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DOSSIER. ¿Quién entregó a Roberto Santucho?, una investigación existencial

Para recuperar la esencia de la luchas setentistas por una patria libre y una sociedad justa e igualitaria.  

Mario Santucho, director de la revista Crisis,  dio a conocer en mayo de 2024 su investigación sobre como su padre había resultado ubicado y muerto por una patrulla del ejército en 1976. Narró como había llegado a la conclusión de que el pequeño pelotón comandado por el capitán Juan Carlos Leonetti dio con ese monobloc de la calle Venezuela, en Villa Martelli, donde se produjo el tiroteo  (*) a causa de un delator.

Los Santucho padre (arriba) e hijo (abajo).

Mario llegó a la conclusión de que la ubicación de su padre y sus compañeros, recluidos en un pequeño departamento se había producido de manera indirecta por la información proporcionada por militante o colaborador del ERP y que éste la había dado no siendo sometido a tortura sino voluntariante a cambio de la vida de su pareja, que había sido detenida. Mario publicó su investigación en la revista de papel pero no en la edición electrónica. Entonces, conmovido por lo que el llamó «una investigación existencial», le ofrecí difundirla aquí, en Pájaro Rojo.  Sin embargo, Mario pidió que no lo hiciera… Lo que me dejo pensando en el ex senador Hipólito Solari Yrigoyen, que  a fines de 1973 sufrió un atentado con bomba que lo dejó gravemente herido (el primero firmado por la entonces proteica Triple A), por el que sufrió una larga serie de operaciones. Solari denunció ante la justicia a un colaborador suyo que todo indicaba era un «pluma» de la Policía Federal y lo había entregado… pero luego nunca había vuelto a mencionarlo, por lo que supuse que no podía terminar de creer en semejante traición y por lo tanto tampoco descartar que hubiera una pequeña probabilidad de que ese chofer, que antes había sido estrecho colaborador de Agustín Tosco, no hubiera sido, como todo indicaba, su entregador. Y es que por pequeña que sea la posibilidad de meter la pata en semejante acusación, es comprensible que cualquier buena persona se inhiba de formularla.

Sin embargo, según Juan Bautista «Tata» Yofre (periodista y agente de inteligencia del Ejército que en 1989 fue nombrado por el presidente Carlos Menem secretario de Inteligencia y jefe de la SIDE, y que ha escrito una larga serie de libros justificatorios de la dictadura), las sospechas de Mario Santucho fueron corroboradas por nada menos que por la CIA: «Sobre la caída de Santucho hay otra historia que involucra un cable de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos: allí se informa que un miembro del ERP facilitó la dirección de Villa Martelli a cambio de la liberación de su esposa que estaba detenida. En la negociación se convino que el Ejército liberaba a su esposa y le daría los medios económicos necesarios para que salieran de la Argentina».

Como se verá, la CIA dio también el nombre del supuesto entregador, del que solo diremos aquí que se trata de un médico.

Mario ha dado en Madrid una larga entrevista al diario electrónico El Salto. Es muy interesante porque en ella expresa profundas reflexiones que fue elaborando durante los largos años de su búsqueda:

Mario Santucho: “Entender la derrota de los 70 es entender los desafíos que enfrenta la Argentina de Milei”

El editor de Crisis reflexiona sobre la investigación periodística «Quién entregó a mi viejo», se pregunta por el papel de la justicia o el compromiso y recupera el espíritu de la experiencia revolucionaria del PRT, pero para imaginar nuevas formas de resistencia.

Mario Santucho nació en Buenos Aires en 1975, un año antes de que las Fuerzas Armadas derrocaran al gobierno constitucional liderado por María Estela Martínez de Perón y pusieran en marcha la última dictadura militar en la Argentina (1976-1983), la más sanguinaria. Poco antes de que se produjera el golpe de estado, el hoy editor de la revista Crisis fue enviado a Cuba, donde permaneció durante dieciocho años en condición de exiliado. Unos meses después de su partida, el 19 de julio de 1976, su padre Mario Roberto Santucho, secretario general del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el mayor grupo guerrillero marxista de la Argentina, fue asesinado en un enfrentamiento armado con el ejército. Ese día también fue secuestrada su madre, Liliana Delfino, quien desde entonces permanece desaparecida.

Tras regresar al país en 1993, Mario Santucho participó del Colectivo Situaciones, grupo de investigación militante que produjo varios libros al calor de la insurrección popular de diciembre de 2001. Pero él siempre tuvo una obsesión, de la que no podía librarse: ¿cómo los militares genocidas lograron llegar al escondite donde sus padres vivían clandestinos? En 2019 una pista inesperada pareció confirmar la hipótesis de una delación: un militante relacionado con el tercer dirigente en la línea de mando del PRT-ERP —el “Gringo” Menna— habría pactado con el Ejército la entrega del partisano, a cambio de la liberación de su pareja, quien había sido detenida por la dictadura. Según esa línea de reconstrucción, tras el secuestro de Menna los militares hallaron entre sus pertenencias la dirección de un departamento donde se encontraba Santucho y otros cuadros de la dirección guerrillera.

En esta entrevista, Santucho reconstruye las evidencias y significados del asesinato de uno de los más destacados líderes guevaristas de los años setenta en América Latina. Se trata de una “investigación existencial”, según él mismo la denominó en una presentación, que no habla únicamente sobre el pasado sino que nos pone ante el desafío de los combates que vendrán. Publicada en la versión papel de la revista Crisis, la saga que ya lleva cuatro entregas (siempre con título walsheano: “Quién entregó a mi viejo”) nunca apareció en internet ni se colgaron fragmentos en las redes sociales, con la intención de construir una manera de contar la verdad no sujeta a las lógicas corrosivas que imponen las compañías que controlan el espacio digital y abrir espacios de debate público más reposados y reflexivos. Temas sobre los que Santucho debatirá durante su participación en read., que se celebrará los días 17, 18 y 19 de septiembre en Barcelona.

¿Qué rol ha jugado el periodismo en la investigación de toda una vida?

El periodismo es una de las formas que tenemos a mano para intentar producir verdad sobre la coyuntura histórica que nos toca en suerte. Desde la revista Crisis lo hacemos de manera colectiva, y crítica. En el caso de la investigación sobre la caída de mi viejo se trata de reconstruir una verdad histórica, que no conocemos porque los militares se encargaron de ocultarla de modo sistemático. Además de aniquilar una generación de luchadores, se aseguraron de que los hechos permanecieran opacos.

Por eso, la primera tarea del periodismo es reconstruir esa verdad que el poder quiso borrar deliberadamente. En Crisis usamos un sistema de etiquetas para catalogar los artículos, y la primera de ellas por lo general indica el género de escritura. Puede ser una crónica, una entrevista, algo más analítico, una investigación política. En este caso le puse “investigación existencial” porque se trata de indagar sobre algo que remueve al propio ser.

Nuestra generación fue marcada por la revuelta de 2001, pero siempre hemos mantenido una conexión muy fuerte con los ideales revolucionarios de los años setenta. Nos sentimos parte de ese sueño, aunque también construimos un diálogo crítico con la generación de nuestros padres, y nos vimos obligados a reformular muchas de sus propuestas y métodos de lucha. Entender cómo fue aquella derrota, es también entender nuestras propias derrotas y los desafíos que enfrentamos hoy en Argentina, con la llegada al poder de Javier Milei.

En «Quién entregó a mi viejo» mencionas una emboscada. ¿Cómo llegaron los militares hasta el lugar donde él se encontraba? 

Muchos compañeros, familiares y yo mismo, nos preguntamos de manera insistente cómo ocurrió ese hecho. A lo largo del tiempo hubo tres hipótesis: que lo había traicionado algún integrante de otra organización revolucionaria; que existía un infiltrado en la cúpula del PRT-ERP; o que una persona que colaboraba con la guerrilla canjeó la vida de un dirigente muy cercano a mi padre por la de su mujer que estaba en manos de la dictadura, y eso llevó de una manera indirecta a los militares hasta el escondite donde estaban mi mamá, mi papá y otros compañeros.

Hoy, a partir de una búsqueda en distintas direcciones, creo estar en condiciones de confirmar esta tercera versión, y andamos cerca de saber quién fue esa persona que causó la caída. Pero hay algo que ha sido fundamental a lo largo de estos años y que no se disipa del todo: la incertidumbre. No sabemos exactamente qué sucedió y eso es lo que nos empuja a buscar. Cuando el poder nos oculta la verdad, nuestra tarea es insistir en la indagación. Al principio escribía para obligarme a perseverar, porque por momentos me distraía en otros asuntos, en las preocupaciones del presente, ¡hay tanto por investigar y conocer!

¿Y qué pasó cuando conociste la identidad de la persona que entregó a tu viejo?

Cuando creí encontrar a la persona responsable, hace poco, publiqué un artículo para obligarme a ir a verlo, porque le estaba dando largas al asunto. Ahí aparece algo muy relevante que ya no tiene que ver sólo con lo personal, porque se constituye como un dilema clave: no tiene sentido considerar a esa persona un traidor, pero tampoco es una víctima. Cómo pensar entonces ese acto límite, justo cuando volvemos a lidiar con una ultraderecha que nos ha declarado enemigos, y en cierto modo volvemos a estar en peligro. La pregunta es cómo se hace justicia en un caso como el de mi padre. Ni el castigo, ni la piedad funcionan en un momento de confrontación con la ultraderecha.

¿Cómo abordaron ese dilema desde un punto de vista ético en la revista?

Decidimos no publicar digitalmente los artículos de esta investigación existencial, es decir que circulen sólo en formato papel, porque se trata de un tema delicado, no apto para su tratamiento en las redes sociales, donde por lo general la conversación se torna muy tóxica. El debate sobre la traición y la victimización en Argentina es significativo y precisa de un espacio cuidado para ser elaborado. La pregunta es cómo se hace justicia en un caso como este. Y no tiene una respuesta fácil a priori. Ni el castigo, ni la piedad funcionan. Estamos en un momento de confrontación con la ultraderecha y entender qué significa esta revelación –y cómo responder a ella– adquiere un dramatismo notable.

La decisión de no publicar la investigación en internet abrió un campo de experimentación insospechado. Primero, los lectores fueron muy respetuosos, la comprendieron. Segundo, contra lo que uno podría pensar, el experimento generó un interés muy grande que derivó en nuevas revelaciones. Se activó una forma de lectura responsable. Se genera una suerte de comunidad alrededor del tema, que cuida lo que se dice pero al mismo tiempo se suma a la búsqueda. Aparecen nuevos interlocutores, nuevas fuentes, nuevos circuitos.

Volviendo a la pieza de investigación que habéis publicado, ¿qué criterios seguís para descartar la primera hipótesis, que fue traicionado por un miembro del PRT?

Es la hipótesis más difusa. La dirección del PRT había decidido a comienzos de julio que mi padre saliera del país de inmediato, porque se buscaba preservar al principal referente a sabiendas de que se estaba en un período de retroceso. Pero él se quedó por un asunto: aguardar a que se concretara una reunión con la organización Montoneros, que debía suceder el 19 de julio de 1976 a la mañana. Allí se iba a discutir la unidad entre ambos movimientos guerrilleros. A último momento el cónclave se canceló de manera unilateral y mi papá fue atrapado antes de viajar. La asociación lineal entre uno y otro hecho aparece obvia, pero desde mi punto de vista no es verosímil históricamente y además los hechos no avalan esa posibilidad. Hace poco uno de los principales dirigentes de la derecha argentina actual me dijo que estaba convencido de que esa había sido la causa, lo cuál indica que es una versión funcional a dicho sector.

La segunda hipótesis fue desarrollada por el área de contrainteligencia del propio PRT en ese momento, ¿cierto?

Así es: la responsable de la contrainteligencia de la organización, Pola Augier, cuyo compañero también fue secuestrado ese día, junto a su hijo de dos años, realizó una investigación inmediatamente después de los hechos. Utilizando métodos deductivos llegó a la conclusión de que uno de los cuadros de la dirección partidaria era sospechoso. Entonces lo citó y le mostró las evidencias que poseía sobre su comportamiento. Según Pola, la reacción nerviosa del inculpado terminó de convencerla de su culpabilidad. Ese individuo habría sido “doblado” por los militares y le pasaba información sensible al enemigo. La dirección partidaria rechazó esta hipótesis, pero ella murió hace pocos años convencida de su veracidad. Lo discutí en profundidad antes de su fallecimiento. Yo no podría descartar esta versión, pero considero que no es la más probable.

¿Por qué desconfías?

Desconfío de esa certeza subjetiva tan blindada, que se basa en datos que parecen sólidos pero no son concluyentes y terminan validándose por un gesto o un comportamiento del acusado; porque yo mismo estuve hace no mucho absolutamente convencido de que había dado con la versión definitiva, y luego me di cuenta que era inconsistente. Es increíble como el razonamiento se abraza a una certidumbre, como si fuera la verdad.

Mario Santucho junto al monumento a los caídos y desaparecidos en la lucha por un mundo mejor, en casi todos los casos la única tumba existente.

¿Y la tercera hipótesis, que fue fruto de un intercambio de nombres?

Esta surge de un conjunto de indicios distintos que van conformandoalgo bastante verosímil. El primer elemento clave consiste en el tipo de operativo que tuvo lugar ese día: apenas cuatro militares, quizás cinco, llegaron al edificio donde se encontraban mis padres y el resto de la dirección de la organización revolucionaria. Se trata de un dato objetivo. Eso significa que el enemigo no sabía que mi padre estaba allí, porque sino hubieran arribado decenas o cientos de efectivos. Con este solo indicio, la segunda hipótesis trastabilla. Luego, hay varios documentos de muy distintas procedencias que coinciden en una versión: el tercer dirigente del PRT, el Gringo Menna, quien vivía en el departamento donde encuentran a mis padres, fue capturado aquel 19 de julio de 1976 a la mañana. En su ropa encuentran un contrato de alquiler de un equipo nebulizador, su hijo sufría de asma, con la dirección de su domicilio. Los militares llegan al departamento sin saber que estaban mis padres y otros compañeros allí.

La clave es que Menna resulta secuestrado porque un amigo suyo, colaborador del movimiento revolucionario, establece un canje con el ejército con el objetivo de liberar a su novia que estaba en manos de los militares. El último indicio que personalmente me resulta muy contundente es el cable desclasificado en 2019 por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (la CIA), donde insisten con esta versión y aportan el apellido de la persona que habría consumado el canjePrecisamos ir más allá del juicio, que condena o absuelve, para reconstruir la ética combatiente. Cualquiera puede ser débil, derrumbarse. Pero nosotros luchamos por una comunidad emancipada.

En la investigación, le pedís al señalado que dé testimonio, por el valor político e histórico que eso tendría. ¿Puedes explicar esa decisión editorial?

Sí, es una pregunta interesante porque quizás haya sido una idea un tanto ilusa, no del todo meditada. Dos elementos de peso me llevaron a ese tipo de interpelación. En primer lugar, llega un momento en toda investigación que tiene como punto de partida la meticulosa ocultación del poder, en que ya no es posible obtener más evidencia documental o testimonial. Hay un sujeto que posee las pruebas, que son los militares que actuaron en el operativo, o sus jefes, pero su pacto de silencio hasta hoy ha sido infranqueable en este hecho. Entonces, está en las manos de esta persona, siempre en el caso de que efectivamente haya sido él, asumir una verdad o ser parte del engaño. Por eso la pregunta directa: ¿fuiste vos? En un punto, claro, es una interrogación ingenua, movida por la esperanza de llegar a destino.

Pero hay un segundo motivo, para mí más interesante: es la apuesta por elaborar juntos ese eventual acto inconfesable. Necesitamos construir una forma de valorar lo sucedido que no se rija por los parámetros hasta ahora ensayados: que son los de la traición, según la subjetividad setentista o revolucionaria; o los de la victimización, planteados a partir de los ochenta por la conciencia democrática, o posdictatorial.

¿Te refieres a salir del enfoque punitivo que reproducen los jueces?

Precisamos ir más allá del juicio, que condena o absuelve, para intentar reconstruir la ética combatiente. Cualquiera de nosotros puede ser débil, puede derrumbarse. Pero a diferencia de nuestros enemigos, que no pueden asumir sus actos y conductas, nosotros luchamos por una comunidad emancipada, capaz de procesar las contradicciones con dignidad.

A este respecto, ¿qué lecciones extrajiste del encuentro con la persona que entregó a tu viejo?

Si tuviera que valorarlo con términos spinozistas, debo decir que no fue un encuentro que me haya afectado de alegría. La persona en cuestión negó su responsabilidad, de un modo que no me resulta convincente. Estamos entonces en el mismo punto: no podemos confirmar ni descartar la hipótesis. Pero en otro plano fue una cita crucial.

En Argentina existe hoy un debate sobre qué tipo de vínculos militantes necesitamos crear para enfrentar al tipo de poder que hoy oprime con violencia. En los años setenta, existía una visión heroica, cada militante sabía que arriesgaba su vida y mantenía un vínculo militar con sus compañeros. En ese marco, un canje con el enemigo como el que habría sucedido en este caso era considerada una traición absoluta, y con razón.

¿Cómo lo interpretas tú?

Yo no creo que debamos reproducir hoy esa lógica bélica, pero no por una cuestión moral sino por un tema de eficacia. Por eso tampoco me parece justo cuando se cuestiona aquella subjetividad de nuestros padres de una manera tan ligera, tan pedante, tan progresista: como si desde el presente tuviéramos algún tipo de autoridad para juzgar a nuestros antepasados. Se ha llegado a criticar incluso aquella mentalidad colectiva que fue a fondo con su propósito, que tuvo la audacia de desafiar realmente al poder y de jugarse para intentar concretar sus sueños, como si esa desmesura fuera la causa directa de la derrota, o incluso del terror. Esa pedagogía de la rendición ha sido más letal que la represión misma. Nos mutila cualquier imaginación radical. Y su corolario obvio es la tendencia a victimizar automáticamente a todos los que fueron capturados por los militares. Eso también me resulta problemático.

La falta de compromiso elimina la autonomía; sin autonomía, eres víctima.

Exacto. La víctima ha sido el sujeto político por excelencia de la democracia y hoy estamos presenciando los límites de esta concepción. No hay ninguna dignidad de por sí en la condición de víctima. Se trata de una identidad atribuida por el poder, de la que precisamos salir. Donde hay una víctima es porque hubo, o puede haber, un militante. Politizar la condición de víctima, es romper o desbordar esa identidad. Para preguntarse por la posibilidad de construir modos de ser que surjan de nuestra propia voluntad, que sean deseables, que no nos sean impuestos por el sistema.

¿La prefiguración del nuevo ser?

Eso es. Recuerdo una entrevista con Silvio Rodríguez, el trovador cubano, en la que me decía que para ellos, en la década del sesenta, ser guerrillero era el peldaño más alto que había alcanzado la humanidad. Ese tipo de humanismo me parece muy interesante. El Che Guevara aparecía como una figura contemporánea del Hombre Nuevo. En otro momento, o para otras personas, puede ser un científico, o mismo un artista como el propio Silvio, o como sucedió durante la pandemia en Argentina con las mujeres que sostenían las ollas populares en los barrios pobres. Pero me refiero a esa tensión emancipadora, que te permite romper con lo establecido. A cierta heroicidad que resulta imprescindible para ir más allá de lo dado, para cortar las cadenas.

Tenemos el ejemplo del “perro matapaco” en Chile, que es un héroe no humano, algo muy hermoso. El riesgo es concebir lo heroico como algo trascendente, objeto de adoración, que destruye la multiplicidad de la vida. Pero no se puede pensar en una ruptura emancipadora sin cierta noción de sacrificio, de arrojo, que no tiene por qué ser sacrificial.

En el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) hubo un texto un poco mítico, «Moral y proletarización», que presenta una concepción de la disciplina muy estricta, llevando el principio de que «lo personal es político» al extremo. Sería importante que expliques brevemente esas ideas. El movimiento revolucionario no solo fue intenso, sino que logró una resistencia política significativa a la dictadura militar, una integración en los barrios y una capacidad de llegar a mucha gente.

Yo creo que los años setenta en Argentina representaron el momento de mayor intensidad en la lucha política y social que pretendía fundar una sociedad postcapitalista. Obviamente no fue solo aquí, sino que ese movimiento se insertó en una ola de alcance mundial donde confluyen múltiples tendencias. Muchas personas, especialmente los jóvenes, pensaban que el socialismo no sólo era posible sino que era inminente, e inevitable. En América Latina la experiencia cubana y a partir de ella la del Che marcó a toda una generación. Guevara dijo una frase que para mí resume mucho de esa impronta que llamamos revolucionaria: “revolucionario es quien hace la revolución, no el que dice que la quiere hacer”.

Eso fue una cesura al interior de la izquierda, entre sectores ideológicamente o culturalmente marxistas pero que eran conservadores, como el Partido Comunista o algunas corrientes del trotskismo, y quienes se comprometían con una experiencia de ruptura. El PRT-ERP fue una organización marxista y revolucionaria. Y al mismo tiempo hubo revolucionarios que no fueron marxistas, como ciertos sectores del peronismo, también del cristianismo, o del anarquismo.

Pero lo que quizás daba el tono común a toda aquella generación militante era la capacidad, o la decisión, de llevar a la práctica lo que predicaban. Decían lo que pensaban y hacían lo que decían, siempre de forma colectiva. Todavía hoy, cuando reconstruimos de lo que fueron capaces, impacta. Eso implicaba una disciplina importante: eran cuadros teóricos, que leían a los clásicos, estudiaban mucho y construían sus propias hipótesis estratégicas; pero además se formaban militarmente, conseguían armas y combatieron al ejército; también se autofinanciaban, asaltando bancos y secuestrando a empresarios; y si querían construir poder en las fábricas pues se “proletarizaban”, o sea se iban a vivir como un obrero o una obrera más, aunque hubieran nacido en un hogar de clase media o alta.

En cierto momento, sobre todo cuando se impuso la clandestinidad, comenzaron a establecerse hogares en los que convivían personas de diferentes clases sociales, de distintas provincias, verdaderas comunidades militantes donde se forjaba una nueva sociabilidad. El folleto que mencionás se escribió en ese contexto, su autor es Luis Ortolani, a la sazón padre de mi hermano, es decir el primer compañero de mi mamá. Y si se lee como parte de esa experiencia es un documento muy interesante. Descontextualizado, claro, parece una locura.

¿Cuál es la tarea que tenemos por delante?

En fin, el desafío es no idealizar aquella experiencia, pero mucho menos olvidarla. Recuperar lo importante, que es la vocación y la desmesura de cambiar el mundo, sabiendo que eso solo se logra si se tiene la capacidad de inventar las herramientas, los lenguajes y las organizaciones que puedan derrotar al poder contemporáneo, que es hoy muy distinto al de aquella época.

El revolucionario y la víctima

En «tema del revolucionario y la víctima», publicado online en marzo de 2025, Santucho recuperaba nuevamente la figura de su padre, pero para preguntarse si es posible reinventar la lucha sin caer en la victimización que nos propone la política progresista. Respondía de la siguiente forma:
Luego de la derrota a sangre y fuego del movimiento emancipador, se impuso la crítica a toda inclinación heroica. No se trata solo de un rechazo a la intentona setentista, sino también (y sobre todo) del establecimiento de un nuevo régimen de subjetivación en torno a la figura de la víctima, que se convierte así en la protagonista del drama democrático nacional. En estas circunstancias, la víctima no solo se define por la negativa a desplegar una nueva radicalidad, también es poseedora de una estrategia que consiste en reclamar al Estado reconocimiento y reparación. Su punto de partida es la cesión del propio poder. No es un actor político, es un sujeto de derechos que ya no se conquistan sino que se demandan… El humanismo piadoso es la salida políticamente correcta al viejo dilema que supone distinguir al héroe del traidor. Por un lado, ilumina el sufrimiento que subyace en todo acto de deslealtad y despierta la compasión por lo frágil que es una vida cuando está oprimida y violentada. Por el otro, muestra hasta qué punto el ideal de un sujeto pleno y omnipotente se parece mucho a una ilusión inalcanzable y en el fondo totalitaria. Así las cosas, nos invita a desprendernos del afán condenatorio, a través de un movimiento crítico de todo precepto ideológico y sus ínfulas de trascendencia. Ahora bien, la victimización no renuncia a dictar sentencia e impone su juicio absolutorio. En este sentido, es una solución moral a la disyuntiva ética.
………
JUAN SALINAS: Todo los que sé de Santucho se lo debo a unos pocos compañeros que lo conocieron, a la semblanza profética y muy crítica de Witold Gombrowicz, y a Todo o nada , la biografía de María Seoane.  Por lo que me complazco en publicar la semblanza de un ex militantes del PRT-ERP que lo amó a la distancia del mismo modo en que yo amé al Che.

ROBI

POR LUIS LEA PLACE
Hace unos días fue el aniversario de la muerte de Robi. Me cuesta escribir esto. De lo que leí y vi en videos, se lo menciona reiteradamente como “El Comandante”, de una forma muy unilateral y quizás dando una idea errónea de cómo era él. A un comandante se lo imagina con planos en la mano, dando órdenes tácticas y estratégicas, en fin. No tuve el honor de conocer al Che pero sí a Robi. Yo nunca lo vi  dar una orden, levantar la voz, querer imponer su posición y nunca un mínimo maltrato. Su fortaleza era persuadir, de modales suaves, pausados, seductores…usualmente se dirigía usando una palabra, no tanto compañero sino hermanito; ¿hermanito podes ir a tal barrio? Alfonsín lo describió como una persona educada, de buen trato, de una buena familia de Santiago del Estero.
 Me contaba Alberto Elizalde (Manzanita), preso junto a él en el pabellón 39 de Devoto, que nunca decía “debemos levantarnos temprano a estudiar”. ¡Hay que imaginarse preso y tener que levantarse a las 7 de la mañana a leer nada menos que a Carlos Astrada y Hegel! Pero sólo la presencia de él estudiando temprano, “obligaba” a todo el mundo a dejar la cama, si mediar ni media palabra…un comandante silencioso, que tejía hilos imperceptibles e invisibles con su “tropa”. Pero esta relación de afecto, no era “gratis” era el vínculo por donde fluía  la persuasión política de sus convicciones.
Manuel Llorens, me contó que estaban en el monte, formados en una hilera, y él dijo firmezz, patinando la Z, todos acataron la orden con una sonrisa en sus caras.
Un día convenció a un vigilante para  llevar y traer un papelito con jugadas de ajedrez al pabellón 37 donde yo estaba con el “Cura” Duca, otro gran jugador de ajedrez. Duró varios partidos, hasta que un oficial lo “cagó a pedos” al vigilante, que sólo balbuceaba, “me lo pidió Santucho”. Robi podía convencer de caminar a una estatua.
A principio de 1972, cayó preso una vez más en Córdoba; junto a Toschi, Gorriaran y creo que Ulla. Los acostaron en una hilera, atados de pies y manos,  vendados los ojos, para darles máquina (picana eléctrica). Ya en la cárcel, cada uno contaba su experiencia, excepto Robi que sonreí a un costado. El Pelado “Yo los amenazaba que luego los iba a matar a todos”, otro  “yo gritaba como loco para mitigar el dolor” cuando hablaron  de Robi, cuentan que les dijo a los torturadores, “Uds. hagan su trabajo, lo que sí, a mí no me molesten”.  Se escuchaba sólo el ruido de la electricidad (nada agradable por cierto), ni un quejido, ni gritos, un silencio sepulcral, y uno de los verdugos dijo “este hijo de puta se quedó dormido”. No es una exageración, es lo que pasó. La realidad de esos tiempos era la exagerada.
En 1974 en Córdoba vivíamos cuatro compañerxs. Le preguntamos a Ferreira que iba a cocinar, “hígado con cebolla con huevos fritos”, contestó. Tanto la Gringa, Pedro y yo lo cargamos, Rengo chupamedias! y nos reíamos, era la comida preferida de Robi.
Conocí a Robi a mis 17 años a principios de 1968, una tarde en el ingenio San José. Soy un agradecido a la vida por haberlo conocido. ¡Una persona maravillosa! Una vez, una chica muy joven, nada que ver con nuestra generación, al contarle cosas sobre él,  me dijo, “tengo la sospecha de que Uds. estaban enamorados de él”. Quizás sí, un amor de hermanos difícil de dividir en partes.
Él era por definición un anti sistémico extremo, a tal punto que algunas veces eso le jugó una mala pasada en la evaluación de algunas coyunturas políticas que nos llevó a cometer errores. Pero eso es otro costado de la vida, en la cual nadie de los que constituimos la organización, puede hacerse el distraído de la responsabilidad que le corresponda.
 Siempre me pregunto qué hubiera pensado él sobre el mundo que hoy vivimos. Tan distinto, nuevo, pero con la misma o mayor injusticia social. ¿Diría las mismas cosas? , ¿Reivindicaría sus editoriales para aplicarlos hoy día? ¿Levantaría las mismas consignas? ¿La misma organización?… No lo creo… era demasiado revolucionario para ser tan conservador.

* (larga) nota

En mi libro (y de Julio Villalonga) «Gorriarán, La Tablada y las ‘guerras de inteligencia’…» (Mangin, 1993), describí así las circunstancias en que mataron a Santucho:
Eran las 14.30 del lunes 19 de julio de 1976, un día nublado y frío, cuando cuatro oficiales y suboficiales del Ejército vestidos de civil y fuertemente armados entraron a uno de los edificios de monobloques que se alzan en el Acceso Norte y la avenida General Paz, en el barrio de Villa Martelli, el extremo noroeste de la ciudad.
En el cuarto piso, departamento «B», hogar de «la familia Munich», vivía desde hacía pocos días Mario Roberto Santucho, el hombre más buscado por la dictadura.
Secretario general del PRT y comandante supremo del ERP, Santucho se disponía esa misma tarde a iniciar un complicado periplo hacia Cuba. Su salida había sido decidida por sus compañeros de la dirección del PRT-ERP para preservarlo de la ofensiva de las Fuerzas Armadas, que les pisaba los talones.
En rigor, la partida de Santucho había sido fijada en principio para unos días antes, pero él mismo había decidido postergarla para participar en una reunión de la Organización de Liberación Argentina (OLA), la incipiente coordinadora guerrillera que reunía al ERP con Montoneros y las pequeñas Brigadas Rojas de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO). Santucho estaba muy entusiasmado con la perspectiva de la unidad a corto plazo de las tres organizaciones, cuando menos en la faz operativa, para lo que lo primero era conformar un alto mando común.
Hacía poco más de dos horas que en algún lugar de la urbe uno de los lugartenientes de Santucho, Fernando Gertel, le había informado a la mujer de aquél, la Alemana Liliana Delfino, que la reunión no podría efectuarse, ya que había fallado la cita de enlace con el secretario de Roberto Cirilo Perdía, uno de los jefes montoneros. La cita era en Vicente López, pero nadie había acudido a ella (el asistente de Perdía había sido «chupado» unas semanas antes pero, insólitamente, los Montoneros no lo habían informado al PRT-ERP). Para cuando la mujer de Santucho llegó al departamento de Villa Martelli y le comunicó a éste la novedad, Gertel ya había sido secuestrado en el centro por un «grupo de tareas» que quizás hubiese seguido sus pasos desde aquella cita trunca.1 Si fue así, puede que los militares también siguieran a Liliana.
Santucho se mostró muy decepcionado por la cancelación del encuentro, pero casi de inmediato, con el vigor que lo caracterizaba, decidió salir hacia Cuba y se abocó a dar las últimas recomendaciones a sus íntimos y a despedirse de ellos. Además de Liliana, estaban con Robi su lugarteniente Benito Urteaga, un pequeño hijo de éste, José, de dos años, y la esposa del dueño de casa, Ana María Lanzillotto, embarazada de ocho meses.
El departamento había sido comprado tiempo antes con documentos falsos por el Gringo Domingo Menna, «el señor Munich», otro de los miembros del buró político del PRT, quien había pagado un sustancioso sobreprecio para ocuparlo de inmediato. Aunque ni Santucho ni sus acompañantes
tenían modo de saberlo, Menna (que había salido poco antes del mediodía, tras enterarse con Santucho de que la reunión de la OLA se había suspendido, para encontrarse con un amigo médico) parece haber sido el primer desaparecido del aquel día aciago, aún antes que Gertel. Este nada sabía de la existencia del departamento de Villa Martelli, y nada permite suponer que Menna haya dicho una palabra acerca de quiénes estaban en él.
Fuera como fuere, el capitán que comandaba la partida, Juan Carlos Leonetti, de 31 años, y otros tres militares —apoyados desde la calle por otros camaradas— llegaron hasta el departamento haciéndose acompañar únicamente por el portero. Luego de obligar al hombre a tocar el timbre con cualquier pretexto, Leonetti empujó a Liliana Delfino, la persona que había entreabierto la puerta, y se abalanzó en tromba hacia el interior. Santucho, que se había parapetado detrás de un mueble, lo mató.2 En el nutrido tiroteo que se desató a continuación fueron muertos él y Urteaga, pero sus cadáveres jamás fueron entregados a sus familiares. También hubo, al parecer, al menos un herido entre los militares. Como Gertel y Menna, Liliana, Ana y.María nutrieron la lista de desaparecidos que pronto engrosarían miles de personas. El hijito de Urteaga fue entregado más tarde a su familia paterna, pero nada se supo del bebé que Ana María llevaba en el vientre. Las dos mujeres probablemente hayan sido conducidas al «Campito» emplazado dentro de la guarnición de Campo de Mayo.
Y tal como le sucedió a Colón con América, el capitán Juan Carlos Leonetti, víctima y victimario de Santucho, murió sin saber que se había topado con el hombre al que buscaba afanosamente desde hacía meses, quien se le había convertido en una obsesión.
Esta es una reconstrucción parcial de los hechos, a partir de las informaciones ofrecidas por ex miembros del ERP3 que intentaron trabajosamente recordar lo sucedido, y de las versiones provenientes de miembros del Ejército, ya que la información oficial proporcionada por la dictadura fue exigua.
Un comunicado del Ejército, el no 201 desde el golpe, se limitó a consignar que, «por informes de un vecino, se ordenó allanar la finca…generándose un enfrentamiento en el que murieron varios delincuentes subversivos. Uno de ellos fue identificado como Mario Roberto Santucho (alias Comandante Carlos, Robi, etc.), jefe del autodenominado Partido Revolucionario de los Trabajadores y ‘comandante’ del Ejército Revolucionario del Pueblo».
Luego de aquel allanamiento, los militares requisaron todos los departamentos de los 13 pisos del edificio. Así pudieron enterarse de que el del tercero «C» estaba habitado desde poco antes por otro de los miembros del buró político del PRT, Eduardo Merbilhaá, pero éste ya había escapado. Merbilhaá, junto a Gorriarán Merlo y Luis Maltini, constituiría una efímera nueva dirección del PRT-ERP, hasta que, dos meses después, también él resultó secuestrado y desaparecido.
Basándose en fuentes militares, tanto Clarín como La Nación sugirieron que junto con Santucho
había sido abatido Gorriarán Merlo. Era una confusión: como Urteaga, Gorriarán había militado en la adolescencia en la juventud radical; ambos habían sido reclutados prácticamente al mismo tiempo en Rosario por Luis Pujáis4 cuando eran estudiantes de ciencias económicas veinteañeros, y ambos lucían también pronunciadas calvicies (aunque la de Gorriarán era más irreversible que la de Urteaga, quien se la había aumentado voluntariamente como parte del maquillaje de la clandestinidad).
Aquella mañana, Gorriarán estaba muy cerca del lugar de la tragedia, en la casa en la que se iba a celebrar la frustrada reunión de la OLA. Pero, según el mismo narró, cuando Santucho mataba y moría, ya se había alejado de la zona.
«…la última vez que lo vi fue el día antes de que fuera asesinado. El día que lo asesinaron lo tenía que volver a ver. Yo estaba esperando en una casa, a tres cuadras de la de él, porque íbamos a hacer una reunión que después no se hizo. Debo haber estado allí hasta las once de la mañana. A esa hora vino el Gringo Menna a avisarme que la reunión se iba a suspender. Me fui al centro de Buenos Aires, a un lugar donde funcionaba el Estado Mayor, del cual yo era entonces el jefe. La noticia fue sin confirmar primero (…) recién la confirmamos al día siguiente. Hicimos una averiguación con los vecinos del lugar para saber cómo se había dado la situación.»

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Un comentario

  1. Saludos yo estuve en ese departamento con mi mamá en una visita a mis tíos que vivían en otro piso , ( estaban en una localidad cercana y estos vecinos nos dieron un lugar hasta que llegaron mi parientes) me contaba que después lo compra este señor( santucho) que después del enfrentamiento llamaron del teléfono de mi tío y que le decía que es un pez gordo es del último de la foto del otro lado le habría dicho santucho ? y dijo si ese!
    Decía mi tío que el día anterior habían jugado al fútbol en el descampado detrás del edificio y santucho había oficiado de árbitro, los vecinos después tuvieron problema con el cobro de las expensas y la garantía estaba a nombre de ferranda/o y otro ape

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