Caparrós se anota un poroto, la comunicación del Gobierno depende de Cristina y la cadena, y respecto al atentado a la AMIA muchos colegas son venales, pánfilos o se hacen los dolobus.
Me entero leyendo el blog «Los caniches de Perón» que Martín Caparrós ha propuesto a su pléyade de seguidores que cuando la Presidenta utilice la cadena nacional, apaguen los receptores de radio y televisión, una boutade. Los caniches ladradores acuden a la provocación como toro miura al capote rojo (qué es lo que significa caparrós en catalán/valenciano), lo meten adentro de un inodoro (por aquello de tirar la cadena) con un sorullo por corona, y hasta convocan, medio en serio medio en broma, a embocarle un alpargatazo en los mostachos, a la manera árabe…
¡Bingo! Gran triunfo de Moopy Caparrós, que ha logrado lo que pretendía: situarse en el ojo de la tormenta (aunque sea una tormentita que se da en medio de un vaso de agua). Ahora podrá decir -como dijo su amigo Lanata en ocasión de que le tiraran algún guijarro sin darle- que es víctima de la intemperancia de hordas mazorqueras y/o aliancistas, haciendo como si los caniches ladradores fueran feroces mastines. Lo mismo que hizo Leuco (que suele comportarse cual señora de ruleros y deshabillé indignada por tener que barrer condones de la vereda) cuando acusó a Lucas Carrasco de querer asesinarlo…
Tanta pavada taraba a un titán. Y evita que se debata la pésima política de comunicación del gobierno, que (como se ve nítidamente desde que el boneteado senador Aníbal Fernández ha sellado sus labios) depende casi enteramente de Cristina, que aunque sus adoradores bobalicones no se den cuenta, es un recurso no renovable y en proceso de desgaste. Ya lo decía Perón (cito de memoria), «Si Dios Padre bajara todos los días a la tierra, nadie le tendría respeto». A mi manera de ver, en esta etapa los ministros mudos son excedentes, sobran.
Cuando vino la crisis «del campo» y hubo que enfrentar a los agrogarcas, convoqué a los que estábamos de este lado, a reunirnos y mimarnos en una humorísticamente llamada «Cofradía de Mosqueteros de la Reina». Pero más allá de la humorada (y de que Cristina dijo «no somos una cofradía», sepultándola) creí que el fondo del asunto estaba claro: Hay que preservar la autoridad presidencial.*
Y hablando de periodistas y «comunicadores» (nombre que no me gusta ni medio) lo que me sigue produciendo estupor es por qué alguién que presume de caballero como Caparrós mantiene lazos de lealtad con plagiarios contumaces y demagogos perdidos. Pero bueno, tampoco me entra en la cabeza por qué Verbitsky toleró en silencio una corrupta cobertura de los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA por un periodista que parece surgido de la Zwi Migdal (Raúl Kollman) y Página 12 encomienda en los últimos tiempos la cobertura de los actos de recordación a un periodista tan en babia en el tema (Sergio Kiernan) que en marzo del año pasado seguía escribiendo que en el primero de los ataques murieron 28 personas cuando sólo murieron 22.
Y ya que estamos criticando colegas, para completar lo expuesto ayer acerca del nuevo aniversario del ataque a la AMIA, añado que al hablar en el acto de Memoria Activa, Mario Wainfeld, cuyas columnas leo siempre con gusto, dijo que el atentado trajo aparejado «un crimen de encubrimiento del estado argentino y del estado israelí que involucró a tantos fiscales, funcionarios. secretarios de Estado que… ¿qué puede agregar uno?» y seguidamente se puso a reflexionar luego acerca de que «los verdugos no tienen rostro». Pues bueno, Mario, el deber de un buen periodista es darle al asunto una vuelta de rosca ¿no? Digo, no conformarse con lo ya conocido. No hacerse el dolobu. ¿No es posible aunque sea hilvanar alguna hipótesis acerca del hecho de que ambos estados sigan asociados en el encubrimiento de manera de garantizar que los asesinos sigan sin tener rostro… de manera de poder seguir acusando alegremente a Irán? ¿Qué puede ser tan tenebroso como para que Israel no quiera que se sepa quienes fueron quienes mataron a más de cien personas? ¿Qué?
De sólo pensarlo, da escalofríos.

