada (RIM) 3, con asiento en La Tablada, persisten algunos interrogantes que hubo a partir del 23 de enero de 1989.

Ese lunes había clareado bajo una tirantez informativa; las radios ya daban cuenta de un impreciso incidente en aquella guarnición junto con otra noticia no menos confusa: un extraño incendio en la Unidad 22, la cárcel VIP frente al Teatro Colón, que alojaba a represores y malvivientes de alta gama.

En total, hubo 55 internos evacuados sobre la calle Viamonte. Nueve se esfumaban, mientras el ex agente civil del Batallón 601, Raúl Guglielminetti, sin perder su impronta de botón a pesar de estar preso, agitaba los brazos al grito de “¡Se escapan! ¡Se escapan!”.

A su lado, José López Rega deambulaba a tientas, enceguecido por la diabetes, y vociferaba: “¡Quiero mi insulina!”.

Todo parecía indicar que aquel incendio había sido intencional y que tal acontecimiento estaba enlazado con lo que sucedía en La Tablada. O sea, que ambos episodios formaban parte de la misma conspiración.

A media mañana se daba por hecho que un alzamiento carapintada en el RIM 3 había derivado en una batalla con fuerzas leales del Ejército.

Por lo tanto, sería la cuarta rebelión de los embetunados desde el otoño de 1987 en adelante.

Sin dudar de tal hipótesis llegué con el periodista Juan Salinas al lugar de los hechos. Habíamos sido enviados por la revista El Porteño.

Agazapados en la terraza de una casa sobre la avenida Crovara, frente al Puesto Nº 1 del cuartel y la Guardia de Prevención, nuestros ojos alcanzaban a ver los edificios próximos a la plaza de armas, envueltos por el relampagueo de las explosiones, los focos ígneos y las humaredas.

Al rato emergió un sargento con un fusil. Su carrera se detuvo junto al alambrado perimetral. Estaba exhausto e imploraba por un poco de agua.

Alguien le preguntó por los carapintadas. Y su respuesta fue:

–¿Qué carapintadas? ¡Son guerrilleros!

Resultaba difícil creerle. Pero ese dato fue confirmado poco después. Y que pertenecían al Movimiento Todos por la Patria (MTP), una organización de izquierda muy respetada del campo popular.

Con el correr de las horas se supo que las hostilidades habían empezado exactamente a las 6 de la mañana, cuando un camión de la empresa Coca Cola –previamente robado– embistió la barrera del acceso a la unidad, seguido por ocho vehículos.

Un grupo de 14 personas debía llegar a los galpones del fondo, como a 600 metros de la entrada, donde estaba el sector de los tanques. La idea era tomar el control de los mismos. Otras cuatro escuadras –de ocho integrantes cada una– se diseminaron en dirección  a ciertos puntos estratégicos.

Los atacantes incluían antiguos cuadros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), encabezados por Enrique Gorriarán Merlo, a cargo del mando táctico de la incursión.

A los defensores del cuartel se les fueron sumando refuerzos al mando del general Alfredo Manuel Arrillaga y un grupo de artillería encabezado por el teniente coronel Emilio Nani, además de efectivos de la Bonaerense y la Federal. En términos numéricos, había 3600 militares y policías contra 46 guerrilleros.

Tal disparidad incidió en la sobreactuación defensista de los militares y policías que retomaron el control de la unidad con la demora necesaria como para capitalizar la televisación de la refriega.

En la acción murieron 32 guerrilleros, incluidos fusilados luego de rendirse; también hubo cuatro desaparecidos. Entre los militares y policías se registraron once bajas y 20 heridos.

El 15 de octubre de aquel año la Cámara Federal de San Martín impuso condenas a perpetuidad a los guerrilleros sobrevivientes.

Gorriarán fue detenido en México a mediados de 1995, en un operativo irregular de la Side y también fue condenado.

Todos ellos jamás dejaron de sostener que el ataque tuvo el propósito de frenar un golpe de Estado planeado por el sector carapintada.

El 8 de enero de 1999 visité a Gorriarán en la cárcel de Villa Devoto. Y allí hablamos al respecto. “Lo que nos alertó –dijo, al encender un cigarrillo– fue enterarnos de las reuniones del menemismo con el coronel Mohamed Alí Seineldín (NdR: el ataque a La Tablada ocurrió en los últimos meses del gobierno de Raúl Alfonsín). Eso me enteré por un informe de un agente de la Guardia Nacional panameña que había estado conmigo en Nicaragua durante la guerra contra (el dictador Anastasio “Tachito”) Somoza. Y lo corroboramos por varias fuentes”.

Sin embargo, otra hipótesis desliza la posibilidad de que aquel hombre tan fogueado en los ambientes de la contrainteligencia guerrillera haya sido en realidad víctima de una manipulación informativa efectuada por algún agente del Ejército. Lo cierto es que los detalles específicos de cómo los militantes del MTP accedieron al presunto acuerdo del menemismo y los militares para conspirar contra Alfonsín seguían siendo un secreto que el “Pelado” –tal como todos llamaban a Gorriarán– guardaba bajo siete llaves.

Al respecto, dijo: “Recién vamos a blanquear este punto cuando todos nosotros estemos en libertad”.

No menos cierto es que él seguía mostrándose convencido de que diez años antes había abortado un golpe de Estado. Así lo manifestó aquella tarde, cuando un guardiacárcel dio por finalizada mi visita.

Lo volví a ver en dos oportunidades: una en Devoto, y la última, luego del indulto firmado en 2003 por el presidente interino Eduardo Duhalde, que puso en libertad a todos los condenados por lo sucedido en La Tablada.

Aquella vez tampoco reveló ese gran enigma.

Tres años después, un ataque al corazón hizo que aquel hombre cálido y algo impulsivo se llevara ese secreto a la tumba.

……………

La Tablada, Giovanni Ventura y la estrategia de la tensión

El 23 de enero se cumplió el trigésimo segundo aniversario del trágico ataque guerrillero al Regimiento de Infantería Mecanizada (RIM) 3, en La Tablada. Una ocasión propicia para evocar una historia conexa.

Doce días después del asunto, un caluroso sábado de 1989, yo ocupaba una mesa del bar Ramos, junto a un ventanal abierto sobre la calle Rodríguez Peña. De pronto se asomó un empleado de la librería Ghandi llamado Nicolás.

“Tengo que hablar con vos”, soltó a modo de saludo, para luego añadir: “Es por un amigo”. Y tras una pausa, reveló su identidad: Giovanni Ventura.

A metros, alguien observaba la escena; se trataba de un sujeto alto, de contextura atlética y cabello castaño.

Poco antes había salido el último número de la revista El Porteño –de la cual yo era uno de sus editores–, que incluía un pequeño artículo titulado “La infiltración neofascista al MTP”. Y mencionaba el nombre del supuesto topo: “Giovanni Ventura”.

El texto había sido publicado luego del intento de copamiento al RIM 3 por parte del MTP (Movimiento Todos por la Patria). En consecuencia, el solo hecho de que se lo vinculara a Ventura con aquella organización –aún como espía– debía ser para él lo menos oportuno del mundo.

Esa nota estaba firmada por Iaio Fausto; era el seudónimo usado por el corresponsal en Argentina del diario Il Giorno, de Milán, Rubén Oliva, para quien, por cierto, Ventura no era un desconocido.

Le seguía los pasos desde 1979, cuando fue detectado en Buenos Aires por la Policía Federal. Es que sobre aquel sujeto pesaba una orden de captura internacional expedida por la justicia italiana.

En este punto conviene empezar por el principio.

El fascista irreductible      

Ventura fue en Italia una pieza clave de la llamada “estrategia de la tensión”, tal como se denominó la compleja trama de operaciones manipuladas por los servicios de inteligencia, la mafia y ciertas organizaciones de ultraderecha. Tal alianza pretendía instaurar, a través de la construcción del miedo, una remake de la República de Saló.

Nacido a fines de 1944 en Padua, e hijo de un antiguo “camisa negra”, el joven Giovanni despertó a la política en la rama estudiantil del Movimento Sociale Italiano (MSI), un partido mussoliniano de posguerra, para después llegar a las filas de Ordine Nuovo, donde se haría inseparable de Franco Freda, otra promesa del fascismo.

El nutrido historial de ambos registra profusos contactos con grupos del comunismo extraparlamentario por razones tácticas: articular una cobertura de extrema izquierda para la provocación.

En semejante contexto, ambos muchachos llegaron a perpetrar unos 22 atentados dinamiteros. El más resonante –nunca mejor utilizada esta palabra– fue la detonación de una bomba en el hall principal de la Banca Nazionalle della Agrucuoltura, en Milán, durante la mañana del 12 de diciembre de 1969. Tal acción –cuyo saldo fue de 16 muertos y 102 heridos– pasó a la posteridad como La Masacre de Piazza Fontana.

 

Resultó notable el empeño del gobierno presidido Giuseppe Saragat por vincular el atentado con células de ultraizquierda.

Tanto es así que a uno de sus referentes, Giuseppe Pinelli, se lo silenció  para siempre al ser arrojado por una ventana de la oficina del comisario Luigi Calabresi, a cargo de la pesquisa.

En este crimen está basada la obra Muerte accidental de un anarquista, de Darío Fo, estrenada en 1970.

Al poco tiempo saltó a la luz la identidad de los autores del bombazo, junto a su verdadera filiación política.

Detenido y procesado por esa y otras acciones terroristas, Ventura huyó del arresto domiciliario que cumplía en su residencia de Cattanzaro, cuando el juicio en su contra ya se encontraba al borde de la sentencia.

Ya se sabe que a fines de los ’70 reapareció en Buenos Aires. Eran los años dorados de la última dictadura. Pero en los primeros meses de 1980 fue capturado a bordo de un colectivo.

Los buenos oficios del abogado Pedro Bianchi –cuya amistad con el almirante Emilio Massera fue notoria–, junto a la influencia ejercida por la logia Propaganda Due (P2) en los círculos locales del poder, supo evitarle al afortunado Giovanni el engorroso trámite de la extradición, a cambio de un módico procesamiento por tener un pasaporte falsificado.

Aún así permaneció cuatro años y medio en la cárcel de Caseros.

En una oportunidad, Oliva quiso entrevistarlo allí, y a tal efecto tramitó la solicitud ante el director del penal. Pero la respuesta fue: “A Giovanni no le interesa salir en los diarios”. El tipo se comportaba como su agente de prensa.

 

En 1984, ya bajo el gobierno de Raúl Alfonsín, el juez federal Nicasio Dibur –célebre por su fervor al jurar por las Actas del Proceso– le concedió el beneficio de la excarcelación.

Por un tiempo nada se supo de él. Pero se cree que seguía reportando a los servicios de inteligencia italianos y que, al recuperar la libertad, comenzó a colaborar con los de este país.

El falso brigadista

A fines de 1988, Oliva acudió al auditorio de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) para cubrir una conferencia de prensa ofrecida por la plana mayor del MTP. Grande fue su sorpresa al cruzarse allí con Ventura.

El antiguo militante fascista no se despegaba del cura Antonio Puigjané, uno de los expositores del evento. Hasta parecía su secretario.

En esa ocasión, Oliva y él mantuvieron un diálogo muy tenso.

– ¡Nunca fui fascista! ¡Soy de izquierda! –aseguró Ventura una y otra vez., sin que se le moviera un solo músculo del rostro.

Y, a boca de jarro, también vaticinó:

– Aquí está por suceder algo muy grave.

– ¿A qué te refieres? –quiso saber Oliva.

Por toda respuesta, Ventura susurró:

– No olvides lo que te dije

Oliva se fue del lugar sin que el otro especificara sus dichos.

 

Después supo que Ventura había instalado la versión de que en su país fue perseguido por pertenecer a las Brigadas Rojas. Los del MTP le creían.

El corresponsal, entonces, se encargó de advertirles que no era así

Cuando habló del tema con Puigjané, éste asimiló la novedad con una sonrisa piadosa. Y Oliva insistió:

– Miré, padre, Ventura no era brigadista; perteneció al terrorismo negro; era de Ordine Nuovo, ¿entiende?

Pero Puigjané, tal vez persuadido de la salvación anticipada del alma de aquel tipo, no expresó asombro, enojo o temor.

Oliva se despidió de él con un pedido: absoluta reserva de lo hablado.

Al respecto se podría decir que Puigjané incurrió en el incumplimiento del secreto de confesión, al abordar a Ventura con las siguientes palabras:

– ¿Es verdad, Giovanni, lo que dice Rubén Oliva de ti?

La pregunta tomó a Ventura por sorpresa. Pero, con una elocuencia, por demás, encomiable, supo convencer al cura de su pureza ideológica. Aunque admitió haber abrevado durante su primera juventud en el fascismo, antes de evolucionar hacia un pensamiento de izquierda.

 

El argumento tranquilizó al padre Antonio. Al punto de que el bueno de Giovanni pudo seguir circulando alegremente entre las filas del MTP.

También solía mostrarse en la librería Ghandi, situada en aquella época sobre la calle Montevideo. Allí era adorado por los habitués del lugar, una fauna variopinta de especímenes progresistas, con quienes departía hasta altas horas de la noche sobre tácticas para transitar hacia el socialismo.

Y en el pequeño bar del local, durante alguna velada a fines de 1988, no faltó quien le escuchara decir: “Aquí está por suceder algo muy grave”.

Mientras tanto, Oliva, el primer depositario de esa frase, se devanaba el cerebro en sus intentos por encontrarle algún sentido.

Aquella incógnita lo intranquilizaba más que la furia de Ventura hacia él –expresada con advertencias telefónicas y mensajes enviados por terceros–, tras enterarse de lo que el periodista le había referido al padre Antonio.

Lo cierto es que en la mañana del 23 de enero de 1989 el significado de tal enigma vino hacia él como un baldazo de agua fría. Ese lunes tuvo lugar el ataque del MTP al cuartel de La Tablada.

El siguiente paso de Oliva fue publicar su artículo en El Porteño.

 

El buen anfitrión  

Ahora, en el bar Ramos, el tal Nicolás repetía: “Giovanni es un amigo”.

A continuación alegó su hombría de bien, no sin hacer hincapié sobre el enorme perjuicio que, en semejante coyuntura, aquel artículo le ocasionaba.

Desde la vereda, el tipo de cabello castaño nos seguía observando.

Nicolás, ya con un tono plañidero, insistía con el asunto. Hasta que, de pronto, agitó una mano. Y el tipo vino hacia la mesa. Era Ventura.

Su talante oscilaba entre la ofuscación y la pesadumbre. En esa ocasión fue pactado su derecho a réplica. Y él quedó en llevar el correspondiente texto a la redacción. Luego, con pasos lentos, se perdió entre la gente.

Dos días después, su visita a El Porteño estuvo cargada de tensión.

En su escrito, lejos de refutar el artículo sobre él, pretendía exculparse hasta de sus travesuras escolares. De modo que no fue publicado.

Eso derivó en una demanda judicial contra la publicación, que Ventura tuvo el tino de retirar antes de que dicho expediente abordara su pasado.

A partir de 1990 comenzó a dejarse ver en Filô, un restaurante de culto a metros de la Plaza San Martín, frecuentado por yuppies y altos dignatarios del menemismo. Ventura era el anfitrión del lugar.

Costaba creer que aquel hombre agradable, culto  y refinado haya sido una figura relevante del fascismo. También impresionaba su versatilidad para enmascararse. Tal vez por esa razón nunca reaccionaba igual cuando alguien aludía su condición de terrorista: a veces se excusaba con una frase de ocasión o, simplemente, reía.

Al concluir la primera década del siglo XXI, Ventura recorría las mesas de Filò en silla de ruedas. Una esclerosis múltiple devastaba su cuerpo.

El 6 de agosto de 2010 exhaló su último suspiro.

….

Las noticias del ataque nos sorprendieron mientras estábamos de reunión en la redacción de El Porteño, en la calle Perón 1219, y Ragendorfer y yo fuimos a La Tablada en un taxi, un Ford Falcon, con las ventanas abiertas para disipar el intenso calor. A partir de aquella experiencia, y de que habia hecho el servicio militar en ese cuartel, escribí un libro junto a Julio Villalonga y muchos artìculos, tanto en El Porteño como en el diario Nuevo Sur. Y también, por cierto, fui con Patán y algún otro compañero quien recibió al ofuscado Ventura en la redacción de El Porteño. Ventura era muy culto, entendido en antigüedades, no sólo se había relacionado con Fray Antonio Puigjané (una bella persona), tambiñen lo había hecho con muchos otros militantes de izquierda e incluso habría sido pareja de una ex montonera que no conocía o no quería creer sus antecedentes como terrorista de la llamada “internacional negra”. Como concesionario del restorán del Club Italiano tuvo relación directa con Franco Macri, uno de sus socios prominentes. Ventura se llevó consigo a la tumba unos cuantos secretos.

No digo con esto que haya tenido protagonismo en el ataque al cuartel de La Tablada. No lo sé. Como yo escribía artículos en los que sostenía que era harto evidente que los incursores habían caído en una trampa montada por la policía bonaerense, Gorriarán, furioso ordenó volantear Plaza once acusandome a mi de trabajar para los servicios (también acuso en esos panfletos a Horacio Verbitsky y Rodolfo Mattarollo, pero mientras decía que ellos cobraban en divisas, yo lo hacía en los devaluados australes). Tiempo después, intempestivamente y sin demasiados asideros, acuso a un ex ladero suyo, Floreal Canalis, más conocido como “El petiso Esteban” de haber sido confidente policial (Canalis hizo su defensa en nuestro libro). Sin embargo años después, cuando le dictó sus memorias a Andrea, una excelente profesional que trabajaba en la editorial Planeta, ni siquiero menciono el tema, en tácita admisión de que su acusación carecía de fundamentos.

Ahora, como el “Gorriarán…” está agotado (algún ejemplar quizá puedan conseguir en Mercado Libre) y escribí muchísimas notas sobre el tema, les recomiendo una que sintetiza lo que pude averiguar de aquel episodio tan traumático:

Gorriarán, La Tablada y las “guerras de inteligencia” en América Latina (1993)

Comentarios (2)

  1. Marcelo Fiori

    Estimado Juan, podria enviarme, o mejor aun colocar una version en pdf del libro en su blog. Los lectores se lo agradeceran mucho. Abrazos!
    Marcelo

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  2. Daniel

    Estimado Juan, ojala algún día pueda reeditarse ese libro o mejor aún hacer una actualización incorporando todos los hechos que acontecieron en forma posterior, saludos.

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