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FIN. Extraordinario e inclasificable ¿documental? sobre la certeza común de todos los humanos

Como dijo el poeta «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir«. Vi el inclasificable ¿documental? «Fin», obra de Ángel Beccasino (a quién nos hemos referido aquí varias veces) en dos tandas y a veces deteniendo la proyección para retroceder, extasiado por la belleza de imágenes disparadoras de múltiples sentidos. Imágenes que Beccasino ha tomado o recopilado en sus viajes por decenas de países, paisajes y ciudades en México, Italia, España, Francia, Uganda, Argentina, Brasil, Colombia, Lituania, Letonia et al. Debería volver a ver esta película para hablar con mayor autoridad, pero en lo inmediato carezco de tiempo, y me parece prioritario difundir su existencia, pues se trata de un capolavoro que aúna instrospecciones, destellos filosóficos, poesía y hasta música al abordar la mayor y en dolorosas ocasiones única certeza: la del fin de nuestra existencia, sino terrena (porque «en polvo te convertirás») si individual.

Me siento identificado con el autor porque a menudo se me recrimina referirme –dicen que excesivamente– al inevitable óbito, y es que así como tengo más miedo a la posibilidad de dejarme dominar por el pánico que a cualquier otra cosa, lo evito tuteándome con La Huesuda tratando de obtener de ella, sino celeridad, al menos una declinación consciente e indolora.

«Reconstrucción del Retrato de Pablo Míguez», de Claudia Fontes. Pablo tenía 14 años en 1977 cuando fue secuestrado con su madre. Llevado a la ESMA, fue arrojado de un avión al rio junto a otros detenidos desparecidos. Su estatua está a orillas del Parque de la Memoria donde fueron arrojadas las cenizas de mis hermanos y amigos y aspiro sean arrojadas las mías. 

Leo comentarios que demuestran que no he sido demasiado original. Que hay almas que han experimentado emociones parecidas. Que se trata de «una extraordinaria la reflexión sobre la vida y la muerte… que hay que ver más de una vez para disfrutar la narrativa y la riqueza de planos, escenarios y registros de un mundo de gran belleza». Otro filosofa: “Las personas deberían verlas jóvenes, para comenzar a entender”, y un tercero que “si todos supiéramos que somos esencialmente seres olvidables, no intentaríamos hacer cosas inolvidables y así quizás alguien al final recuerde que lo intentamos”… con lo que no estoy de acuerdo y sospecho que tampoco lo estará Beccasino. Porque si hay un motor que lo moviliza parece ser esa sed inextingible de trascendencia que tenemos no se si todos pero si quizá la mayoría de quienes hacen buenas canciones, música de calidad o escribimos libros desde las entrañas.

Aún a sabiendas que en el mejor de los casos alguien tendrá presente alguna obra nuestra cuando ya nadie recuerde ni le importe un bledo nuestra existencia material.

Lo mas sano pero para nada fácil es hacer mutis por el foro, con los deberes hacia nuestra especie cumplidos y sin poner peso en los hombros de los seres que amamos y/o respetamos. Esfumarnos para liberarlos, pues como dijo Rodolfo Walsh, «el verdadero cementerio es la memoria».

Es una paradoja que sea tan deseable como difícil la desaparición física voluntaria. ¿Para que dejar desechos?

Es otra paradoja que el sentido de la vida sea la improbable lucha contra el olvido, lucha que habremos de perder.

Los dejo con Beccasino:

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