PERIODISMO & MANIPULACIÓN en los casos Manning, Assange y Snowden

Curso de manipulación periodística

 

POR GREGORIO MORÁN / LA VANGUARDIA / SIN PERMISO
Hay que aprender a leer periódicos. Exige tiempo, atención y cierta agudeza. De ahí el éxito de la televisión; no necesita nada. Uno se planta ante la pantalla, se sienta en la butaca y soporta lo que le echen. El diario es otra cosa.
Exige saber leer, y aunque a alguno le parezca un atrevimiento, la mayoría de la gente no sabe leer más allá de un titular. Antes se decía un titular y el pie de foto, pero como llegaron los modernos diseñadores, se han complicado las cosas y ahora usted tiene que buscar como perro ansioso dónde se le ha ocurrido al genio poner los pies de foto. Puedo afirmar con conocimiento de causa que los pies de foto, o lo que antaño llamábamos pies de foto, los colocan gente que no tiene mucha idea de periodismo, ni de información. ¡Cuántas veces no me he encontrado yo buscando dónde carajo se encuentra el pie de foto que me ilumine sobre lo que estoy viendo! Por eso también conviene aprender a leer los periódicos y los subterfugios del diseño. En un diario tampoco el diseño es inocente.

Estamos viviendo desde hace años una de las operaciones de manipulación periodística digna de un manual. Tiene tres nombres principales: Manning, Snowden y Assange. Los dos primeros, informáticos de diversos departamentos de Estados Unidos, y el último, australiano y creador de medios alternativos en el mundo de las redes. Así nació Wiki­leaks, filtrador de información política considerada secreta.

Confieso que el que más me impresiona es el soldado Manning, experto en todo lo que se refiere a ordenadores de alta seguridad del Departamento de Estado. Es probable que un informático dedicado a la información secreta del imperio más poderoso de la Tierra no debe caer en la tentación de ­leer los correos. Si alguna vez lo hace, y a menos que tenga una catadura de sicario o cómplice, llega su perdición. Los que ejecutan no quieren saber nada sobre sus víctimas que no sea cómo liquidarlas; así evitan problemas de conciencia. Los sicarios también tienen sentimientos.

Manning, persona religiosa, mordió la manzana y decidió reconstruir el Paraíso, donde no estaba Eva sino la basura del Estado norteamericano. Sus operaciones criminales, la doblez de sus embajadores y representantes, el engaño y la estafa. Y como hombre que había creído, lo fue copiando todo para que la gente algún día supiera el nivel de descaro, mentira y criminalidad que había alcanzado la primera potencia democrática del planeta.

Para el soldado Manning no hubo director cinematográfico que gritara “hay que salvar al soldado Manning”. Era un “traidor” y además medio mariquita, eso que las castas militares, más inclinadas a la sodomía y alérgicas a los destapes y salidas del armario, le metieron en un lío de psicólogos del que salió el tal Manning, soldado informático, develador de la basura acumulada durante años por el poder imperial, convertido en una señora que desde abril del 2014 se llama, para satisfacción de los poderes castrenses, Chelsea Elizabeth.

El segundo en importancia es Snowden, Edward, 32 años, otro que descubrió que se puede ser informático y sicario a las órdenes del Estado más democrático de la Tierra, Estados Unidos. Se hizo budista y buscó un lugar donde retirarse, cosa nada fácil tratándose de un guardador de secretos del Estado norteamericano. Reside provisionalmente en el único sitio donde le ofrecieron una cama, y era un aeropuerto. En Rusia, más protegido, imagino, que un obispo ortodoxo. Y aunque ustedes no lo sepan porque a veces no leen la letra pequeña de los diarios, a él se debe la última filtración: Gran Bretaña y EE.UU. montaron una base secreta en Chipre para controlar todos los movimientos de la aviación israelí, su aliado, amigo y socio en las operaciones de desestabilización de la zona. Esto venía ocurriendo desde 1998, pero sin Edward Snowden no nos hubiéramos enterado. Una lección periodística: los aliados nunca ejercen de amigos, son cómplices.

El caso Assange formará parte sin duda de nuestra gran historia cuando alguien la escriba y sepa librarse de que le vuelen la cabeza o lo atropelle un coche que se dio a la fuga. Julian Assange lleva tres años y medio metido en una sala de la embajada de Ecuador en Gran Bretaña por un motivo que haría las delicias del penalista más cualificado.

Julian Assange es el responsable de Wikileaks y goteador de información secreta de Estados Unidos, en la que queda demostrado el carácter criminal del poder del imperio, sus manipulaciones, sus interioridades, sus conexiones con las colonias; España, por ejemplo. Porque no se pueden sustraer al crimen de Estado, pero exigen que su imagen sea la de una oenegé. Las filtraciones de los informáticos que han llegado a Wikileaks han destrozado la fachada del imperio de la democracia y la justicia. No les bastó con Guantánamo, y esperan de semana en semana una nueva filtración que les desenmascare.

Detrás de la peripecia de Assange, australiano de 44, dos hijos, hay una película que con toda seguridad no hará Hollywood, a menos que le maten y sea más fácil la manipulación de su trayectoria. Los servicios norteamericanos, vinculados desde años con Suecia –aquella Suecia de Olof Palme que acogía a desertores de la guerra de Vietnam se acabó, entre otras cosas, porque lo asesinaron, sin móvil conocido ni ejecutor detectado–, están esperando que le traigan a Estocolmo para ser juz­gado por “dos polvos y dos mitades”, disfrutados sin demasiado éxito al parecer con dos ciudadanas suecas. Es obvio lo que tardarían tras tales delitos en extraditarle a Estados Unidos, donde se le trataría como un enemigo –nació en Australia– y some­tido a la justicia política de un país que consiente el “campo de concentración de Guantánamo” con la mayor de las impu­nidades.

Confieso mi curiosidad morbosa hacia los “dos polvos enteros y los dos medios” de Assange en Suecia. Pocas veces el sexo ha entrado en la Historia con mayúscula de manera tan grotesca. Ni el mítico mensaje de Napoleón a Josefina: “¡Ya llego, no te laves!”. En este caso estamos ante dos suecas que sostienen que ellas echaron un polvo –decir que hicieron el amor me parece un deterioro de la palabra amor– a satisfacción, pero Assange quiso otro, y ahí entró la ley; ellas sostienen que fue for­zado. La verdad es que desde las disputas inquisitoriales no había escuchado debate más incongruente: el polvo consentido y a continuación el menos consentido. Lo dirimirán los tribunales. ¿Cómo? Tienen pruebas de preservativos, semen, o se trata de “yo te dije párate y tú seguiste”.

Pero vayamos al meollo de la manipulación. ¿Se imaginan que Julian Assange, el de los dos polvos suecos con dos mitades discutidas, en vez de estar asilado en la embajada de Ecuador en Gran Bretaña, hubiera sido al revés? Asilado en la embajada de Gran Bretaña en Ecuador por opositor al Gobierno. Si hoy lleva tres años y medio, de seguro no hubiera pasado ni medio, porque tendríamos la campaña mediática más desaforada que se pudieran imaginar.

La reciente declaración de las Naciones Unidas sobre el carácter de Detención Arbitraria de Assange ha generado los comentarios más surrealistas en nuestra prensa amiga. Pero aprendan a leer pe­riódicos. Fíjense en las fotografías que se han insertado en la información. Una obra de arte de la manipulación y el despecho hacia un tipo que está haciendo una labor cívica que los miserables que se dedican a lamer el trasero del poder con sus comentarios –recuerdo uno, de un presunto filósofo de Girona, que sostenía que las informaciones de Wikileaks eran dignas de Mortadelo y Filemón– jamás osarían ni siquiera su­gerir.

Una diferencia con los viejos tiempos. Entonces eran funcionarios del régimen, a secas, ahora son ejecutores de algo que no les piden y que hacen de buena gana. Imprescindible, por tanto, promover cursos sobre manipulación periodística. Lo malo en ciertas áreas de nuestro entrañable país es que los darían los mismos que mani­pulan.

Gregorio Morán. Columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014)
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