Verbitsky y las acusaciones de Lanata: Un poco de su amarga medicina

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Verbitsky y Morales Solá en la época de PERIODISTAS, asociación que a instancia de ambos defendió a La Apropiadora Ernestina cuando el juez Marquevich la metió presa.

Gran escándalo en 678 porque, ante los embates (nada originales, por cierto) de Jorge Lanata contra Horacio Verbitsky, Dante Palma se negó a poner las manos en el fuego por Verbitsky. Lanata exhumó viejas acusaciones contra Verbitsky que no tienen más basamento que el estupor de muchos militantes por el hecho de que luego de la muerte de Rodolfo Walsh, Verbitsky, que era su lugarteniente en Montoneros, haya regresado al país desde Perú, dónde vivió brevemente, cumpliendo un último servicio a Montoneros. Muchos se preguntan cómo fue posible que se atreviera a volver a un lugar dónde todos los que estaban en su situación (por ejemplo, todos los que participaban de ANCLA, la Agencia de Noticias Clandestina inventada por Walsh para Montoneros) habían sido asesinados -como el propio Walsh-, secuestrados -como Lila Pastoriza- u obligados al exilio -como Carlos Aznárez-. A mi me parece claro que Verbitsky, que no es cobarde, regresó contando con la protección del diario Clarín (a través de su apoderado, Bernardo Sofovich, su suegro legal, también apoderado del MID, quien tenía llegada directa al general Rogelio Villarreal, secretario general de la Presidencia de Videla) pero lo cierto es que dicha protección no podía garantizar por si sola que no corriera la suerte de, por ejemplo, el ex jefe de prensa del presidente de facto Alejandro Agustñin Lanusse, Edgardo Sajón, quien, como él, era amigo del «cadete» Juan José Güiraldes, ni a la cuñada de éste -y amiga de Videla- Helena Holmberg, ambos asesinados por los sicarios de Massera.

Lo demás (incluido el manido sonsonete de que trabajó para la Fuerza Aérea, de la que Güiraldes se había retirado -por antiperonista- con el grado de comodoro en 1951) no tiene mayor asidero, aun si fuera cierto que la Fuerza Aérea le pagó por secuendar a Güiraldes, ex presidente de Aerolíneas Argentinas, en la factura de un libro eminentemente técnico sobre rutas aéreas comerciales. Por un lado, porque cualquiera que tuviera el coraje de regresar a la Argentina y permanecer en ella estando en la situación de Verbitsky (confiar en que ninguno de los muchos desaparecidos que lo habían conocido como «Salazar» supiera su verdadera identidad y lo delatara) era lógico que se buscase algún paraguas para, cuando menos, zafar de una de las muchas «pinzas» callejeras tendidas por las fuerzas represivas y, segundo y más importante, porque la trayectoria posterior de Verbitsky dejó claro que no sirvió a más  intereses que los propios, y que siempre procuró ligar éstos con los nacionales y latinoamericanos.

Queda sin embargo en el aire con  que paraguas contó, además del de Clarín, para neutralizar el furor asesino de las jaurías de Massera y de la Supertintendencia de Seguridad Federal, que se las tenían jurada a Walsh y todos sus compañeros. 

Por lo demás, Verbitsky es un gran periodista, lejos, el mejor de la Argentina, y no es posible de ningún modo compararlo a Jorge Lanata, que es un mercenario carente de la menor profundidad, alguien que jamás subordinó su egolatría insaciable a ninguna empresa colectiva.

Por cierto, Lanata no hace más que repetir, sin agregar absolutamente nada, las infames imputaciones que le formuló en 1988 Rodolfo Galimberti en la tapa del último número de su revista Jotapé, ataque del que, por cierto, yo lo previne de su inminencia a través de Alicia Oliveira, que por entonces era muy próxima a él, aunque ahora haya tomado partido por Bergoglio.   

Dicho esto, y compartiendo lo que dice hoy Juan Gelman de quienes se vuelven súbitamente olvidadizos y borran con el codo lo que han escrito con la mano, luego de ponerme por enésima vez en esta encrucijada del lado de Verbitsky (como hizo el sargento Cruz con el gaucho Fierro) y reforzar su posición, que no sólo no absuelve al papa Bergoglio de las fundamentadas sospechas de que fue cómplice de la dictadura (léanse las notas del domingo pasado en Página/12) por acción y omisión, sino que las confirma, me siento autorizado a comentar que Verbitsky está probando un poco de su amarga medicina.
 

Me explico. Rodolfo Yorio, hermano del sacerdote Orlando (que fuera secuestrado por el grupo de tareas de la ESMA y por quien, cuando menos, Bergoglio se negó a mover un dedo a pesar de sus excelentes relaciones con el almirante Emilio Massera) que el actual Papa Francisco es «un psicópata cruel» que «funciona en base a objetivos. Si usted le sirve, no corre peligro. Si se convierte en un inconveniente, se ocupa de destruirlo.» 

Esa caracterización también le calza como anillo al dedo a Verbitsky.  Cuando hace muchos años las acusaciones ya reseñadas y exhumadas por Lanata fueron levantadas originalmente por Galimberti (que también acusaba a Verbitsky de haber participado en un intento de matar a Videla poco antes del golpe), hice una encendida defensa suya desde las páginas de El Porteño. Sin embargo, y sin hesitar ni ponerse en contacto conmigo e indagarme, pocos años después, Verbitsky participó de una feroz campaña de difamación contra mi persona. Una campaña «preventiva» en base a dos inducciones consecutivas: una, que yo (que estaba escribiendo con Julio Villalonga  el libro «Gorriarán, La Tablada y las ‘guerras de inteligencia’ en América Latina») sabía que Gorriarán era el principal accionista de Página/12, y, dos, que lo íbamos a publicar (lo que terminó haciendo muchos años después Lanata).
 

Cuando Gabriela Cerruti me advirtió sobre la existencia de esta campaña, me puse en contacto con Verbitsky (habíamos participado juntos en la agrupación Rodolfo Walsh de prensa y solía ir a su oficina) y tras varios encuentros le propuse retrotraer todo a fojas cero: yo le entregaría el original del Gorriarán para que lo leyera y expurgara de todo lo que le molestara a él o al diario a cambio de que el diario me dejara de considerar un enemigo cuyo mero nombre era tabú y estaba prohibido. Es decir, que, para empezar, no ignorara la aparición del «Gorriarán…»
 

Yo cumplí mi parte, el nunca cumplió la suya y seguí prohibido en Página/12.  Hasta el punto de que cuando apareció mi libro «AMIA, El Atentado», la dirección de Página/12 le prohibió a Tomas Eloy Martínez -director de su suplemento literario»Primer plano»- que publicara una reseña.

A pesar de ello, tiempo después, a pedido de su abogado, Carlos Prim, salí en defensa de Verboisuya ante una demanda (precisamente vinculada al tema AMIA, tema del que casi nunca escribió).

¿Ustedes creen que Verbitsky me dio las gracias?

Ni lo sueñen. Horacio no sabe lo que es la generosidad. Y nunca jamás, que yo sepa, ha reconocido un error. Ni siquiera en privado.

Puede pisarte, una, dos, tres veces.  Si te acusó de algo, así se demuestre palmariamente que se ha equivocado, no se retractará.
 

No fui su única víctima -dejó un tendal- y sospecho que si atraviesa ahora una de las soledades a las que se refiere Gelman, no es sólo por las razones que menta el poeta, sino también porque a varios de los que atropelló y arrojó a la banquina porque inadvertidamente se cruzaron en su camino, o criticaron a alguna de sus fuentes, no les disgusta verlo en  el amargo trance de tener que apurar este cáliz de hiel.

Verlo probar un poco de su amarga medicina.

La profecía autocumplida 

Una difamación se corona con el éxito cuando se convierte en una profecía autocumplida. En lo que a mi respecta Verbitsky se hubiera salido con la suya si me hubiera convertido en lo que él, sibilino, le susurraba a sus epígonos que era. Si me hubiera cambiado de bando.

A veces sucede. Precisamente, hace escasas horas murió una de las personas a las que Verbitsky amargó la existencia. Susana Viau terminó trabajando para Héctor Magnetto cuando Verbitsky -más vale tarde que nunca- ya le había dado la espalda. Es posible que el hecho de que Viau haya muerto combatiendo en la trinchera enemiga le haya dado alguna satisfacción.

Para quienes sólo la conocieron por sus últimas vitriólicas notas en Clarín (que rezuman odio a Cristina y el kirchnerismo), Viau supo ser en otros tiempos una colega generosa y con códigos. Militó en la Fracción Roja del PRT-ERP, estuvo exiliada en España y se destacó como periodista en Página/12, donde fue quien propuso e insistió en que se publicaran gratuitamente los avisos recordatorios de los detenidos-desaparecidos. Entre otras muchas cosas.

Viau recordaba una por una felonías de Verbitsky como haber tratado a Fray Antonio Puigjané de «lumpen sacerdote» a horas de que fuera detenido bajo la acusación de haber instigado el ataque al cuartel de La Tablada, o de «conmovedor grito de desesperación y despedida» a la denuncia de un agonizante Julio Nudler contra dos conocidos chorizos menemo-cavallistas del equipo de Alberto Fernández, denuncia que fue censurada por Página/12 a instancias suyas básicamente porque AF era su fuente.

Aunque no conozco los detalles, sé que a partir de entonces, Viau, asqueada, comenzó a alejarse de Página e inició un camino de irreversible identificación  con el mayor enemigo del Gobierno, Héctor Magnetto, a su vez enemigo de Néstor y de Cristina y de su  «bestia negra» particular, Raúl Pedro Moneta.

Curiosa y paradójicamente, mi relación con ella se rompió porque me harté de que repudiara el hecho de que yo trabajara para diarios del Grupo Vila-Manzano (desafío a cualquiera a que encuentre una sola nota de la que deba avergonzarme) y ella se hartó de que yo criticara a su amiga Hebe, particularmente por su asociación contra natura con el parricida Schoklender.

Después, no sé qué pasó, supongo que enloqueció. El día en que apareció firmando en Clarín, la llamé y le recordé cuanto me criticaba a mi por trabajar para el Grupo Vila-Manzano. Después, todo fue de mal en peor y Susana escribió hasta muy poco antes de morir brulotes que me hacian imaginarla echando espumarajos sanguinolentos por la boca. Una imagen terrible porque sabía de la enfermedad que estaba carcomiéndola.        


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