TRUMPISMO. El vértigo del ascenso y caída de Trump y la pregunta sobre el futuro del movimiento que acaudilla

Algunos de los que irrumpieron en el Capitolio para evitar la consagración formal de Joe Biden como presidente.

 

El gobierno de Trump fue en desastre en muchos aspectos, sin embargo si no hubiera sido por su pésima, equivocada respuesta a la pandemia y al aleve asesinato de George Floyd, hubiera ganado las elecciones. Mientras sus partidarios invaden el Capitolio en un futil intento de evitar la consagración del triunfo de Joe Biden por el Congreso, y en la duda de si el trumpismo desaparecerá o permanecerá sin su cabeza anaranjada en el poder, se impone un balance, una revisión de los hechos.

EEUU. El ruido y la furia de cuatro años de “trumpismo”

 

A favor de Trump puede decirse que durante sus primeros tres años logró bajar el desempleo y no inició nuevas aventuras bélicas.

 

MANUEL RUIZ RICO* / AGENCIA PERONISTA DE NOTICIAS

El año 2020 terminó en los días de la recta final del mandato de Donald Trump y abriéndole la puerta a Joe Biden, como el presidente de la nueva década, que resolverá el rumbo de estos Estados Unidos. sobre todo si el “trumpismo” se ha acabado con la presencia del millonario en la Casa Blanca o si vino con Trump para quedarse.

Puso toda la carne en el asador para las elecciones del 3 de noviembre, para las que llegó a decir que su oponente Joe Biden era un candidato “malísimo” y que si él, Donald Trump, perdía las elecciones se marcharía del país. Las perdió por 7.000.000  de votos y el 2020 lo despidió a punto de hacer las maletas para su próximo destino: sus dominios privados en el Estado de Florida, el destino de sol y playa de cualquier jubilado estadounidense que se precie.

Sus cuatro años en la Casa Blanca dejan una huella profunda en el país que el próximo 20 de enero heredará la administración entrante Biden-Harris: el mayor grado de polarización política y social en décadas, y una ideología, la el trumpismo que es decir la antipolítica populista de derecha tan cara a la alt-right y que se enfrentará en los próximos años al reto de apagarse por la ausencia del líder que le da nombre o de acabar por invadir y envenenar con su toxicidad de autoritarismo y odio al distinto, el tradicional espíritu democrático del Partido Republicano y de sus votantes.

Trump llegó a la Casa Blanca el viernes, 20 de enero de 2017, cuando tomó posesión como el 45º presidente de Estados Unidos; sucedió a Barack Obama, demócrata y el primer presidente negro de la historia del país y quien tuvo que lidiar con la crisis de 2008 nada más acceder a su cargo en enero de 2009. Obama dejó la Casa Blanca el mismo mes de 2017 y no pudo ver cómo era relevado por su compañera en el Partido Demócrata Hillary Clinton, a pesar de que ésta logró 3.000.000 más votos que Trump en las elecciones presidenciales de noviembre de 2016.

Al magnate de Nueva York, un reflejo estadounidense de Silvio Berlusconi, le habían funcionado sus mítines demenciales, su espectáculo de showman televisivo, sus maneras violentas en las antípodas de lo políticamente correcto, su discurso antiestablishemt, su Make America Great Again, su America First y su muro antiimigratorio contra México, toda una artillería diseñada por su jefe de campaña, Steve Bannon, detenido e imputado el pasado agosto por haber desviado fondos a sus cuentas personas procedentes de una fundación que había creado para ayudar a construir el muro con el país vecino.

Trump se convirtió en el primer presidente de la historia de Estados Unidos sin experiencia política ni militar previa. Éste es el balance que deja su legislatura, los cuatro años de trumpismo en la Casa Blanca, en Estados Unidos y, en definitiva, en el mundo.

Menos impuestos para los ricos y ataques al sistema de salud pública

Todo le salió bien y le ganó a Hillary Clinton contra todo pronóstico así que desde el primer día se creyó el Rey Midas de la política estadounidense. Gobernaría a golpe de desinformación, fake news, mentiras, engaños, discursos de odio, violencia verbal y simbólica, bombardeo de tuits, linchamientos virtuales en las redes sociales y recurriendo al poder presidencial sin acompañarlo de las molestas instituciones como el Senado o la Cámara de los Representantes, a pesar de que las dos cámaras, al iniciar la legislatura estaban en poder del Partido Republicano.

Trump poco acostumbrado y despreciativo con la institucionalidad política tres veces centenaria del país, viéndose como a un Rey Midas, centró todos sus esfuerzos en gobernar a empujones y a golpe de órdenes ejecutivas (decretos-leyes) al margen del Congreso.

Ordenes ejecutivas sobre todo destinadas a destruir el Obamacare, con lo que le quitó el seguro médico a más de 10.000.000 de ciudadanos (y asegurándose para los siguientes 10 años tampoco prestárselos a otros 24.000.000 de ciudadanos más) pretextando que el estado no tenía fondos. Y destruir  la legislación sobre clima y emisiones de Obama, para que las gigantes corporaciones privadas pudieran contaminar más y con total impunidad (puesto que según el relato trumpiano, cuanto más se contamina, más empleo se crea y mejor va la economía…).

Por otro lado la única legislación federal de importancia que sacó adelante Trump en ese tiempo fue la Ley de Bajada de Impuestos y del Trabajo, aprobada por el Senado como es preceptivo y que entró en vigor en noviembre de su primer año de mandato, 2017. Se trató de una ley que bajó enormemente los impuestos a las grandes fortunas de los multimillonarios, es decir, al propio Donald Trump.

Pero en el cuento del Rey Midas, la capacidad de convertirlo todo en oro no es un don de los dioses sino una maldición. De pronto, el viento dejó de soplarle a Trump de cara.

En noviembre de 2018 había elecciones de mitad de legislatura en el Congreso: se renovaban 35 de cien escaños del Senado y toda la Cámara de los Representantes. Los republicanos lograron mantener la cámara alta, pero los demócratas le dieron la vuelta a la Cámara de los Representantes y lograron tener mayoría. Desde ese mismo momento, una congresista de 79 años se iba a convertir en la peor pesadilla del presidente. La diputada por California Nancy Pelosi. Entre las competencias de esa cámara: lanzar los procesos de revocación (Impeachment) del presidente.

El Impeachment: de la trama rusa a la trama ucraniana

Dos meses después de la toma de posesión de Trump, comenzarían las investigaciones del llamado “Informe Mueller” sobre la presunta injerencia rusa en las elecciones presidenciales del 2016 y la posible colaboración del equipo de inteligencia de Donald Trump con la trama rusa de espionaje contra el partido demócrata y su candidata.

En noviembre de 2018 los demócratas se hacen con la Cámara de los Representantes y en marzo de 2019 llega el otro golpe para el presidente.

Se publican las 448 páginas de dicho informe sobre la trama rusa, cuya conclusión dice: “Si tuviéramos la confianza, tras una investigación exhaustiva de los hechos, de que el presidente no cometió claramente una obstrucción a la justicia, lo afirmaríamos. Basándonos en los hechos y en las normas legales aplicables, no podemos llegar a ese juicio. Por consiguiente, si bien este informe no concluye que el presidente cometió un delito, tampoco lo exonera”.

Fue un golpe a la línea de flotación de la credibilidad de Trump en la Casa Blanca. Los demócratas lo aprovecharían para morder el tobillo del presidente y no soltarlo. Entretanto, eligen candidato a Joe Biden para disputarle la presidencia de noviembre a Trump.

La temperatura política empezaba a subir hasta que en septiembre los medios revelan una llamada de Trump al neofacistoide presidente de Ucrania, en la que el presidente estadounidense le pide a su homólogo de Kiev que fabrique una investigación contra el hijo de Joe Biden. A cambio de unos ingentes fondos militares que Ucrania usaría eventualmente en su esfuerzo bélico para que Rusia no se quede con el Este de Ucrania. El escándalo es mayúsculo y los demócratas tienen lo que andaban buscando: el 24 de septiembre, Pelosi anuncia la apertura del proceso de revocación (Impeachment) contra Donald Trump.

El Impeachment fue una radiografía clara de la situación del Partido Republicano en ese momento. En las primarias para capturar el liderazgo del partido para las elecciones de 2016, Trump había recibido durísimos ataques de pesos pesados de ese partido como los senadores Marco Rubio, Ted Cruz o Lindsey Graham. Al fin y al cabo, Trump era el típico multimillonario sin una ideología estructurada salvo la demagogia populista de showman que venía de fuera para hacerse con el control del partido por puro afán de poder personal.

Pero llega el Impeachment y prácticamente todos los republicanos se refugian en torno a Trump. ¿Por qué? El caso Amash lo explica.

Justin Amash era un congresista republicano en la Cámara de los Representantes por Michigan. Un tipo de carácter neoliberal en lo económico y conservador en lo social. Tras la publicación del informe Mueller, Amash se declaró a favor de un Impeachment contra Trump.

Como ha escrito el politólogo Roger Senserrich: “Dos días después, dos republicanos anunciaron que se presentaban a las primarias en Michigan contra Amash. Los líderes del Partido Republicano en la Cámara de los Representantes por presión de Trump lo echaron de todas las comisiones y grupos de poder dentro del partido. En julio, harto de ser ninguneado, Amash abandonaba el partido republicano para convertirse en el único independiente de la cámara, y pasaba a convertirse en un paria sin ningún poder real ni puesto en ningún comité legislativo”.

La estrategia de Trump era clara: el que se mueve, no sale en la foto. Y el que se porta bien, recibe su parte, lo que en la versión política del autoritarismo trumpiniano es equivalente al “plata o plomo” de Pablo Escobar.

Con la amenaza y las maneras mafiosas como método, Trump había blindado al Partido Republicano en torno a su liderazgo. Durante el proceso de Impeachment, sólo el senador Mitt Romney, otro peso pesado, se atrevió a criticarlo abiertamente. Otras veces Trump recibió críticas menores y casi a susurros de los senadores Susan Collins y Lisa Murkowski. Pero ya, no mucho más. El proceso del Impeachment pasó al Senado para su votación final y la cámara alta, de mayoría republicana, exoneró al presidente. Sólo Mitt Romney votó contra él y Trump lo amenazó inmediatamente.

El presidente había superado el “Informe Mueller” y ahora el “Impeachment”. Era el mes de enero de 2020 y había elecciones en noviembre. El desempleo alcanzaba desde el octubre anterior sus mínimos históricos. Prácticamente los datos macroeconómicos (la burbuja alcista de la bolsa, las grandes fortunas de los multimillonarios, las desgravaciones de las corporaciones más grandes, etcétera) estaban mejor que nunca. Trump lo había apostado todo a esos resultados y la jugada le salía bien.

La deuda estudiantil (que deben tomar los que desean estudiar en las universidades) estaba también en récords históricos, por no hablar de la deuda sanitaria, las decenas de miles de desalojos y desahucios y la vertiginosa y creciente brecha de desigualdad social, pero esas cosas a Trump jamás le interesaron y tampoco parecían menoscabarlo en lo electoral.

La pandemia y la muerte de George Floyd

La recta hacia la reelección en la Casa Blanca parecía abrirse clara y cuesta abajo. Sólo había que bajar la ventanilla, meter la quinta marcha y dejar que el viento le acariciara el inefable flequillo.

Pero entonces llegarían los dos golpes mortales que acabarían con su presidencia: primero, la pandemia de coronavirus; segundo, la muerte en Mineápolis de George Floyd bajo la rodilla de un policía el 25 de mayo mientras gritaba “I can’t breath!” (¡No puedo respirar!).

Esos dos hechos en sí en poco o en nada podían haberle afectado de cara a las elecciones, pero su propia gestión de ambos le pasó factura. Fueron dos disparos que él mismo efectuó contra sus pies.

Menospreció desde el principio la importancia de la pandemia ante el temor que acabara con la única carta que tenía para la reelección: los datos económicos. Y en cuanto a la muerte de Floyd, en vez de alinearse o tener empatía con el “¡I can’t breath!”, acusó a quienes se manifestaban de promover la violencia y el caos y de ser terroristas, y en Washington decidió utilizar a la Guardia Nacional para disolver con gases lacrimógenos y balas de goma una manifestación pacífica.

En vez de ¡No puedo respirar!, Trump gritaba desde la Casa Blanca ¡Ley y orden! para insistir en su deriva autoritaria de polarizar más y más al país.

Después de esto, no le fue todo lo bien que habría querido en los debates electorales. Se ponía nervioso y agresivo y hasta llegó a celebrar “a nuestros Proud Boys“, en un giro supremacista criticado hasta por los propios senadores de su partido.

Mientras el ejército estadounidense acordaba retirar símbolos, banderas y estatuas confederadas de sus bases, Trump protestaba y llamaba a no hacerlo. El Rey Midas parecía haber perdido la tecla, el aura, parecía no dar ni pegar  una.

En el plano doméstico, a pesar de usar las redes sociales para seguir desinformando, polarizando y creando ruido y bronca, no dejaba de atacar a Google y a Twitter, a los que amenazó con cerrar y hasta llegó a firmar una ley presidencial para coartar su actividad.

Según el recuento de mentiras o medias verdades elaborado por el The Washington Post, Trump llegó a tener rachas de 50 fakes diarias durante la campaña electoral y para el día de las elecciones había superado las 25.000 fakes news durante todo su mandato.

En el plano internacional, atacó a la Organización Mundial de la Salud en plena pandemia de coronavirus y le retiró sus fondos.

Se salió del Acuerdo del Clima de París, atacó económicamente con aranceles a la Unión Europea y a China y saboteó la actividad de la Organización Mundial del Comercio.

Con Trump el escenario internacional estaba dinamitado: el modelo anterior ya no valía, y la improvisación y los pulsos constantes para ver quién es más fuerte por parte de Trump no cesaban. Si su modelo era el caos a medio o largo plazo y si esa estrategia era la           mejor para los Estados Unidos, ya no lo sabremos.

Los estadounidenses han dejado una cosa clara en las elecciones: prefieren el método Biden, el regreso al estilo clásico de la política, la vuelta al diálogo y al escenario internacional. Desde luego, en asuntos como el clima, Biden volverá a introducir a Estados Unidos en el Acuerdo del Clima de París.

Trump llegó al día de las elecciones con un desempleo por las nubes y decenas de miles de muertos por Covid-19. Su mandato no ha terminado y ya son más de 300.000 las personas fallecidas y el país en medio de una tercera ola mucho más violenta que las dos anteriores. Cuando el propio Trump se infectó de coronavirus, acabó diciendo que el virus no era para tanto y que, además: “Probablemente, yo sea inmune”, dijo, en un vídeo en el que era obvio que le costaba respirar.

El brillo, los destellos, quizás el morbo que había despertado cuatro años atrás se había esfumado por completo. Biden, de 77 años en el momento de las elecciones, apelando simplemente a la normalidad y la solvencia de su bagaje político, le ganó el 3 de noviembre por 7.000.000 millones de votos de ventaja.

Trump planteó una guerra judicial para tratar de ganar por la puerta de atrás lo que no pudo ganar en las urnas. “He ganado. Y por mucho”, volvió a decir esta semana. En su deriva demencial sigue polarizando al país con un objetivo: que el trumpismo no se apague sin Trump en la Casa Blanca. Al fin y al cabo, ha perdido las elecciones por mucha diferencia, pero ha tenido casi 75 millones de votos, más que nadie en la historia del país, salvo Joe Biden.

El presidente, a través de su entorno, ha filtrado a los medios que aspira a presentarse de nuevo en 2024. Trump hará las maletas y se irá, pero la gran incógnita de Estados Unidos y del Partido Republicano es si el trumpismo se irá con el Rey Midas de la Casa Blanca, ese Trump que celebró que todo lo que tocaba lo convertía en oro hasta sin darse cuenta jamás de que ese oro acabaría siendo irremediablemente el material de su ruina.

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*Manuel Ruiz Rico (Écija, Sevilla, 1979) es periodista y doctor en Periodismo. En 2000 comenzó su trayectoria profesional como reportero local en Sevilla y desde 2010 ha sido  corresponsal en Etiopía, Panamá y Bélgica. Publicó el ensayo Antonio Muñoz Molina. El Robinson en Nueva York (2011) y los poemarios Hijos del silencio (2014) y Ciudad o selva. Poemas etíopes (2019).

 

 

 

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