La importancia de la palabra «pito»

Mi hermano Luis me mandó este e-mail (a  mi y a otros corresponsables de su confianza)  desde su escritorio en el Sindicato Argentino de Televisión (SAT) el viernes  8 de septiembre de 2006, exactamente 13 meses antes de morir. Versa sobre el que era a su pesar el texto más famoso que escribió, el cuento Ni fu ni fa, y vino con una aclaración tan concisa como tajante; «Juan: lo envío solo para que se diviertan. No lo reproduzcan».

Se trataba de su respuesta a una editora que le proponía reeditar aquel cuento, pero introduciéndole un cambio en su frase inicial. Como no está en mi ánimo escarnecer a la editora ni abochornar a la editorial, publico su carta repetando sólo las iniciales de ambos pero con nombres ficticios. Y luego, la bienhumorada respuesta de Luis.

Espero que les guste tanto como a mi.

PS: El cuento puede leerse (me informa una lectora -ver comentarios- a partir de la página 26 (esa y la siguiente) en esta publicaciòn del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Me pregunto si los hijos de Luis -Simón y Martín- no tendría que cobrar algún pesito por ello.

Asunto: Publicación de cuento

Señor Salinas:
Mi nombre es Susana Cocinelli y soy editora de Altanena. Le escribo porque nos encantó un cuento suyo titulado «Ni fu, ni fa» y estamos interesados en publicarlo. El problema es que aparecería en un libro de texto para 5º grado y los docentes a los que hemos consultado nos han objetado una expresión que aparece al principio del mismo: «un pito de todo», pues se propone como una lectura para el aula y la palabra «pito» no les parece adecuada. Queremos saber si estaría dispuesto a reemplazarla por otra expresión de significado semejante. Si usted nos autorizara, tramitaríamos los derechos correspondientes para la publicación. De otra manera no podremos incluirlo. Espero su respuesta. Lo saluda atentamente:
S.C.

Estimada Susana:

Por estas fechas, Ni Fu ni Fa estará por cumplir o habrá cumplido 22 años. Fue escrito cerca del inicio de la primavera de 1984 específicamente para el suplemento infantil del desaparecido diario La Voz, que durante ese año Silvia Schujer y yo codirigimos, redactamos, ayudamos a diseñar e incluso, algunas veces, dibujamos. Desde entonces los tres -Silvia, yo y el cuento -caminamos nuestras propias vidas, ella rumbo a ser la gran escritora que hoy es; yo, mucho más disperso (y seguramente menos dotado) me dediqué al periodismo, la literatura para chicos y a perder el tiempo en proporciones más o menos iguales y el cuento, casi por sus propios medios, fue publicado en 1991 y en formato unitario por Sudamericana, que desde entonces lo reedita. Por iniciativa de Canela fue alguna vez publicado en las revistas dominicales de Clarín y La Voz del Interior, está incluido en por lo menos media docena de libros de lectura, fue objeto de otros tantos talleres escolares y por lo menos dos veces (las que presencié) transformado en obrita de teatro por chicos, como actividad escolar (recuerdo con especial cariño la de una escuela de Gregorio de Laferrère). Además autorizamos, la editorial y yo, su publicación gratuita por medios a su vez sin fines de lucro en dos o tres ocasiones. En virtud de una de estas últimas, Ni Fu ni Fa, trasladado al código braille, es parte de la Biblioteca Argentina de Ciegos.

Menciono en este breve recuento que soy periodista, no para alardear, sino para sentar las bases de lo que sigue: estoy muy acostumbrado a que otros modifiquen mis textos alevosamente y a hacer lo propio con textos ajenos. En el mismo sentido vale la mención de que este cuento fue adaptado a formato teatral; va de suyo que para hacerlo se modificó no solo el texto sino la estructura misma.

Quiero agregar que no considero Ni Fu ni Fa mi mejor cuento, pero es sin duda el que más gente ha leído y el que en más versiones se ha publicado. Estoy seguro de no haberlas revisado todas (en las últimas, solo miré los dibujitos, porque me divierten las mil maneras posibles de recrear los mismos personajes) O sea: podrían ustedes haber procedido a escalpelarlo confiados en que nunca me enteraría, y probablemente saldrían bien librados.

Periodista de oficio, pobre y con cierto sentido, más que de la dignidad, de la proporción, detesto que las editoriales me obliguen a asumir la actitud de literato con las plumas del cuello erizadas. Que es como están ahora. «A Camilo le importaba un pito de todo» es la primera frase del cuento. Uno de los principios del «Decálogo del cuentista» de Horacio Quiroga recomienda: «No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra, adonde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas».

Me da la impresión de que usted no considera a éste un cuento bien logrado. Lo leí o escuché leer en aulas innumerables veces, y jamás oí la risa de un chico ni vi sonrojarse a una nena o a una docente. Lo bien que hicieron, porque en la antigua expresión de origen español «importar o importársele un pito», el sustantivo no hace alusión al órgano sexual masculino (en versión infantil. Por alguna razón, no bien uno crece, empieza a distinguirlo con apodos más rimbombantes) sino a un silbato, como figurativo de cosa pequeña, insignificante y sin valor. Las docentes que Altanena consulta debieran saberlo, para aclarárselo a los niños en el caso de que alguno se riera o sonrojara -lo que a pesar de mi experiencia no habría que descartar, ya que a los diez años la gente tiende a una de estas dos actitudes, muchas veces las dos a un tiempo, con frecuencia y por causas variadísimas. Un cuento de cien líneas no da para cargarle tanto significante, pero me gusta pensar en Ni Fu ni Fa como un material útil para la educación sexual, no por la inclusión de la palabra «pito» sino porque su tema es la sexualidad social, el deslumbramiento y la fascinación y el respeto enormes que de pronto la opinión de un individuo hasta ayer desconocido (del otro sexo, en este caso) adquieren para uno, sobre todo cuando eso ocurre por primera vez. Es decir, elementos sustanciales del cortejo, tal como se practica en nuestra sociedad. No sé si A. pensaba destinarlo a una unidad didáctica relacionada, pero si así fuera tiene remedio. Yo mismo fatigué bastante el subgénero «cuento de amor para niños», como lo han hecho otros. Sin ir más lejos, con Elsa Bornemann hay para tirar pa’rriba.

No puedo negar que tuve un momento de vacilación, y eso es la causa de que habiendo recibido su correo ayer, haya demorado mi respuesta hasta hoy. Su oferta vale para mí exactamente $300. Aunque usted tiene la delicadeza de no mencionarlo, o quizá no lo sepa, yo sí, porque ayer mismo recibí un pedido de autorización para la publicación de otro texto en las mismas condiciones, en este caso de la editorial que tiene los derechos, en el que se me aclaraba que de estar yo de acuerdo se pedirían $600, mitad para la firma y mitad para mí ( misterio de la relación entre editoriales, el 50% de lo que uno cobra por un cuento ya publicado suele ser más que el total de lo que cobra por uno inédito). Retomando, durante ese momento de debilidad jugué con los reemplazos posibles: los sustantivos «ardite», «rábano», «comino» y «pimiento» me sonaron rebuscados, sobre todo para oídos de niños rioplatenses. Seguramente darían lugar a explicaciones más complicadas que el que ya está puesto. Solo pensar que sugerirían los niños y casi cualquier otra persona sensata si se les propusiera reemplazar toda la frase «le importaba un pito» por otra tan habitual como ésta en nuestro lenguaje coloquial, me hizo reír un poco a mí. De modo que, ya resuelto que me iba a perder $300, decidí sacarle un poco el jugo a la situación, que podría haberse liquidado con un simple «no».
 
Espero, Susana, no haberle hecho pasar un rato demasiado malo (si no lo fue ni una pizca, debo reconocer que fracasé) Se que el oficio de editor se realiza muchas veces sin ningún margen de libertad, incluso como un trabajo seudo independiente, y cabe que esta condición insólita no se le haya ocurrido a usted. Pero tenga a bien trasmitirle al señor Altanena -o en su defecto, al gerente de comercialización –que no creo en absoluto en su cuerpo de asesoras docentes. Ya no quedan así, al menos con grado a cargo.

Con afecto (aunque no lo parezca)

Luis Salinas

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