VERGÜENZAS. Patadas en la cabeza

Cuando era joven, allá en los años 60 del siglo pasado, había bulling aunque entonces no se llamaba así ni de ninguna otra manera. Era habitual que en algunas aulas de los colegios secundarios hubiera un matón, un grandote que se dedicaba sistemáticamente a hostilizar y burlarse de los débiles, tragas y/o afeminados. A mi esa violencia sistemática, no siempre explícita y física, muchas veces larvada, me resultaba intolerable. Y temiendo que el energúmeno, cansado de jorobar a sus víctimas habituales,  me tomara como objeto de sus pullas, empujones y escupitajos, tras mucho meditarlo, y en defensa de los más débiles (en la estela de mi ídolo, el tortugo D’Artagnan) lo desafíaba a pelear en la calle. Y tan pronto poniamos nuestros pies en la vereda, le encajaba una piña en la cara y procedía a cubrirme, tratando de imitar a mi admirado Nicolino Locche, de manera de poder capear lo mejor posible el vendaval de golpes del bestiún. Eran otras épocas, los chicos mayores y los adultos se sentían obligados a intervenir separando a los contendientes y reconviniendo al mayor, grandote u ostensiblemente más fuerte, a cesar en su comportamiento abusivo, más allá del motivo que lo hubiera impulsado a arremeter a golpes contra el más pequeño o débil. Si se les hacía frente, y aún si el ogro ganaba la pelea –tal como era harto previsible– uno sabía que lo más probable era que el grandote no volviera a meterese con uno porque a nadie le gusta recibir golpes en cara y mucho menos a los cobardes.Entraba en mi cálculo que, si por desgracia no intervcnía ningún adulto ni alumno mayor, era un código tácito pero muy presente que no se le pegaba a nadie que estuviera caído sin hundirse irreparablemente en la ignominia. Con el paso del tiempo, estos códigos (entonces no se llamaban así ni de ninguna otra manera; apenas eran normas elementales de conducta) cayeron en el olvido en beneficio de un vale todo. Y es que “todo” se ha privatizado. De modo que cuando dos pibes o pibas se agarran a la piñas, patadas y rasguñones, los adultos no se meten a menos que se trate de sus hijos, y a menos que alguno sea un amigo entrañable, sus condíscupulos o coetáneos se limitan bien a alentarlos como se si se tratara de gallos de riña, o bien a filmarlos con sus celulares, o ambas cosas a la vez. La conclusión es desoladora: no ha habido ningún progreso moral desde aquella época terrible en que los nazis liquidaron a judíos, gitanos, homosexuales y comunistas, los estadounidenes espachurraron a centenares de miles de japoneses en Hiroshima y Nagasaki y militares argentinos bombardearon la Plaza de Mayo matando a centenares de compatriotas.

Todo esto viene a cuenta de la muerte del joven Fernando Baéz a patadas en la cabeza cuando ya estaba inerme en el suelo. Un típico morocho argentino liquidado por un grupo de rugbiers borrachos. Me embarga una tremenda vergüenza por ser compatriota y coetáneo de semejantes miserables. Que nos enrostran nuestro fracaso. Videla y compañía, los asesinos de pibes y pibas famélicos, ateridos y aterrados, encapuchados, esposados a la espalda o atados como matambres, han hecho escuela. Otra vez los gorilas se han salido con la suya. Qué mierda

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