LA ARMADA, a punto de desaparecer; el mar argentino entregado a los yanquis
¿Y la Antártida? Mi relación con la Marina es compleja ya desde antes de nacer*. Tuve un tío regorila, infante de marina, que recibió una de las máximas condenas por haber participado de la sublevación del 16 de junio de 1955 (el bombardeo de Plaza de Mayo) aunque él no hubiera disparado una bala. Fue un tío excelente, muy cariñoso, que durante los años ’60 paseó a sus sobrinos, futuros montoneros (Rosita y Guillermo Pagés Larraya, mi hermano Luis y yo) en un pequeño Isard alemán… que le habían regalado sus compañeros masones precisamente por haber participado en el derrocamiento de Perón.
Cuando tras el golpe del 24 de marzo de 1976 (día que cumplí 23 años) llegó la época del exterminio, la Armada conducida por un Massera (que había levantado buenas expectativas en el anciano Perón) se especializó en Montoneros y otros militantes de peronistas de izquierda, cookistas. En fin, que me tocó tener muchos compañeros, varones y mujeres, amigos y conocidos que fueron a parar a la Esma, la mayoría de los cuáles fueron asesinados.
No puedo recordarlos sin que se me estruje el alma.
Algo empezó a cambiar cuando me puse a escribir Ultramar Sur, la saga de los submarinos que llegaron a nuestras costas después de la derrota de Alemania con la misión de establecer un lugar en la Patagonia donde pudieran radicarse Hitler, Eva Braun y algunos allegados. No podía rematarlo sin tener intercambios con la Armada, y así fue como por primera vez ingresé al Edificio Libertad e intercambié datos y pareceres con su vocero, que evidentemente conocía mi pedigrí y que rápidamente me dijo que había sido ferviente masserista.

Pero el cambio más rotundo se dio luego de la desgracia del ARA San Juan. Me propuse seguir el tema y asistí al recibimiento de los familiares de los 44 desaparecidos en las profundidades del Atlántico en el Congreso de la Nación, la mayoría de los cuáles eran hijos de la clase trabajadora (los oficiales, cuando más, de la clase media-media, no había un solo aristócrata) e incluso hubo una madre de uno de los marineros, salteña ella, que se reivindicó diaguita y, muy emocionada, se puso a hablar en su idioma.
Escribí muchas notas, conmovido por la injusticia de que los servicios espiaran a los familiares de las víctimas por orden de Macri, y so pretexto de buscar a las víctimas (que ya se sabía dónde estaban) los anglosajones relevaran las riquezas (sobre todo, de gas y petróleo) del fondo del Mar Argentino.
Para entonces, ya estaba influido por James Lovelock y por la entrevista que le había hecho Rosa Montero, que me había convencido de que el futuro de la especie humana está indisolublemente ligada al continente antártico. Y el de Argentina a ejercer su soberanía, para empezar, sobre su mar continental y su zona económica exclusiva.
Lo que al parecer mi querido amigo José Luis D’Andrea Mohr, el capitán sin tacha, para entonces ya fallecido, sabía o al menos intuía desde antes. Al menos desde que había sido voluntario para pasar una temporada en la Antártida.
Resumiendo: Estoy absolutamente convencido de la necesidad de robustecer a la Armada dotándola de naves aptas pata un continuo patrullaje en esas enormes extensiones que hoy carecen de vigilancia, Y, también, en la necesidad de contar con submarinos, un arma defensiva que es imposible imaginar cumpliendo funciones policiales o de represión al pueblo.
Llegados a este punto, recomiendo la lectura de esta entrevista al joven David Pizarro Romero, escritor, historiador, magíster en Estrategia y Geopolítica de la Escuela Superior de Guerra del Ejército e investigador del Observatorio Malvinas de la Universidad de Lanús. https://elgritodelsur.com.ar/author/david-pizarro-romero/
Tener una Armada Nacional y patriótica que sea digna heredera de Guillermo Brown y de su hijo Eduardo (que tuvo a su cargo una de las cuatro baterías costeras que el 20 de noviembre de 1845 atacaron a la flota anglofrancesa que pretendía navegar el Paraná sin permiso hasta quedarse sin municiones) es una necesidad vital. Eduardo murió joven, a los 38 años, pero antes, después de la derrota de la Vuelta de Obligado, siguió hostigando a galos y anglosajones en las escaramuzas de Tonelero y Acevedo y en el combate de Punta del Quebracho, que terminó de convencer a los invasores de que tratar de forzar la voluntad de los patriotas argentinos era un negocio ruinoso.
(Tengo para mi que la resistencia argentina a la pretendida libre navegación de los ríos interiores fue ejemplo de antiimperialismo para los pueblos del mundo y origen del odio de las metrópolis a Rosas, lo que condujo a la intervención extranjera que gracias al concurso de Urquiza lo volteó en Morón y Caseros).
No me pondré ahora a perorar sobre le absoluta extranjerización del Paraná, fomentada por cipayos que se cagan en el sacrificio de aquellos patriotas. incluidos varios que se dicen peronistas.
Alcanza con que repita: escuchen a Pizarro Romero.
NOTA:
*Naci en el viejo Hospital Naval de la calle Canalejas (hoy Felipe Vallese porque allí fue secuestrado este militante de la Juventud Peronista, el primero de una larga lista de desaparecidos) el lluvioso martes 24 de marzo de 1953. Fui el primogénito de Victoria Elena Suárez y del vasco navarro Antonio Salinas. Cuando mi madre rompió aguas, su hermano mayor, mi tío Fernando, oficial de la Infantería Marina, consiguió internarla. Debia haber nacido el lunes 23 a la noche, pero las cabas enfermeras dejaron a mi madre aullando toda la noche, y recién luego del cambio de guardia, a eso de las 8 del martes 22, me extrajeron con un fórceps (porque parece que venía de culo) dejándome el craneo como un pepino e infligiéndome una primera ofensa. Me anotaron como nacido el 23, día en que mi padre había cumplido 30 años. Mi madre siempre dijo que no había sido adrede, que el empleado del Registro Civil estaba borracho y se equivocó, y que incluso había puesto mal el año, lo que luego se corrigió, pero el día se dejó como estaba. Creo en la buena fe de mi madre pero no en su explicación. El que debe haber ido a anotarme días después fue mi padre y supongo que la habrá causado gracia anotarme el mismo día de su nacimiento, tal como debería haber sido si las enfermeras del Hospital Naval no hubieran cumplido a rajatabla con su horario de salida. Mi padre no fue consecuente pues tuvo después otros tres hijos varones: se había casado de apuro, cuando mi madre (que se casó de azul porque había pecado) ya estaba embarazada de tres meses, y cuando era niño solía decirme: «Tu tienes la culpa de todo».
