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EEUU – CARIBE. El secretario de Defensa Pete Hegseth es un asesino serial confeso

Su pulsión homicida salpica a Donald Trump

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La posición del Secretario de Defensa (ahora renombrado como «Secretario de Guerra») de los Estados Unidos, Pete Hegseth (foto), solo puede sostenerse a cambio de un creciente desprestigio de la administración Trump. Pasa como con la demorada, parcial desclasificación de la lista de visitantes a la isla de Jeffrey Epstein: es un tema que divide al movimiento M.A.G.A., el núcleo de los partidarios de Trump.
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Ya está claro que almirante Alvin Housley dimitió como jefe del Comando Sur de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos por su oposición a hundir lanchas en el Caribe y matar a todos sus tripulantes so pretexto de que podrían estar llevando drogas ilícitas hacia los Estados Unidos, como le ordenó Hegseth, un ex telepredicador poseído de furor homicida.
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Almirante Housley. Contra la obediencia debida.
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Los militares sensatos no quieren, ni en Estados Unidos, ni aquí ni en ninguna parte, jefes que dan órdenes manifiestamente ilegales que pueden convertir en chivos expiatorios a quienes las cumplen.
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En la Casa Blanca, la vocera de Trump, Karoline Leavitt, leyó un comunicado que dejó claro que Hegseth había autorizado al almirante Frank M. Bradley, el comandante de Operaciones Especiales que supervisaba los ataques, «a llevar a cabo estos ataques cinéticos».
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Autorizar es en este caso un eufemismo por ordenar.
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Católica Leavitt: A Dios rogando y con el mazo dando.
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Añadió Keavitt que Bradley había «trabajado con eficacia dentro de la ley que regía el ataque para garantizar la destrucción del barco y la eliminación de la amenaza a los Estados Unidos de América». Dicho de otro modo: se le endilgó la responsabilidad última de los ataques y trató de dejar de lado las de Hegseth y su jefe, Trump.
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A puertas cerradas, Bradley depuso durante ocho (8) horas antes los legisladores. Aunque éstos se comprometieron a no revelar sus dichos,  algunos –por ejemplo el senador republicano por Kentucky Rand Paul–  expresaron sus sospechas acerca de que Trump y Hegseth pretenden que Bradley se lleve la marca y que acaben en él las recriminaciones por haber ordenado que, luego de que un misil impactara contra una lancha, como quedaron dos naúfragos chapoteando en el agua aferrados a restos de la nave, pasados unos  40 minutos fueron asesinados en un segundo ataque al que siguieron otros ¿para borrar evidencias?
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Almirante Bradley. Yo solo cumplo órdenes.

Una actitud ética

Según el Wall Street Journal, Housley dimitió tras desobedecer la orden de de ultimar a los sobrevivientes de un ataque. Contraviniendo las órdenes recibidas, Housley ordenó rescatar a los naúfragos. Seguidamente habría pedido su pase a retiro.
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Según funcionarios del Pentágono, Hegseth le pidió la renuncia luego de meses de desaveniencias con Housley. Eran de vieja data puesto que comenzaron el mismo día en Trump asumió la Presidencia, y se intensificaron cuando Housley expresó sus objeciones sobre la legalidad de los ataques letales en aguas internacionales contra lanchas de las que se sospechaba que acaso podrían llevar cocaína u otras drogas a los Estados Unidos.
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Al supervisar el primer ataque efectuado contra una lancha cerca de las cosas de Venezuela, el 2 de septiembre, Hegseth dijo no haber ordenado que se matara a los sobrevivientes. Respecto al de octubre bajo la mira de la comisión bicameral, dijo no haber visto que hubiera sobrevivientes ni haber presenciado el segundo ataque que los mató.  Es más, dijo que habían pasado «un par de horas» antes de que se enterara de la existencia de ese segundo ataque, con lo que tácitamente negó haber dado la orden de matar a los naúfragos. El almirante Bradley iba a contradecirlo.
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«No vi supervivientes personalmente porque esa cosa estaba en llamas y explotó, y con fuego y humo no se puede ver nada. Hay imágenes digitales, hay… esto se llama niebla de guerra», insistió Hegseth ante la pregunta de un periodista.
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Sus dichos contradijeron la información ya publicada. Según el Washington Post Hegseth estaba viendo la transmisión de video cuando los sobrevivientes del ataque fueron claramente visibles. Y dio la orden de matarlos. «La orden fue matar a todos».
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Un misil silbó frente a la costa de Trinidad, impactó al barco y provocó un incendio de proa a popa. Durante minutos, los comandantes observaron cómo ardía el barco en una transmisión en vivo de un dron. Al disiparse el humo, vieron que dos sobrevivientes se aferraban a los restos humeantes.
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Bradley, comandante de Operaciones Especiales, ordenó el segundo ataque cumpliendo una orden de Hegseth. Los dos hombres que estaban en el agua (cuya identidad, al igual de los otros nueve tripulantes se desconoce)  volaron en pedazos y han de haber sido alimento para los tiburones.
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El New York Times ofreció más detalles: Antes de que la administración Trump diera comienzo a los ataques, Hegseth, aprobó planes sobre qué hacer si un primer ataque dejaba sobrevivientes.
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Estas instrucciones fueron de que los sobrevivientes que parecieran indefensos debían ser rescatados… excepto que intentaran alguna acción hostil, como comunicarse con presuntos miembros de su organización.
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Ya sabemos que pasó con Housley, que dio un paso al costado y se jubiló. En cambio, cuando comprobó que uno de los sobrevivientes pedía ayuda por radio, Bradley ordenó el segundo ataque que los mató.
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El razonamiento es absurdo: Los sobrevivientes de un ataque letal deben ser rescatados… pero si piden ayuda deben ser asesinados:
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Según los planes aprobados por Hegseth, Bradley interpretó las supuestas comunicaciones entre los sobrevivientes como si estos, en lugar de ser náufragos indefensos, tuvieran una actitud beligerante.
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Las alegatos del Pentágono se basan en la falsa premisa de que hubo una «lucha» y no un sorpresivo ataque letal en aguas internacionales contra pequeñas naves que no entrañaba peligro alguno para los militares estadounidenses. Al considerar lícita la campaña de ejecuciones sumarias en el mar, Washington da por buenos los dichos de Trump acerca de que Estados Unidos está en guerra con los cárteles de la droga y que quienes puede presumirse que son sus miembros, aún naúfragos, siguen siendo «combatientes».
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Arguye el gobierno de Trump que los supuestos cargamentos de drogas a bordo de las embarcaciones son objetivos militares lícitos porque los cárteles podrían emplear las ganancias obtenidas para comprar armas con las que atacar a sus militares. Se trata de tres supuestos encadenados, tan incomprobables y poco verosímiles como los de quien proclama que «si mi madre tuviera ruedas, sería una carretilla».
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La idea con  que se pretende absolver a Hegseth y a su jefe es que, avisada por radio otra embarcación del hundimiento, podría acercarse no sólo para auxiliar a los sobrevivientes, sino también para rescatar parte del supuesto cargamento de cocaína que la primera explosión no hubiera destruido.
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La falta de legitimidad de la pretensión de que se trata de un conflicto armado (¡Contra un inexistente. Cártel de los Soles!) es patente cuando se observa que las víctimas son civiles, algunos pescadores, para nada combatientes. Por ende, Trump y Hegseth ordenaron cometer asesinatos.
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«Aún si esto en verdad fuera un conflicto armado, Hegseth habría cometido un crimen de guerra», ironizó George Will. un reconocido comentarista conservador George Will.
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El secretario de Defensa, Pete Hegseth, parece ser un criminal de guerra, hecho y derecho. Sin que haya ninguna guerra.
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Lo que no puede extrañar: Hegseth lleva años abogando por guerras más brutales, por combates más injustos, todo indica que para satisfacer a su psicópata interior
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En televisión, y en un reciente libro, Hegseth propuso que los jefes miliares deben «flexibilizar» las normas (es decir, violarlas) sin tener la preocupación de tener que afrontar juicios por eso. Una mayor libertad de acción y una menor regulación por parte de los abogados militares –insistió una y otra vez–volverían a las tropas más letales y eficaces. Siempre y cuando puedan justificar sus matanzas con leyes de guerra más laxas.
Hegseth se basó en su propia experiencia en el Ejército. Fue desplegado en Irak en 2005, en la ciudad norteña de Samarra, un foco de contrainsurgencia. La Compañía Charlie del regimiento en la que revistaba se hizo merecedora del mote «la Compañía de la Muerte». Cuatro de sus soldados terminaron sometidos a una corte marcial por el asesinato de iraquíes desarmados. Tres fueron condenados; uno absuelto por falta de suficiente evidencia.
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En su defensa, Hegseth citó una sesión informativa del JAG (Judge Advocate General’s Corps, es decir la Abogacía General de la Marina de los Estados Unidos) sobre «combate legal y adecuado» que, dijo, él y sus camaradas habían recibido: no podían disparar contra un hombre armado a menos que fuera evidente que representaba una amenaza. Hegseth le dijo a los miembros del pelotón a su mando que ignoraran dicho consejo legal. «No permitiré que esas tonterías se filtren en sus cerebros», recordó haberles dicho en su libro «The War on Warriors» (HarperCollins, 2024) que consiguió atraer la atención de Trump, que lo elogió. «Si ven a un enemigo y creen que es una amenaza, deben destruirlo», escribió que los aleccionó.
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En febrero, Hegseth despidió a los principales abogados de la JAG. Se justificó diciendo que podrían ser posibles «obstáculos» para el cumplimiento de órdenes legítimas «dadas por un comandante en jefe».
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Su brutalidad y su postura favorable a la «flexibilización» de las reglas de combate parecen haber  sido la razón por la que Trump lo nombró Secretario de Defensa (ahora «de Guerra»).
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Hegseth podría argumentar que ninguno de los más de 120 muertos a tiros por la policía militar en favelas del norte de Río de Janeiro el pasado 28 de octubre tenía órdenes de captura por ser supuestos integrantes del Comando Vermelho.
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O que el gobierno de Israel nunca se preocupó por establecer cuantos de las decenas de miles de muertos en Gaza habrían sido militantes de Hamás.
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Frente a estas masacres medidas en hectolitros de sangre, lo de Hegseth y Bradley palidece.
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Y el fusilamiento por la espalda de Rafael Nahuel y la posible implicación de su responsable última en el intento de asesinato de Cristina Fernández de kirchner resulta una minucia.
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Pero más allá del aspecto cuantitativo, Hegseth es tan criminal de guerra como Yoav Gallant, el ex ministro de Defensa de Israel.
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Por lo que no puede descartarse que en el futuro recaigan sobre Trump similares acusaciones a las que ha hecho la Corte Penal Internacional contra Benjamin Netanyahu.
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YAPA O BONUS TRACK:

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Los invito a escuchar a José Luque, quien está al frente de la revista El Viejo Topo, con la que me sentí profundamente identificado en mi exilio barcelonés, a fines de los ’70.
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Luque recuerda que en otro de los ataques con misiles a lanchas que surcan el Caribe, también hubo dos sobrevivientes. Que fueron rescatados y devueltos por la US Navy a sus respectivos países, Colombia y Ecuador, sin que se levantara contra ellos alguna acusación.
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Parece que de narcos no tenían nada.
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Todo lo que dice Luque es como si lo dijera yo. Aunque no lo conozco personalmente, se nota a la legua que su narcisismo (es ya mayor y no está en el mejor estado físico) se satisface por estar en la conversación de quienes no queremos desentendernos del destino planetario, ni el de nuestra especie, ni del entorno sin el cual dejaría de existir.
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Luque señala la insalvable contradicción entre las acusaciones de narcotraficante que Trump hace a  Nicolás Maduro sin la menor evidencia, y el hecho de haya indultado a Juan Orlando Hernández, ex Presidente de Honduras condenado a 45 años de prisión por formar parte de una banda que introdujo en Estados Unidos (según informa la sentencia en base a información proporcionada por la DEA) no menos de 400 (cuatrocientas) toneladas de cocaína.
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Lo que, dicho sea de paso, no parece que pueda hacerse sin complicidad local.
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Luque también narra como Trump radió de las negociaciones con Rusia al Secretario de Estado, Marco Rubio, el verme belicoso. Y comenta que, como trascendió que un cuñado suyo fue detenido con 50 kilos de cocaína, los chuscos lo llaman «Narco Rubio».
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Su cuñado fue  condenado a ¡75 años de prisión!. Pero como Juan Orlando Hernández tuvo la suerte de que Trump lo indultara. (No puedo dejar de pensar en la negativa del pusilánime Alberto Fernándes a indultar a Milagro Sala antes de dejar la Presidencia).
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Luque señala como un gran triunfo de Moscú (es decir, de Putin) que la India esté reemplazando las compras de armamento estadounidense por sus compras en Rusia.
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Cuenta también la interna de una Unión Europea envejecida y controlada por un club de cleptómanos ansiosos por apoderarse del dinero ruso congelado por la UE… para dárselo a Ucrania… a pesar de saber todos perfectamente que gran parte, quizá la mayor parte de esa «ayuda» irá a parar a los bolsillos de los oligarcas ucranianos que hasta ahora han sostenido a Zelensky. Por lo que cabe sospechar que han de esperar «retornos».
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Bruselas se parte en dos

Bélgica, que tiene la tutela esos fondos rusos, resiste hasta ahora las fuertes presiones de Alemania y Francia para acceder a un traspaso que es manifiestamente ilegal. Y que por lo tanto en el futuro podría poner al gobierno belga en el banquillo de los acusados.
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Bruselas es la capital de Bélgica y también, en los hechos, la capital de la Unión Europea, por lo que está partida en dos, entre la burocracia comunitaria que pugna por hacerse con el dinero de Moscú, y el gobierno belga que, sentado encima de él, exige garantías que la UE no puede darle.
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Por fin Luque señala que la vocera del gobierno de Trump ha terminado por aceptar que el fentanilo se sintetiza y fabrica en los Estados Unidos, aunque siga diciendo que los ingredientes llegan de México.
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Luque destacó que en Ucrania ya han muerto un 1,4 millones de personas y que a nadie eso parece importarle demasiado.
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Y que Hegseth es un yunque atado al cogote de Trump, que debería librarse de él con rapidez.
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Agrego yo que el racismo explícito de los asesinatos masivos en aguas del Caribe puede enajenarle las pocas simpatías que conserva en el electorado «latino» luego de las razzias de ICE («la migra») que nada tienen que envidiarle a las de la Gestapo hace 90 años.
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Durante la segunda guerra mundial los militares estadounidenses recogían de las aguas a los naúfragos de los U-Boote que atacaban en superficie pero sistemáticamente ametrallan a los sobrevivientes de los submarinos japoneses.
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Hoy está claro que Hegseth y otros W.A.S.P. de su calaña no consideran que venezolanos, colombianos y ecuatorianos tengan derechos inalienables.
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