A 50 AÑOS DE SU MUERTE. Santucho, el precio y el magma rojo
Respecto al meduloso post anterior, le pregunté a su autor, Pedro Cazes Camarero tanto sobre la Teoría del Precio como qué debía entender como Magma Rojo, y él me sorprendió remitiéndome este texto en el que aborda ambos conceptos aggiornando la figura de Mario Roberto Santucho.
Y es que el próximo domingo se cumplirán 50 años de su muerte y la desaparición de varios de sus compañeres (su cuerpo nunca apareció), un hecho que aborde en mi primer libro (Gorriarán, La Tablada y…); abordó luego María Seoane en su biografía y por fin por su hijo Mario, que llegó a interesantes hallazgos.
Santucho: Una lectura retrospectiva a medio siglo de su muerte
Lo llamábamos el Robi. Hace cincuenta años, el ejército contrarrevolucionario probó que también a él le entraban las balas. En ese momento yo estaba en la cárcel, y el enemigo se aseguró de que nos enterásemos con certeza y premura. A la consternación inmediata le siguió la convicción oscura de que esa muerte cerraba una época. Tantas décadas después, creo que puedo confirmar aquellas sombrías convicciones.
No siempre estuvimos de acuerdo, pese a lo cual votamos con frecuencia sus posiciones. Estoy seguro que otros veteranos compañeros, dada la ocasión, ofrecerán generosos testimonios acerca de aquellos años, durante los que tuvimos el privilegio de compartir sus orientaciones y enseñanzas, y a veces disentir acerca de ellos. Por mi parte, prefiero otra manera de realizar un homenaje a su memoria: desplegar una meditación retrospectiva sobre aquellos días feroces, a la luz de lo aprendido en estas décadas que tuvimos que navegar sin el Robi.

La muerte en combate de Mario Roberto Santucho, el 19 de julio de 1976, no puede ser pensada sólo como la caída de un dirigente revolucionario. Santucho murió en el momento en que la Argentina dejaba atrás, a sangre y fuego, el ciclo del capitalismo industrial-fordista, de la centralidad obrera clásica, de las grandes organizaciones políticas y sindicales, y comenzaba a ingresar en una fase dominada por la valorización financiera, la deuda, la fragmentación social, la precarización y la subordinación de la vida colectiva a nuevas tecnologías de mando económico. Además, no estamos ante una muerte meramente militar, sino ante una muerte inscripta en el dispositivo represivo de la desaparición. Que buscaba sólo eliminar al enemigo físico; buscaba desorganizar la memoria, quebrar las genealogías militantes, interrumpir la transmisión política y producir terror duradero.
En 1976 la izquierda revolucionaria argentina pensaba todavía dentro de un horizonte marxista clásico: el núcleo de la explotación estaba en la apropiación de plusvalor.

El salario expresaba el precio de la fuerza de trabajo. La ganancia, la renta y el interés podían ser entendidos como formas derivadas de la distribución de la plusvalía. Esa matriz no era falsa; correspondía a un capitalismo donde la fábrica, el salario, el sindicato y la producción industrial todavía organizaban buena parte de la vida y de la percepción política. Pero esa matriz dejaba en la sombra algo que hoy se vuelve central: mientras que en aquel fordismo el precio aparecía, en última instancia, como la forma monetaria del valor-trabajo, en el posfordismo ha devenido en una institución estratégica de mando. Puede organizar la distribución social, disciplinar comportamientos, destruir derechos, alterar relaciones de fuerza, producir obediencia, segmentar poblaciones y capturar riqueza social que no se deja medir adecuadamente por el tiempo de trabajo.
Esa es la torsión decisiva de la actual teoría del precio, el cual deja de ser la apariencia fenoménica del valor y pasa a ser una tecnología política de captura.
En los años ’60 y ‘70, ese desplazamiento todavía no era plenamente visible. Los revolucionarios veíamos la inflación, la devaluación, el salario, la renta agraria, el interés o el tipo de cambio como momentos de una lucha distributiva que, en última instancia, remitía a la contradicción entre el capital y el trabajo. Pero la historia argentina (y mundial) posterior muestra que la recomposición capitalista no se produjo sólo en la fábrica ni sólo mediante la extracción directa de plusvalía. Se produjo mediante una reorganización general del sistema de precios: precio del trabajo, precio del dinero, precio de la divisa, precio de los alimentos, precio de los servicios públicos, precio de los activos, precio del endeudamiento, precio de la obediencia y precio de la rebelión.

El Rodrigazo de 1975 fue una anticipación brutal de esa mutación. Constituyó una reorganización violenta de los precios relativos, con devaluación, aumento de tarifas, combustibles y transporte, y contención de salarios. En otras palabras, una política de shock donde se advierte que el precio no aparece como simple reflejo distorsionado del valor- trabajo, sino como el campo directo de la lucha de clases. Ya no se trataba sólo de “cuánto valen” las mercancías, sino de quién tiene el poder de reordenar la sociedad mediante el dispositivo de los precios. La reforma financiera de la dictadura, en 1977, profundizó ese modelo basado en la valorización financiera, la apertura externa y el disciplinamiento social, desplazando el patrón de industrialización por sustitución de importaciones, instaurado a partir de la crisis de 1930. Esto permite leer la demolición del PRT-ERP (y de Montoneros y las demás organizaciones revolucionarias) no sólo como una victoria militar del Estado terrorista, sino como el momento de una ofensiva mucho más amplia, destinada a quebrar la capacidad popular de disputar el sistema de precios, de salarios, de derechos, de expectativas y de sentido.
En esta clave, la muerte del Robi se ubica en un punto histórico de inflexión. Él combatía todavía contra un capitalismo que aparecía como industrial, oligárquico, imperialista y estatal-represivo, esto es, fordista. El capitalismo que emergía detrás de la represión ya no sería el viejo capitalismo fabril, sino un capitalismo crecientemente financiero, endeudador, rentístico y desindustrializador. La fábrica no desaparecía por completo, pero perdía centralidad simbólica. El obrero industrial dejaba de ser el sujeto casi transparente de la revolución. El salario quedaba rodeado por deuda, inflación, informalidad, precariedad, tarifas, interés, tipo de cambio y formas indirectas de expropiación. La teoría del precio permite percibir algo que en 1976 no podía verse con nitidez, esto es, que la derrota revolucionaria no constituía sólo la derrota de una organización política frente a un aparato represivo superior, sino la imposición de una nueva gramática de mando social.

El capital necesitaba destruir una forma de subjetividad colectiva capaz de decir que no. No al salario de hambre, no al disciplinamiento fabril, no al imperialismo, no al Estado represivo, no a la desigualdad naturalizada. Pero luego de destruir esa subjetividad, el nuevo mando ya no se ejercería únicamente mediante la patronal, el capataz o los militares, sino mediante la tasa de interés, la deuda externa, la inflación, el dólar, la apertura comercial, la fuga de capitales, la valorización financiera y la reorganización de los precios relativos. Por eso, el precio del salario determina la reproducción material de la vida obrera. El precio del dólar reorganiza la soberanía económica. El precio del crédito decide quién puede producir, consumir o endeudarse. El precio de los alimentos define la vida cotidiana de las clases populares. El precio de los servicios públicos redistribuye ingresos. El precio de los activos decide quién se apropia del patrimonio social. El precio de la deuda convierte el futuro en obligación. Y el precio de la rebeldía, bajo la dictadura, fue llevado al extremo absoluto del secuestro, la tortura, la desaparición, la muerte, el exilio, el miedo.

Mi hipótesis afirma que la dictadura no sólo nos venció militarmente, sino que contribuyó a imponer un nuevo régimen de precios. Ese régimen desarmó la capacidad colectiva de intervenir sobre la valorización social. En el fordismo, la clase obrera organizada podía disputar el salario, las condiciones de trabajo, los convenios, los precios administrados, las políticas públicas y los derechos sociales. En el régimen posterior, la lucha se desplazó hacia mecanismos mucho más opacos. El capital podía gobernar desde el mercado financiero, la deuda, el tipo de cambio y la inflación. La violencia estatal abrió el camino para esa abstracción.
En 1976 no existía todavía el General Intellect en la forma contemporánea, es decir, no existían plataformas digitales, redes sociales, inteligencia artificial, big data, economía algorítmica ni captura masiva de atención. Pero sí existía un magma rojo -noción que tomo de Castoriadis- embrionario: fábricas politizadas, comisiones internas combativas, sindicatos de base, universidades radicalizadas, barrios organizados, imprentas clandestinas, intelectuales militantes, curas del Tercer Mundo, agrupaciones estudiantiles, redes culturales, experiencias de solidaridad, juventudes politizadas, memorias plebeyas y una enorme energía instituyente.

Ese magma no era puramente obrero ni puramente partidario. Era una composición social heterogénea, atravesada por marxismo, peronismo, cristianismo revolucionario, nacionalismo popular, guevarismo, sindicalismo clasista, antiimperialismo y deseos de justicia social.
Primero el Che Guevara, luego Santucho, intentaron darle forma estratégica a ese magma. Su grandeza reside en haber comprendido que la rebeldía espontánea no alcanzaba. Había que organizar, decidir, producir una línea, construir cuadros, asumir riesgos, enfrentar al poder, combatir militarmente. Su límite, visto retrospectivamente, pudo haber sido traducir esa multiplicidad a una forma demasiado cerrada: partido, ejército, estrategia militar, centralización, disciplina, toma del poder. Es decir: quisieron convertir un magma social complejo en una máquina revolucionaria coherente. Ese gesto tenía una razón histórica. En el mundo de la Guerra Fría, de Vietnam, de Cuba, de la Revolución China, de Argelia y de los movimientos de liberación nacional, la idea de una organización revolucionaria armada no era una extravagancia aislada. El PRT-ERP formaba parte de un horizonte internacional donde la revolución parecía posible y donde la violencia política era interpretada como respuesta a una violencia estructural previa. La propia historiografía sobre nuestro partido ha destacado la centralidad de la guerra revolucionaria, la militarización y el guevarismo en su desarrollo.

Sin embargo, desde la noción de magma rojo, el problema no es simplemente si la lucha armada era correcta o incorrecta en abstracto. El problema es más profundo: ¿puede una organización centralizada expresar adecuadamente la complejidad de un magma social abierto? ¿Puede una estrategia militar alojar la pluralidad de deseos, lenguajes, afectos, temores, tradiciones y formas de vida populares? ¿Puede una dirección revolucionaria conducir sin sustituir? ¿Puede organizar sin clausurar? ¿Puede producir potencia sin convertir la heterogeneidad social en obediencia estratégica? Ahí aparece una de las enseñanzas más importantes. El magma rojo no es espontaneísmo. No significa que la multitud social se autoorganice mágicamente ni que la organización política sea innecesaria. Pero tampoco puede ser reducido a una línea única.
El magma rojo exige formas de organización porosas, capaces de leer la heterogeneidad, sostener la iniciativa popular, articular diferencias, producir instituciones nuevas y evitar que la voluntad revolucionaria se convierta en mando separado. Santucho encarnó de modo admirable la decisión, la valentía y la coherencia; pero su época tendía a pensar la política revolucionaria bajo la forma de la centralización y de la guerra. Nuestro tiempo exige otra forma: organización sí, pero no captura burocrática del magma; conducción sí, pero no sustitución del campo popular; estrategia sí, pero abierta a la complejidad instituyente.

Aquí se puede comprender mejor la relación con el Che Guevara. La mención al Che corresponde, porque Santucho y el PRT-ERP estuvieron atravesados por el guevarismo, aunque no puedan reducirse a un simple foquismo. El Che, en La guerra de guerrillas, pensaba la guerrilla como guerra del pueblo y no como aventura separada de las masas; incluso advertía que una guerrilla sin apoyo popular estaba condenada al desastre. Hay que advertir que toda política revolucionaria necesita una relación orgánica con el magma popular real, no con el pueblo imaginado por la teoría. El Che representa una ética de la entrega, de la consecuencia, del internacionalismo, del rechazo a la comodidad burocrática y del combate contra el imperialismo. Santucho comparte esa ética. Ambos pertenecen a una constelación donde la revolución era vivida como decisión existencial, no como comentario académico ni como administración progresista del capitalismo. Pero ambos quedan también ligados a un límite de época: la tendencia a pensar que la intensidad moral, la voluntad política y la organización armada podían abrir el camino revolucionario incluso cuando la composición social era más ambigua, más contradictoria o menos disponible de lo que la estrategia suponía.

Desde la teoría del magma rojo, la enseñanza no consiste en condenar esa intensidad, sino en desplazarla. La intensidad sigue siendo necesaria. Sin pasión, sin coraje, sin voluntad, sin disposición a pagar costos, ninguna transformación profunda es posible. Pero esa intensidad debe operar hoy sobre otro terreno. Ya no puede apoyarse en la imagen de una clase obrera homogénea, de un partido que concentra la conciencia y de una toma del poder que resuelve la contradicción histórica. Debe operar sobre un campo social fragmentado, precarizado, endeudado, digitalizado, afectivamente dañado, atravesado por consumos, miedos, individualismo, redes, algoritmos, resentimientos y nuevas formas de cooperación. Por eso, la teoría del precio y el magma rojo se complementan. La teoría del precio muestra cómo gobierna el capital; el magma rojo muestra qué intenta capturar y qué puede desbordarlo. Si el precio es la forma de fijación, ordenamiento y captura, el magma rojo es la potencia abierta, no totalmente codificable, de la cooperación social, del deseo colectivo, de la imaginación instituyente y de las capacidades populares. El capital necesita convertir el magma en precios: precio del trabajo, precio del conocimiento, precio del crédito, precio de la atención, precio de los datos, precio de la tierra, precio del futuro. La política emancipatoria necesita hacer el movimiento inverso: liberar del precio aquellas dimensiones de la vida social que pueden devenir comunes, derechos, instituciones democráticas, cooperación y autonomía. En 1976, esa formulación no estaba disponible.

El magma rojo que proponemos no es una clase social ni una suma de organizaciones. Es el campo ontológico abierto de capacidades productivas, cognitivas, afectivas, institucionales e imaginarias que una sociedad genera, y que el capital intenta capturar, ordenar, valorizar y disciplinar. En el capitalismo cognitivo actual, ese magma rojo aparece ligado al General Intellect, a la cooperación social, al conocimiento, a la comunicación, a las redes, a los datos, a la producción subjetiva.
El marxismo revolucionario podía denunciar la explotación, la dependencia, el imperialismo, la plusvalía, la represión y el carácter de clase del Estado. Pero no podía ver plenamente que el capitalismo que estaba naciendo iba a gobernar cada vez más por abstracciones monetarias y financieras. Tampoco podía prever que el General Intellect, anticipado por Marx en los Grundrisse, devendría un terreno central de acumulación: ciencia, conocimiento, comunicación, información, afectos, lenguaje, innovación, subjetividad.
En ese sentido, Santucho muere en el pliegue entre dos épocas: la época del proletariado industrial como sujeto privilegiado de la revolución y la época de la cooperación social capturada por los dispositivos enemigos del precio, la renta, la deuda y la tecnología. Esto no vuelve “antiguo” al Robi, lo vuelve histórico. Y precisamente por ser histórico puede ser pensado con respeto crítico. Su figura conserva una potencia que el presente necesita, o sea la convicción de que el capitalismo no es un destino natural para la humanidad y la negativa a aceptar la injusticia como fatalidad; la disposición a unir pensamiento y acción; la exigencia de organización; la comprensión de que toda transformación real enfrenta la violencia del orden constituido. Pero la estrategia del Che y del Robi no puede ser repetida. Repetirla sería confundir fidelidad con momificación. La fidelidad verdadera consiste en trasladar su pregunta al presente: ¿dónde se concentra hoy el mando capitalista y cómo se organiza una fuerza capaz de enfrentarlo y aniquilarlo?

La respuesta, desde nuestra teoría, sería que el mando capitalista se concentra hoy en el régimen de precios ampliado. No sólo en el precio de la mercancía clásica, sino en el precio como institución general del acceso, la exclusión y la captura. Precio de la vivienda, del medicamento, del alimento, del dólar, del crédito, de la deuda pública, de la energía, de la salud, y también precio del conocimiento privatizado, de la conectividad, de los datos, de las patentes, del tiempo. El capitalismo contemporáneo no sólo explota trabajo: administra accesos. Decide quién puede vivir, producir, curarse, estudiar, investigar, circular, endeudarse, comunicarse o proyectar futuro. A la vez, el terreno de resistencia no es una clase social (proletariado) ya dada, como sujeto transparente. Es un magma compuesto por trabajadores formales e informales, científicos, docentes, técnicos, jóvenes precarizados, jubilados, mujeres organizadas, movimientos territoriales, cooperativas, usuarios endeudados, productores pequeños, estudiantes, trabajadores de plataformas, profesionales empobrecidos, comunidades culturales y formas dispersas de cooperación social.
Ese magma no está automáticamente politizado. Como se ha visto con Milei, puede ser capturado por la derecha, por el mercado, por la deuda, por la antipolítica, por el miedo o por la desesperación. Por eso requiere organización. Pero una organización que sepa escuchar, articular y producir institución, no simplemente ordenar desde arriba.
La muerte de Santucho muestra la necesidad de la decisión política. Ningún magma social se convierte por sí solo en fuerza transformadora. La potencia necesita formas, nombres, estrategias, instituciones, conducción. Pero ofrece el peligro de confundir forma con clausura. Cuando la forma política se autonomiza demasiado del magma real, corre el riesgo de hablar en nombre de un pueblo que la propia forma política no logra expresar plenamente.
El desafío contemporáneo consiste en sostener la organización sin sustitución, la conducción sin mando separado, la estrategia sin teleología, la radicalidad sin sacrificio abstracto.
También hay que revisar la noción de heroísmo. Santucho y el Che Guevara fueron, sin duda, personalidades excepcionales: austeros, valientes, decididos, íntegros, capaces de asumir hasta el final las consecuencias de sus ideas. En tiempos de toda la basura de la derecha, de cinismo político, de oportunismo, de marketing electoral y de gestión sin horizontes, esas dimensiones resultan conmovedoras. Pero el heroísmo revolucionario tiene una ambivalencia. Puede inspirar, pero también puede inducir a una ética sacrificial donde el cuerpo militante se vuelve combustible de la causa. Necesitamos rescatar la intensidad ética de nuestros héroes sin reproducir una política de la muerte.
La revolución del siglo XXI debe ser también una política de la vida: vida digna, tiempo liberado, salud mental, cuidados, alegría colectiva, instituciones comunes, reapropiación del futuro. Recuperemos la fiera intransigencia frente a la injusticia, pero inscribiéndola en formas políticas capaces de actuar sobre el capitalismo actual, que ya no domina sólo por represión directa, sino a través de sus dispositivos como la deuda, los precios, las plataformas, el consumo, el miedo, la fragmentación, la información y la captura del deseo.
Santucho pertenece al final trágico del ciclo revolucionario fordista. Su figura obliga a pensar qué se obliteró con aquella derrota: no sólo una organización, sino una intensidad colectiva, una capacidad de imaginar otro mundo, una confianza en la acción común. Pero también obliga a pensar qué debe ser transformado. No podemos seguir pensando la revolución sólo con las categorías del valor, la clase, la fábrica, el partido y la toma del poder.
La dictadura derrotó a las organizaciones revolucionarias a fin de abrir el camino a un nuevo régimen de acumulación. La sanguinaria represión fue la condición de posibilidad de la valorización financiera, del endeudamiento y de la desarticulación obrera. Por eso, la memoria histórica y la crítica económica no pueden separarse. Santucho, así como el Che, deben ser homenajeados críticamente. Su enseñanza más actual no es la reproducción del ejército guerrillero, sino la exigencia de unir la ética, la acción, el internacionalismo y una relación viva con el pueblo real. Repetir su estrategia sería desconocer que el terreno histórico cambió. La fidelidad no consiste en copiar la forma de lucha, sino en actualizar la pregunta revolucionaria. De todos modos, la militancia armada no es la lepra, es un método de acción política para cuando los demás caminos están cerrados.
La política emancipatoria contemporánea debe desplazar el heroísmo sacrificial hacia una política de la vida. La entrega militante sigue siendo necesaria, pero no puede organizarse alrededor de la muerte como destino sublime, sino alrededor de la producción de futuro, de derechos comunitarios, de alegría, de autonomía y de capacidad colectiva. El campo de batalla actual es más amplio que el de 1976. Incluye la fábrica, el salario y el Estado, pero también la deuda, los precios, los algoritmos, los datos, las plataformas, la subjetividad, la salud mental, los cuidados, el conocimiento, el territorio, la moneda y la renta. Allí se juega hoy la captura del General Intellect por nosotros o por el enemigo, y allí debe operar una política del magma rojo. Santucho sigue importando, porque encarna una pregunta que el presente aún no resolvió: cómo convertir la indignación y la ira en organización, la injusticia en estrategia, la memoria en fuerza y la potencia popular en transformación real.
