El Imperio después de Bin Laden

Escenarios a futuro

Post Bin Laden

Los desafíos de la seguridad internacional tras la muerte del líder de Al Qaeda. El debate militar que puede ceder frente a la crisis económica. Washington vs. China.

Por Dante Caputo

A partir del “post Bin Laden”, se abren caminos que pueden tener consecuencias importantes para el orden mundial. Las opciones que se tomen marcarán una segunda etapa para la administración del presidente Barack Obama. Estados Unidos enfrenta un conjunto de temas muy complejos para un país que suele autodefinirse como “una Nación con intereses globales”. Con más precisión, se debe denominarlo imperio. Imperio es un sustantivo, no un adjetivo.

Los asuntos son difíciles porque se trata de resolver situaciones graves. Por un lado, las que afectan a su sociedad y a su economía, por otro, las vinculadas a la posición de poder en el mundo. Son dilemáticas porque en algún punto pueden volverse contradictorias. Por cierto, la contradicción es mayor, ya que no hay imperio que no haya resuelto sus crisis nacionales. Pero si el imperio se debilita, se produce, inevitablemente, una inmensa crisis nacional.

¿Qué tiene esto que ver con Bin Laden? ¿Cómo se vincula su desaparición con esta crisis estadounidense? Son, lector, preguntas razonables. Veamos los nexos probables.

Al día siguiente de la muerte del fundador de Al Qaeda se leyeron las primeras declaraciones. Se sugirió que el descabezamiento de la red terrorista permitiría la salida de las tropas estadounidenses de Afganistán. Al poco tiempo, personas cercanas al gobierno indicaban que la retirada podría producirse rápidamente.

El senador John Kerry, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado (y ex candidato presidencial), al visitar Afganistán el domingo pasado, dijo que la muerte de Bin Laden permitiría iniciar “una nueva fase” para Estados Unidos en su relación con ese país y que esa etapa debería incluir la reducción de tropas y gastos. Hay crecientes indicios de que puede comenzar una retirada rápida de los frentes de conflicto que significaron un gasto del orden de los tres billones de dólares desde que comenzaron las guerras de Irak y Afganistán.

El recorte del gasto militar y del mismo presupuesto de las fuerzas armadas fue planteado claramente por el gobierno de Obama. Obviamente, mal se puede reducir el presupuesto de las Fuerzas Armadas en medio de una guerra. Ahora, en condiciones muy distintas a las que tenía el gobierno cuando asumió, se trata de achicar el aparato militar.

Son medidas extremas que parecen colisionar con el papel mundial que tiene Estados Unidos. Un país puede no estar en guerra, pero un Imperio debe estar en condiciones, en todo momento, de comenzar o responder con una guerra. Si no, su dominación se diluye. Y si ese fuera el caso, la pregunta para el resto del mundo sería saber quién lo reemplaza.
Existe una dificultad seria para atacar el enorme déficit fiscal y mantener la superioridad tecnológica y militar. No hay que olvidar que la economía china probablemente sea mayor que la estadounidense a partir de 2016 y que, en consecuencia, el rol hegemónico se podrá mantener, sobre todo, en el campo militar.

Recordemos que la deuda pública de Estados Unidos es equivalente al 90% de su PBI (cuarenta “Argentinas”), que el déficit fiscal se ubica en el 11% del PBI y la desocupación es del 9%. El crecimiento en el último cuatrimestre de 2010 no llegó al 1%. Deuda, déficit y desempleo se dan el marco de una lenta recuperación de la crisis de 2008 y, por lo tanto, de una escasa capacidad para resolverlos con la creación de riqueza. En consecuencia, no queda más que aplicar la receta bien conocida en nuestras latitudes: recorte y ajuste.

Para tener una idea aproximada de la dimensión de la crisis económica y de sus efectos sociales, que hoy en la mayor potencia del mundo uno de cada cuatro niños se alimenta con  bonos de alimentación otorgados por el gobierno (food stamps) y lo mismo hace uno de cada ocho adultos (38 millones de personas en total, el equivalente a la población argentina). El programa aumentó 40% entre 2007 y 2009.

El gobierno de Obama debe todavía resolver una de sus crisis económicas más severas y lo debe hacer teniendo en cuenta dos cuestiones. Por un lado, no puede tomar medidas que debiliten su hegemonía mundial a la vez que precisa resultados que tengan impacto en la elección presidencial del año que viene. Por otro lado, junto a otras medidas de ajuste, la inmensidad del gasto militar debe reducirse (lo que agudiza el dilema anterior). Pero, a pesar de la dificultad, este es el momento para actuar. A partir de la muerte de Bin Laden surge la oportunidad para la retirada de los diversos teatros bélicos.

Pero esto no sucederá sin molestar a ciertos sectores. La cuestión del llamado complejo militar-industrial no es nueva. Para imaginar la importancia del tema, conviene recordar el célebre discurso de despedida del presidente Eisenhower, quien había sido previamente comandante de las fuerzas aliadas en Europa en la Segunda Guerra. Dijo el 17 de enero de 1960, al dejar la presidencia de su país: “La conjunción de un inmenso ‘establishment’ militar con una gran industria de armamentos es un hecho nuevo en la experiencia estadounidense. La influencia –económica, política e incluso espiritual– es sentida en cada ciudad, en cada legislatura estadual, en cada oficina del gobierno federal. (…) Debemos estar en guardia contra la  expansión de una influencia injustificada, buscada o no, por parte del complejo militar-industrial (…). Jamás debemos permitir que el peso de esta combinación ponga en peligro nuestras libertades o al proceso democrático”.

Cincuenta años más tarde, la nieta de Eisenhower escribió en el Washington Post: “Viendo en retrospectiva, es fácil ver los paralelos con nuestro tiempo, especialmente en la manera como el complejo se ha expandido desde el 11 de septiembre de 2001. (…) En menos de diez años, nuestros gastos militares y de seguridad se han incrementado el 119%. Incluso quitando los costos de las guerras en Irak y en Afganistán, el presupuesto ha crecido el 68% desde 2001”.

En los próximos meses, veremos si la pesada carga heredada de las guerras sin destino creadas durante el gobierno de George W. Bush puede ser desmontada, si la reacción de los intereses beneficiados en ellas puede ser controlada y si, todo esto, puede ser hecho sin olvidar que la política exterior es más que en ningún otro país la directa continuación de la política interior.

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