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CHINA – MASACRE DE NANJING. Un Genocidio oculto emerge con ímpetu

Hace 80 años, las tropas invasoras de Japón asesinaron a centenares de miles de habitantes, hombres, mujeres y niños de las maneras más atroces tras ocupar la entonces capital del país, Nanjing. Por increíble que parezca quienes están al tanto de esta tragedia en occidente constituyen una ínfima minoría. Del mismo modo en que Turquía se niega a reconocer el genocidio armenio, Japón sólo se refiere a él con términos equívocos (como cuando entre nosotros se habló de «excesos») y mascullados entre dientes. Pero ahora el gobierno de la República  Popular ha decidido recordar el papel que China desempeñó en la derrota de Japón y el fin de la Segunda Guerra Mundial, comenzando por aquella tragedia y el recuerdo de sus mártires.

Una amiga periodista, Gloria Beretervide, recorre China. Está en una de las principales megaurbes de la nación, la antigua capital Nanjing (1) y sube muy buenas fotos a las redes (como las del monumento de arriba), lo que me impulsó a saber de la ciudad. Fue así que descubro que entre otras cosas es famosa porque en 1937, cuando era la capital del país, fue tomada por las tropas japonesas que asesinaron a decenas de miles de personas, tantas que según fuentes chinas alcanzarían a las 300.000.

Esa cifra me quedo rebotando dentro de la caja craneana.

Y es que desde fines de los años ’70 del siglo pasado, cuando vivía en Barcelona escribo o edito notas de fondo sobre el exterminio llevado a cabo en Argentina por la última dictadura cívico-militar. Antes del fin de esta década espero cumplir medio siglo en ese metier… y, sin embargo, y aunque tenia presentes las atrocidades cometidas por los soldados japoneses en la Manchuria ocupada, no tenía presente este horror a pesar de su gigantesca proporción (compárese con nuestros 30 mil desaparecidos y los casi 200 mil asesinados por la dictadura guatemalteca a comienzos de los años ’80). Si no contamos la Shoa, el exterminio de millones de judíos, gitanos, comunistas y homesexuales por los nazis, ni el anterior de armenios a manos de turcos, con más de un millón de víctimas, la cantidad de las que hubo en Nanjing solo es superada por lo ocurrido en Indonesia a mediados de los ‘6o y en Ruanda a mediados de 1994.

En Indonesia militares y civiles ultraderechistas exterminaron todo lo que oliera a comunismo, y en Ruanda el gobierno hutu se lanzó a exterminar a la minoría tutsi. En ambos casos, las estimaciones acerca del número de víctimas varían entre medio millón y un millón.

Con orgullo herido pensé: «si yo ni siquiera recordaba la matanza masiva de los pobladores Nanjing, al 99% de mis compatriotas debía pasarle lo mismo».

Y, seguí pensado, eso fue posible a causa de la persistencia de un racismo que se enmascara hasta difuminarse. Porque eso nunca podría haber ocurrido con una matanza cien veces menor si hubiera ocurrido en un pueblo de la Unión Europea o de los Estados Unidos.

Así fue que me puse a leer sobre tamaña masacre, horrorizado por las descripciones de las violaciones masivas de mujeres y niñas ( la mayoría seguidas de asesinatos precedidos por actos de sadismo sin par), por los torneos de decapitación y los entierros de prisioneros vivos.

Y la lectura me llevo a un documental, Recuerdos de Nanjing. Lo considero una excelente puerta de entrada para conocer esta tragedia, capaz de avergonzar a toda la humanidad.

Tiene varios capítulos. El primero es este:

Revela la existencia de dos heroínas, ambas estadounidenses. La primera y más joven, fue Iris Chang (hija de chinos que la llamaron Zang Chunrus) que llevo a cabo una minuciosa investigación de tanta vesanía y la plasmó en su libro The Rape of Nanking. The Forgotten Holocaust of World War II (La violación de Nanjin. El Holocausto olvidado de la Segunda Guerra Mundial). En él destacó la labor ingente de la misionera y docente Wilhelmina «Minnie» Vautrin, que intentó y a veces consiguió proteger a sus alumnas de violaciones y asesinatos, refugiándolas en una zona formalmente segura. Además de la nacionalidad, ambas mujeres tuvieron en común su obsesión por la masacre. Al punto de que se suicidaron, todo indica que bajo el peso de los horrores indelebles que habían internalizado.

Portada de la edición original del libro (a las siguientes, por presión de Japón, se quitó su bandera) de Chang. Abajo, un retrato de la autora, que se quitó la vida a los 36 años.

El alemán John Rave, representante de Siemens y de los residentes extranjeros en esa zona protegida en la que estaba la escuela que Minnie Vautren dirigía, cumplió una función similar con respecto a los chinos que adoptó como refugiados que Oskar Schindler respecto a los alemanes que tenía trabajando como esclavos en su fábrica. Rave es menos conocido que Schlinder no sólo porque en occidente ser judío tiene más prensa que ser chino; también porque era afiliado al partido nazi.

Pero cuando regresó a Alemania, se encontró con que la Gestapo le prohibió revelar lo que sabía: Alemania y Japón eran aliados, y criticar a Japón no estaba admitido.

Quede impresionado por la férrea decisión de Iris, su sentido walshiano del deber. Ella fue de aquelles que una vez que ven la horrosa realidad, no les es posible ni quieren olvidarla. Y cuando se acepta la misión de recordarle al mundo un crimen de lesa humanidad, es difícil rehuirla. Porque la revelación, el tener siempre presente en qué pozos de malvada crueldad es posible caer, conserva la esperanza de que quizá no se vuelva a recaer en esas miasmas que además de destruir cuerpos, pudren las almas tanto de los sobrevivientes como de los verdugos. (2)

Como las pudren el veneno diario que se instila en quien no cierra los ojos ni se tapona los oíidos al recibir la noticia de la demolición de Gaza y el exterminio de su población, incluyendo niños, ancianos, médicos y periodistas, ya sea con explosivos, balas, impidiéndoles que sus heridas y enfermedades sean atendidas.o privándolos de agua y alimentos.

En estas disquisiciones me encontraba, cuando recibí un mensaje de Gloria. Me informó que viajó a Nanjing por la única razón de ir al museo que conmemora a las víctimas de la ocupación porque quiere asistir el miércoles al desfile militar que conmemorará el 80º aniversario de la rendición de los ocupantes nipones con conocimiento de causa.

Cuenta que pasó tres horas y media en el lugar porque tiene muchísimo material y porque «no es sólo un museo: es una herida abierta y un monumento a la memoria de las 300.000 almas que perecieron en el episodio más atroz de la ocupación japonesa».

«Caminar por sus salas es una confrontación mutual. Lo primero que impresiona es lo impecablemente armado que está el lugar, con una narrativa prolijamente construida. La oscuridad lo envuelve casi todo, interrumpida por haces de luz que iluminan las vitrinas. Esas penumbras te sumergen en una atmósfera de duelo, obligan al recogimiento. Y es que está la evidencia, fria, irrefutable de un horror indecible.

«El material documental es abrumador: hay fotografías tomadas por periodistas locales y extranjeros y también por los propios verdugos; diarios de testigos, montañas de cráneos y huesos sacados de fosas comunes. Cada documento desmonta cualquier intento de negacionismo.

«Quizá lo más conmovedor sea el silencio de los visitantes chinos, por lo general expansivos y ruidosos, aquí sumidos en un respetuoso, pesado silencio, cargado de un dolor que traspasa generaciones. Un dolor que produce ecos en una argentina cuya patria también fue rasgada por las atrocidades (…) Al final del recorrido hay un espacio para dejar flores blancas (…) no sólo es un homenaje: es una promesa.

«Recordar no es alimentar el rencor sino blindar la verdad, honrar a quienes no debemos olvidar. Por ellas, por ellos, por los 300.000, por los 30.000, rosas blancas y el eterno deseo de paz».

Luego, en un audio, añade Gloria: «Los japoneses establecieron en las zonas ocupadas, tanto de China como de Corea, ‘casas de confort’, donde obligaban a prostituirse a las mujeres secuestradas, a veces hasta atender a cuarenta «clientes» o incluso hasta morir.»

Más allá de estas escabrosidades, Gloria me remitió una nota reciente de la BBC, cadena estatal británica, es decir de otra potencia ocupante:

«Nunca fuimos amigos»

POR FANG WANG desde Singapur

Los 1,9 millones de seguidores del bloguero japonés Hayato Kato están acostumbrados a sus divertidos clips sobre temas de China, donde vive desde hace varios años. Pero el 26 de julio les sorprendió con una historia sombría.

Foto de Kato en FB. Un nipón que rompe lanzas a favor de una futura amistad de los pueblos de China y Japón.

«Acabo de ver una película sobre la masacre de Nanjing», dijo, refiriéndose a las seis semanas durante las cuales el ejército japonés arrasó Nanjing a finales de 1937 y que, según algunas estimaciones, costaron la vida a más de 300.000 civiles y soldados chinos. Al parecer, unas 20.000 mujeres fueron violadas.

«El filme Dead To Rights, también llamado Nanjing Photo Studio, es una historia sobre un grupo de civiles que se esconden de las tropas japonesas en un estudio fotográfico. Ya es un éxito de taquilla y la primera de una oleada de películas chinas sobre los horrores de la ocupación japonesa que se estrenan con motivo del 80 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial», informó Kato a sus seguidores.

Hablando en chino en Douyin, la versión china de TikTok, Kato relató escenas de la película: «La gente estaba alineada a lo largo del río y entonces empezaron los disparos… Un bebé, de la misma edad que mi hija, lloraba en brazos de su madre. Un soldado japonés se abalanzó sobre ella, la agarró y la estrelló contra el suelo».

Dijo que había visto a mucha gente en Internet negando que la masacre de Nanjing hubiera ocurrido, incluidas figuras públicas, entre ellos políticos. «Si lo negamos, volverá a ocurrir», afirmó, instando a los japoneses a ver las películas y «conocer el lado oscuro de su historia».

El video se convirtió rápidamente en uno de los más populares, con más de 670.000 «me gusta» en sólo dos semanas.

Pero los comentarios son menos positivos. El más votado cita lo que ya se ha convertido en una frase icónica de la película, pronunciada por un civil chino a un soldado japonés: «No somos amigos. Nunca lo fuimos».

Para China, la brutal campaña militar y la ocupación japonesas son uno de los capítulos más oscuros de su pasado, y la masacre de Nanjing, que entonces era la capital del país, una herida aún más profunda.

Lo que ha hecho que se encone es la creencia de que Japón nunca ha reconocido del todo sus atrocidades en los lugares que ocupó: no sólo China, sino también Corea, Filipinas, Indonesia y lo que entonces era la Malasia británica.

Uno de los puntos de controversia más dolorosos tiene que ver con las «mujeres de confort», las aproximadamente 200.000 mujeres que fueron violadas y obligadas a trabajar en burdeles militares japoneses. A día de hoy, las supervivientes siguen luchando por una disculpa y una indemnización.
En su video, Kato parece reconocer que no es un tema de conversación en Japón: «Por desgracia, estas películas de guerra antijaponesas no se proyectan en Japón públicamente y los japoneses no están interesados en verlas».

Cuando el emperador japonés anunció el 15 de agosto de 1945 que se rendía, su país ya había pagado un costo terrible: más de 100.000 personas habían muerto en bombardeos sobre Tokio, antes de que dos bombas atómicas devastaran Hiroshima y Nagasaki.

La derrota de Japón fue bien recibida en gran parte de Asia, donde el Ejército Imperial Japonés se había cobrado millones de vidas. Para ellos, el 15 de agosto conlleva tanto la libertad como un trauma persistente: en Corea, el día se llama «gwangbokjeol», que se traduce como el retorno de la luz.

«Aunque la guerra militar ha terminado, la guerra histórica continúa», afirma el profesor Gi-Wook Shin, de la Universidad de Stanford, explicando que las dos partes recuerdan aquellos años de forma diferente, y esas diferencias aumentan la tensión. Mientras los chinos ven la agresión japonesa como un momento definitorio y devastador de su pasado, la historia japonesa se centra en su propio victimismo: la destrucción causada por las bombas atómicas y la recuperación de la posguerra.

«La gente que conozco en Japón no habla mucho de ello», dice un chino que vive en Japón desde hace 15 años y desea permanecer en el anonimato. «Lo ven como algo del pasado, y el país no lo conmemora realmente, porque también se ven a sí mismos como víctimas».

Quien habla se considera un patriota, pero dice que eso no le ha dificultado las cosas personalmente porque la reticencia de los japoneses a hablar al respecto significa que «evitan temas tan delicados».

«Algunos creen que el ejército japonés fue a ayudar a China a construir un nuevo orden, con los conflictos que se produjeron en ese proceso. Por supuesto, también hay quienes reconocen que fue, de hecho, una invasión».

China luchó contra Japón durante ocho años, desde Manchuria en el noreste hasta Chongqing en el suroeste. Se calcula que murieron entre 10 y 20 millones de personas. El gobierno japonés afirma que unos 480.000 de sus soldados perecieron en ese periodo.

Esos años han sido bien documentados en premiadas obras literarias y películas; también fueron el tema de la obra del premio Nobel Mo Yan.

Ese periodo está siendo revisado ahora bajo un régimen que considera el patriotismo como un elemento central de sus ambiciones: «rejuvenecimiento nacional» es la expresión con la que el presidente Xi Jinping describe su sueño chino.

Mientras el Partido censura duramente su propia historia, desde la masacre de la plaza de Tiananmen hasta las medidas represivas más recientes, anima a recordar un pasado más lejano, con un enemigo exterior.

Xi incluso modificó la fecha de inicio de la guerra con Japón: el gobierno chino cuenta ahora las primeras incursiones en Manchuria en 1931, lo que la convierte en una guerra de 14 años, en lugar de ocho años de conflicto en toda regla.

Bajo su mandato, Pekín también ha dado una mayor dimensión a la conmemoración del final de la Segunda Guerra Mundial. El 3 de septiembre, día en que Japón se rindió formalmente, se celebrará un gran desfile militar en la plaza de Tiananmen.

También en septiembre, se estrenará una esperada película que se centrará en la tristemente célebre Unidad 731, una rama del ejército japonés que llevó a cabo experimentos humanos letales en la Manchuria ocupada. La fecha del estreno -18 de septiembre- es el día en que Japón intentó su primera invasión de Manchuria.

Aparte de Dongji Rescue, una película inspirada en los esfuerzos reales de unos pescadores chinos que salvaron a cientos de prisioneros de guerra británicos durante las incursiones japonesas; y Mountains and Rivers Bearing Witness, un documental de un estudio de cine estatal sobre la resistencia china.

A la espera de una disculpa más contundente

Durante años, en las clases de historia chinas se ha mostrado a los alumnos una foto del ex canciller de Alemania Occidental Willy Brandt arrodillado ante un monumento conmemorativo del Levantamiento del Gueto de Varsovia en 1970. Los chinos esperan un gesto similar por parte de Japón.
En 2015, el presidente Xi inició una nueva tradición de celebrar desfiles militares para conmemorar la rendición de Japón.

Del olvido intencionado al recuerdo interesado

Cuando Japón se rindió en 1945, las turbulencias en China no terminaron. Durante los tres años siguientes, el partido nacionalista Kuomintang –que entonces estaba en el poder– libró una guerra civil contra las fuerzas del Partido Comunista de Mao Zedong.

Aquella guerra terminó con la victoria de Mao y la retirada del Kuomintang a Taiwán. Mao, cuya prioridad era construir una nación comunista, evitó centrarse en los crímenes de guerra japoneses.
Las conmemoraciones celebraban la victoria del Partido y criticaban al Kuomintang. También necesitaba el apoyo de Japón en la escena internacional. Tokio, de hecho, fue una de las primeras grandes potencias en reconocer su régimen.

No fue hasta la década de 1980 –tras la muerte de Mao– cuando la ocupación japonesa volvió a atormentar la relación entre Pekín y Tokio. Para entonces, Japón era un rico aliado occidental con una economía en auge.

Las revisiones de los libros de texto japoneses empezaron a suscitar polémica, y China y Corea del Sur acusaron a Japón de encubrir sus atrocidades en tiempos de guerra. China acababa de empezar a abrirse a Occidente, y Corea del Sur estaba en transición del régimen militar a la democracia.

A medida que los líderes chinos se alejaban de Mao, el trauma de lo ocurrido bajo el ataque japonés se convirtió en un relato unificador para el Partido Comunista, afirma Yinan He, profesora asociada de Relaciones Internacionales en la Universidad estadounidense de Lehigh.

«Tras la Revolución Cultural, el comunismo desilusionó a la mayoría de los chinos», declaró a la BBC. «Desde que el comunismo perdió su atractivo, era necesario el nacionalismo. Y Japón es un blanco fácil porque es el agresor externo más reciente».

La experta describe una «representación coreografiada del pasado», en la que las conmemoraciones de 1945 suelen restar importancia a las contribuciones de Estados Unidos y el Kuomintang, y van acompañadas de un creciente escrutinio de la  postura oficial de Japón sobre sus acciones en tiempos de guerra.

Lo que no ha ayudado es la negación de los crímenes de guerra (destacados japoneses de derechas no aceptan que se produjera la masacre de Nanjing o que los soldados japoneses obligaran a tantas mujeres a la esclavitud sexual) y las recientes visitas de funcionarios al santuario de Yasukuni, donde se rinde homenaje a los caídos en la guerra de Japón, incluidos los criminales de guerra condenados.

Esta hostilidad entre China y Japón se ha extendido a la vida cotidiana a medida que el nacionalismo en línea alcanza cotas máximas: chinos y japoneses han sido atacados estando en el país del otro. El año pasado mataron a un escolar japonés en Shenzhen.

El ascenso económico de China y su asertividad en la región y fuera de ella han vuelto a cambiar la dinámica entre ambos países. China ha superado a Japón como potencia mundial. El mejor momento para buscar un acercamiento –los años setenta, cuando ambos países estaban más próximos– ya ha pasado, afirma la profesora Yinan He.

«Simplemente dijeron: olvidémonos de eso, dejémoslo a un lado. Nunca se han ocupado de la historia, y ahora el problema ha vuelto a perseguirles».

Notas

1) Como sucede con Pekín y Beijing y Mao Tse-Tung y Mao Zedong, hay otras grafías, y en inglés la ciudad suele ser nombrada como Nanking, y a veces como Nankin. Por cierto «Nan» es sur y «Bei» norte.

2) Para el prolífico escritor Stefan Zweig, amigo de Freud, alma y psiquis eran sinónimos.

 

 

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