PERONISMO: Reinventarse o morir (ya no hay tiempo para hacer la plancha)

Ya lo decía Evita: «El peronismo será revolucionario o no será nada». En su alocución del pasado domingo 25 en el centro cultural Saldías, a la vera de la villa 31, barrio Carlos Mugica, Cristina Fernández de Kirchner parece haber hecho una crítica a la militancia propia, esto es, lo más parecido a una crítica a La Cámpora, casi una autocrítica. La invitación encontró una primera respuesta, que yo sepa, en Antonio Muñiz, que unos pocos días antes, antes de las elecciones legislativas en la Capital Federal advertía que o bien el peronismo se reinventaba, o se  resignaba a seguir cayendo en un tobogán hacia su predecible extinción, como ya le sucedió al radicalismo. Esto mismo lo advertía antes de su inesperado fallecimiento el por mi muy recordado  Teodoro Boot. Ojalá estas sucintas notas de Muñiz desaten un debate imprescindible y el peronismo se una en torno a una acción profundamente transformadora. Porque si el payaso Milei y sus mandantes se salen con la suya, nos quedamos sin Patria. La vieja consigna de FORJA (de la que el próximo 29 de junio se cumplirán 100 años desde su fundación) Patria sí, colonia no, debe ser el eje de esa imprescindible unidad de todos los que queremos que la llama transformadora que se encendió aquel lejano 17 de Octubre  de 1945 siga crepitando.

Imagen de presentación: Afiche de la Juventud Peronista para las elecciones del 11 de marzo de 1973.

De la militancia electoral a la militancia revolucionaria: Un paso necesario

“Hay que volver a ser militantes políticos y no solo militantes electorales”. Cristina Fernández de Kirchner.

POR ANTONIO MUÑIZ / DATA POLÍTICA Y ECONÓMICA

La frase, lejos de ser una consigna aislada, encierra una crítica profunda al estado actual de la política y la militancia en Argentina. Frente a una creciente profesionalización burocrática de la política, reducida muchas veces al marketing y la competencia por cargos, esta expresión nos interpela: ¿Qué significa realmente militar? ¿Y qué tipo de militancia exige el momento histórico actual?

La militancia electoral: límites y alcances

La militancia electoral es un componente legítimo y necesario de la democracia representativa. Se trata del trabajo político orientado a ganar elecciones, disputar espacios institucionales y promover plataformas partidarias. Sin embargo, cuando la acción política se reduce solo a este plano, pierde su potencia transformadora.

En palabras del politólogo Ernesto Laclau, la política es siempre una disputa por la construcción del sentido común y la hegemonía. Si la militancia se limita a reproducir eslogans de campaña o administrar la coyuntura desde el poder institucional, sin disputar los sentidos que estructuran la vida social, entonces se convierte en una mera operadora electoral. El sujeto político se diluye, y el militante deja de ser agente de transformación para convertirse en engranaje de una maquinaria electoral.

La militancia política: una recuperación necesaria

Cuando Cristina Kirchner llama a «volver a ser militantes políticos», está apelando a la recuperación de una práctica que articule la acción institucional con la organización territorial, el debate ideológico, la formación política y la intervención en los conflictos concretos de la sociedad. Esta forma de militancia supone una vocación transformadora que va más allá de las urnas.

Ese llamado implica también reconocer que las elecciones son apenas un momento en una lucha más amplia. Como dice el historiador Norberto Galasso, los procesos de transformación en América Latina —del peronismo al sandinismo, del varguismo al chavismo— no nacieron de una estrategia electoral aislada, sino de la combinación entre una organización popular sólida, una narrativa histórica movilizadora y una voluntad política de ruptura con el orden establecido.

El militante revolucionario: una figura superadora

Frente a las limitaciones del electoralismo y la necesidad de una militancia con raíz política, se impone la figura del militante revolucionario. No se trata de una consigna nostálgica ni de un llamado abstracto a la insurrección, sino de una concepción integral de la militancia como práctica cotidiana, estratégica y estructuralmente transformadora.

Antonio Gramsci, en sus Cuadernos de la cárcel, habló del «intelectual orgánico»: aquel que, desde su lugar en la estructura social, contribuye a organizar y dar coherencia ideológica a la lucha popular. El militante revolucionario es, en este sentido, un constructor de poder popular, no un operador electoral. No espera a que los cambios vengan de arriba, sino que los impulsa desde abajo, desde la organización barrial, sindical, educativa o cultural.

Nahuel Moreno, desde la tradición trotskista latinoamericana, planteaba la figura del “militante profesional”, no como un burócrata partidario, sino como un sujeto dispuesto a dedicar su vida a la transformación social. En otras palabras, alguien que comprende que las revoluciones no se improvisan, sino que se preparan pacientemente, con estrategia, formación y compromiso.

Ya en 1959,  Arturo Jauretche aconsejaba: “Hay que actuar en dirigente revolucionario y no en dirigente electoral, porque se trata de la disputa del poder. No importa dónde están los votos ahora. Importa dónde estarán para ejecutar un programa. El que esté atento sólo a lo que piensa la gente ahora, se quedará al margen de lo que pensará la gente mañana y aquí está la clave para saber quién es dirigente y quién no”.

Un llamado a la reconstrucción política

En el contexto argentino actual, atravesado por un proyecto «libertario» que promueve la destrucción del Estado y la fragmentación del tejido social, la militancia revolucionaria es más urgente que nunca. El desafío no es solo ganar elecciones, sino construir poder social. No es sólo ocupar cargos, sino transformar la conciencia colectiva.

Recuperar el horizonte de la transformación implica formar cuadros políticos con conciencia histórica, con compromiso ético, con vocación de servicio y con disposición a luchar en todos los frentes: el cultural, el económico, el territorial, el digital. Significa disputar el sentido común desde una pedagogía de la esperanza, como planteaba Paulo Freire, para volver a creer que otro mundo es posible.

Más allá de las urnas

Volver a ser militantes políticos es solo el primer paso. El siguiente es animarse a ser militantes revolucionarios. No en el sentido dogmático o sectario, sino en el sentido histórico y ético del término: sujetos que comprenden que las estructuras de poder no caen con votos solamente, y que la construcción de un país justo, libre y soberano requiere de militancia, organización y lucha.

Hoy, más que nunca, el futuro no se ganará solo en las urnas. Se ganará en las calles, en las fábricas, en los barrios, en las redes, en las universidades. Con conciencia, amor al pueblo y coraje político.

Porque lo que está en juego no es solo el resultado de una elección, sino el proyecto de país que dejaremos a las próximas generaciones. La militancia revolucionaria no es un anhelo del pasado, sino una urgencia del presente y una promesa de futuro. Una promesa de que podemos construir una Argentina más justa, más solidaria y más libre si es que somos capaces de organizar la esperanza y convertirla en poder popular.

Ese es el desafío. Y también la oportunidad.

El peronismo frente al abismo

El movimiento que alguna vez representó el corazón del pueblo argentino atraviesa una crisis profunda de representación, liderazgo y sentido. Fragmentado, sin narrativa ni conducción clara, el peronismo se enfrenta al desafío de reconstruirse en un país marcado por la desigualdad, el avance de nuevos poderes territoriales y el auge de la antipolítica. ¿Resurgimiento o extinción? La respuesta definirá una parte crucial del destino nacional.

La política argentina atraviesa un momento de extrañeza y mutación profunda. Javier Milei, un outsider que irrumpió en la escena con la furia de lo inesperado, hoy ocupa el centro del poder. Mientras tanto, el peronismo –tradicional eje vertebrador del sistema político argentino– permanece a la deriva, fragmentado, sin respuestas y desdibujado en la periferia de la escena nacional.

Las recientes elecciones provinciales en Jujuy, Salta, San Luis, Chaco y Santa Fe reflejan con crudeza este retroceso: participación ciudadana en mínimos históricos, derrotas categóricas, desmovilización militante y una dirigencia desconectada de su base tradicional. El movimiento que supo ser la herramienta de los sectores populares parece hoy un eco distante, incapaz de interpelar las demandas del presente.

La orfandad política y el peronismo sin pueblo

En un país donde el voto es obligatorio, la baja participación electoral es un síntoma alarmante. En Chaco votó apenas el 52,1% del padrón; en Salta, el 58,8%; en San Luis, el 60%. Se trata de una tendencia en ascenso desde 2023, cuando la participación nacional cayó al 76,3%, la cifra más baja en dos décadas. No es solo apatía: es desilusión, cansancio y ruptura. Para muchos, votar ya no implica expectativa de cambio alguno.

La marginación económica también se traduce en una exclusión política: quien queda fuera del circuito productivo, sin empleo ni oportunidades, reduce su consumo a la mera subsistencia y pierde, poco a poco, su capacidad efectiva de ejercer derechos. La pobreza erosiona la ciudadanía.

El sociólogo Juan Carlos Torre advirtió en 2017 que el sistema comenzaba a generar “huérfanos políticos”: ciudadanos sin representación real. Aquella categoría –surgida tras el estallido del 2001– hoy recobra vigencia. ¿Está viviendo el peronismo su propio 2001? Aquel “que se vayan todos” mutó en un corrosivo “no me interesa ninguno”, que desactiva incluso la indignación.

Internas, fracturas y desconexión territorial

Lejos de erigirse como una alternativa al oficialismo libertario, el peronismo  naufraga en internas estériles, pactos contradictorios y una creciente pérdida de referencia territorial. En Salta, la intervención partidaria llegó tarde, permitiendo que Gustavo Sáenz –histórico aliado de Sergio Massa– sellara su acercamiento al oficialismo sin consecuencias. En Jujuy, el kirchnerismo optó por fusionarse con Rubén Rivarola, empresario mediático acusado de colaborar con Gerardo Morales, lo que desembocó en una derrota aplastante.

En San Luis, Claudio Poggi –ex peronista devenido en aliado de Juntos por el Cambio– barrió a una estructura provincial de Rodriguez Saa. En Chaco, Jorge Capitanich no logró retener su histórica base de apoyo, debilitado por la falta de alianzas estratégicas y por la desconexión con liderazgos locales como el de Magda Ayala.

Los fracasos provinciales son síntomas de un problema mayor: la incapacidad del peronismo para leer los cambios en la matriz socioeconómica y territorial del país.

Un nuevo mapa productivo, un viejo aparato en crisis

El país asiste al nacimiento de una nueva matriz productiva que desafía los marcos tradicionales de la política. El auge de la minería –con el litio como estandarte en el norte–, el crecimiento de la producción energética en la Patagonia, el poder de los agronegocios en la región centro, los proyectos de energías renovables y la digitalización acelerada, están transformando las bases materiales de las provincias. Este proceso genera nuevos ganadores y perdedores, pero sobre todo produce una nueva distribución del poder económico y simbólico.

Frente a esta realidad, emergen burguesías provinciales fortalecidas, con creciente autonomía frente a los liderazgos nacionales. La reforma constitucional de 1994 consolidó un federalismo fragmentado, donde cada provincia opera como enclave político-económico con lógica propia. Gobernadores con poder cuasi-feudal, pactos tácticos con el Ejecutivo de turno y escasa articulación regional son parte del nuevo paisaje. El peronismo, anclado aún en una lógica centralista y vertical, no logra adaptarse a esta nueva configuración del poder.

Sin conducción ni horizonte

Cristina Fernández de Kirchner conserva la presidencia formal del PJ, pero su liderazgo ya no ordena. Axel Kicillof gestiona la provincia de Buenos Aires con dificultades crecientes, condicionado por el ajuste libertario y por un internismo sin tregua. Sergio Massa, tras su derrota electoral, permanece en un silencio estratégico que ya supera el año y medio.  La conducción del espacio está vacante, con múltiples liderazgos parciales que no logran proyectarse más allá de sus territorios, todo esto es evidencia de un vacío de conducción en el corazón del espacio.

Algunos gobernadores intentan emerger. Ricardo Quintela en La Rioja busca consolidar un polo alternativo con ambiciones nacionales. Gildo Insfrán en Formosa gestiona con eficiencia relativa, pero no ha trascendido los límites provinciales. Otros, como Raúl Jalil en Catamarca o Osvaldo Jaldo en Tucumán, coquetean abiertamente con el oficialismo libertario, dejando entrever que incluso en el norte argentino, la identidad peronista comienza a disolverse.

Un eventual triunfo en la Ciudad de Buenos Aires o en la Provincia podría atenuar el deterioro, pero no resolverá el problema estructural: el peronismo carece hoy de un horizonte de reconstrucción claro, una narrativa renovada y liderazgos con proyección.

Del voto bronca al voto huérfano

Si en 2001 el “voto bronca” expresaba una protesta activa contra el sistema, hoy predomina una indiferencia resignada. Ni siquiera el ajuste feroz del gobierno libertario ha logrado activar una reacción opositora organizada. Los derechos se licúan, el trabajo se precariza, la pobreza se profundiza, y sin embargo el peronismo permanece dividido, inmóvil o directamente ausente.

La “unidad hasta que duela” de 2019 fracasó en su propósito: no logró sintetizar una alternativa superadora, y terminó disolviéndose en contradicciones nunca resueltas. Sin programa, sin relato, sin calle, el peronismo se convierte en un actor testimonial frente a una sociedad que espera algo mas de él.

¿Reinvención o extinción?

La pregunta no es meramente electoral, sino existencial. ¿Puede el peronismo reinventarse en este nuevo ciclo histórico? ¿Existen liderazgos capaces de reconstruir un vínculo con las mayorías? ¿Puede la militancia tejer desde abajo lo que las cúpulas son incapaces de ofrecer?

La orfandad de representación no se resuelve con discursos vacíos ni con operaciones de coyuntura. Requiere conexión con las urgencias concretas: comida, trabajo, dignidad. Mientras una parte del electorado flirtea con la antipolítica, otra duda en silencio y una mayoría simplemente se desconecta.

En ese abismo entre la necesidad y la respuesta, entre la historia y el presente, el peronismo juega su destino. No se trata solo de ganar o perder elecciones, sino de volver a ser una herramienta de transformación o resignarse a convertirse en una reliquia: un nombre sin pueblo, una bandera sin causa.

 

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Un comentario

  1. si, no sé. a veces pienso que el peronismo, que aprovechó la caída del imperio británico para expulsar aunque fuera por diez años a la oligarquía, no pudo prepararse durante los diez años para lo que fue la «recuperación de la nación», aunque fuera para entregarla a eeuu.
    algo parecido con lo que pasó en mar del plata cuando evo, lula, néstor, rafael, hugo, le dijeron en la cara a bush el «alca al carajo». nadie se imaginó (o quizás sí, yo no, aunque fue mi quedarme dormido, en todo caso) que «la venganza sería terrible». supongo que en realidad no queremos tener quilombo con nadie, y quedamos siempre como lentos.
    pero si bien los dos ejemplos son distintos, que refieren a condiciones distintas, el ´45 se quedó con un gobierno que la oligarquía no iba a poder manejar, e hizo lo que tenía que hacer.
    supongo que néstor hizo algo parecido.
    pero si bien el ´45 estaba absolutamente marcado como el momento en que feneció oficialmente el imperio británico y teníamos vacaciones hasta que asumiera el yanqui, y en cambio ahora estamos enfrentando las últimas convulsiones de éste, no veo en el peronismo actual conciencia del momento. peleándose por un puesto en la lista cuando necesitamos para anteayer una conciencia de voltear a éste latrocinio oficial, unirse al brics y hacerle pito catalán a éste desastre.
    capaz que me fui de mambo, pero es que escuché de chico esa que decía: «los muchachos peronistas, todos unidos trinfaremosssss» jaja!. sorry.

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