SEMBLANZAS. Cuando Borges era nac&pop y admiraba a Jauretche
Hace tres años murió Teodoro Boot (nacido el 14 de agosto de 1950 y bautizado como Raúl Enrique Blanco), mi amigo más duradero y a mi juicio un gran escritor que merecería ser mucho más conocido, sobre todo por quienes pugnamos por la existencia de una patria soberana (libre, justa y soberana). En su anteúltimo libro, de relatos cortos La verdad verdadera (Ciccus) Boot se refirió a la muy poco conocida manifestación de fe yrigoyenista del joven (26 años) Jorge Luis Borges, y al prólogo que de motu proprio hizo hace un siglo al primer libro de Arturo Jauretche (32 años), el poema Paso de los libres.



Si Borges prologó a Jauretche, yo prologué a Boot, y tras publicar la semblanza del Borges que fue boina blanca y revolucionario, incluyo ese prólogo, en el que creo haberle hecho justicia a Teodoro.
Tengo conciencia de repetirme, pues ya publiqué este mismo escrito de Boot hace un lustro –antes de que el libro se publicara– pero siento la necesidad de volver a homenajearlo y también de recordar al Borges (al que Larraquy calificó de «montonero») a comienzos de este año, cuando se cumplirán 40 de su muerte.
Es más: me comprometo a publicar en Pájaro Rojo todos los relatos de La verdad verdadera.

El tamaño de una esperanza
En enero de 1926, en Salto Oriental, Jorge Luis Borges ponía punto final a la presentación de un breve compendio de ensayos aparecidos en distintas revistas, así como en la sección literaria del diario La Prensa. Publicados en julio de ese año quinientos ejemplares, libro y prólogo llevaron un mismo título El tamaño de mi esperanza.
Comienzan así:
A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa. Tierra de desterrados natos es ésta, de nostalgiosos de lo lejano y lo ajeno: ellos son los gringos deveras, autorícelo o no su sangre, y con ellos no habla mi pluma (…) Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican la realidá a este país.
Título, libro y prólogo compartirán un mismo destino: la desaparición forzada.
Anteriormente, Borges había publicado los poemarios Fervor de Buenos Aires y Luna de enfrente, así como la colección de ensayos Inquisiciones, pero será uno posterior, El idioma de los argentinos el que, junto a El tamaño de mi esperanza merecerá la inquina del autor, quien jamás permitió que ninguno de ambos fuera reeditado.
Hubo que esperar su muerte –¡véase cómo al fin de cuentas estábamos predestinados a celebrarla!– para que en 1993, llevada por su amor a la literatura, al dinero o a al autor –en todo caso, será siempre amor–, su viuda María Kodama decidiera sacarlas de la oscuridad y el olvido.

Cualquiera tiene derecho y hasta el deber de detestar lo que alguna vez ha escrito, pero ¿cómo no preguntarse, en este caso, de dónde la tirria del autor a esos fragmentos de su obra que de ningún modo desentonan con los que más tarde él mismo celebraría?
¿Había otro Borges ahí, el proyecto de un hombre que no fue, detestado por sí mismo hasta decretar su inexistencia, opacado por el que iba envejeciendo entre halagos, agasajos y esa forma prematura de las honras fúnebres que es la celebridad?
A su regreso de la larga estancia europea en que transcurrió su adolescencia, Borges descubrirá ese Buenos Aires que años atrás apenas había entrevisto más allá de los visillos de la casa familiar. Y ocurrió que en ese sorprendente mundo en el que acababa de desembarcar, el recienvenido encontraría un nuevo motivo de fascinación:
El radicalismo o, con mayor propiedad, Hipólito Yrigoyen, “el único en nuestro país que, privilegiado por la leyenda, va en ella como en un coche cerrado”.

Hacia fines de 1927, Borges se ha vuelto exaltado líder del Comité Yrigoyenista de Intelectuales jóvenes, con sede en la casa paterna de la avenida Quintana 222 y, ya dos semanas antes de los comicios de 1928, proclamaba vencedor al líder radical. Dos años después, como tantos correligionarios, se llama a silencio ante el derrocamiento y la prisión de Yrigoyen.
También hará silencio en 1933 ante su fallecimiento, que conmovió los cimientos de la sociedad argentina de entonces. Extrañamente, este joven que apenas si estaba entrando en la treintena, se había lamentado un año antes: “Vida y muerte le han faltado a mi vida”.
Habrá sido en busca de esa experiencia que un año más tarde vuelve a viajar a la República Oriental, donde tenía estancia su primo Enrique Amorim, con quien recorrerá las comarcas fronterizas de Artigas, Cuareim, Bella Unión, Rivera, Santana do Livramento. Ahí, mismo, el exiliado José Hernández había empezado a borronear los primeros versos de Martín Fierro. Y ahí mismo Borges vio matar a un hombre y conoció esos gauchos que había creído legendarios, los mismos que veinte años después marcharían en masa hacia Montevideo “por la tierra y con Sendic”.

De alguna manera los conocía. Ya había hablado de ellos en su descubrimiento y reivindicación del entrerriano Evaristo Carriego:
La entonación entrerriana del criollismo, afín a la oriental, reúne lo decorativo y lo despiadado, igual que los tigres. Es batalladora, su símbolo es la lanza montonera de las patriadas. Es dulce: una dulzura bochornosa y mortal, una dulzura sin pudor, tipifica las más belicosas páginas de (Martiniano) Leguizamón, de Elías Regules y de (Fernán) Silva Valdés.

Será también en Salto Oriental donde en noviembre de 1934 fechará un prólogo que, curiosamente y a diferencia de todos los prólogos, no será solicitado por el prologado sino por el prologuista. Borges lo pedirá por medio de Homero Manzi, común amigo de ambos. Y será el espaldarazo de un ya prestigioso Jorge Luis Borges lo que llevará a “Julián Barrientos” –paisano que cuenta la patriada simplemente “porque anduvo en ella”–, a salir del anonimato y a firmar con su nombre El paso de los Libres, poema gauchesco escrito en prisión, que daba cuenta de la última de las revoluciones radicales. La había encabezado el coronel Roberto Bosch en diciembre de 1933.
Lo habrán impactado los versos, o tal vez que la irrupción de la columna de 150 hombres de Bosch en Paso de los Libres, su derrota en el encuentro de San Joaquín –tras el que, a la vieja usanza, muchos de los rendidos fueron degollados–, la dispersión y el regreso del coronel a su exilio en Brasil, evocaron en Borges la retirada de Ricardo López Jordán tras la batalla de Ñaembé.
Escribe en ese prólogo:
En la patriada actual, cabe decir que está descontado el fracaso: un fracaso amargado por la irrisión. Sus hombres corren el albur de la muerte, de una muerte que será decretada insignificante. La muerte, siéndolo todo, es nada: también los amenazan el destierro, la escasez, la caricatura y el régimen carcelario. Afrontarlos, demanda un coraje particular. El fracaso previsto y verosímil borra los contactos de la patriada con las operaciones militares de orden común, sólo atentas a la victoria, y la aproxima al duelo, que excluye enteramente las ideas de ganar o perder –sin que ello importe tolerar la menor negligencia, o escatimar coraje–. Ya lo dice Jauretche en una de sus estrofas más firmes: ‘En cambio murió Ramón/ jugando a risa la herida:/ siendo grande la ocasión / lo de menos es la vida’
Se inflama a continuación el prologuista:
Recordemos que ese Ramón Hernández murió de veras y que el poeta que labró más tarde la estrofa compartió con el hombre que murió, esa madrugada y esa batalla.
Y concluye:
La tradición, que para muchos es una traba, ha sido un instrumento venturoso para Jauretche. Le ha permitido realizar obra viva, obra que el tiempo cuidará de no preterir, obra que merecerá –yo lo creo– la amistad de las guitarras y de los hombres.
Será el prólogo a El Paso de los Libres y no Evaristo Carriego la despedida del Borges criollista, porteño y radical, capaz de emoción ante la lucha en pos de una derrota prevista de antemano, para empezar a ser ese ingenioso escéptico que con distante humor inglés ironizaba sobre los oprimidos, los perseguidos y los sufrientes.
Se dirá –Borges lo dirá– que se habla de aquello de lo que se carece, y para demostrarlo le bastará con asegurar que en todas las páginas del Corán, dictadas en el desierto, el camello no aparece mencionado ni una sola vez.
No podemos dar fe de que esto sea cierto –que con la Palabra eterna e increada no se jode– pero resulta llamativo que de las cientos de estrofas de ese largo poema de “Julián Barrientos”, Borges haya elegido justamente esa, la que con modestia y sencillez nos dice que “siendo grande la ocasión/lo de menos es la vida”.
La ocasión, las ocasiones, irán alejando a Borges de la vida de los hombres de su pueblo para acercarlo, cada vez más, a una cazurra existencia cortesana que, por inteligencia y sensibilidad, seguramente padecía, pero de la que por molicie, comodidad y esa desganada vanidad que tan graciosamente sabía lucir, cada día podría apartarse menos.
Se mentarán sus impedimentos físicos, la ceguera que se ensañó con él con tanta alevosía, las tentaciones del fasto y la fama, las desventajas de compartir los agravios de los vencidos… se dirá que al tiempo que se reducía su estatura humana crecía la del artista capaz de escribir las páginas de Ficciones o El Aleph, se dirán tantas cosas…
Lo cierto, es que vino a cumplir muy brutalmente en su vida lo que parece ser destino de todos los hombres: hacerse viejo sin volverse mejor.
A veces, más que rememorar su muerte o lamentar su parábola vital, es preferible evocar la esperanza de un joven argentino orgulloso de serlo. Y lo haremos con sus propias palabras: “Nuestra famosa incredulidá no me desanima. El descreimiento, si es intensivo, también es fe y puede ser manantial de obras. Díganlo Luciano Swift y Lorenzo Sterne y Jorge Bernardo Shaw. Una incredulidá grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña”.
Yapa:
La historia no es más que una sarta de mentiras que repiten muchos y unas pocas verdades que ocultan todos. Juan D. Perón.
Un fuera de serie
El editor me conmina a escribir sobre Teodoro Boot metiéndome en un brete. Y es que Boot es el hermano mayor que no tuve, a quien siempre admiré y la persona que más influencia ha tenido sobre mi pensar (más basto, extremo y cazurro que el suyo) por lo que me es imposible fingir ecuanimidad. Téngase en cuenta, además, que –desapariciones y discontinuidades de amigos y compañeros del colegio secundario mediante– Boot es, sin más rupturas interrupciones que las de mi exilio, mi amigo más antiguo. Todavía hoy, sus análisis suelen sorprenderme, como me sorprendió hace años reparar súbitamente en su vasto conocimiento de la mitología griega y romana o en su sapiencia al confeccionar risueñas pero precisas biografías de santos.
Para no hablar de lo que sabe sobre una enorme variedad de pájaros, incluidos los rojos.

Boot es, en muchos sentidos, una caja de sorpresas. Como ensayista y analista político continúa el nacionalismo popular fraguado en FORJA y a mi entender, y no es un ditirambo, a veces supera –claro
que con el diario del lunes– a sus mejores exponentes gracias a su capacidad de procesar informaciones y digerir factores culturales en beneficio de la construcción de una patria grande, justa, libre y soberana. Para que tenga voz y voto en el devenir de una Humanidad cuya sobrevivencia no está para nada asegurada.
Si no fuera una palabra tan mancillada por energúmenos autoritarios, viudas de Felipe II y forofos de Steve Bannon o Alexandr Dugin, diría sin complejos que Boot es un patriota en línea con Bolívar y San Martín. Pero, también, con antihéroes de la Historiografía oficial como Bernardo de Monteagudo, Martiniano Chilavert, Felipe Varela, Manuel Ugarte y otros cuyas biografías y sentido de sus vidas suelen ser tergiversados como Hipólito Yrigoyen y tantos héroes anónimos y no tanto de las resistencias peronistas, la primera y también la segunda, surgida después del golpe demoledor que supuso “El Rodrigazo”, cuya derrota parcial por los trabajadores organizados desató la furia homicida del capital concentrado al servicio del Imperio.
Conozco a Boot desde mi adolescencia y su primera juventud, y no fue en un grupo de indolentes ni diletantes sino en el marco de una muchachada entregada a la acción en pro del regreso de Juan Domingo Perón a la patria y al poder.
Sin embargo, simplificar su personalidad limitándonos a esta faceta política a la hora de redefinir, renovar los votos acerca de si que queremos ser, seguir siendo (si al mezclarnos con el resto de la especie, tendremos voz y voto para definir si se hará de una manera democrática o bajo la tiranía de la ínfima minoría de dueños de todas las cosas) más que un esquemático escorzo puede ser, por parcial, un garabato.
Porque Boot es también un gran narrador y eximio novelista, emparentado con (Gilbert K.) Chesterton, Evelyn Waugh, Enrique Jardiel Poncela, Graham Greene y, sobre todo, Kurt Vonnegut. Sucede que en Argentina, desde la muerte del (vilipendiado por la academia) Osvaldo Soriano, pronto hará un cuarto de siglo, hay pocas novelas de calidad que al mismo tiempo aspiren y consigan ser populares Y las de Boot, claramente, lo aspiran, pues el autor tiene como precepto central no agobiar a nadie con conocimientos, ninguna jactancia del saber, y si, en cambio, divertir al personal, tal como hacía Cervantes y sigue haciendo allá, en la patria de nuestros ancestros, Eduardo Mendoza.
O como hizo entre nosotros, el gran Roberto Fontanarrosa, padre de un paródico Inodoro Pereyra que nada tiene que envidiarle al Martín Fierro como ícono de la argentinidad. Fontanarrosa fue un eximio cuentista y novelista, cualidades que suelen no serles reconocidas. El rosarino universal tuvo la suerte de ser apadrinado por un poderoso grupo económico y la desgracia de morir todavía joven… como Soriano. Lo que aparejó la paradójica suerte de haberse librado de asistir a la deriva de sus auspiciantes hacia la cipayería más vergonzosa.
No soy adivino, augur ni pitoniso. Pero a veces sueño que los esfuerzos por instaurar un poco de justicia terrenal, quizá no carezcan de sentido. De igual manera aspiro a que la genialidad de un observador tan potente y profundo como Boot sea disfrutada y analizada hoy y por las generaciones venideras. Pues Boot es –aunque se ruborice al escucharlo o leerlo– alguien que participa de la línea de conducta del Gaucho Cruz y es, al mismo tiempo, un artista de enorme sensibilidad.
Quien se adentre en estas Verdades verdaderas podrá corroborarlo.
Juan Salinas, Navidad de 2020, año de la peste.
