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DOLORIZACIÓN, colchonless y la obsesión de matar / proscribir a Cristina

Aquí un trabajo del sociólogo Daniel Rosso, originalmente publicado en Contraeditorial. Daniel (que fue subsecretario de Medios de Comunicación nombrado por CFK en 2008 y es hoy el director la AM530, la Radio de las Madres) recuerda que si Milei prometió la dolarización, en cambio infundió la dolorización, el dolor de las mayorías, blanqueado como justa venganza contra la proteica «casta» que por lo visto se habría metamorfoseado en asalariada. Así, si en lugar de conseguirse que se extraigan y escupan dólares supuestamente ocultados en los colchones se logra expulsar los colchones a la puta calle, este fenómeno se naturalizará con indiferencia e incluso (Marra y Jorge Macri coinciden en este punto) como una represalia expiatoria por pasados pecados populistas de los nuevos homeless.

Rosso concluye que siendo como es que el poder económico tiene como persistente objetivo anular, ya sea vía asesinato, cárcel o proscripción, a  CFK, es su defensa el dique contenedor de la destrucción de la Patria. Razones no le faltan como demuestra la denuncia que hará en unas pocas horas el desvergonzado diputado Gerardo Milman, ladero de la ministra Patricia Bullshit, que siendo como es que estaba al tanto del intento de asesinato de la ex Presidenta, alegará que ésta organizó un «autoatentado» (sic).

Una sociedad dolorizada

Las trampas políticas y económicas de la fórmula libertaria de pasarla cada vez peor para, algún día, levantar la cabeza y vengarse de los responsables.

El dólar y el dolor

Javier Milei tiene, entre muchos otros, dos objetivos: por un lado, inmovilizar el dólar, la inflación, el riesgo país en el marco de un plan recesivo integral; por el otro, expandir el dolor. Según su extraña concepción, los dos están relacionados: a más ajuste y menos Estado, más se disemina el sufrimiento social y más debería aquietarse la moneda norteamericana, la inflación y el riesgo país, entre otras variables. Hay una correlación positiva entre el malestar en la sociedad y el éxito en la economía. El rugido mecánico de la motosierra debe crecer mientras la homogeneidad sonora de las máquinas de contar dinero debe disminuir. A más dolor, menos movimiento del dólar. A más dolor menos inflación. Hay una terapia contra el sufrimiento que consiste en aumentarlo. Ya no rige el clamor evangélico del “basta de sufrir”. Ahora se impone la épica endoscópica del dolor en los cuerpos sin alimentos, remedios o abrigos. El plan de estabilización es simultáneo al aumento del sufrimiento social. Pero la ampliación del dolor no trae como consecuencia necesaria la estabilización del dólar, entre otras variables. Porque el aumento del dolor, en este gobierno, es antes que una variable de la economía una variable de la política.

La representación de la venganza

Una sociedad que sufre es una sociedad que está siendo vengada. Los libertarios visibilizan el dolor que le producen a una parte de la sociedad para construir, con ese dolor visibilizado, una nueva representación política:  de ese modo, la Libertad Avanza representa el deseo de venganza de una parte de la sociedad contra “la casta” integrada por todos y todas los que se oponen al gobierno actual. Es decir: la producción de dolor es un medio de acumulación de poder. Vivimos en una sociedad dolorizada. En la perspectiva libertaria, el dolor es un componente indispensable del nuevo sistema de representación. El sufrimiento de una parte de la sociedad es una demostración de que el gobierno está representando el deseo de venganza de otro sector.

¿Por qué la producción de dolor sobre un otro estigmatizado, instalado como culpable de la crisis que atraviesa el país, le permite a quien produce ese dolor acumular representatividad? Porque es quien canaliza la demanda de venganza existente en la sociedad. El acto de vengar es un acto de representación política. De allí la alianza estructural entre ajuste libertario y comunicación: relatar el dolor de los “culpables” o sus beneficiarios es mostrar que la venganza está en pleno ejercicio. Esa es la situación de algunas fracciones de trabajadores, trabajadoras, jubilados y jubiladas en la Argentina: están siendo objetos de venganza y de ejecución sumaria. Se han beneficiado con privilegios que han hecho inviable al país y, por lo tanto, son una proyección de la casta. La violencia de clase ha sido colocada en el interior del sistema de representación política.

El autor, enfático a la hora de defender a Cristina Fernández de Kirchner.

Vengar y castigar

Entonces: la visibilización de la producción del dolor es un indicador de que la venganza se está produciendo. Hay un claro antecedente en las escenas de crueldad pública descritas por Michel Foucault en “Vigilar y Castigar”. El que produce dolor es el vengador que, con ese acto, genera las condiciones para que se vengue toda la sociedad. Quien produce sufrimiento está representando a los que demandan escarmiento social.  Hay un territorio mediático donde cohabitan los vengadores, los deseosos de venganza y los estigmatizados sobre los que cae la venganza. El sufrimiento es el nuevo territorio de legitimación oficialista.

El modelo político de Milei superpone la transformación de la Argentina con aplicación de castigos. Por eso, los anuncios del gobierno tienen la retórica de los actos de revancha y de resentimiento.

El mileísmo es el grado más alto de judicialización de la política: pero es una judicialización invertida. Es una antijudicialización. Porque el lugar de la justicia está ocupado por la venganza. El intento de asesinato de Cristina Kirchner y su baja repercusión social puede explicarse por ese desplazamiento entre las nociones hegemónicas de justicia y de venganza. Algo similar sucede con el actual intento de encarcelar a la ex Presidenta en el contexto de la causa “Vialidad”: la supuesta búsqueda de justicia es en realidad una búsqueda de represalia. La única democracia posible es aquella en la que rige una ciudadanía incompleta: hay que vengarse de la líder populista mediante su eliminación como ciudadana.

Cuando se hace hincapié en los aspectos sádicos de Milei y se afirma, por ejemplo, que “el sadismo es una crueldad, que produce el placer de quien lo ejecuta”, se corre el riesgo de que la caracterización del Presidente se despolitice, que quede en el interior de la economía psíquica del personaje, y por fuera de las estrategias políticas de nuevo bloque hegemónico en el poder. En todo caso, se trataría de un cuadro clínico severo dentro de un nuevo dispositivo de poder político. La motosierra no sería una continuidad de Milei sino al revés:  Milei es una continuidad de la motosierra.

 

Fin

Para llevar adelante “el estilo de la venganza” y fundar con él un nuevo standard de representación, Milei está permanentemente en fricción con el componente liberal de la democracia, aquello que Steven Levitsky y Daniel Ziblatt definen en “Cómo mueren las democracias” como la autocontención o la detención de los gobernantes antes del límite institucional. El modelo Milei se caracteriza por la debilidad de esa autocontención.

De allí que los voceros del Presidente –el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, y Manuel Adorni– actúan moderando y normalizando el discurso presidencial para hacerlo menos disruptivo dentro del régimen liberal republicano. Los voceros integran un dispositivo estatal de contención del discurso presidencial que no se autocontiene por sí mismo. Es decir: le dan formas al “relato final” del Presidente. Por eso, Milei no tiene la palabra definitiva sobre su propio discurso. La tiene el vocero: de allí el “Fin” con el que termina sus intervenciones.

Adorni es la conversión racional y tranquila del estilo tenso y desequilibrado del jefe de Estado. Dice Santiago Levin sobre la función del vocero presidencial en “El goce de la crueldad. Argentina en tiempos de Milei”: “las peores noticias se anuncian con beneplácito, con ironía y hasta con sorna”. “Un ejemplo, el cierre de la agencia Télam es comunicada por el vocero con un tuit en X donde afirma “saludan a Télam que se va”.

El vocero es uno de los principales encargados, junto con el Presidente, de comunicar la venganza y los resultados acumulativos de esa venganza. Su retórica contiene el goce sobrador del que ejerce una superioridad moral y de clase. Es parte de la comunicación de papel glacé: una gama cromática de individuos que va desde el negro al marrón son objetos editoriales de dolorización.

La creencia deficitaria

Cuando el Presidente nombra, pone en peligro a lo nombrado: porque al nombrar coloca a quien nombra en el blanco al cual le dirige el odio y la violencia. Es un gobierno que pone a circular emociones extremas. Nombrar a alguien es situarlo ante la furia de los vengadores.

Una parte del electorado sostenía, antes de las elecciones, que votaría a Milei “porque no iba a hacer lo que decía”. Es decir: lo votaba porque no iba a cumplir con su propio discurso. En este caso, Milei practica el acto de representar cuando traiciona la representación: cuando no hace lo que propone hacer. En el régimen de La Libertad Avanza conviven la creencia y la no creencia. O, más aún, la creencia de que no se llevará a la práctica la creencia propuesta: donde no se cree en lo que se cree. Una especie de religiosidad paradójica, dotada de una creencia activa y potente, pero, al mismo tiempo, deficitaria. Finalmente, se trata de una creencia que en su presencia débil se multiplica a sí misma: lo votaron porque no iba a hacer lo que decía y, sin embargo, está haciendo mucho más de lo que proponía hacer.

Una sociedad para los depredadores

El régimen libertario experimenta lo social como un escollo: un límite a los individuos no empáticos y depredadores. El pensamiento de Milei es, ante todo, una anti-sociología. El individuo es puro individualismo: un producto de la minimización de lo social.

En esta perspectiva, lo más peligroso de Milei no es necesariamente su psicopatía, sino el debilitamiento de lo social y lo comunitario para que, sobre estos debilitamientos, avancen sin límites los psicópatas. El líder libertario diseña una sociedad para la libre circulación de los depredadores. El Presidente es mucho más peligroso por la sociedad que construye que por su síntoma: intenta transformar lo social en un campo de batalla entre individuos expansivos y agresivos. Por ello, el gobierno de Milei es un experimento de desactivación de lo social y del sistema de regulaciones que impiden la libre expansión del individuo depredador.

El ciudadano dolorizador

El Presidente impulsa un modelo de distribución regresiva de las emociones y de la culpabilidad social. Dentro de este, los vulnerables son responsables por su propia vulnerabilidad, desamparo y fragilidad. Nace así una nueva modalidad de ciudadano: el que consume el dolor de otros y, al mismo tiempo, es indiferente al dolor. Es el ciudadano dolorizador.

Hay indiferencia porque no hay empatía y hay dificultad para ponerse en el lugar del otro: de allí los muchos ciudadanos y ciudadanas que caminan por el centro de la ciudad viendo sin ver a familias enteras sobreviviendo en la intemperie. Estas experimentan una visibilidad impotente: no logran romper la indiferencia de los transeúntes. Así como se hiper visibiliza el dolor como indicador de una venganza en ejecución, se invisibiliza el dolor producido por las actuales políticas en argentinos y argentinas que son desposeídos de la totalidad de su mundo privado e íntimo. El primer dolor se socializa, el segundo se privatiza. Son dos dolores paralelos: el que integra el dispositivo de la venganza y el que forma parte de la invisibilidad de los caídos.

A modo de síntesis, Julieta Calmels en “El goce de la crueldad. Argentina en tiempos de Milei” retoma a Alicia Stolkiner y su propuesta de “nombrar como goce retaliativo a esa convocatoria a lo más oscuro que es el placer de la venganza (…)”. Y agrega: “no es lo mismo la venganza que la justicia. Eso debería ser una huella indeleble en esta sociedad donde las madres de hijos que fueron torturados y desaparecidos pidieron justicia, no venganza. Pero el goce retaliativo se potencia cuando no hay justicia. En la actualidad se convoca a gozar inclusive de la pérdida del empleo de unos a otros a quienes previamente se degrada por ser empleados del Estado y a quienes oscuramente se culpa de la ausencia de recursos”.

No se puede reducir el Estado y sus regulaciones sin afectar lo social y lo comunitario. El Estado y la sociedad se co-constituyen. El debilitamiento del Estado produce en simultáneo una desarticulación de lo social y, en este proceso, se amplían los espacios para la emergencia de individuos expansivos y depredadores. El individuo, en su ampliación, toma la forma política del individualismo.

La sociedad de la venganza y la ciudadana expulsada

La democracia argentina intenta sostenerse sobre la exclusión de una de sus ciudadanas: Cristina Fernández de Kirchner.  Dicho de otro modo: esa sociedad de la venganza debe expulsar al principal objeto de la venganza. Busca construir una ciudadanía no universal.

El proceso contra Cristina no funciona en el vacío: lo hace en la actual superposición entre representación política, actos de venganza y ejecución sumaria.  Nuevamente: la violencia de clase ha sido colocada en el interior del sistema de representación política. El régimen de Milei es el intento de construir un sistema de representación, sin Cristina, sin el kirchnerismo y en contra de los sectores populares.

Es necesario anteponer a ese diseño un modelo de representación que, en lugar de alojar la violencia de clase, reinstale la idea de comunidad.  Un modelo que no divida ni disperse la expresión política de los sectores populares, sino que recupere la idea de unidad, pero no como limitante del debate – como ya ocurrió –  sino como su organizador y dinamizador.

El mileísmo es, entre otras cosas, la circulación de un exceso de energía o de fuerza. Es también la puesta en escena de una nitidez: la motosierra como síntesis metálica de una identidad política. El frente opositor no puede anteponer a ese proceso la neurosis discursiva: la ambigüedad, la imprecisión y la opacidad que dificulten el diseño del campo del debate interno y externo. De la antipolítica sólo se sale con una práctica integral de repolitización.

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