MIGRACIONES. La maldición de Gadafi y otros asuntos

La clave es Siria, y el objetivo de los “halcones” de Estados Unidos la alianza entre Rusia e Irán.

La maldición de Gadafi

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No sólo Muamar Gadafi fue asesinado de una manera atroz (no tanto por su sufrimiento, que fue breve, como por la alevosía vejatoria de sus asesinos) mientras dos centroamericanos o mexicanos (es de suponer que al servicio de la CIA) presentes alentaban el linchamiento: También fueron asesinados todos los acompañantes del líder libio, en una cantidad que varía según las estimaciones entre cincuenta y setenta, y uno de sus hijos luego de haber sido fotografiado ya prisionero, fumando y tomando una gaseosa. Además de centenares sino miles de sus partidarios, comenzando por la inmensa mayoría de varones negros, pues los fundamentalistas que estaban a punto de fundar Daesh -es decir el Estado Islámico o Califato- los consideraron “mercenarios” por la sencilla razón de que la mayoría de los negros veneraban a Gadafi, que había sido, entre otras cosas, el principal financista del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela.
Libia, el estado que ofrecía una mejor calidad de vida sus ciudadanos en todo el continente, siguió el camino de un país “libertado” anteriormente, Irak, y se hundió en la anarquía, fragmentándose en diversas bandas que se han repartido el país en dos grandes bloques que tienen adentro subloques. Trípoli está en manos de yihadistas, peroel resti de la costa incluída Bengasi se supone regenteada por un gobierno laico. Sólo se supone: se trata de un experimento social, el de alentar la actuación de poderosos gangs surgidos originalmente de la conquista de pozos petroleros, y la venta al exterior del fluido sin pagar gabela alguna (puesto que en Libia no hay nada que pueda considerarse un Estado) y el tráfico de armas y drogas (en ese orden) que han encontrado en el supuestamente clandestino oficio de los “coyotes” (como llaman en México a quienes se especializan en ayudas a los paupérrimos migrantes a ingresar clandestinamente a los Estados Unidos) un filón sin parangón. Y es a través de estos tratantes de indeferenciados kilos vivos de carne humana que el estado libio hubiera mantenido a raya como Italia recibe oleada tras oleada de fugitivos de guerras y subsecuentes hambrunas. Se diría que es la maldición de Gadafi.

Porque la estampida se dirige a países que, como Italia, traicionaron alevosamente a quien era en gran medida un aristócrata de cultura italianizante. O como Francia, dónde el primer ministro Nicolas Sarkozy replicó el furor homicida de Hillary Clinton, entre otros motivos para no devolver el mucho dinero que Gadafi había aportado a su campaña. O Reino Unido de Cameron, que para complacer a los Estados Unidos, se empeñó en matarles el punto. O a una Alemania que no se atrevió a establecer diferenias apreciables con Estados Unidos.

Si Gadafi viviera, la costa libia no sería coto de caza de estos piratas negreros ni Libia sería la plataforma, el trampolín para los varios miles de personas diarias que intentan llegar a un continente europeo que se va erizando de vallas y muros en el vano intento de contener el tsunami. Aunque igual llegarían muchos (no se puede frenar una inundación con sacos terreros) no habría este torrente, esta herida que no deja de drenar, que no se puede cauterizar ni coagular. Y que va en aumento, empujando a Europa hacia el fascismo, como es fácil pronosticar que corre muchisimo riesgo de suceder en Francia y en Grecia, donde el previsible fracaso de Siryza como fuerza transformadora puede abrirle el paso a los nacionalistas xenófobos de Aurora Dorada.

“La maldición de Gadafi” permite objetivar la relación directa que tiene con las guerras provocadas para mejor expoliar los recursos naturales.

El caso de Siria es estremecedor. El Estado Islámico alimentado por Arabia Saudita, Qatar y Turquía nació como una mafia del cuadro de la mayoría de los oficiales del ejército de Irak -de orígenes sunís- disuelto por los invasores. Soldados que iniciaron una resistencia a la ocupación y fueron derrotados. Muchos, seguramente la mayoría sobrevivieron del dinero aportado por debajo de la túnica por el wahabismo saudí y el apoyo de servicios secretos occidentales, principalmente de la CIA, interesados en fomentar los enfrentamientos sectarios para evitar que la mayoría chií pudiera reconstruir el estado que había dominado con puño de hierro Sadam Hussein, de familia suní pero miembro del Partido Baaz, de orígenes laicos y socialistas. El método más efectivo para garantizar la fragmentación fue, es el terrorismo, y la manera de difuminar el carácter mercenario de la empresa y garantizar el reclutamiento de las huestes terroristas, radicalizar un discurso religioso ya de por si elemental, una versión del Islam simplificada y brutal, el salafismo, predicada por centenares de imanes en madrasas y mezquitas de Europa ante una feligresía joven desquiciada por el desempleo y el racismo.

El Califato que tiene bajo su control medio Irak y media Siria se extiende como una mancha negra, sin que los bombardeos rituales de los Estados Unidos y la OTAN le hagan mayor mella. La clave está en el apoyo delo que sigue gozando el Califato de los países ya mencionados y, subrepticiamente, de Israel, que controla, avitualla y abastece a Al Nusra, supuestamente la rama siria de Al Qaeda que controla las alturas del Golán.

Al contrario de lo que cree el literato Marcelo Birmajer, ni Al Qaeda ni el Califato han atacado jamás a Israel. Por el contrario, Israel les compra su petróleo.

Siria es el último bastión laico y multirreligioso de Medio Oriente. No es posible derrotar al Califato y deponer al presidente Bachar Al Asad al mismo tiempo. Al Assad y sus aliados, Rusia, Irán y China (en ese orden, a pesar del fervor persa) son imprescindibles para derrotar a ese movimiento que arrasa con las poblaciones autóctonas y las suplante con la proveniente de Europa, y del Magreb, particularmente de Túnez y Argelia, único lugar dónde el salafismo fue derrotado luego de una cruenta y larga guerra civil.

Al Assad tiene muy presente lo que sucedió con Gadafi, y de como a su muerte el estado libio (la Yamahiriya) se disolvió como un terrón de azúcar en el café.

Vladimir Putin ha dicho muchas veces que no dejará que Al Asad caiga. E Irán lo afirmó desde un primer momento. China es más silenciosa, pero podría definir la partida.

Putin amenazó a Recep Erdogan, primer ministro de Turquía, con un Stalingrado si no deja de permitir el paso de los reclutados por el Califato con el anzuelo de la fe y de un empleo rentado como sicario del nuevo orden, y de abastecerlos.

Obama querría acabar con el Califato y enmendar el error de haber auspiciado el movimiento Talibán con tal de arrancar a Afganistán de la órbita de la agonizante Unión Soviética. Pero la oposicion republicana, con mayor influencia en la NSA y la CIA, quiere completar la “limpieza” iniciada en Irak y continuada en Libia.

Ellos y los israelíes, aunque no puedan decirlo a voz en cuello, están a favor, sino directamente del Califato, sí del imperialismo saudí, que ahora mismo está masacrando a la minoría zaidí (chií) de Yemen, mayoritariamente enrolada en el movimiento hutí que había tomado el poder del paupérrimo país.

Combatir al Califato implica denunciar el racismo desembozado del gobierno israelí y las dictaduras monárquicas de la Arabía Saudí, único páis en el mundo que lleva el nombre de una familia) y de Qatar. Y el único país que lo hace es Irán.

Para los “halcones” de los Estados Unidos en enemigo principal no es el Califato sino Rusia, y en este este punto donde el poderoso lobby israelí está perdiendo la pelea que libra en la Unión (y la perderá, a menos que un republicano como Donald Trump suceda a Obama) contra el pleno reconocimiento del gobierno de la República Islámica de Irán. Y es que su objetivo principal ha pasado a ser torpedear la alianza estratégica de los ayatolás con Putin.

Comentarios (4)

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  2. El Pampa

    Buen Desarrollo dei Info,lol veo creible, xsi herramos…compremos Turbantes.- El Pampa

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