HISTORIA: ¡¿Y si fuera verdad que se repite?! (una clase magistral)
Este trabajo del historiador Lucas Yañez me provoca tanta añoranza como esperanza. Porque lo importante suele ser desplazado por lo urgente, y me recuerda que cuando tenía 15 y 16 años, en plena escuela secundaria, mis compañeros y yo (pienso, por ejemplo, en Carlos Ocampo, Guillermo Páges Larraya, Enrique Berroeta y mi hermano Luis, todos víctimas de la dictadura) en el Movimiento de Acción Secundario teníamos claro que lo principal era conocer la historia, la universal pero sobre todo la de nuestro país. Entonces, escuchábamos a Juan Leandro Hernández y en el local de la Acción Sindical Argentina (ASA) de la calle combate de los Pozos recibiamos clases de Adolfo Carballeda. Si Yañez hubiera existido entonces, hubiera sido para nosotros un ídolo absoluto.
¡¿Y si…?!
Carlos Marx dice, en alguna parte, que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces: una vez como tragedia y la otra como farsa.
Para quienes sentimos un gusto especial por la historia, la frase de Marx suele ser una cita obligada, de “autoridad”, para explicar y/o explicarnos esa sensación -bastante real en muchas circunstancias- de sentir que ya hemos vivido, como Pueblo, algunos sucesos que se obstinan en repetirse.
Quizás para conjurar esa reiteración, algunxs docentes de historia utilizan un recurso didáctico que consiste en trazar una línea en el pizarrón y ubicar sobre ella los hechos históricos de izquierda a derecha a medida que fueron ocurriendo. Así al 25 de mayo le sucederá la Asamblea del año XIII y a ésta, el Congreso de Tucumán. Es una manera gráfica de mostrar la concatenación de hechos históricos como una serie y quiere dotar a la historia de una cierta lógica de causas y consecuencias. Se la conoce como “línea de tiempo” y es un resabio del positivismo imperante al momento del nacimiento de la historia como ciencia social: la humanidad estaría en una marcha constante hacia el progreso, de suerte tal de que en nuestro presente estaríamos mejor que nuestros abuelos y, en consecuencia, nuestros nietos estarán mejor que nosotrxs en el futuro que les tocará vivir. Luis Alberto Spinetta lo dijo poéticamente: “mañana es mejor”.
A pesar del Flaco y de décadas de historia lineal, la sensación de “esto ya lo vi, ya lo viví o ya lo leí” se nos presenta recurrente, sobre todo si tenemos la dicha de habitar el suelo argentino. Los profes de historia dirán, entonces, que no es posible que la historia se repita, como tampoco es posible bañarnos dos veces en el mismo río. Ellxs dirán que pueden establecerse similitudes entre procesos históricos pero que cada uno tiene su particularidad. Y, si tenemos una relación de mucha confianza con nuestro profe interlocutor, quizás reconozca que allí radica buena parte del oficio del historiador: en determinar similitudes y particularidades entre distintos procesos históricos. Tal vez lo escucharon, alguna otra vez, como continuidades y rupturas.
Más allá de que el profe nos haya convencido con sus argumentos cargados de lógica, las similitudes saben llamar nuestra atención. La tentación es muy grande –casi tanto como la barba de Carlos Marx– como para no prestarles atención y nos vuelve a asaltar la pregunta: ¡¿y si fuera verdad que la historia se repite?!

18 meses antes de la Independencia…
El 9 de enero de 1815, exactamente un año y medio antes de que el Congreso reunido en Tucumán declarara la independencia de las Provincias Unidas de Sudamérica, Carlos María de Alvear fue nombrado Director Supremo. Sólo la crisis en la que se encontraba el gobierno central y su obstinación en romper lanzas con Artigas y los Pueblos Libres, con los oficiales y las tropas del Ejército del Norte y con San Martín, entonces gobernador de Cuyo, hizo posible que una figura tan identificada con la política centralista pudiera llegar al Directorio.
La política internacional también se presentaba adversa para el movimiento de liberación. Desde mayo de 1814 Fernando VII ocupaba nuevamente el trono de España. Lo hizo con tantas ansias de revancha que encarceló a liberales y simpatizantes del régimen constitucional conocido como el de las “Cortes de Cádiz” y dictó un bando real por el que todo aquel que no acate su mando,
“será pasado por las armas sin darle más tiempo que el preciso para morir cristianamente”.
Una vez que el monarca haya sofocado a los rebeldes españoles, se preparará para reconquistar sus ex colonias americanas. En ese sentido, a fines de enero de 1815, llega al Río de la Plata la noticia de una flota de 60 naves de guerra y 12 mil hombres listos para zarpar con rumbo a América del Sur.
De haber tenido otra relación con las fuerzas políticas diseminadas en el territorio de las Provincias Unidas, el Directorio hubiera podido coordinar esfuerzos y contar con los elementos necesarios para hacer frente a la amenaza externa. Sin embargo las autoridades en Buenos Aires eligieron salvarse solas.

A José Gervasio Artigas le ofrecerán reconocer la independencia absoluta de la Banda Oriental (no así de Entre Ríos, Santa Fe, Corrientes y las Misiones). El Protector rechazó de plano la propuesta que hubiera significado la disolución de los Pueblos Libres. Las tropas que respondían al Directorio, no insistirían demasiado en convencer a Artigas; abandonarán la Banda Oriental llevándose consigo los cañones, fusiles y la pólvora que logren transportar dejando sin parque de artillería ni pertrechos al pueblo Oriental.
A José Francisco de San Martín, como al resto de los gobernadores, se los subordinará a las órdenes del Director Supremo. Como el entonces coronel solicitó en señal de protesta una licencia alegando cuestiones de salud, se lo licenciará ilimitadamente, nombrándose a Gregorio Perdriel en su reemplazo. Uno a uno los cabildos de Mendoza, San Juan y San Luis convocarán a los vecinos a reuniones abiertas para respaldar a San Martín en el cargo de gobernador y rechazar al delegado directorial. La memoria popular trae a nuestros días la cuarteta que circulaba por esos días en Cuyo,
“Quiere el Pueblo a San Martín. / Alvear manda a Perdriel. / Mas si este viene a Mendoza / nos cagaremos en él”.
En el norte, Hilarión de la Quintana es nombrado gobernador, lo que generará resquemores entre los locales por su condición de porteño enviado por el Directorio.
La joya más preciada de la corona
No había cumplido 20 días en el gobierno cuando Carlos María de Alvear envió a Manuel José García a Río de Janeiro en misión secreta. Su misión es entregar dos notas de Alvear. Una para Lord Strangford, cónsul británico en la corte portuguesa, y otra para el jefe del Foreign Office, Lord Castlereagh. A pesar de ligeras variaciones en el contenido, dado el distinto grado de responsabilidad de los funcionarios a quienes van dirigidos, ambos mensajes tienen el mismo espíritu y propósito.
Antecedente de lo que Arturo Jauretche dio en llamar “la madre de todas las zonceras”, según la cual “todo lo autóctono es negativo y todo lo ajeno positivo”, Alvear comienza sus escritos trazando un breve balance del proceso revolucionario en el Río de la Plata,
“Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver a todos los hombres de juicio y opinión que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo, y que necesita una mano exterior que lo dirija y contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía”.
En el párrafo siguiente, el Director Supremo reconoce que, a pesar de lo que ha afirmado antes, la situación interna no es apropiada para que la corona española vuelva a tomar posesión de estas tierras, algo que, por lo que se desprende del texto, el Directorio ha llegado a considerar.
Habiendo expuesto las dos premisas de su silogismo, Alvear plantea, sin más considerandos, la conclusión a la que llegó sin haber ejercido siquiera un mes en el gobierno,
“En estas circunstancias solamente la generosa Nación Británica puede poner un remedio eficaz a tantos males acogiendo en sus brazos a estas Provincias que obedecerán a su Gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer (…)”.
Por si no hubiera sido del todo claro en su pedido, Alvear explicitará en la nota al ministro de relaciones exteriores británico una entrega incondicional de la soberanía,
“Estas Provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su Gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés (…)”.
Esa seguridad que manifiesta el Director Supremo sobre los deseos populares de subordinación a la “rubia Albión” un par de oraciones después cuando Alvear solicite la presencia de hombres armados que sostengan el nuevo orden de cosas,
“Que vengan tropas que impongan a los genios díscolos, y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey y de la Nación”.
Alvear llega a ofrecerse también como brazo ejecutor de una primera etapa de la maniobra colonizadora,
“(…) espero que V. E. me dará sus avisos con la reserva y prontitud que conviene para preparar oportunamente la ejecución”.

209 años después
A pesar de la “lógica argumental” de Alvear, de las esforzadas gestiones de García y de la participación de Rivadavia en su carácter de comisionado en Londres, 18 meses después de haber llegado Alvear al poder, no sólo no flameó la bandera británica en Buenos Aires sino que las Provincias Unidas de Sudamérica declararon la libertad e independencia del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera.
Y si, como nos preguntamos al comienzo de estas líneas, fuera cierto que la historia se repite, podemos pensar que nos encontramos ante un gobierno que se hace con el poder con el objeto de entregar nuestra soberanía a la metrópoli imperial de turno, a los organismos multilaterales de crédito o al capital financiero internacional; que aprovecha las diferencias entre las provincias; que es capaz de dejarlas sin recursos con los que afrontar el despojo que amenaza el horizonte.
Podemos pensar también que dentro de 18 meses seremos capaces de reunir con nuevo Congreso General Constituyente, que declare a la faz de la Tierra la segunda y definitiva Independencia de nuestro territorio de toda dominación extranjera, política, económica, militar y cultural, y que lo ponga en sintonía con el resto de las naciones sudamericanas. No es tarea sencilla, pero tampoco lo era en 1815 y no lo fue a lo largo de nuestra historia.
Más allá de la cita de Carlos Marx, tenemos la posibilidad de actuar como sujetos históricos, para hacernos cargo de nuestro propio destino y que no sea convertido en una farsa.

