MALVINAS. A 60 años del «Operativo Cóndor»: el aterrizaje en las islas de un comando peronista

Al cumplirse 60 años del Operativo* Cóndor, se realizó una emotiva ceremonia en el auditorio del anexo de la Cámara de Diputados con el aforo completo. Fue a invitación del diputado Eduardo Valdés, que materializó una iniciativa de Gabriel Fuks, actual diputado del Parlasur, y con la presencia de Norberto Karasiewicz, el único sobreviviente de aquella entusiasta muchachada, el «Comando Cóndor» que secuestró un avión y aterrizó en la capital de las Malvinas en repudio por la visita del príncipe Felipe de Edimburgo, marido de la reina Isabel.
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Fue una acción muy pertinente en momentos en que un gobierno entreguista se disfraza de malvinero y defensor de la soberanía nacional sobre Malvinas mientras entrega el resto del territorio nacional a la voracidad del capital extranjero.
En el acto se hicieron presentes cuatro ex ministros de Relaciones Exteriores, Jorge Taiana, Felipe Solá y Santiago Cafiero, mientras que Rafael Bielsa intervino a través de un video.
Me da pereza hacer un racconto del acto puesto que ya lo han hecho Noticias Urbanas y El Parlamentario, pero si subrayar su pertinencia en momentos en que El Orate que se desempeña como primer mandatario, a instancias de las encuestas y de su monje negro Santiago Caputo dio como saltimbanqui un giro de 180º y como viejo cosplayer se disfrazó de malvinero.
Disfraz que se cayó como un piano cuando la Corte Suprema, según dijo un íntimo del Orate, Alejandro Fantino, a instancia de «embajadas» dejó sin efecto las barreras para la enajenación absoluta del territorio nacional, su compra por empresas o particulares extranjeros.
En 1966, el Príncipe de Edimburgo había venido a la Argentina para, entre otras cosas, jugar al polo y presidir el campeonato mundial de saltos de equitación, ante lo cual el dictador Juan Carlos Onganía –que presumía de nacionalista– no abrió la boca. Cuando los muchachos aterrizaron en las islas Onganía no dejó de ir a Hurlingham a confraternizar con Felipe en un partido de polo, y a la salida emitió un comunicado en que los calificó de «facciosos» y «piratas»… precisamente el epíteto con que desde sus inicios en 1962, el diario Crónica (cuyo archivo puede consultarse en la Biblioteca Nacional) calificaba y siguió calificando a los británicos.
Lo que viene a colación porque el contingente liderado por Dardo Cabo tuvo la brillante idea de llevar consigo al director del diario, Héctor Ricardo García, de oficio fotógrafo, que inmortalizó la operación en el diario y en la revista Así, que aparecía con gran éxito tres veces a la semana.
Lo que tuvo un efecto similar al de la sabana desplegada por Giovani Lo Celso y festejado por cracks como Messi al finalizar el partido en el que Argentina venció a Inglaterra en el Mundial de Norteamérica, lo que exhibió ante la humanidad el reclamo argentino sobre las islas usurpadas.
Digresión 1: Creo que el viento malvinero hizo que Pato Bullshit reivindicara a Lali Espósito, ahora siempre dispuesta a diferenciarse del Orate. Porque aunque copie a Margaret Thatcher, a comienzos de 1989, cuando todavía se decía peronistay era públicamente directora de la revista Jotapé, intentó en Montevideo asaltar a un buque británico procedente de Malvinas en protesta por la ocupación de las islas.
Digresión 2: No todos los miembros del pequeño Movimiento Nueva Argentina (MNA, en la práctica integrante de la Juventud Peronista y muchos de cuyos miembros provenían del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara, a su vez una escisión peronista de la Tacuara original) integraron el grupo que secuestró el avión; hubo quienes desde un automóvil balearon la puerta de la Embajada del Reino Unido, cuando en ella se encontraba el príncipe Felipe.
Digresión 3: Aunque lo entiendo, me llama la atención el temor generalizado a que situaciones tan horrendas como la que estamos viviendo desemboquen en actos de violencia. A las amenazas del Orate, que delira haber deportado a «30 mil (qué cifra, eh) terroristas» y con la vehemente sospecha de que así nos considera a todos los que nos oponemos a sus dislates, nadie señaló que varios de los integrantes del Comando Cóndor fueron luego montoneros, comenzando por su jefe, Dardo Cabo y por Andrés Castillo, el primero en pisar el suelo malvinero. Una década después Castillo fue detenido-desaparecido en la Esma y tras haber sobrevivido a tan amarga experiencia, secretario general de la Asociación Bancaria hasta su muerte, como recordó en el acto su secretario general y diputado nacional Sergio Palazzo.

Dardo Cabo fue director del semanario «El Descamisado» y varios colegas compañeros que conozco tuvieron un trato fluido con él. No es mi caso: yo solo estuve con él una hora. Fue en la U-9, la «Cárcel Modelo» de La Plata, donde estaba preso mi añorado hermano Luis, que ingresó como «Gurí» con 21 años y egresó como «Piraña» tras la debacle de Malvinas, habiendo batido el récord de permanencia en los «chanchos» (calabozos de castigo). Sucedió una vez que por medio de nuestra madre me pidió que en mi próxima visita (lo visité hasta que me advirtió que dejara de hacerlo pues ya habían secuestrado y desaparecido, entre otros visitantes, a las madres del «Canca» Gullo y «Manzanita» Elizalde) no fuera al primer turno como solía, a las 9, sino al segundo, a las 11, porque quería reunirse con Dardo Cabo, que estaba en otro pabellón. Y es que adentro de «la tumba» mi hermano había sido ascendido a oficial de la alicaída «orga». Hice lo que me pedía y asistí durante una hora casi sin emitir sonido a la charla de ambos. Me quedó grabada la cabellera blanca de Dardo, quizá porque en las fotos suyas que había visto era morocho.
Vuelvo sobre lo ya dicho: al parecer no es de buen gusto mencionar a Montoneros, y no se trata de gentes que alguna vez fueron parte y hoy no quieren recordarlo, como la Pato Bullshit, o se dedican a abominar del que en su momento fue el espacio de mayor concentración de los ímpetus revolucionarios de una generación a partir de sus errores (algunos horrores, como el asesinato de Rucci y el asalto al cuartel de Formosa) pero no abominamos de haber sido montos, motivo por el que Castillo fue secuestrado y Cabo asesinado.
No fueron los únicos: Dardo, Roberto Rufino Pirles (uno de los primeros militantes de Montoneros en Santa De), Félix Alberto Escobar, Victorio Graciano Perdighé y Dalmiro Segundo Villagra, sindicalista de Río Turbio, fueron sacados de sus celdas en la madrugada del 6 de enero y so pretexto de llevarlos a la cárcel de Sierra Chica ametrallados en la ruta 215, cerca de Brandsen y los ametrallaron. Todos eran montoneros, al igual que Ana María, hermana de Victorio, y que Ángel Giorgiadis y Horacio Rapaport que dos semanas después fueron sacados de esa cárcel, llevados al Regimiento 7 de Infantería de La Plata donde se los asesinó.

Otros miembros del «Comando Cóndor» también tuvieron fueron montoneros y tuvieron un destino aciago: Aldo Omar Ramírez y Edgardo Salcedo, Ramírez, delegado de AstarSA, fue secuestrado y torturado por una patota de la derecha de lo que genéricamente se conoce como Triple A en 1975. Y en septiembre de 1977 fue baleado y llevado a Campo de Mayo, a dónde habría llegado muerto.
Salcedo fue baleado cuando estaba con su esposa, Esperanza Cacabelos, al resistirse a tiros a su secuestro por una patota de la ESMA (poco antes los marinos habían secuestrado a su tío Gregorio) en un departamento ubicado en la esquina de Oro y Santa Fe, pleno barrio de Palermo. Antes de caer lograron matar al capitán de Corbeta Olegario Salvio Menéndez y a un oficial de la Policía Federal.

Es justo reconocer que cuando fueron a las Malvinas los cóndores estaban muy lejos a considerarse de izquierda. El operativo fue apoyado por un sector de la Unión Obrera Metalúrgica cuyo secretario general era Augusto Timoteo Vandor quien estaba distanciándose de Perón y por ello mismo rompiendo con el padre de Dardo, Armando Cabo. Entonces la UOM padecía un irreconciliable conflicto intestino, ya que cuando en 1969 Vandor fue asesinado, el sucesor natural era el secretario adjunto, Avelino Fernández, gran amigo de Armando Cabo, pero en marzo de 1970, su seccional, la de la Capital Federal, fue asaltada manu militari por quienes entronizaron al vandorista Lorenzo Miguel.
El segundo de Dardo en el operativo fue Alejandro Giovenco que giró cada vez vez más a la derecha, hasta vincularse con la CNU (Concentración Nacionalista Universitaria). Juan Carlos Rodríguez y Pedro Tursi siguieron vinculados a la UOM y luego del asesinato de Vandor sirvieron a su sucesor, Miguel, de quien Rodríguez fue el jefe de su custodia. También Giovenco siguó vinculado a la UOM, pero a través de la CNU. Giovenco murió cuando tras salir de la UOM (que entonces estaba en la actual calle Perón –entonces Cangallo– entre Paraná y Uruguay) al llegar a la avenida Corrientes le estalló una granada que llevaba consigo.

Es posible que la interna de la UOM haya incidido en que, a pesar de algunas promesas, la CGT no hiciera mas que emitir un comunicado firmado por su secretario general, Francisco Prado calificándolos de «héroes». Visto desde el presente no parece poco.
La Armada Argentina despachó un barco a las Malvinas que atracó en Puerto Stanley (renombrado por los cóndores «Rivero» por el gaucho entrerriano que resistió la ocupación británica) para devolver a los cóndores prisioneros al continente. Al llegar a Ushuaia se los desembarcó procurando evitar el contacto con quienes querían recibirlos con afecto, tal como volvería a ocurrir en 1982, tras la derrota, con nuestros soldados.
En 1988 publiqué en la revista El Porteño una investigación que sobre el Operativo Cóndor hice con mi amigo Julio Spina, autor del imprescindible libro Matar. La historia completa dela Triple A, recientemente publicado por Sudamericana. Reproduzco un facsímil (van a tener que apelar al Zoom o a la lupa si la quieren leerlo tal cual, pero a continuación va una transcripción con alguna corrección, y seguida semblanzas de Dardo Cabo, Andrés Castillo y Norberto Karasiewicz, hecha por compañeros que gozan de mi alta estima: la primera por Roberto Baschetti, y las otras por su tocayo Bardini, que las publicó en Facebook firmadas como «Ronberto Bacardini».



La guerrita de las Malvinas
De cóndores y teros
Por Juan José Salinas y Julio Spina
Mientras el majestuoso Galtieri dice que le debemos un desfile en su honor, la desmalvinización es una constante de generales y almirantes que ni siquiera durante la contienda quisieron recordar que —lejos de apoyarlos— habían encarcelado a los jóvenes peronistas que quince años antes integraron el Operativo Comando Cóndor.
El Douglas DC-4 Benjamín Matienzo de Aerolíneas Argentinas piloteado por el comandante Fernández García cumplía el vuelo 648 entre el Aeroparque de Buenos Aires y Río Gallegos sin novedad. Eran las seis de la madrugada del 28 de setiembre de 1966. Un pasajero delgado, de rostro largo y huesudo y abundante cabellera, dejó en el asiento a su acompañante: una chica rubia, bajita, de cara redonda, que lucía una gran cruz plateada sobre el pulóver. Desde que habían subido a bordo se los había visto muy acaramelados, siempre tomados de la mano. A los veinticinco años, Dardo Manuel Cabo tenía más de media docena de caídas a causa de su irreductible militancia peronista. Su novia, María Cristina Verrier, a pesar de ser algo mayor, aún vivía con sus padres en la casona familiar de Belgrano y era una entusiasta promotora del Teatro del Altillo en la calle Florida con media docena de obras de teatro estrenadas. Conoció a Dardo entrevistándolo para la revista Panorama y enseguida se enamoraron.

Fumando un Pall-Mall sin filtro, comprado en el avión de entreport al atravesar el paralelo, sin que nada en él denotase nerviosismo, Dardo encaró al comandante y le dijo que el avión estaba tomado: que pusiese rumbo SE, ruta 105 a Malvinas. Los secuestros aéreos eran por entonces raros y sólo se tenían noticias de unos pocos en América y siempre hacia La Habana, meca de la Revolución, sometida al bloqueo dispuesto por la OEA en 1962.
El código aeronáutico nada decía todavía de la piratería aérea y el sorprendido Fernández García no acababa de creer que las palabras de Cabo fueran en serio. Otro pasajero, con el pelo al rape y parapetado detrás de unos anteojos oscuros, lo convenció al irrumpir en la cabina con cara de pocos amigos y encañonarlo con una pistola Luger de la segunda guerra.
Al sur, al mar, al frío
Otros dieciséis pasajeros, todos menores de 30 años, cruzaron leves guiñadas cuando el DC-4 se inclinó levemente a babor. Las azafatas, informadas por ellos con sigilo a fin de no alarmar a los restantes pasajeros, veían las anchas sonrisas de satisfacción y no terminaban de convencerse de que el avión estuviese secuestrado: todos bebieron whisky y brindaron al enterarse y no hubo mayores protestas. Sin embargo, el semblante de un pasajero adquirió un tono masilla. Se trataba nada menos que del contralmirante José María Guzmán, gobernador del Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Malvinas e Islas del Atlántico Sur, nombrado directamente por el dictador Juan Carlos Onganía. Cuando uno de los muchachos le informó qué era lo que sucedía y lo palmeó seguidamente por su suerte —Al fin podrá ser efectivamente el gobernador de las Malvinas, le dijo—, clavó los ojos en el vacío, sobre el horizonte brumoso que se iba tiñendo de rojo. No volvió a abrir la boca desde entonces y hasta el final del viaje.
Poco antes de las nueve avistaron el archipiélago. No pasó mucho tiempo antes de que el comandante Fernández lograra aterrizar, a despecho de la ventolera, en una pista de carreras cuadreras, detrás de la casa de gobierno de Stanley. Para ello tuvo que alterar los planes de sus captores y enfilar el carreteo de la máquina en sentido inverso al previsto, a fin de que el viento la frenase. A pesar de su pericia, el avión se detuvo a más de ochocientos metros del lugar originalmente elegido y terminó por enterrarse en la turba húmeda. Mientras, los Land-Rover de la policía local se atravesaban frente a su nariz. Los pocos kelpers estaban extrañados y asustados por partes iguales. En primera fila había media docena de policías (toda la dotación militar de las islas no pasaba entonces de 15 hombres) que, a semejanza de los bobbys londinenses, no portaban armas: sólo atinaron a mirar cuando los hombres de campera verde se descolgaron con sogas por la puerta de emergencia. Los forasteros estaban armados con carabinas y viejas pistolas Mauser, y fue la única mujer, en buen inglés, la que les comunicó que estaban detenidos en calidad de rehenes. Luego, Dardo y su novia se dirigieron hacia la residencia del gobernador Gleadell. Una vez frente a él, le dijeron con desparpajo que habían venido para quedarse, pues ése era territorio argentino. Gleadell perdió la compostura y con la misma flema de un hooligan les hizo un corte de manga: ¡Fuera de aquí! ¡Esta no es su casa!
En el ínterin, los hombres de Stanley habían acudido en gran cantidad, armados con sus escopetas, a fin de no perderse el único espectáculo que rompía la monotonía de tantos años. Además del celeste y blanco del fuselaje del avión, cinco banderas colgaban de los alambrados de la pista, y otra, más grande, flameaba en un mástil improvisado. Los recién llegados tenían en su poder a la policía de la isla, pero eran rodeados por cien civiles armados. La impasse tardaría 36 horas en resolverse.
Cabo transmitió por la radio del avión la proclama del Operativo Comando Cóndor escrita de su puño y letra poco antes de partir de la UOM de Munro hacia el aeroparque: «Creemos que eludir un compromiso es cobardía. Estamos luchando y lucharemos. O concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado», concluyó. No sabía quién estaría escuchándolo, pero la CGT había prometido lanzar un paro general apenas se tuviese certeza del éxito del desembarco.
Dardo pronunció una breve arenga ante sus compañeros formados y los perplejos kelpers: las Malvinas habían sido, eran y serían argentinas. A partir de entonces ese caserío se llamaría Puerto Rivero. Los forasteros, con lágrimas en los ojos, cantaron el himno: ¡Congloriamorir! Qué bichos raros estos argies, pensaron algunos kelpers.
Manden frazadas
Cuando terminó la ceremonia uno de los muchachos invitó al contralmirante Guzmán a subir a la cabina y conectarse por radio con Río Gallegos. Debía, le dijo, pedir instrucciones en su carácter de gobernador del territorio redimido. Tardaron bastante en encontrar la frecuencia, y cuando al fin lo lograron, Guzmán balbuceó en la parte más sustancial de su mensaje: «Escúchenme bien. Acá hay mujeres y niños, por favor manden abrigo que hace mucho frío».
Más tarde lograron sintonizar una radio argentina. Para entonces, el resto del pasaje estaba alojado en las casas de los kelpers, que no se habían mostrado demasiado hostiles. Se enteraron así de que Onganía no había cancelado su asistencia al partido de polo en el que jugaba Felipe, el príncipe de Gales, marido de la reina Isabel. Al término del match, el dictador había emitido un comunicado: «La recuperación de las islas Malvinas no puede ser una excusa para facciosos», discurría. Poco antes, el canciller Nicanor Costa Méndez —el mismo que estaría en funciones nuevamente en 1982— había mandado una nota de disculpa a la Corona.
La CGT no había llamado a la huelga aunque su secretario general, Francisco Prado, sí había firmado un comunicado que los declaraba «héroes nacionales». Se habían quemado públicamente en Buenos Aires varias Union Jack y, tal como esperaron, otros militantes peronistas habían ametrallado el frente de la embajada británica. También algunos intelectuales, como Arturo Jauretche y Fermín Chávez, se adherían a la acción. Y poco más. Entretanto, el Bahía Buen Suceso había zarpado hacia Malvinas con tropas de infantería de marina y de la policía, obviamente no para consolidar la ocupación, sino para trasladarlos detenidos al continente.
El plan original preveía que el grupo, dividido en otros más pequeños, tomase el centro cívico, el arsenal y la gobernación. Ante la inesperada resistencia de Gleadell y su pequeña guarnición, esta última fase se suspendió, y todos permanecieron alrededor del avión a la espera. Los cóndores, al menos. El gobernador Guzmán, en cambio, lejos de tomar la residencia del gobernador, tomaba té en ella con mister Gleadell.
Con armas y banderas
Un día y medio después del aterrizaje, Dardo Cabo, que negociaba con el único cura católico, Rudolph Roel, mediador oficioso entre británicos y cóndores, llegó con él a un acuerdo que Gleadell aceptó. Por éste no hubo rendición incondicional: los rehenes fueron devueltos, las armas del comando quedaron en custodia del comandante Fernández y todas las banderas siguieron en manos argentinas. La del mástil le sería luego regalada a Perón. Los comandos, al igual que Héctor Ricardo García, el director de Crónica —que había ido a tomar fotos invitado por el grupo y fue el único en recibir algunos coscorrones de los ingleses—, fueron colocados en una lancha carbonera, y trasladados dos días después en el segundo intento (el primero tuvo que suspenderse por la marejada) hasta el Bahía Buen Suceso que aguardaba a trece millas, en aguas internacionales. Los muchachos presionaron a Guzmán para que fuera él quien llevase las banderas. Tras titubear, el contralmirante aceptó.
Una vez llegados a Ushuaia, los cóndores, detenidos, fueron desembarcados de noche rumbo a la comisaría para evitar que se encontrasen con el pueblo que había organizado un acto de bienvenida. Al día siguiente, a pesar de la prohibición, muchos conscriptos se agolparon frente a la comisaría y lograron visitarlos. Y por eso fueron arrestados.
El fiscal de la Cámara Federal de Bahía Blanca pidió que se condenase a los expedicionarios a prisión perpetua por «robo en descampado». Jorge Edwin Torlasco —el mismo que en 1985 integraría la Cámara Federal porteña—, quien se encargó por fin de la acusación, fue más benévolo: los inculpó por «atentado a la libertad individual y tenencia y empleo de armas de guerra». Dardo Cabo fue condenado a tres años de cárcel. Su lugarteniente Giovenco —el joven de los anteojos oscuros— y Juan Carlos Rodríguez recibieron una sentencia algo más severa. El primero, a causa de haber encañonado al comandante Fernández García; el segundo por el antecedente de haber sido detenido antes por el plan CONINTES, a pesar de que había sido luego amnistiado. A los restantes cóndores les tocó a razón de dos años por cabeza. A los nueve meses, con todo, quince recibieron la libertad condicional. María Cristina Verrier no quiso solicitarla para permanecer junto a Dardo.
Vandor y la Jotapé
Tomar las Malvinas era un viejo sueño de los primeros grupos de la Juventud Peronista, nacidos frente a las pizarras de La Nación, donde se reunían para —so pretexto de comentar las noticias— agitar contra la Libertadora y ocasionalmente romperle la cabeza a algún gorila. Cuando se lanzó el Operativo Cóndor hacía apenas tres meses del derrocamiento de Illia y del inicio de la Revolución Argentina. Perón había mandado «desensillar hasta que aclare» y el líder metalúrgico Augusto Timoteo Vandor, cabeza del neoperonismo y autor del célebre «hay que estar contra Perón para salvar a Perón», había condescendido a ponerse corbata para asistir a la asunción del dictador Onganía.
Por sostenerse financieramente, todos los grupos de la JP dependían de algún sindicato: el de Dardo Cabo (Nueva Argentina) era del riñón de la UOM y fueron Vandor y sus metalúrgicos quienes financiaron la aventura. Sin embargo, entre los convocados por Cabo a la patriada había no pocos adversarios del Lobo. Lo era, por ejemplo, Alejandro Giovenco, posteriormente confeso fascista, que en 1974 murió al estallar la bomba que transportaba en la esquina de Corrientes y Talcahuano. Para entonces, Giovenco era miembro de la proto-Triple A, vía CNU (Concentración Nacionalista Universitaria).
A la inversa, en el entorno de Vandor (asesinado en 1969 por un grupo que luego formaría parte de los Descamisados que luego entrarían a Montoneros) aún se encontraban los abogados Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Duhalde, prolíficos escritores a quienes se conocía por Barrantes y Barroso, nombre de dos personajes de Leopoldo Marechal) bajo la jefatura de Fernando Torres. Ortega Peña fue asesinado por la Triple A cuando era diputado; Duhalde es hoy dirigente de la IDEPO y del FRAL y Torres se fue de la UOM para defender a Firmenich.
Lo que hoy, veintidós años después, se puede ver medianamente claro, entonces no era en absoluto diáfano. El Jobito Dardo Cabo pocos meses atrás había sido miembro de la custodia de María Estela Martínez de Perón. Por entonces, Isabelita no sólo no tenía a López Rega a su lado (al que conocería enseguida, poco antes de retornar a España), sino que había venido a la Argentina enviada por Perón, con el expreso objetivo de abortar el proyecto neoperonista de Vandor, postulando con toda claridad en la candidatura de Alberto Serú García en las elecciones de Mendoza de abril de 1966. La incipiente izquierda peronista la rodeaba.
Es que el vandorismo era, en esencia, el mayor intento de discutirle la jefatura del justicialismo a Perón, y había comenzado a cobrar vuelo a partir del fracaso del Operativo Retorno (de Perón) en diciembre de 1964, cuando el avión que traía al líder fue detenido en Río de Janeiro y obligado a regresar a Madrid.
Poco después del golpe de Onganía, el capitán-ingeniero Álvaro Alsogaray había marchado a los Estados Unidos y explicado la política económica del régimen, siendo calurosamente felicitado por el embajador Spruille Braden. Un mes después de que una compañía de gases de la Policía Federal desalojase a Illía de la Casa Rosada (a la que había accedido con sólo el 25% de los votos y la proscripción del peronismo), Onganía había intervenido todas las universidades nacionales. Ante la resistencia estudiantil, se las ocupó manu militari con la policía: fue «la noche de los bastones largos». Unos días antes del Operativo Cóndor, el 7 de setiembre, en Córdoba, fue baleado por la policía el estudiante Santiago Pampillón, que murió cinco días después. Comenzaba a producirse una convergencia obrero-estudiantil que fructificaría dos años y medio después en el Cordobazo. Pero entonces, en 1966, todo era aún confuso para los jóvenes nacionalistas que, en última instancia, confiaban en la emergencia salvadora de algún general patriota que encabezara sus luchas. No los hubo entonces, tampoco después.
Luego del 2 de abril de 1982, durante los primeros días, los comunicados oficiales hablaron de Puerto Rivero, en lugar de Puerto Stanley. Después, sorpresivamente, la cúpula militar resolvió llamar al villorrio Puerto Argentino. Es que el Proceso no podía reivindicar al Operativo Cóndor a pesar de la euforia nacionalista y a pesar también de que, a fin de cuentas, varios de los miembros de la expedición siguieron teniendo una ideología férreamente anticomunista.
La suerte de Dardo, la de tantos
Porque Dardo Cabo confluyó en los primeros años ’70 con jóvenes provenientes de la democracia cristiana en la organización Descamisados. Esta se fusionó en 1972 con Montoneros, y Cabo se convirtió en 1973 en el director de su semanario oficioso, El Descamisado. Detenido en 1975 y alojado en la U-9 de La Plata, fue sacado en la noche del 5 de enero de 1977 junto a otro montonero, Roberto Pirles, y ambos fueron asesinados en las afueras de Brandsen por orden del general Juan Bautista Sasiaiñ, por entonces jefe de la X Brigada de Infantería y luego de la Policía Federal.
Parecida suerte corrieron Aldo Omar Ramírez y Edgardo Salcedo. Ramírez, que tenía 18 años cuando desembarcó en Malvinas, fue secuestrado en 1975 por la Triple A cuando era delegado de los Astilleros ASTARSA y acribillado a balazos, a pesar de lo cual sobrevivió, pero después del golpe de marzo de 1976 volvió a ser secuestrado y aún permanece desaparecido. Salcedo y su esposa fueron baleados en 1976 por el grupo de tareas de la ESMA en Santa Fe y Oro, pleno barrio de Palermo, y luego trasladados a Silenio. Desde entonces se carece de noticias de ellos. Otro miembro de la expedición, Juan Carlos Rodríguez, el gallego, también fue asesinado el 12 de octubre de 1985 por la banda de Aníbal Gordon (que incluía al ubicuo Osvaldo Paqui Forese) mientras cenaba en el restaurante Mi Estancia de Florencio Varela. Rodríguez, al igual que otro cóndor, Pedro Tursi, no pertenecía a ninguna «BDT» (banda de delincuentes terroristas, en la jerga castrense), sino que había seguido estrechamente vinculado al «aparato» de la UOM.
Un quinto integrante del operativo, muy allegado a Cabo, el sindicalista Andrés Ramón Castillo, fue secuestrado en 1977 y permaneció dos años desaparecido en la ESMA, tras lo cual se exilió en España y luego retornó al país. Castillo es hoy delegado general de la Caja de Ahorro.
Los generales y almirantes argentinos que jamás se propusieron combatir en Malvinas hicieron lo que acostumbraban: desaparecieron de la historia oficial al Operativo Cóndor y hasta el gaucho Antonio Rivero. Por cierto, poca cosa se sabe de éste: parece probado que era entrerriano y combatió en las guerras civiles, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si peleó bajo las órdenes de Lavalle o las de Dorrego. Lo cierto es que liderando a dos criollos y cinco indios charrúas izó la bandera argentina en la isla Soledad (mas concretamente en el puerto homónimo) el 26 de agosto de 1833 y resistió en ellas hasta enero de 1834, cuando fue capturado por los ingleses. Llevado a Londres preso, volvió a Montevideo en 1838 y dicen que murió en la Vuelta de Obligado combatiendo a la flota anglo-francesa.
Parece que hay quienes querrían que también, como el de Rivero, el recuerdo de Cabo y sus compañeros se desvaneciese entre las brumas. Por eso estas líneas. Y porque, mientras se juzga a defensores de Malvinas como el almirante Juan José Lombardo (que a pesar de ser el jefe máximo de las fuerzas conjuntas en el área jamás pisó las islas) o el general Omar Parada (que en vísperas del desembarco británico arrestó y removió a un capitán —dejando su compañía acéfala— por matar y mechar una oveja ante el hambre de sus hombres), parece un estricto acto de justicia recordar a quienes, y en qué circunstancias, reivindicaron efectivamente la soberanía argentina. Y es que no hay noticias de que ni Galtieri ni Aldo Rico lo hayan hecho alguna vez.
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Dardo, el hijo de Armando

“Ángel”. “Casildo”. “Quique”. “Carlitos”. Nacido el 2 de noviembre de 1942 en Capital Federal. En 1960 comienza a militar en la Juventud Peronista. Pasa por Tacuara y por el Movimiento Nueva Argentina (MNA) desde su fundación en 1961. El 28 de septiembre de 1966 cuando contaba con 23 años de edad, fue integrante del Grupo Cóndor que secuestró un avión comercial para hacerlo aterrizar en nuestras Islas Malvinas como muestra de soberanía nacional, en tanto el presidente de facto, el general Onganía, le organizaba partidos de polo al Príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, de visita en Argentina. Entre 1969 y 1975 es delegado bancario por la Caja Nacional de Ahorro y Seguro. Fue un cuadro importante de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) que ayudó a fundar a principios de los ‘70 y luego de Montoneros donde llegó a tener el grado de oficial 2do. La foto que ilustra esta reseña está tomada por los represores de la Marina de Guerra en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) cuando fue secuestrado ilegalmente, el día 19 de mayo de 1977, en tanto transitaba por la avenida Vernet entre la calle Senillosa y la avenida La Plata en la ciudad de Buenos Aires. Lo metieron de prepo en una ambulancia y se lo llevaron una vez reducido. En la ESMA, fue golpeado y detenido bajo condiciones inhumanas de vida. Los castigos corporales se sucedieron varias veces, por ejemplo, el 1° de diciembre de 1978, donde además de los grilletes que ya soportaba en las piernas, le adosaron una bala de cañón de 25 kilos para dificultar su desplazamiento. Cuentan que estando en cautiverio en la ESMA un 31 de diciembre, cuando sonaron las doce, los carceleros –magnánimos ellos, dicho con toda ironía- organizaron con algunos prisioneros un festejo, y que “El Gordo” Castillo abrazó a otra compañera secuestrada (Graciela Daleo) y le susurró al oído: “Para que este año podamos hacer mierda a todos estos hijos de puta”. Se lo acusaba también a Castillo, de haber participado del ataque de Montoneros al cuartel militar de Formosa un 5 de octubre de 1975. Fue liberado el 22 de febrero de 1979 y partió del país con rumbo a Venezuela y luego a España. Al volver la democracia a la Argentina, Castillo volvió su patria, se reincorporó a su gremio, encabezó una lista y ganó las elecciones por el voto soberano de sus compañeros de trabajo. Además, en 1989 fue electo miembro del Secretariado Nacional de la Asociación Bancaria. Por otro lado, se presentó como testigo por la acusación en el juicio a las juntas militares genocidas. Falleció el 29 de agosto de 2022. El viernes 4 de noviembre del mismo año, en el Museo Malvinas se le hizo un homenaje post mortem por su acción heroica en Malvinas junto a otros compañeros en 1966.
El papá de Malvina

Nota
*No confundir nunca con la Operación Cóndor de coordinación de las operaciones represivas de las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay, Bolivia y (en menor medida) Brasil, iniciada antes del golpe de marzo de 1976.
