EFEMÉRIDES. Manuel Dorrego frente al pelotón de fusilamiento

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
El comienzo de la novela más famosa de Gabriel García Márquez nos invita a pensar en qué había de recordar el coronel Manuel Críspulo Bernabé Dorrego frente al pelotón de fusilamiento. ¿Es posible que en ese instante Dorrego entendiera que su nobleza para con sus enemigos –enemigos de la Patria y de su Independencia– no era retribuida con la misma moneda? ¿Alcanzaría a comprender que lejos de contentarse con su muerte, sus asesinos bañarían en sangre la provincia de Buenos Aires? ¿Hay ahí una lección para quienes quieran liderar a los sectores populares en el camino de la liberación nacional y social?
13 de diciembre de 1828
Es probable que ni un soplo de brisa haya aliviado el calor de la tarde del 13 de diciembre de 1828 en Navarro, provincia de Buenos Aires.
Son las tres. El sol cae a plomo. Un crimen está en marcha.
El prisionero camina lento. No tiene ningún apuro en encontrarse con su destino.
Detrás, marcha el pelotón. Tampoco tiene prisa.
Cuando la sombra de un árbol cubra a los soldados, el comandante dará la voz de alto.
El prisionero girará, siempre despacio, hasta quedar de frente a la tropa. Alza la vista al cielo y se detiene largamente en el círculo ardiente del astro rey que domina la tarde. ¿Es acaso el mismo sol de Nazareno, de Tucumán, de Salta?
Sostiene la mirada todo lo que puede. Cuando parpadee, un par de lágrimas asomarán en sus ojos marrones.
El comandante anuda un pañuelo apenas encima de la nuca del condenado.
Una lágrima escapa a la venda que le aprieta los ojos. Terminará en el suelo, absorbida por un terrón de tierra reseca.
Incapaz de contener una lágrima, el vendaje tampoco es útil para evitar que las imágenes se sucedan vívidas a los ojos del prisionero, como si ocurrieran en ese momento.
Cinco años antes, no muy lejos de Navarro, es el prisionero el que dirige la partida. Va tras la pista de Gregorio García de Tagle que es directorial, como el gobernador Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia, pero que se vio afectado por las “reformas” de este último y, junto con otros descontentos, encabezará un motín que pasará a la historia con su segundo apellido: el “motín de Tagle”.
Nuestro prisionero no era prisionero entonces. Acaba de llegar de su segundo exilio. No es directorial, pero cree en algo tan volátil entonces como “el respeto a las instituciones”. Se presenta en el fuerte de Buenos Aires y ofrece sus servicios, su experiencia, su prestigio para sostener tanto a Martín Rodríguez, quien unos años antes lo condenara a abandonar la Patria, como a Bernardino Rivadavia, con quien se enfrentará poco tiempo después.
La orden del ministro es tajante: batir a Tagle y traerlo a Buenos Aires para un juicio sumario.
Poco tiempo le llevará a nuestro prisionero encontrar al rebelde, rendirlo y ponerse en marcha para entregarlo a las autoridades.
¿Qué pensamientos cruzan por la cabeza de nuestro prisionero perseguidor mientras cabalga detrás de un Tagle amarrado a su montura, derrotado y consumido de antemano?
¿Qué imágenes se filtran por la venda que le cubre los ojos cuando escucha los preparativos del pelotón de fusilamiento frente a él, en los campos de Navarro?
Tiene cuentas pendientes con Tagle desde que, siendo éste ministro del Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón, firmara su detención, confinamiento y deportación perpetua. Tropas directoriales irrumpen en la vivienda de nuestro prisionero y se lo llevan detenido la noche previa a que partiera a Cuyo para sumarse al Ejército de los Andes que prepara San Martín para cruzar a Chile.
Quizás toda su vida se estuvo preparando para eso. Para la campaña liberadora de la América toda. Quizás todos los momentos de su vida pasada no hayan sido más que los prolegómenos de la gran guerra por la emancipación continental. Y la oportunidad le llega en su mejor momento: tiene 29 años, es coronel, tiene predicamento entre sus hombres, tiene la admiración de sus pares y el respeto de sus superiores. Se ha destacado en las más grandes batallas que tuvieron lugar en nuestro suelo y se escribió de él que de haber estado, las armas de la Patria no hubieran sido derrotadas en Vilcapugio y Ayohuma.
¿Qué hubiera sido del Ejército de los Andes con ese coronel entre sus filas?
¿Qué hubiera sido de nuestro prisionero en el Ejército de los Andes?
¿Hubiera sido el heredero del Gran Capitán?
¿Hubieran chocado sus fuertes personalidades?
¿Llegarían ambos a la Pampa de Ayacucho?
¿O Manuel caería bajo las armas enemigas en alguna batalla en Chile o el Perú?
Cualquiera sea la respuesta, nuestro prisionero hubiera dado la vida por averiguarlo.
Y ahora, en ese instante bonaerense, lo asaltan las preguntas cuyas respuestas le fueron negadas, en parte, por el hombre que cabalga unos pasos adelante.
¿Son las mismas preguntas las que acometen a Tagle?
Quizás la única pregunta que se hace Tagle sea sobre su destino inmediato.
Quizás, con ese interrogante en el rostro, vuelve la mirada a nuestro prisionero, que es su captor.
Ahora ambos se preguntan qué será de Gregorio García de Tagle.
Y hay sólo dos respuestas posibles: o acaba sus días en ese rincón de la campaña, a manos de nuestro prisionero. O acaba sus días en el patíbulo de la Plaza del Fuerte, a manos de Rivadavia.
Nuestro prisionero baja la mirada mientras busca un puñal en su cintura. Espolea su caballo hasta ponerlo a la par del de Tagle. Alcanza a sentir su lividez cuando, con una cuchillada certera, corte sus ataduras.
Y ante la incredulidad de Tagle le dice,
“Vaya, doctor. Y que Dios se apiade de su alma”.
¿Quién se apiadará del alma de nuestro prisionero ahora que es él quien está frente al pelotón de fusilamiento?
¿Se preguntará acaso si valió la pena dejar marchar a Gregorio García de Tagle?
¿O si valió la pena no ponerse al frente de las milicias sublevadas en octubre de 1820 que lo aclamaban gobernador?
¿O si valió la pena ese original “respeto por las instituciones” para morir como un bandido en los campos de Navarro?
La descarga de fusilería corta el hilo de las preguntas y corta también la vida de Manuel, coronel de las Provincias Unidas de la América del Sur, héroe de la independencia, líder del pueblo orillero de la ciudad puerto, padrecito de los pobres, gobernador electo de la provincia de Buenos Aires.
Cuenta una vieja leyenda querandí que, cuando un valiente guerrero cae en la batalla, sus pensamientos impregnan desde entonces la tierra en la que se ha derramado su sangre. Los campos de batalla son sitios sagrados para estos pueblos, como reservorio de la memoria de grandes guerreros.
Si la leyenda fuera cierta, es probable que desde aquel 13 de diciembre de 1828 nuestro suelo esté embebido de las preguntas que se hizo el coronel Dorrego frente al pelotón de fusilamiento y que no llegó a responder.
Tal vez nos toque a nosotros construir las respuestas y así superar esa sensación de que, desde entonces, la sangre que se derrama en nuestra Patria sea la de quienes levantan las banderas de la independencia, de los orilleros, de los pobres de la tierra.
