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PATRIA o COLONIA. A 65 años de la toma del frigorífico Lisandro de la Torre

POR LUCAS YAÑEZ

Res non verba*

En el mes de diciembre, el presidente recientemente electo, anunció su plan económico: reducción del gasto público; suspensión de la obra pública; reducción del empleo público; transferencia de empresas públicas al sector privado; modificación en la ley de jubilaciones; restricción a la emisión monetaria; liberación de precios; eliminación de subsidios al consumo; eliminación de las restricciones a las importaciones; aumento de tarifas de los servicios públicos, del transporte y de los combustibles; congelamiento de salarios; puntualidad en el pago de la deuda externa, serían los grandes lineamientos fijados para el nuevo período gubernamental.

Podríamos estar hablando del pasado mes de diciembre de 2023 y de Javier Milei. Pero nos referimos al año 1958 y al por entonces presidente Arturo Frondizi.

En la segunda semana de enero de 1959, como parte de ese plan económico, Frondizi envió al Congreso el proyecto de ley de privatización del frigorífico Lisandro de la Torre, ubicado en el porteño barrio de Mataderos.

¿Para qué sirve un frigorífico nacional?

Fundado durante la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear, quedó bajo la órbita de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires como empresa municipal. Fue transferido a la Nación durante el primer gobierno de Perón, momento en el cual adquiere el nombre del legislador santafesino. Será municipalizado nuevamente tras el golpe de Estado de 1956.

Pensado para incidir en la realidad de un país periférico como la Argentina, productor de materias primas agrícola-ganaderas, cuya industrialización estaba en manos de los países centrales y con la complejidad de que la población local tenía como principal fuente de alimentación los mismos productos que eran demandados por el mercado mundial: cereales y carnes.

Desde que se desarrolla la tecnología del enfriado de carne los frigoríficos en la Argentina se instalarán a partir de inversiones mayoritariamente británicas hasta la primera década del siglo XX, cuando empiezan a llegar capitales norteamericanos para invertir en la industria de la carne.

De acuerdo a la coyuntura económica, pero sobre todo a la decisión del gobierno de turno, el frigorífico permitirá el abastecimiento de la población de la Capital Federal y el conurbano bonaerense; la regulación de precios para el mercado interno, sin caer en los desvaríos del “libre mercado”; la obtención de divisas para el Estado, cuando los excedentes de producción se exporten, y, quizás lo más importante, un ejercicio de soberanía económica frente a las condiciones que pretenden imponer los frigoríficos de capitales británicos y norteamericanos en el mercado de la carne.

A comienzos de 1959 trabajaban en el frigorífico 9000 personas, entre obrerxs y empleadxs, que le daban la capacidad de faenar alrededor de un millón y medio de kilos de carne. Como una respuesta al conflicto, los mismxs trabajadorxs elaboran y presentan un proyecto para procesar e industrializar subproductos como sebo, cerdas, pezuñas, e incrementar, así, la producción.

 

La toma

Dispuestos a resistir la privatización, lxs obrerxs del frigorífico se entrevistan con el presidente de la cámara de diputados; se movilizan al Congreso el día de la sesión que tratará el proyecto; se reúnen con Frondizi una vez sancionada la ley para pedirle que la vete y, ante la negativa presidencial, convocan a una asamblea en el establecimiento.

Alrededor de 8000 trabajadorxs discuten el plan de lucha alrededor del mástil, frente a la entrada. Como duelo gremial, la bandera flamea a media asta. Se declaran en huelga por tiempo indeterminado y deciden la toma del Lisandro de la Torre para evitar su vaciamiento.

El barrio de Mataderos se acerca a las afueras del frigorífico, en solidaridad, y tendrá activa participación en lo que sucede desde entonces.  Las familias de lxs trabajadorxs permanecerán en las afueras del predio y acercarán alimentos; lxs comerciantes –entre los que se cuentan lxs propietarixs de carnicerías- bajarán las persianas, en solidaridad, y aportarán al fondo de huelga; trabajadorxs de las fábricas cercanas como Jabón Federal y Pirelli, adherirán a la medida de fuerza; hasta la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), tradicionalmente distante de los conflictos del mundo del trabajo, comunicará su solidaridad con la toma.

Frondizi envía al jefe de policía a negociar con lxs huelguistas. El presidente acepta retomar las conversaciones si se levanta la huelga. La Comisión Directiva del sindicato contrapropone la derogación de la privatización del Lisandro de la Torre para retornar al trabajo. Ninguna de las partes cede. A la medianoche del viernes 16, el Ministerio de Trabajo declara la ilegalidad de la medida de fuerza.

 

La lucha

En la penumbra de las horas previas al amanecer del 17 de enero, los trabajadores que están apostados en las esquinas del frigorífico alcanzan a ver una columna de patrulleros, colectivos, autobombas, carros de asalto, jeeps artillados y cuatro tanques Sherman. Enseguida dan las voces de alerta y cada compañerx corre a ocupar su puesto, de acuerdo con el plan de defensa acordado en asamblea.

Hay quienes están a cargo de los corrales con hacienda; otrxs mantienen las calderas encendidas, y a los pisos superiores se han subido elementos que pueden ser arrojados cuando los sitiadores pretendan ingresar.

Las fuerzas represivas, entre las que se cuentan efectivos del ejército, de gendarmería nacional y de la policía federal se despliegan en orden de combate en las afueras del predio.

El responsable de la policía federal en el operativo se acerca al portón del frigorífico e intima a franquearles el paso a las fuerzas “del orden”. Como respuesta, muchos obreros escalan los muros y las rejas que rodean el edificio, creyendo que con eso detendrían el avance. Entonces el jefe policial da la orden y uno de los tanques enfila hacia el portón, lo abre y penetra en el patio. Detrás suyo marchan los efectivos policiales disparando gases lacrimógenos.

Algunos obreros intentarán trepar al tanque, pero serán repelidos por las fuerzas de seguridad. Otros, retrocederán buscando refugiarse en el interior del edificio. Las estrofas del himno nacional se mezclan con vivas a Perón y puteadas a la policía y al gobierno.

En ese momento, lxs trabajadorxs encargadxs de la hacienda abren los bretes y dejan en libertad al ganado que estaba en los corrales. Tienen la esperanza de provocar una estampida que arrastre a los milicos fuera de las instalaciones del Lisandro de la Torre. Con desilusión ven como vacas y terneros salen al trotecito rumbo a los canteros. Allí permanecerán, ajenos a la represión, rumiando el pastito. Tiempo después, al recordar la actitud vacuna, alguien parafraseará, con particular humor, que los agarraron con “las vacas cansadas”.

Tampoco darán resultado los chorros de agua caliente provenientes de la caldera que se había mantenido encendida para ese momento: las mangueras no llegan con la suficiente presión para contener a las fuerzas represivas.

Lxs trabajadorxs se replegarán en el interior del edificio. La resistencia será, entonces, piso a piso. Cuando la policía intente ganar los pisos superiores, por las escaleras rodarán los carros de faenamiento. Las roldanas serán otros de los elementos que harán las veces de proyectiles y que ayudarán a retrasar el avance de los ocupantes.

A pesar del empeño puesto por lxs obrerxs y empleadxs resistentes, a las cuatro horas de iniciado el operativo, las fuerzas gubernamentales logran desalojar el frigorífico.

 

 

Replegarse hacia lo conocido

Antes de ser detenidxs, un número considerable de trabajadorxs logran romper el cerco y buscan refugio en el vecindario. El frigorífico Lisandro de la Torre no sólo está ubicado en Mataderos, es Mataderos. Como Mataderos es el Lisandro de la Torre. No todxs lxs vecinxs trabajan en el frigorífico, pero todxs son familiares, amigxs o conocen a alguien que sí trabaja allí. Lo mismo pasa con lxs comerciantes, muchxs de sus clientes son trabajadorxs del frigorífico o familiares.

Sucede, entonces, lo impensado para el gobierno y su política represiva, con el desalojo de lxs trabajadorxs del Lisandro de la Torre la lucha, concentrada hasta entonces en sus instalaciones, se expande por todo Mataderos y llega a alcanzar a los vecinos barrios de Villa Lugano, Villa Luro, Liniers, Floresta y cruza la Av. Gral. Paz.

Los locales de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), la fracción del radicalismo a la que pertenece el presidente Frondizi, serán el blanco preferido por parte de quienes se vuelcan a la calle, identificándolos como la expresión política que ordenó el desalojo, en el territorio.

Carros de asalto de la guardia de infantería y camiones hidrantes patrullan las calles, pero los manifestantes aparecen de improviso, les arrojan piedras y desaparecen de la vista.

En los días sucesivos, lxs vecinxs levantarán los adoquines de las calles con dos propósitos: armar barricadas –para las que también se talarán árboles- y salpicar de baches las calles, para dificultar el tránsito de los vehículos policiales.

Por momentos parece una guerra de posiciones, en la que cada bando controlaba una porción del territorio. El local sindical de lxs trabajadorxs del frigorífico Lisandro de la Torre permanece en poder de la policía desde que se inicia el desalojo. Los intentos por recuperarlo no darán resultado. La sede de la Corporación Argentina de Productores de Carne (CAP), la principal beneficiada por la ley de privatización, también está custodiada por las fuerzas del orden como un baluarte y desde allí partirán disparos y gases sobre cualquier grupo sospechoso que se aproxime.

Los tranvías son detenidos. Se pintarán consignas en defensa de la soberanía y en contra de las políticas del gobierno en sus laterales y se los dejará continuar con sus recorridos. No correrán la misma suerte los colectivos: algunos son volcados y utilizados como barricadas; otros perderán las cubiertas, que arderán en las bocacalles; unos cuantos serán incendiados.

Por las noches, lxs vecinxs interrumpirán el suministro eléctrico en la vía pública. En algunos casos, cortarán los cables. En la mayoría, los faroles estallarán por la puntería de hondas y gomeras.

La policía no se adentrará en las calles de Mataderos las tórridas noches de aquel enero de 1959.

Lxs vecinxs si se vuelcan al espacio público. En las madrugadas se multiplican los fueguitos, aparecen las parrillas y la carne, el pan y el vino para compartir. Se analizan los sucesos de la jornada; se planifican los del día por venir y se discute de política.

Durante el día vuelven a circular los móviles policiales, acompañados, una vez más, por vehículos de gendarmería y del ejército. El gobierno ha implantado el plan para la Conmoción Interna del Estado (CONINTES) –habilitando la participación de las fuerzas armadas en tareas de seguridad interior– y se sucederán las detenciones a mansalva. El objetivo principal es capturar a Sebastián Borro, Secretario General del sindicato y líder de la huelga, y al resto de la conducción gremial que, desde la clandestinidad, siguen orientando el conflicto.

 

65 años en huelga, 65 años en lucha

La prolongación en el tiempo, la disparidad de fuerzas y las posiciones irreductibles hacen que la lucha vaya declinando paulatinamente. El 22 de enero las “62 Organizaciones Peronistas” comunican el levantamiento del paro. El argumento es que no serán la excusa para un nuevo golpe militar. El Lisandro de la Torre no acata la resolución y permanecerá en huelga. De hecho, sus protagonistas dirán que nunca levantaron la medida de fuerza.

Mataderos tardará en volver “a la normalidad”, si es que alguna vez volvió en las agitadas aguas de la política argentina.

A comienzos de febrero el frigorífico vuelve a funcionar con un tercio de sus trabajadorxs, muchxs de ellxs contratadxs para romper la huelga.

El 20 de febrero, Sebastián Borro y la conducción del sindicato en la clandestinidad, son finalmente apresados.

Recién un año después el gobierno podrá anunciar la transferencia del frigorífico Lisandro de la Torre a la CAP.

Mataderos, la ciudad, el movimiento obrero llevan la lucha del frigorífico en la memoria y apelan a ella en los momentos difíciles en los que nos toca enfrentar fuerzas que parecen dispuestas a todo con tal de arrebatarnos nuestras conquistas.

…..

Apostillas

En alguna de las notas periodísticas realizadas durante la toma, mientras entrevistan a Sebastián Borro, se escucha el retumbar de los bombos de fondo la consigna “¡Patria, sí! ¡Colonia, no!”. Tiempo después, Sebastián Borro denunciará no sólo que la venta del frigorífico se pactó muy por debajo de su valor, sino que la Corporación Argentina de Productores de Carne (CAP) se benefició con un subsidio millonario aprobado por la Cámara de Diputados.

Cuando se inicia el conflicto, Juan Domingo Perón, por entonces exiliado en la República Dominica, responde una carta de los trabajadores de la Unión de Entidades Deportivas y Civiles (UTEDyC) que, si bien se refiera a otras circunstancias, bien podría aplicarse tanto a la lucha del Lisandro de la Torre como al presente.

Es carta, fechada el 15 de enero de 1959, en pleno conflicto por la privatización del matadero, lleva como encabezamiento “A los compañeros de la agrupación Unidad de Trabajadores de Entidades Deportivas y Civiles” y en uno de sus párrafos Perón expresa: “Estamos viviendo días de decisión, en los que no está en juego la suerte de las fracciones gremiales del peronismo sino la suerte misma de la clase trabajadora argentina. Si se permite entregar, como se lo hace, el país a la explotación del capitalismo internacional, mediante la colonización del país o instaurar desde ya la explotación más inicua, todos los dirigentes habremos fracasado y cinco generaciones de trabajadores pagarán con hambre, miseria y dolor, nuestro fracaso”i.

* Notas del editor:

1) Me hizo mucha gracia que Yañez comenzara esta nota referida al principal matadero de la ciudad con la frase latina res non verba (hechos no palabras) que yo y mis compañeros de la escuela elemental traduciamos lógicamente como «las vacas no hablan».

2) Nunca tuve trato personal con Sebastián Borro, pero una vez, poco antes de su muerte, lo llamé por teléfono para contarle que el juez Juan José Galeano, ignorante de su historia y de su edad (de todo, en realidad) había ordenado investigarlo como presunto involucrado en el atentado a la DAIA-AMIA porque, según pude averiguar, había alojado en su casa durante algunos meses a un pariente libanés que había venido a buscar trabajo y que se había vuelto a su país sin haber podido hacer pie. Borro ignoraba esta historia, y que había tenido intervenido el teléfono por ese motivo, y se lo tomó con bastante buen humor. Como hoy hace Patricia Bullrich, Galeano, intentaba comprometer a cualquier libanés o hijo de libanés, como Borro, siempre que fueran de origen musulmán, con el ánimo de señalar a Hezbolá, como le pedían Rubén Beraja y una SIDE colonizada por la CIA y el Mossad. La paradoja es que en el atentado si intervinieron libaneses e hijos de libaneses, pero no musulmanes sino católicos maronitas, muchos de los cuales (como se puede ver en este post subido ayer) son aliados de Israel.

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Un comentario

  1. Excelente columna histórica la de Lucas Yáñez,la primera que leo en esta revista ya que me he suscripto a ella.Mis felicitaciones a todo el equipo del Pájaro rojo y adelante! Hasta el próximo envío

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