AMIA: Testigo que miraba fijamente hacia la puerta de la mutual ratificó que no hubo Trafic-bomba

No conozco personalmente a Claudio Gustavo Goldman y no conozco detalles de por qué no se decide a romper con la Historia Oficial (el mismo reproche que les hago a Horacio Lutzky y al recalcitrante Raúl Kollmann) pero le reconozco, como a Lutzky, tener una constante preocupación por el mayor y más letal atentado con explosivos que sufrió la Argentina. En el país de los ciegos, los tuertos somos reyes, y Goldman revista en el exiguo bando de los justos, ya que es el único, que yo sepa, que cubre el absurdo juicio a Telleldín, un delincuente polirrubro que si algo sabía era enmascarar la procedencia de los automotores “mellizos” que traficaba bajo el paraguas de las policías, y es harto evidente que no tenía idea de para qué iba a ser usada (no como vehículo-explosivo sino como señuelo distractivo) la Trafic que devolvió a la sociedad Alejandro Monjo-PFA. Telleldín se encontró frente a la disyuntiva “plata o plomo”, nunca se le ocurrió ser un héroe, e hizo lo lógico: acusar a los policías bonaerenses a los que el eje Riva Aramayo-Corach-Menem le pedía que acusara, y embolsarse 475 mil pesos dólares provenientes de los fondos reservados de la SIDE.

Imagínense: si el juicio por el encubrimiento (que posibilitó que los asesinos sigan impunes) prácticamente no fue cubierto por los medios, este tercero, absurdo, no es cubierto en absoluto, ni siquiera por un Página 12 que tiene como dueño del tema a un Kollmann que goza de la protección de una Memoria Selectiva que depende del CELS, que se beneficia de donaciones extranjeras de entidades interesadas en que la verdad nunca se sepa. Por una prosaica relación de costos-beneficios.

En fin, que el único que asiste al juicio y lo documenta es Goldman, y su última crónica, que transcribo más abajo (el quiera meter las narices en ésta y las demás puede hacerlo aquí) se titula “Miraba atentamente a la AMIA y no vio la Trafic-bomba”. Se trata del testimonio de Gabriel Villalba que, efectivamente, estaba mirando fijamente al patrullero inutilizado que estaba estacionado un poco a la izquierda hacia Tucumán de la puerta de la AMIA escudriñando el horizonte para que la camioneta que cargaba saliera a dar una vuelta manzana tan pronto apareciera una Trafic del Sistema de Tránsito Ordenado (STO) y que dio fe desde un primer momento, al describir las explosiones, que ninguna Trafic las había causado. Suficiente, en cualquier otro caso, para darlo por acredtado.

Si hubiera habido un vehículo-bomba que embistiera la puerta de la AMIA, hubiera obstruido su visión del patrullero.

Villalba ratificó que su “atención estaba (puesta) en el patrullero y nada me dificultaba” divisarlo; que le “llamó la atención que hubiese muy poco tránsito” que al momento de las explosiones estaban a resguardo y apostados en ambas esquinas de Pasteur y Viamonte sendos policías; que la primera explosión fue “como que había volado algo desde abajo, desde un sótano, y se expandió hacia la calle, y hubo una segunda prácticamente inmediata, que salió como del mismo lugar y produjo una bola de fuego”.

Acto seguido, recordó, “empezaron a caer cosas, como en una lluvia de granizo” y que “me rozaron cosas metálicas, que no me golpearon”, mientras que “sobre el Fiat Duna (que estaba detrás de la camioneta que en doble fila y bajo su dirección estaba siendo cargada) aterrizó una lata que le rompió el techo”, y que él recogió “esos pedazos quemados que estaban al lado mío”, incluida “parte de un tambor de (petróleo de) doscientos litros” que al día siguiente aportó en la comisaría, donde estaban empeñados en que certificara la presencia de la Trafic fantasma”.

Pasado más de un cuarto de siglo, como puede apreciarse, su testimonio sigue siendo tan consistente como lapidario.

Comienzo de mi libro AMIA, El atentado. Quienes fueron los autores y por qué no están presos (Planeta, 1997). Sin palabras.

 

Yapa: Algunas de las primeras imágenes tomadas tras las explosiones:

 

 

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