VIDAS EJEMPLARES – Ramón Nonato: ni un candado le pudo cerrar la boca.
Los hechos y el personaje que hoy presenta el compañero Boot se sitúan en tierras catalanas, por lo que creo interesante aportar algunos matices. A pesar de la veneración que el pueblo dispensó rápidamente a esta figura, hay fundadas dudas de su existencia real. Es la conclusión a la que han llegado los investigadores históricos, entre ellos el sacerdote e historiador catalán Antoni Pladevall, y el catedrático italiano Agostino Paravicini que ha demostrado que Ramón Nonato jamás fue nombrado cardenal por ningún Papa. Al parecer, el pueblo mezcló la historia de como mínimo, dos personajes, además le agregó los detallles fantásticos que se relatan en la nota del compañero Boot. Era la Edad media, la masa no sabía leer y la información se transmitía oralmente y el resultado final era como en el juego del «teléfono roto». Los historiadores señalan que se trata de la superposición de dos figuras históricas reales. Exactamente, la de Raimon de Penyafort -un noble, hijo del señor del castillo medieval del mismo nombre (cuyas ruinas están a 50 minutos de Barcelona)- que fue uno de los fundadores de la Orden de la Mercè (mercedarios)- y de la vida de un fraile de la misma, Ramon de Blanes, que fue el primer mártir de la Orden. Sin embargo, el pobre Ramon de Blanes, nunca ha sido ni siquiera beatificado por el Vaticano, aunque los mercedarios lo consideran santo. La Orden de los Mercedarios, se creó en la ciudad de Barcelona, como orden religiosa- militar para ir a rescatar a la población de los reinos de la península ibérica capturada por piratas musulmanes en incursiones a las costas del este peninsular. Los piratas exigían un rescate por la vida de esas personas, a los que también solían vender como esclavos en el norte de África. Los mercedarios organizaban la recogida de limosnas y donativos para pagar los rescates y enviaban a un fraile a entregar el dinero. Si no conseguían reunir la cantidad acordada, uno de los frailes se entregaba como prisionero en lugar del cautivo. Por otra parte, hay que decir ésta era una de las finalidades de la Orden: «entregarse personalmente como prisioneros, o dar la vida por las personas a punto de perderla a causa de su religión». Es cierto que, muchas veces la operación fracasaba porque los piratas se enfurecían al no conseguir el dinero que esperaban y torturaban y asesinaban al fraile mercedario. Se conocen los casos documentados de un irlandés que se unió a la Orden y en un intercambio de cautivos, fue asesinado ; y de un catalán hijo de un noble, que había sido bandolero (una apasionante historia verídica que demuestra que los hechos superan con creces la ficción) y terminó entrando a la Orden para rescatar a los secuestrados, logrando rescatar a más de 500 personas él solo o con otro compañero. Fue colgado en el norte de África, al quedarse como rehén porque no tenía dinero, a cambio de la libertad de 18 adolescentes prisioneros de los piratas. Varios elementos reales de este personaje, que se llamaba Pere Ermengol de Rocafort, son los que aparecen en la historia popular atribuida al tal Ramon Nonato. MONTSERRAT MESTRE
Ramón Nonato – 31 de agosto
Protegido de Dios, m. 1240

F ABELARDO SANTIAGO
Contra lo que puede pensarse, Ramón –del egipcio ra, “divinidad” y mon, protegido–, que significa “protegido por la divinidad”, no nació en El Cairo sino en el pueblo catalán de Portell. Recibió el apelativo de non natus (no nacido) pues su madre murió durante el trabajo de parto, antes de dar a luz. Luego de salir del útero 24 horas después del deceso materno, presumiblemente con ayuda de la partera y acaso del sepulturero, Ramón pidió permiso a su padre para ingresar en la flamante orden monástica de los Mercedarios.
La santidad de Ramón era tan grande que a los dos o tres años había sucedido al fundador san Pedro Nolasco en el cargo de “redentor o rescatador de cautivos”.
Enviado a tierras de moros, cuando se le acabó el dinero que le habían dado para rescatar esclavos cristianos de manos del infiel, se ofreció como rehén a cambio de la libertad de ciertos esclavos cuya fe se encontraba en riesgo.
Lógicamente, el ofrecimiento de Ramón exasperó a los infieles, que podían ponerlo cautivo sin necesidad de liberar a nadie a cambio, de lo que le hicieron una demostración práctica que incluyó crueles maltratos. Sin embargo, el funcionario principal advirtió que un santo vivo valía más que muerto, ya que podría obtener por él el correspondiente rescate.
Las torturas cesaron y Ramón fue autorizado a vagar por las calles consolando cautivos cristianos y convirtiendo a la fe a no pocos musulmanes. Semejante audacia inquietó de tal modo al gobernador que, sin hesitar, lo condenó a morir empalado. Afortunadamente, quienes estaban interesados en cobrar por su rescate consiguieron que se le conmutase tan horrenda pena por la de flagelación.
En prueba de que la fe no sólo mueve montañas sino que también ciega, aun conciente del riesgo, Ramón continuó predicando el cristianismo a los infieles. El enfurecido gobernador ordenó entonces que fuese azotado en todas las esquinas de la ciudad y que se le perforasen los labios con un hierro candente, a fin de colocarle en la boca un candado, cuya llave guardaba él mismo y sólo la daba al carcelero a la hora de las comidas. En esa angustiosa situación pasó el santo ocho meses, hasta que san Pedro Nolasco pudo finalmente enviar algunos miembros de su orden a rescatarlo.
Por algún extraño motivo, Ramón le había tomado el gusto a su situación y pretendía seguir asistiendo a los esclavos, aun impedido de predicar más que con murmullos incomprensibles, pero obedeció la orden de su superior, pidiendo al Señor que aceptase sus lágrimas, ya que no lo había considerado digno de derramar su sangre por las almas de sus prójimos.
A su regreso, en 1239 fue nombrado cardenal por Gregorio IX, pero permaneció tan indiferente a ese honor que no había buscado, que no cambió ni sus vestidos, ni su pobre celda del convento de Barcelona, ni su manera de vivir, ignorándose qué hizo con el candado.
Como ejemplo de su inagotable magnanimidad, encontrando a un pobre transido de frío y con la cabeza descubierta, lo abrazó compasivo y, no teniendo nada para darle en aquel momento, le entregó su propio capelo cardenalicio, muy disgustado por no haber podido socorrerlo con mayor eficacia.
Llamado a Roma por Su Santidad, emprendió viaje, siempre muy humildemente, pero unas fuertes fiebres lo sorprendieron a pocos kilómetros de Barcelona. Quiso Dios que ahí muriera, el 31 de agosto de 1240, a los 36 años de edad.
Por algún motivo que no nos es dado a entender, se lo tiene por patrono de las embarazadas y las parturientas.
