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ALICIA OLIVEIRA, un merecido homenaje a 12 años de su muerte

Mi relación con Alicia Oliveira fue muy breve: fue mi abogada (por parte de la Utpba tricolor y combativa) allá por 1987, si mal no recuerdo, cuando el fiscal Romero Victorica, vinculado al Servicio de Inteligencia Naval, me acusó de integrar las huestes montoneras que participaron de las llamadas contraofensivas (un absurdo ya yo había roto mis últimos, ya débiles vínculos con la M al producirse el asalto al cuartel de Formosa) en represalia porque había demostrado la falsedad de una supuesta carta de un desaparecido en la ESMA contra un sobreviviente.

Entonces la valiente ex jueza, cofundadora del CELS y Defensora del Pueblo, por imposible que hoy parezca, tenía buena relación al mismo tiempo con  Rodolfo Galimberti, Horacio Verbistky y, por supuesto, con Jorge Bergoglio, su gran amigo.

Por iniciativa de Eduardo Valdés, Alicia fue el elemento central en el rápido entendimiento entre el recién entronizado Papa Francisco y Cristina, que la llevó consigo al Vaticano.

Y creo que aunque más no fuera solo por eso, Alicia se ha ganado no sé si el cielo, pero si el afecto y respeto de todos los que, creyentes o no, vemos que la principal batalla cultural de la hora se libra entre quienes enaltecemos el legado del Nazareno tal como lo expresó en las Bienaventuranzas (el sermón de la montaña) y quienes lo tergiversan y pervierten levantando las banderas de un imposible «cristianismo sionista», un oxímoron que a mi modo de ver implica darle la razón a los saduceos que entregaron a Jesús a Poncio Pilato.

Y es que si Peter Thiel considera que quienes proponen la paz en el mundo como lo hacia Francisco y lo hace su sucesor son abogados del «anticristo» sino su misma encarnación, quienes reivindicamos la filosofía del Nazareno vemos en él, Trump, Vance y Netanyahu, la encarnación del racismo, la pedofilia y el furor homicida que atentan contra la especie humana y el planeta.

 

 

 

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