BERNARDO ALBERTE. La primera víctima de la dictadura fue un militar patriota… e incómodo

Lo he dicho muchas veces, mi primera acción militante fue repartir unos ejemplares del periódico “Con todo”, órgano del peronismo revolucionario, allá por 1968, cuando tenía 15 años recién cumplidos y faltaban unos pocos meses para que fueran detenidos en Taco Ralo, Tucumán, los miembros del “Destacamento Montonero 17 de octubre” de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) a las que me había ligado a través de Juan Leandro Hernández, un preceptor del Colegio Nacional nº 7 “Juan Martín de Pueyrredón, donde cursaba el tercer año del bachillerato (1) . Hacia unas pocas semanas que se había formado la CGT de los Argentinos.

Nunca tuve trato personal con “el yorma” (a los militantes mayores, los que eran miembros plenos de las FAP, les gustaba hablar en lunfardo y utilizaban profusamente el “vesre”) aunque si, muchos años después y hasta su reciente fallecimiento, con su hijo homónimo, quien me conformó que de joven su padre había sido un rigurosísimo oficial prusiano, tal como me había contado el coronel Horacio Ballester, que lo había padecido en el Colegio Militar, antes de amigarse con él, años después.

Bernardo hijo recordó que en una ocasión su padre había bailado a una compañía en un campo lleno de cardos, y para dar el ejemplo a quienes –nada incomprensiblemente– “le sacaban el culo a la jeringa” a la hora de arrojarse cuerpo a tierra sobre ellos, había “aplaudido” un cardo, instando a sus subordinados a no ser flojos y bancarse los pinchazos. “Recuerdo a papá sacándose las espinas con una pinza, una a una. Fue la única vez que recuerdo que farfullaba algo así como que se le había ido la mano”, me contó durante una larga caminata por el bosque de Mar del Plata en repudio a que se le hubiera concedido la prisión domiciliaria al comisario Etchecolatz con domicilio ahí.

Este oficial inflexible, a través de sucesivos infortunios y de tomarse absolutamente a pecho que Perón lo honrara –tal como había sucedido antes con el fallecido John William Cooke– nombrándolo su delegado personal, se convirtió en un hombre de consulta de obreros y guerrilleros, sintetizó con justeza su biógrafo, Eduardo Gurrucharri. Del mismo modo que, antes de sobrevivir a los fusilamientos de junio de 1956, Julio Troxler había sido policía y había terminando siendo un baluarte del ala izquierda más basista del peronismo, Alberte pasó de ser un militar germanófilo a ser un baluarte del peronismo revolucionario. Hasta el punto de que, como me comentó su hijo, destinaba la mayor parte de las ganancias de su exitosa tintorería en la parte bienuda del barrio de Retiro (“La limpiería del Socorro”) a financiar las actividad primero de la resistencia peronista y luego de los bloques peronistas mayoritarios en la CGT de los Argentinos.

Ambos, Troxler y Alberte tuvieron una relación cercana con López Rega a través de la Logia Anael que encabeza el Dr. Julio César Urien y ambos fueron, quizá por eso mismo, porque lo conocían demasiado bien, objeto de su odio vesánico. López Rega consiguió asesinar a Troxler pero falló en lograrlo con Alberte. Sin embargo, la dictadura militar no fallaría y lo asesinaría de movida aquel infausto 24 de marzo de 1976.

El recuerdo de Alberto, un militar honrado, patriota y valiente como el que más, es particularmente pertinente en momentos en que la irrupción del Covid-19 hizo necesario que las Fuerzas Armadas, particularmente el Ejército, adquieran protagonismo en el combate a la expansión del virus. Ya el Ejército estaba desarrollando una importante labor en el chaco salteño, donde varias etnias aborígenes, particularmente los wichis, estaban pereciendo en medio de enfermedades curables a causa de la falta casi absoluta de agua potable.

Hace un par de días publiqué aquí un importante trabajo de Guillermo Caviasca que adquiere importancia mayúscula en virtud de este protagonismo militar. Invito a que luego de leer a Teodoro Boot, lo lean a él haciendo clic aquí.

 

Un hombre incómodo

Pasión y muerte de Bernardo Alberte, la primera víctima de la dictadura genocida. Retrospectiva de la secuencia trágica que inició el 24 de marzo de 1976.

 

TEODORO BOOT / ZOOM

Era la una de la mañana del miércoles 24 de marzo de 1976 cuando, en el aeroparque de la ciudad de Buenos Aires, el general José Rogelio Villarreal informaba a la hasta ese momento presidenta argentina: “Señora, las Fuerzas Armadas han decidido tomar el control político del país y usted queda arrestada”.
Inmediatamente después, María Estela Martínez sería llevada detenida a la residencia El Messidor, en Villa la Angostura.

Se ponía así en marcha el golpe militar que había sido planeado dos años antes en casa del empresario José Alfredo Martínez de Hoz. En base al asesinato sistemático, el terror impuesto desde el propio Estado, la férrea censura de prensa y la violenta represión de cualquier reclamo político o social, los golpistas desmantelarían prolijamente la estructura industrial argentina, centrando su persecución en el movimiento obrero y el empresariado nacional. La destrucción del aparato productivo nacional se complementaría con un enorme endeudamiento externo que elevaría de 7.800 a 45.100 los millones de dólares que el país debería a los acreedores externos.

Ese era el plan.

A las 3.10 de la mañana de ese mismo día, fueron ocupadas todas las estaciones de radio y televisión para que el locutor de radio Nacional, Juan Vicente Mentesana, anunciara que el país se encontraba “bajo el control operacional de la Junta Militar”.

Minutos antes, a las 2:13 horas, un grupo de diez integrantes del Ejército, encabezados por los generales Jorge O’Higgins y Oscar Guerrero, quienes respondían a órdenes del Jefe II (Inteligencia) general Carlos Alberto Martínez, quien a su vez respondía al comandante del I Cuerpo del Ejército, general Carlos Guillermo Suárez Mason, irrumpían en el edificio de Libertador 1160. Una vez llegados al séptimo piso, derribaron la puerta del departamento y, al grito de “Te vamos a matar”, arrojaron al vacío al mayor –más que retirado, dos veces expulsado de la fuerza– Bernardo Alberte.

¿Quién era este hombre para merecer la distinción de convertirse en la primera víctima de la sangrienta dictadura autodenominada Proceso de Reorganización Nacional?

El edecán

Abanderado del Colegio Militar, del que egresó en 1939, fue arrestado y degradado en 1945, al intentar sublevar la Escuela de Infantería de Campo de Mayo exigiendo la libertad del coronel Juan Perón, recluido en la isla Martín García. Reincorporado al año siguiente, prosiguió su carrera en forma tan relevante que, con el grado de mayor, fue designado edecán presidencial.

El presidente era ese mismo Perón, ya devenido general, que transitaba los que serían sus dos últimos años de mandato, brutalmente truncado.

El primer intento de acabar con el electoralmente imbatible presidente fue en julio de 1955, cuando aviones de la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo, el Departamento Central de Policía, las antenas de Radio del Estado instaladas en la terraza del edificio de Obras Públicas, en Belgrano y 9 de Julio, la residencia presidencial, la Curia metropolitana, las instalaciones de Radio Pacheco y el local de la carnicería y verdulería La Negra de Pueyrredón 2267, entre otros objetivos bélicos, mientras los efectivos del Batallón 4 de Infantería de Marina, que habían ocupado el edificio del Ministerio de Marina (hoy edificio Guardacostas, sede de la Prefectura) en la avenida Madero 235, armados con modernos fusiles FN semiautomáticos, intentaban tomar la Casa de Gobierno.

Además de los miles de trabajadores que acudieron a la Plaza a defender a su gobierno, tres militares se destacaron en la defensa del presidente: el general Juan José Valle, que asumió el comando de las operaciones militares, el mayor Pablo Vicente, que acudió al frente de los blindados del Regimiento Motorizado Buenos Aires y el mayor Bernardo Alberte, dentro de la Casa Rosada.

El segundo intento, en septiembre de ese mismo año, sería exitoso. Y encontraría a Alberte de nuevo junto al presidente, hasta que éste decidió asilarse en la embajada del Paraguay. Fue tal vez la primera de las diferencias que tuvo con Perón: Alberte era partidario de presentar pelea, mientras el primer mandatario no quería sacrificar al pueblo y gobernar sobre millares de muertos.

Consumado el golpe de estado, Alberte fue sucesivamente encarcelado en tres buques y finalmente en la prisión militar de Magdalena, donde se encontraba cuando tuvo lugar el intento revolucionario de junio de 1956, el fusilamiento del general Valle y de otros treinta civiles y militares. Tras ello fue remitido al siniestro penal de Ushuaia, reabierto con el exclusivo propósito de encarcelar políticos, sindicalistas y militares peronistas.

Salió en libertad a fines de 1956, y al ser citado por el Comando en Jefe del Ejército, se negó a presentarse. Expulsado del Ejército “por rebeldía”, optó por buscar refugio en Brasil, donde permaneció hasta la amnistía dictada en 1959 por Arturo Frondizi. Durante su exilio comenzó un profuso intercambio epistolar con Perón. Esa insoslayable correspondencia, preservada en forma casi milagrosa por Tomás Saraví, fue publicada casi íntegramente por Eduardo Gurucharri en su biografía sobre el mayor, “Un militar entre obreros y guerrilleros”.

 

El Yorma

Una vez de regreso en el país, instaló una tintorería, la “Limpiería del Socorro”, que con el tiempo se volvería una verdadera jabonería de Vieytes del peronismo combativo.

Luego de que políticos y sindicalistas que respondían al líder metalúrgico Augusto T. Vandor, neoperonista, sabotearan la directiva de votar en blanco en las elecciones presidenciales de 1963 y al año siguiente fracasara el Operativo Retorno, Perón decidió tomar el toro por las astas y ajustar cuentas con Vandor.

Entonces envió a su esposa a la Argentina, entre otras cosas, para apoyar en Mendoza al candidato neoperonista Ernesto Corvalán Nanclares que competía contra el candidato de Vandor, el también neoperonista Alberto Serú García, ambos fundadores del Partido Tres Banderas. El triunfo de Corvalán Nanclares (que sin embargo, no llegó a asumir por un acuerdo entre conservadores y radicales en el colegio electoral siendo entonces las elecciones indirectas) en abril de 1966 y la aparente decisión del gobierno de Arturo Illia de levantar la proscripción que pesaba sobre el partido político mayoritario, precipitó el golpe de Estado encabezado por el general Juan Carlos Onganía, por esas mismas razones, apoyado por Vandor y otros importantes dirigentes gremiales.

Luego de una breve y accidentada estadía en un hotel sindical del Barrio Norte, “Isabel” fue alojada en casa de Bernardo Alberte: Fue así que a través suyo, involuntariamente, conoció a metomentodo factotum de la imprenta Suministros Gráficos José López Rega, con quien acabó regresando a Madrid.

Un año después del golpe, cuando quedaron claras las verdaderas intenciones del “participacionismo” y el gobierno militar reveló su naturaleza económicamente liberal y políticamente reaccionaria, Perón volvió a dar un golpe de timón y designó a Alberte su delegado personal y a la vez secretario general del Movimiento Peronista. La orden: revitalizar y reorganizar el movimiento, postrado, confundido y debilitado por las traiciones, dobleces y agachadasde la mayor parte de sus dirigentes.

Apoyado en la juventud y los sectores intransigentes y combativos, ya convertido en “El Yorma”, Bernardo Alberte consiguió poner en pie a un movimiento al que propios y extraños daban por extinto. Su veto a que Vandor ocupara el lugar del sorpresivamente fallecido Amado Olmos, líder del sector combativo del sindicalismo, principal artífice de las 62 Organizaciones e inspirador de los Congresos de La Falda y Huerta Grande, fue determinante para el surgimiento de la CGT de los Argentinos y el acercamiento de la masa estudiantil al movimiento obrero.

Cuando Perón le reprochó su participación en la ruptura cegetista, en marzo de 1968, le presentó la renuncia y editó el periódico Con Todo, portavoz de lo que será conocido como “peronismo revolucionario”, en el que sobresalieron dirigentes políticos y sindicales como Gustavo Rearte, Mabel Di Leo, Julio Troxler, Alicia Eguren o Jorge Di Pasquale.

 

En 1969 rechazó acogerse a un decreto dictado por Onganía que permitía la reincorporación de militares dados de baja luego del derrocamiento de Perón, Alberte bramó: “Mientras en 1956 un general se presentaba para hacerse responsable del fracaso y de la derrota enfrentando el fusilamiento, hoy otro general (N. del E.:se refería tácitamente a Raúl Tanco, quien había secundado al fusilado Valle) se presenta a solicitar el grado y el sueldo. Valle lo ha de contemplar desde la inmortalidad con la misma serenidad con la que afrontó la muerte. Los sobrevivientes de ayer fueron fusilados hoy con un decreto de amnistía”. Y advirtió a sus ex camaradas: “…algún día vendrá el hombre sencillo de la Patria a interrogar a sus militares en actividad y en retiro. No los interrogarán sobre sus largas siestas después de la merienda, tampoco sobre sus estériles combates con la nada, ni sobre su ontológica manera de llegar a las monedas, no sobre la mitología griega ni sobre sus justificaciones absurdas crecidas a la sombra de la mentira. Un día vendrán los hombres sencillos de esta tierra, aquellos que fueron sus soldados, a preguntar qué hicieron cuando la Patria se apagaba lentamente, qué hicieron cuando los pobres consumían sus vidas en el hambre y la de sus hijos en la enfermedad y la miseria, qué hicieron cuando los gringos vinieron a imponernos esa nueva forma de vida ‘occidental’ que todo lo corrompe y compra el dinero”.

Los asesinos en acción

No ocupó ningún cargo en los gobiernos peronistas y cuando, luego de que el 8 de agosto de 1974, en la primera reunión de gabinete tras la muerte de Perón, López Rega proyectara las fotografías de quienes consideraba “personas peligrosas para el gobierno y la seguridad de la Nación”, entre las que estaban las de Juan José Hernández Arregui, Julio Troxler, Silvio Frondizi y la del propio Alberte, un preocupado testigo del episodio, el todavía ministro de educación Jorge Taiana, le advirtió: “Alberte, están locos. Te tenés que ir”.

Si bien una semana antes, el 31 de julio había sido asesinado en el centro porteño el diputado nacional Rodolfo Ortega Peña, el Yorma se negó a irse del país y, contra los consejos de Taiana y de todos los que lo querían bien, se siguió negando luego de que, entre el 16 y el 27 de septiembre, como si se tratara de un inconsciente homenaje de la Revolución Libertadora, en nombre de un supuesto peronismo fueran asesinados el notable dirigente sindical y ex gobernador de Córdoba Atilio López, el histórico luchador Julio Troxler, el abogado Silvio Frondizi y poco después, al periodista Pedro Leopoldo Barraza, director de Radio del Pueblo, quien en 1963 había revelado los nombres de los asesinos de Felipe Vallese. En cuanto a Hernández Arregui, ya había fallecido de un infarto poco antes, el 22 de septiembre, mientras se encontraba en Mar del Plata, refugiado en casa de un amigo.

Lejos de amedrentarse, el Yorma se puso al frente de la Corriente Peronista 26 de Julio, desde donde denunció los crímenes de las Tres A y su vinculación con López Rega. El 20 de marzo de 1976, en el local de la Corriente de la calle Rivadavia, estuvo a punto de ser secuestrado junto con Jorge Di Pascuale y Alicia Eguren.

Horas antes de ese fatídico 24 de marzo de 1976, había terminado de escribir una memorable carta dirigida al general Jorge Rafael Videla (https://revistazoom.com.ar/carta-abierta-de-bernardo-alberte-a-jorge-rafael-videla/), denunciando la responsabilidad de las Fuerzas Armadas en la formación de los grupos paramilitares que habían pretendido secuestrarlo y acababan de asesinar a su joven colaborador Máximo Altieri, manifestándole que en base a “lo que me enseñó la vida que transité como joven y como viejo, como pobre y como rico; como obrero y como patrón; como militar y como civil; como jefe y como subordinado; como subversivo y como político; como libre y como preso; como perseguido, como prófugo, como exiliado, como peronista” podía afirmar que “no consideramos a las F.F.A.A. como una institución poseedora de valores inmutables, sino como una institución humana que actúa para bien o para mal, de acuerdo a los hombres que circunstancialmente las dirigen. No son mejores ni peores que los hombres que la componen, y por consiguiente, no existe la continuidad histórica que iguala a todos los militares a través del tiempo con un mismo sello de excelencia, desinterés o patriotismo; tampoco el mérito de una época alcanza a los protagonistas de otra, salvo que la revaliden con su propia conducta. Y lo mismo en lo que atañe a conductas infamantes. Los méritos de San Martín no apañan a Quaranta, ni Fernández Suárez infama a Belgrano, a Dorrego o a Güemes. Podemos admirar al Almirante te. Brown y negar al mismo tiempo a Rojas y a Benigno Varela. Podemos sentirnos deudores y herederos de tantos milicos que regaron con su sangre el suelo de América y de la Patria y no por ello atenuar nuestro juicio sobre los oficiales cómplices, ejecutores y consentidores de vejámenes y torturas.”

Acababa de cerrar el sobre cuando la patota militar irrumpió en su casa.

El de Bernardo Alberte fue a la vez el último asesinato de una Triple A que hacía ya medio año que al decir de Rodolfo Walsh eran las Tres Armas, y el primero de la larga lista de la dictadura más sangrienta de la historia argentina. No fue una casualidad que eligieran ni que se ensañaran con un hombre recto, estoico y sin dobleces, testigo de una larga época y a la vez, a sus 57 años, protagonista de un peronismo que más allá de logreros, iluminados y reaccionarios podía estar todavía comprometido con la felicidad del pueblo y la independencia de la nación.

Sin ninguna duda, con el Yorma se quiso asesinar un símbolo de lo que había sido y un emblema de lo que podía ser.

No es tampoco casual que durante tantos años el recuerdo de Bernardo Alberte haya resultado tan incómodo en el movimiento peronista.

NOTAS

  1.  El gráfico Raymundo Ongaro, muy cristiano y muy combativo, había sido elegido nuevo secretario general de la CGT, la burocracia vandorista se había negado a reconocer el resultado y a entregar el edificio de la calle Azopardo, y eso había dado paso a la conformación de la CGT de los Argentinos también llamada CGT-Paseo Colón por tener su sede en el edificio de la Federación Gráfica Bonaerense, donde mis compañeros y yo solíamos reunirnos, al igual que en otras otras sedes de sindicatos que integraban esta central, sobre todo en Foetra (los telefónicos, que tenían su sede en la calle Cangallo, hoy Perón, actualmente sede de Sadop) y en la Empleados de Farmacia, bajo la protecciòn de Julio Guillán y Jorge Di Pasquale, respectivamente.

Comentarios (3)

  1. EDUARDOLOVOTTI

    ME DEJO PENSANDO COSAS…HAY DATOS QUE LOS TENIA SUELTOS…. ES PARA LEER MAS SOBRE EL TEMA ….BUENA NOTA

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  2. EDUARDOLOVOTTI

    ESCRIBO ANTES DE LEER OTRA VEZ LA NOTA….. ME DEJA PENSANDO … QUIZA HAYA ,DOS PERONISMOS UNO QUE A MI NO ME GUSTA Y OTRO CON IDEALES… EL QUE UD TRANSMITE LOS TIENE CUALIDAD QUE RESPETO

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  3. EDUARDOLOVOTTI

    GRACIAS SR SALINAS ….NO SE POR QUE…. PERO GRACIAS POR NADA EN PARTICULAR POR TODO EN GENERAL….. UNA COSA LLEVA A LA OTRA Y ASI UNO VA VIENDO…. SI UNO ES DETALLISTA ….. UD AVIVA GILES COMO YO LO SOY …NUEVAMENTE GRACIAS

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