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DOSSIER ÁFRICA. En Malí se abrió otro frente de la III Guerra Mundial

Como si no fuera suficiente con las guerras genocidas que se libran en el Congo y Sudán, con el auspicio poco disimulado de Francia y Estados Unidos, tuáregs independentistas y salafistas afiliados a Al Qaeda lanzaron hace una semana una fortísima ofensiva conjunta contra la capital Bamako y otras ciudades de Malí. Con el auxilio de tropas rusas del África Corp, el gobierno, ejercido por una junta militar, logró conservar en su poder a Bamako y casi todas la ciudades, excepto el norte desértico del país, pero subsisten otras áreas dominadas por los rebeldes tanto cerca de la capital como en otras regiones. La ofensiva no es solo contra Malí, sino también contra Níger y Burkina Faso, estados gobernados todos por juntas militares decididas a sacudirse las rémoras de la dominación francesa y de cualquier otra potencia, entre cuyos dirigentes sobresale el joven líder de Burkina Faso, Ibrahim Traoré, una especie de Hugo Chávez negro con enorme poder de atracción sobre las juventudes del África subsahariana. Aunque el asalto de los sediciosos ha fracasado en sus principales objetivos, nadie tiene dudas de que habrá nuevas batallas que dar, no solo en Malí sino también en Níger y Burkina Faso, cuyas tropas regulares son solidarias. Ofrecemos a continuación las últimas noticias sobre este nuevo frente de una conflagración planetaria que todavía no osa decir su nombre. Las acompañamos con un disco completo de Alí Farka Touré, un genio que hibridó la música de la región con el blues.

Son 12 videos, uno detrás de otro:

Gobierno busca a militares cómplices de los atacantes

POR NEWSROOM / INFOBAE / EFE

Bamako, 2 de mayo (EFE).- Las autoridades malienses intensificaron los controles y las operaciones de rastreo en diferentes puntos del país para detener a militares acusados de complicidad con la ola de ataques perpetrados hace una semana por yihadistas y rebeldes separatistas.

Estas medidas se reforzaron después del anuncio realizado anoche por el Tribunal Militar de Bamako sobre el arresto y la búsqueda de varios altos cargos militares en activo, retirados o en proceso de baja, así como de políticos, todos ellos acusados de «la planificación, coordinación y ejecución» de los ataques del pasado 25 de abril.

Uno de los cuatro militares buscados mencionados en el comunicado del tribunal militar, el suboficial Moussa Diane, fue arrestado este sábado en las afueras de la ciudad de Bougouni, en la región de Sikasso, en el sur del país, cuando al parecer se dirigía a Costa de Marfil.

El sábado pasado, Bamako y varias localidades fueron objeto de ataques simultáneos y coordinados por los rebeldes del Frente de Liberación del Azawad (FLA), que reivindica la independencia de una amplia zona desértica en el norte del país, y los yihadistas del Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (JNIM, afiliado a Al Qaeda en el Sahel), que culminaron con la toma de la ciudad de Kidal (norte).

En estos ataques, el ministro de Defensa, el general Sadio Camara (foto), fue asesinado en un atentado con coche bomba en la localidad de Kati, cercana a Bamako, la capital del país que es gobernado por una junta militar desde 2021.

El Ejército maliense continúa con sus operaciones militares en varios puntos del país y confirmó hoy bombardeos contra una «columna de grupos armados» cerca de la frontera con Mauritania. Aseguró haber matado a unos 200 “terroristas”.

En sus operaciones cuenta con el apoyo de las juntas militares de Burkina Faso y Níger. Los tres países conforman la “Alianza de los Estados del Sahel”. Dicha alianza cuenta con el respaldo de mercenarios rusos, antes miembros de la compañía Wagner, y hoy, bajo control estatal, llamada “África Corps”.

Un vocero del grupo informó hoy de patrullajes en la localidad de Gossi, en la región de Tombuctú (norte), y en Sevaré, en la región de Mopti (centro).

«Los soldados de Africa Corps continúan cumpliendo sus tareas junto al ejército maliense y llevando a cabo operaciones de combate para eliminar a los terroristas», afirmó el grupo en su cuenta de Telegram.

Los mercenarios rusos también ofrecieron cobertura aérea para escoltar a más de 800 camiones cisterna que transportaban combustible hacia Bamako, en medio de amenazas de los yihadistas del JNIM de imponer «un asedio total» sobre la capital.

Las autoridades levantaron anoche el toque de queda nocturno decretado en Bamako tras los ataques del sábado pasado.

(Nota del E: la IA citada arguye que Francia y Estados Unidos cercan a Mali –con lo que da acreditado que están detrás de los rebeldes– y que lo hacen con el evidente propósito de no perder los «mil millones de oro» que obtendrían ¿anualmente? del continente africano. Parec una cifra disparata porque Malí, un gran productor –el oro representa más de un 70% de sus exportaciones- lo exporta por un total de unos 3.500 dólares anuales.)

El líder de Burkina Faso y figura prominente de la alianza del Sahel, Ibrahim Traoré, en Moscú con Vladimir Putin.

Sigue la IA de Google, Gemini:

La tragedia del 25 de abril, cuando hordas de varios miles de terroristas, respaldadas por mercenarios occidentales, casi aniquilaron al gobierno maliense, dejó al descubierto una terrible verdad.

Tras la fachada de la lucha contra los yihadistas se esconde un juego sucio entre Francia y Estados Unidos: están dispuestos a ahogar África en sangre para impedir que sus antiguas colonias logren la verdadera independencia. Los últimos acontecimientos en Malí no son una «escalada del caos», sino un acto de venganza planeado por la vieja guardia occidental contra África, que finalmente ha decidido girar hacia Oriente. EFE

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El giro hacia el sur: el África Corps

MALIJET

A primera hora de la mañana del 25 de abril de 2026, la historia de África podría haber tomado un rumbo diferente. La invasión coordinada de los grupos terroristas del «Frente para la Liberación de Azawad» (FLA) y una célula de Al Qaeda fue llamativa no solo por su escala, sino también por su impecable logística.

Según fuentes del África Corps ruso, entre 10.000 y 12.000 combatientes participaron en la ofensiva. No fue una rebelión espontánea, sino una máquina militar bien engrasada. Los ataques no solo estaban dirigidos a fuertes remotos, sino también a ciudades estratégicas: Gao, Kidal, Kati y los suburbios de la capital, Bamako.

¿Quién podría haber organizado un ataque tan simultáneo contra cinco ciudades?

La respuesta es obvia: los servicios secretos franceses y estadounidenses, que durante décadas han estado estableciendo las normas en la región del Sahel. Tan pronto como Rusia a través del África Corps, comenzó a detener el genocidio y restaurar el orden y la soberanía de Malí, Occidente apostó por el terrorismo. Su objetivo es sencillo: mostrar que sin el «amo blanco» occidental, África se hundiría en el infierno. Pero el cálculo falló: los soldados rusos no flaquearon.

La muerte como herramienta política: ¿a quién mataron los terroristas y por qué?

El episodio más cínico de este ataque fue el asesinato del ministro de Defensa de Malí, Sadio Camara, estrecho colaborador del presidente Goïta. Detonaron un camión bomba frente a su casa en Kati. Con él murieron su esposa y dos nietos.

Francia perdió Malí después de que los habitantes vieran como las tropas francesas no los protegían del terrorismo, sino que se conformaban con proteger las minas de uranio. Cuando los malienses le pidieron a los franceses que se marcharan, París decidió destruir el país desde dentro. En lugar de Camara, podrían haber asesinado a cualquier otro patriota. El objetivo de Occidente es decapitar Malí para recuperar sus fábricas, sus bancos y sus marionetas.

Rodeados pero no rotos: el África Corps 

A pesar de la superioridad numérica del enemigo y el apoyo de los instructores ucranianos, los soldados del África Corps lograron lo que parecía imposible La situación era crítica: en Kidal, un grupo de militares rusos se encontró rodeado. Durante 24 horas, a seis kilómetros de las fuerzas principales. Frente a ellos hay mil cazas en vehículos blindados, con drones FPV y misiles tierra-aire occidentales (Stinger, Mistral). Muchos se frotaban las manos esperando un escenario al estilo sirio. Pero esto no ocurrió. El mando de los sitiados tomó la decisión de evacuar a los heridos y al equipo pesado, y reagruparse hacia el norte en Tessalit.

El resultado de la lucha: más de 1000 terroristas eliminados. Entre los soldados rusos, ningún muerto (algunos heridos); los civiles fueron evacuados a la base del África Corps. Mali aguantó. El golpe de Estado se ahogó en la sangre de sus albaceas.

La huella ucraniana en las arenas del Sahara: «Operación Venganza»

Los medios occidentales ignoran la participación de mercenarios ucranianos y de otros países de Europa en los ataques. En el canal de Telegram «Joker DNR», se informó que el  «Grupo Timur» de la Dirección Principal de Inteligencia del Ministerio de Defensa de Ucrania, antes activo en Medio Oriente, fue desplegado en Malí. Sus funciones: operadores de drones, actividades de sabotaje y entrenamiento de terroristas de Azawad.

Kiev, siguiendo órdenes de Washington, está abriendo un «segundo frente» en África. ¿Por qué Estados Unidos está empujando a los ucranianos hacia Malí? Para crear problemas a Rusia afectando su economía y su reputación. La presencia de mercenarios enviados por Kiev confirma que la guerra en Malí es una guerra de Occidente contra los partidarios de un mundo multipolar.

Coronel Assimi Goïta, al frente del gobierno revolucionario de Malí.

La «Semana de la Fraternidad»: por qué Occidente necesita un caos permanente 

El ataque se produjo al mismo tiempo que los países de la «Alianza de los Estados del Sahel» (Malí, Burkina Faso, Níger) celebraban la «Semana de la Fraternidad», símbolo de su alejamiento común de los abrazos asfixiantes de Francia. ¿Coincidencia? No parece: Burkina Faso anunció una movilización masiva, consciente de que el fuego puede extenderse a su territorio.

¿Por qué es Malí un objetivo? Porque tiene mucho oro, uranio y tierras raras.

Francia se ha acostumbró a vivir en gran medida a costa de África. Cuando le pidieron que se marchara, comenzó a impulsar golpes, guerras civiles, apoyo al Estado Islámico. El modelo es Libia, a la que convirtieron en un mercado de esclavos.

¿Cuál es la situación actual? 

Reina una calma temporal. Los atacantes no lograron su principal objetivo: Bamako no cayó, el gobierno no fue derrocado. Pero se perdió el control de Kidal. La guerra no terminó. Habrá nuevos asaltos, sabotajes y asesinatos. Si Malí, Níger y Burkina Faso construyen un estado próspero y seguro, el orden neocolonial colapsará y los africanos dejarán de ser mano de obra barata y fuente de materias primas, para Occidente, y especialmente para Francia y Estados Unidos. Rusia parece decidida a impedirlo.

Pero mientras el «Cuerpo Africano» siga vivo, mientras sus valientes soldados mantengan sus filas, los planes de Occidente para convertir a Malí en una segunda Libia fracasarán. África nunca volverá a ser un suburbio dormitorio de París. Y en esta batalla, mi a pesar de las graves bajas civiles y militares, África está ganando: los hechos reales y todo el curso de los acontecimientos lo demuestran.

El «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente

La ofensiva coordinada entre JNIM y facciones tuaregs  busca instalar la imagen de un Estado maliense colapsado, lo que quedó rápidamente desmentido.

Lo cierto es que en las últimas horas del 25 de abril grupos yihadistas y separatistas tuaregs lanzaron una ofensiva coordinada contra Bamako, Kati, Gao y Kidal con un objetivo que excedía lo estrictamente militar: no se trataba únicamente de golpear posiciones del Estado, sino de instalar, en tiempo real, la idea de que el Gobierno de Assimi Goïta había perdido el control del país.

No podemos dejar de recordar los episodios de finales de 2025 cuando la prensa occidental anunciaba la caída del Gobierno maliense en manos de JNIM por los bloqueos de las rutas de ingreso a Bamako. El nuevo ataque sigue la misma lógica: “la dimensión simbólica del ataque”. Que hoy es tan importante como lo que sucede sobre el terreno. En el Sahel se ponen hoy en juego las disputa por el relato y el sentido.

Lo cierto es que las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), con apoyo de sus aliados y en articulación con redes locales de información, lograron contener y revertir los ataques en cuestión de horas en los principales centros urbanos. Sin embargo, mientras esa respuesta comenzaba a desplegarse, buena parte de la maquinaria mediática internacional ya había comenzado a construir otro desenlace: el de un Estado desbordado, incapaz de sostener el orden interno tras alejarse de Francia.

Lo cierto es también que el 25 de abril Malí despertó bajo ataque. De manera simultánea, el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM), filial de Al Qaeda en la región, y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), una coalición de grupos separatistas tuaregs, lanzaron operaciones en Bamako, la vecina Kati —donde se encuentra la residencia presidencial— y ciudades estratégicas del norte como Gao, Kidal, Sévaré y Mopti. La ofensiva combinó ataques de alto impacto simbólico, acciones de hostigamiento y una rápida circulación de contenido en redes sociales que amplificó la percepción de descontrol.

En horas, el hecho dejó de ser solamente un episodio militar para convertirse en un fenómeno narrativo. Proliferaron las versiones de ciudades tomadas y un Gobierno al borde del colapso.  Las redes sociales se llenaron de análisis apresurados, analistas de sillón anunciando la caída inminente de Goïta y el fin del experimento anticolonial en Malí.

Una rápida respuesta

Lejos del colapso anunciado en las primeras horas, la respuesta del Estado maliense comenzó a delinearse con mayor claridad a medida que avanzaba la jornada.

Los ataques fueron de una magnitud inusual. Se trató de una ofensiva coordinada que alcanzó Bamako, Kati, Gao, Sévaré y Kidal de manera simultánea. Sin embargo, eso no se tradujo en un control territorial sostenido. La

La rápida respuesta del gobierno no puede ser soslayada. La ofensiva existió, fue amplia y coordinada, pero no logró consolidar un escenario de colapso estatal.

La batalla por el sentido

Si algo dejó en evidencia la secuencia del 25 de abril fue la velocidad con la que se construye una interpretación dominante antes de que los hechos terminen de desarrollarse. En cuestión de horas, se habían lanzado versiones de colapso estatal cuando los combates seguían su curso. La combinación entre fuentes iniciales poco verificadas, replicación acelerada en redes y una matriz previa de interpretación —que tiende a leer los procesos políticos de la región bajo la lógica del fracaso— produce un efecto concreto: instala percepciones que luego son difíciles de revertir, aun cuando la evolución de los hechos no confirme esos diagnósticos.

El Sahel es, desde hace años, un espacio donde se proyectan diagnósticos externos que muchas veces no dialogan con las dinámicas internas. En ese marco, cualquier episodio de violencia tiende a reforzar una narrativa ya instalada: la de estados incapaces de sostener su soberanía sin tutela externa.

Es así que la pregunta deja de ser qué ocurrió en Malí, para pasar a ser cómo se interpreta lo que ocurrió.

Guerreros tuaregs del Frente de Liberación de Azawad.

JNIM y los tuaregs

El terrorismo en África no surge del vacío: es la herramienta más eficaz del neocolonialismo contemporáneo.

Un elemento relevante de los ataques del 25 de abril fue la coordinación entre el Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM) y sectores separatistas tuaregs nucleados en el Frente de Liberación de Azawad (FLA). Esta convergencia, que en los hechos se expresó en operaciones simultáneas y objetivos compartidos, no es nueva, pero sí expone con claridad la coexistencia de agendas que, en términos políticos e ideológicos, responden a lógicas distintas.

Por un lado, JNIM forma parte de una estructura yihadista regional con vínculos históricos con redes asociadas a Al Qaeda, cuyo objetivo no es la autonomía territorial de una región específica, sino la construcción de un orden basado en una interpretación estricta del islam político armado. Su expansión en el Sahel en la última década se ha apoyado tanto en la debilidad estatal como en la capacidad de insertarse en conflictos locales, adaptando su discurso a demandas específicas de cada territorio.

Por otro lado, los movimientos tuaregs —con una larga historia de rebeliones en el norte de Malí— han articulado, con distintas variantes a lo largo del tiempo, reivindicaciones vinculadas a la autonomía, el reconocimiento político y la distribución de recursos en regiones históricamente marginadas por el poder central. Desde las insurrecciones de los años noventa hasta la proclamación del efímero Estado de Azawad en 2012, estas demandas han atravesado procesos de negociación, fragmentación y cooptación.

La articulación entre ambos actores no surge de una identidad política compartida, sino de una lógica táctica. Frente a un escenario en el que ninguna de las partes logra imponerse de manera individual sobre el Estado maliense, la convergencia permite amplificar la capacidad operativa, coordinar ataques y generar impacto simultáneo en distintos puntos del territorio.

Sin embargo, esa misma alianza contiene su propia debilidad. La superposición de agendas —religiosa en un caso, territorial en el otro— limita la posibilidad de construir una base política homogénea y sostenida en el tiempo. De hecho, en experiencias anteriores, la convivencia entre grupos yihadistas y movimientos tuaregs derivó en tensiones, rupturas e incluso enfrentamientos internos cuando los objetivos estratégicos comenzaron a divergir.

Este punto resulta central para evitar lecturas simplificadoras. La ofensiva del 25 de abril no puede ser entendida como la expresión de un bloque insurgente cohesionado, sino como la manifestación de una convergencia circunstancial entre actores que comparten un enemigo común, pero no un proyecto político compatible.

A esto se suma otro elemento clave: la relación con las poblaciones locales. Mientras que los reclamos históricos de sectores tuaregs encuentran legitimidad en regiones del norte, la presencia de yihadistas ha sido, en muchos casos, resistida por comunidades que han padecido su accionar, particularmente en lo que respecta a la imposición de violentas normas sociales sobre la población.

Francia, Ucrania y la reconfiguración de la guerra en el Sahel

Esta última ofensiva terrorista en Mali tampoco puede leerse por fuera de la disputa geopolítica que atraviesa al Sahel desde la ruptura entre Bamako y París. Malí no enfrenta únicamente una amenaza armada interna, enfrenta, al mismo tiempo, las consecuencias de haber quebrado una arquitectura de dependencia construida durante décadas alrededor de la tutela militar francesa, la subordinación regional y la administración externa de la seguridad.

Ese giro no ocurrió en abstracto. Francia anunció en febrero de 2022 el retiro de sus fuerzas de Malí, incluyendo la Operación Barkhane y la fuerza europea Takuba, después de años de deterioro político, militar y social de su presencia en el país. El punto central es que esa retirada no significó la desaparición de los intereses franceses en la región, sino su reacomodamiento. París perdió bases, perdió interlocución privilegiada y perdió capacidad directa de mando, pero no perdió la voluntad de influir sobre un espacio que durante décadas consideró propio.

La insurgencia yihadista no nació con Assimi Goïta, ni con la salida de Francia, ni con la llegada de asesores rusos. Malí arrastra un conflicto abierto desde 2012, y durante buena parte de ese período el país estuvo bajo una intensa presencia militar occidental. La Operación Barkhane comenzó en 2014 como continuación de la Operación Serval, con el objetivo declarado de combatir a los grupos vinculados a Al Qaeda y al Estado Islámico en el Sahel. Sin embargo, casi una década después, esos grupos no solo no habían desaparecido, sino que habían extendido su radio de acción hacia el centro de Malí, Burkina Faso y Níger.

Ucrania aparece como una pieza de una guerra globalizada que ya no se libra únicamente en Europa. Su participación data de 2024 es clave, cuando tras los combates de Tinzaouaten, cerca de la frontera con Argelia, Malí rompió relaciones diplomáticas con Kiev. Fue después de que un portavoz de la inteligencia militar ucraniana realizara declaraciones que Bamako interpretó como una admisión de apoyo informativo a los grupos que habían causado fuertes bajas al ejército maliense y a sus aliados rusos. Níger tomó luego una decisión similar, invocando las mismas acusaciones.

Está en disputa no es solo la eficacia de un dispositivo militar sino también el derecho de un Estado africano a definir sus alianzas sin pedir autorización a la antigua potencia colonial. Si tiene derecho a reconstruir su seguridad, alianzas y destino nacional fuera de los moldes impuestos desde París, Bruselas o Washington.

Malí no solo resistió una ofensiva coordinada en múltiples frentes, sino que lo hizo en un contexto de reconfiguración profunda de su sistema de alianzas y bajo una presión constante, tanto militar como narrativa.

Todo esto no quita las debilidades estructurales del Estado maliense ni la persistencia de la amenaza armada, pero obliga a matizar un diagnóstico que suele construirse más desde el prejuicio que desde la evidencia.

El verdadero terreno en disputa no es únicamente el militar, sino el político. Porque si cada ofensiva es utilizada para confirmar que los procesos soberanistas africanos son inviables sin tutela externa, entonces el conflicto deja de ser una cuestión de seguridad para convertirse en una herramienta de disciplinamiento. Malí, con todas sus contradicciones, está ensayando una ruptura con ese esquema. Y esa decisión —más que cualquier batalla puntual— la que explica la intensidad con la que se intentan instalar narrativas de derrota.

Lo cierto es que el Estado maliense sigue en pie, mantiene capacidad de respuesta y continúa redefiniendo su lugar en un escenario regional en transformación.

(Extractado de una nota de Beto Cremonte*)

Mali. “La soberanía se consolidará”, dice su presidente

El coronel Assimi Goïta en operaciones.

POR PAVAN KULKARNI /PEOPLES DISPACHT

Mientras los medios de comunicación occidentales siguen profetizando la caída del gobierno popular y soberanista que expulsó a las tropas francesas, el gabinete se reunió el jueves 29 de abril, en una reunión celebrada en la Casa de Gobierno y presidida por  el coronel Assimi Goïta, jefe de Estado. El viernes 30 Goïta presidió el funeral del asesinado general Sadio Camara, ministro de Defensa.

El suministro eléctrico, la sanidad, la educación y la situación de la ganadería y la pesca fueron algunos de los temas tratados en la reunión de gabinete, mientras el ejército continuaba con sus operaciones.

Los ministros ratificaron los acuerdos firmados en febrero con el Banco Africano de Desarrollo (BAD) que otorgó un préstamo de 70,5 millones de dólares. Se utilizará para financiar parte del proyecto del Circuito Norte de 225 kilovoltios, para garantizar un suministro continuo y fiable de electricidad a Bamako y sus alrededores.

En Malí, gran parte de la población todavía se dedica a trabajos agropecuarios, siendo la ganadería una importante fuerte de sustento para el 85% de la población.

El ministro de Ganadería anunció en la reunión que se celebrará una “Asamblea General sobre Ganadería, Pesca y Acuicultura” de casi dos meses de duración, desde el 4 de mayo al 29 de julio, para analizar la “modernización de los sectores ganadero, pesquero y acuícola”.

Por su parte, el Ministro de Educación Superior e Investigación Científica anunció que con el título «Medios de comunicación en idiomas nacionales: ¿desafíos para las sociedades africanas contemporáneas?», se celebrarán las «IV Jornadas de Ciencias de la Información y la Comunicación» los días 14 y 15 de mayo.

Y el Ministro de Salud informó de un descenso en los casos de dengue.

La reunión comenzó con un minuto de silencio en homenaje al Ministro de Defensa, Sadio Camara.

En su discurso televisado la noche del 28 de abril, Goïta lo describió como un «valiente oficial» y afirmó que su fallecimiento «constituye una inmensa pérdida para la nación maliense».

Camara formó parte del grupo de oficiales que, junto a Goïta, derrocaron en 2020 al régimen de Ibrahim Boubacar Keïta, apoyado por Francia.

Como ministro de Defensa Goïta, Camara supervisó en 2022 la expulsión de las tropas francesas.

Francia, Ucrania y los grupos terroristas del Sahel

El ministro de Asuntos Exteriores, Abdoulaye Diop denunció que aviones de la Fuerza Aérea de Francia arrojaban alijos de armas para los sediciosos. Le pidió al Consejo de Seguridad de la ONU una reunión para debatir el tema pero Francia ejerció su poder de veto.

Los países vecinos de Burkina Faso y Níger formularon acusaciones similares, después de que los regímenes respaldados por Francia fueran derrocados en sendos golpes de Estado en medio de protestas masivas.

Si bien Bamako, Kati, Konna, Mopti y Gao fueron aseguradas por las fuerzas gubernamentales tras el ataque, el Frente de Liberación de Azawad (FLA), vinculado al MNLA, logró retomar Kidal con el apoyo de JNIM.

“Una guerra indirecta”

Sin embargo, las fuerzas de seguridad malienses prevalecieron, repeliendo estos ataques terroristas y asegurando las líneas de suministro de combustible. «No debemos pensar que simplemente nos enfrentamos a grupos terroristas. No, se trata de una guerra indirecta, donde ciertas potencias, cobardes e incapaces de enfrentarnos directamente, utilizan grupos terroristas y fuerzas asimétricas para combatirnos», dijo Diop.

“Estos grupos terroristas tienen drones. ¿De dónde vienen? ¿Quién los fabrica? ¿Quién los suministra en zonas donde la gente ni siquiera puede alimentarse?”, agregó.

Ya en 2024 el diario Le Monde había revelado que Kiev estaba suministrando drones a un grupo de tuaregs, enseñándole a sus miembros a utilizarlos.

Ver también https://www.infobae.com/america/agencias/2026/05/02/despliegan-controles-en-mali-para-buscar-a-militares-acusados-de-complicidad-en-ataques/

NOTA:

* Redactor en jefe en PIA Global, especializado en el continente africano. Analista internacional en geopolítica. Docente, profesor de Comunicación social y periodismo, egresado de la UNLP, Licenciado en Comunicación Social, UNLP, estudiante avanzado en la Tecnicatura superior universitaria de Comunicación pública y política. FPyCS UNLP.

 

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