Pero incluso después de este clamoroso divorcio, en el 2000, ambas mujeres parecían bastante amigotas pues solían tomar el té junto a Alicia Castro en una confiteria ¿Los Mirasoles? que estaba o está sobre Riobamba, muy cerca del edificio del Anexo de la Cámara de Diputados.
Todavía tenía muy buen concepto de Carrió (tanto, que convencía a Marta Dillon a escribir un perfil/biografía sobre ella) cuando Luis Balaguer, un contador mendocino y peronista que después escribiría junto a Marcelo Zlotogwiadza un buen libro sobre el Citibank, me contó algunos de los desplantes que ella (que no podía sino estarle agradecida por haberle puesto a su disposición todos sus contactos en ese, su primer viaje polítíco al corazón del Imperio) le había hecho en Washington. Y ante mi incredulidad, agregó: «Juan, hay algo peor y es que está colifata». Y como yo seguía incrédulo, me contó que ella le había dicho en confianza que acostumbraba conversar con «el gusanito». Y que como él, sorprendido, le había preguntado quién era dicho verme, ella le había respondido que así, en confianza, llamaba al Espíritu Santo. Que aunque suele ser representado por una llama o lengua de fuego en movimiento, que yo sepa, jamás lo fue por el reptar de algo semejante.
Vaya uno a saber qué le diria a Lilita «el gusanito». Ya fuera por sus indicaciones, o porque aquel viaje a los EUA le despertó un apetito desconocido, desde entonces Lilita se vinculó crecientemente más a los Estados Unidos. Y como cambio radicalmente de forma de pensar, cambió también casi completamente su elenco de colaboradores.
En cuanto a los motivos por los que Carrió odia tanto a Néstor y Cristina, mi amiga Marra sostiene que odia a Néstor, pero que en el caso de Cristina no se trata de odio sino de otra cosa. Yo también pienso lo mismo.
