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El golpe de los democráticos, por Teodoro Boot

Derrocamiento de Perón


El golpe de los democráticos


POR TEODORO BOOT / TÉLAM


Luego de algunas fintas entre sectores del ejército a raíz del alzamiento encabezado por el general Lonardi, que carecía de envergadura y, al parecer, del apoyo suficiente, tendrá lugar la sorpresiva renuncia de Perón a la presidencia del país.

Explicaciones e interpretaciones posteriores  sugieren que Perón habría preferido dar un paso al costado a fin de evitar una guerra civil que, presumiblemente, hubiera sido tan sangrienta como la que años antes acabara con la república española. Sus detractores, sin embargo, insistirían en la supuesta cobardía física del ex presidente, hipótesis que el paso de los años se ocuparía de desmentir.


Los hechos ciertos son que Perón detestaba la idea de ver a los trabajadores involucrados en lo que concebía como un conflicto que debía restringirse al ámbito militar, no sólo porque, faltos de preparación adecuada, los civiles serían las principales víctimas, sino porque la correlación de fuerzas dentro del Ejército y la Fuerza Aérea le era favorable, mientras la ferozmente opositora Marina de Guerra se encontraba desarmada. Incidió en los erróneos cálculos del usualmente perspicaz estratega que muchos de los militares «leales» defeccionaran casi de inmediato, que la influencia del clero torciera la voluntad de la mayoría de los «profesionalistas» y que la Marina fuera abastecida de municiones en alta mar por buques de la Armada británica.


En ese panorama, con una flota decidida a repetir y aun potenciar su hazaña de junio de ese año, cuando la aviación naval había descargado 9500 kg de bombas de fragmentación sobre la Plaza de Mayo provocando casi 300 muertos y más de 700 heridos de gravedad, con los comandos civiles conservadores y socialistas operando en las calles, el ejército dividido y los trabajadores reclamando armas para defender al que consideraban su gobierno, la guerra civil no era una hipótesis descabellada. Fue entonces que, a fin de distender la situación y  entablar conversaciones que llevaran a una solución razonable, el Presidente hizo el gesto de poner su renuncia a disposición de los altos mandos, los que, para su sorpresa, la aceptaron de inmediato.


El derrocamiento de Perón, seguido poco después por la intervención a las organizaciones obreras, la conculcación de la mayoría de los derechos sociales y laborales, la anulación por decreto de la Constitución de 1949, el encarcelamiento de miles de dirigentes y activistas y los fusilamientos de junio del año siguiente, la implementación de un plan económico de matriz conservadora liberal, fue el puntapié inicial de un largo proceso que enlutó al país, vició la vida política argentina, imposibilitó el ejercicio de los derechos democráticos durante treinta años, sumió a la sociedad en una espiral de violencia, intemperancia y sectarismo, destruyó gradualmente la estructura productiva nacional, incrementó el endeudamiento externo, profundizó la injusticia social y llevó al colapso económico, político, espiritual y social de 2001-2002, principio del fin del drama iniciado un 16 de septiembre de 1955.


Las auténticas causas de esos golpes de mano son siempre económicas y saltan a la vista de sólo observar que la autodenominada Revolución Libertadora inició un ciclo que de una deuda externa cero llegó a los 200.000 millones de dólares, mientras la proclamada vocación democrática de la aglomeración de partidos involucrados en el golpe resulta bastante dudosa y no sólo por lo ocurrido con posterioridad al mismo: en las elecciones de abril de 1954 para cubrir la vacante vicepresidencia de la nación, el candidato del peronismo, un tan anodino como desconocido y sinuoso almirante, Alberto Teisaire, había triunfado con el 63.8% de los votos.


Nadie podía argumentar entonces que el gobierno encabezado por Juan Perón careciera de apoyo popular. Por el contrario, fue esa popularidad la que -con el argumento de la defensa del sistema democrático- precipitó el golpe de estado, de donde viene a originarse la curiosa doctrina según la cual la democracia no es el gobierno del pueblo sino el gobierno de los «democráticos».


Si bien algunos de los involucrados no dejaron de arrepentirse de su participación, como andinista demente precipitándose al abismo, la dirigencia política e intelectual argentina persistió en repetir las mismas conductas que la habían llevado hasta el borde de ese abismo y en aras del razonable respeto a los derechos de las minorías insistió en negar el derecho a gobernar que asiste a las mayorías.


Cabe esperar que sea errónea la creencia de Bertolt Brecht en que el ser humano aprende de la desgracia tanto como el cobayo aprende de biología en su jaula de laboratorio.

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