MAURICIO MACRI, PRESI: El más tarambana de los Austrias Menores

El fantasma de Carlos II flota en el despacho principal del edificio de Bolívar I.

POR RICARDO RAGENDORFER / TIEMPO ARGENTINO

Una gran escena de la Historia: Mauricio Macri y su esposa, Juliana, junto al nuevo Santo Padre en la nave principal de la basílica de San Pedro, a minutos de su entronización. El hombre que desde ese día sería llamado, simplemente, Francisco, le dispensó al alcalde porteño un saludo afectuoso, casi familiar. Y él –cuya imagen era mostrada en vivo por todos los televisores del planeta– no ocultaba su orgullo por ello. Un orgullo que llegó a su clímax cuando el Papa le dijo: “Pero no me la trajo a la Antonia”, en referencia a la pequeña hija de la pareja. Macri no contestó; en sus ojos había un extraño brillo.

Quizás, en medio de tan gloriosas circunstancias, su mente haya evocado la figura de su propio padre, con la ilusión de que estuviera ante una de aquellas pantallas. Se trataba, por cierto, de una ilusión cargada de revancha. Al fin y al cabo, el ya anciano Franco Macri fue una presencia perenne en los pasillos del poder y había frecuentado desde abyectos dictadores hasta estadistas de fuste. Pero jamás departió así, codo a codo, con un Pontífice.

Ahora, bajo los frescos de Miguel Ángel, el líder del PRO parecía regocijado con tamaña victoria sobre su progenitor. Ya se sabe que el vínculo entre ambos está marcado por capítulos vidriosos. Al respecto, bien vale recordar un añejo episodio.

El Banco Extrader, cuyo directorio era encabezado por el financista Marcos Gastaldi, colapsó de modo escandaloso el 27 de enero de 1995. Entre los ricos y famosos perjudicados por ello resaltaba don Franco, quien en esa ocasión perdió unos 10 millones de dólares. Lo cierto es que los había depositado por consejo de Mauricio, amigote del polémico banquero.
Meses después, cuando fue elegido presidente de Boca, Franco lo llamó para expresarle sus congratulaciones. Pero con una ironía no exenta de recelo: “Eh, Mauricio, que esto no nos salga tan caro como lo de Gastaldi.”

Nadie entonces pudo imaginar que aquel tarambana de personalidad insípida se convertiría con el paso del tiempo en el líder de un partido que lo proyectó –con dos mandatos consecutivos– como jefe de la metrópoli más importante del país, para desde aquel cargo despejar su camino hacia la presidencia de la Nación. Y nada menos que bajo la bandera de la denominada “nueva política”, cuyo único sentido está cifrado en una suerte de rebelión frente a la dirigencia tradicional. Sin embargo, en la brisa que exhala la figura de Mauricio –hacerse llamar por su nombre de pila es parte del asunto– no hay nada más lejano que la improvisación. Por el contrario, tanto en su manera de interpretar el mundo como en su perfil de estadista se advierte una nítida influencia: la del modelo hispánico de gestión del siglo XVII.

La endogamia o, directamente, el incesto dejaron su huella en los tres reyes que gobernaron España entre 1598 y 1700 –Felipe III, Felipe IV y Carlos II–, quienes pasarían a la historia como los Austrias Menores. Sus características más notorias fueron la fragilidad psicológica y una inteligencia fronteriza a la subnormalidad. Ello, junto con la holgazanería y falta de formación intelectual, hizo que para cumplir con sus responsabilidades de Estado tuvieran que apelar a consejeros con atribuciones de monarca –como el Conde-Duque de Olivares y el cardenal Luis de Portocarrero–, los cuales supieron ser tan ineptos como sus representados. En consecuencia, esa centuria significó para el país ibérico la vuelta al feudalismo y una crisis económica empeorada por las hambrunas. El momento más estrambótico de dicha etapa transcurrió durante el reinado de Carlos II, al que sus súbditos llamaban El Hechizado.

Es como si su fantasma flotara en el despacho principal del edificio situado en la calle Bolívar 1, cuyo actual inquilino persiste con inusual obstinación en cometer errores de ortografía hasta cuando habla. Por no mencionar su apego en transferir obligaciones suyas a terceros, como Horacio Rodríguez Larreta, quien es algo así como su propio cardenal Portocarrero.

Este, por caso, protagonizó en vísperas al último mundial de fútbol –junto al ministro de Educación, Esteban Bullrich– un acto de gobierno que bien podría ser considerado como verdadero un paradigma de la lógica macrista: entregar plasmas para ver los partidos de la Selección en una escuela que tenía cortado el servicio de electricidad. No menos desafortunado fue el alquiler del Teatro San Martín para un cumpleaños. Y la autorización para emitir el programa de Mirtha Legrand desde el Teatro Colón.

La lista de dislates es muy extensa. Por tal razón, conviene centrarse sólo en las del presente: el violento desalojo de la Sala Alberdi, del Centro Cultural San Martín, el enrejado compulsivo de parques y plazas, el tarifazo del subte además de increíbles obras y emprendimientos como la ablación de árboles en la avenida 9 de Julio, cortes simultáneos en calles y avenidas por tareas de bacheo e, incluso, el trazado de un autódromo sobre el principal acceso hacia el norte de la ciudad.

A ello se le agregan otros absurdos más estructurales: el colapso del sistema sanitario y de la educación, dudosas ejecuciones presupuestarias, casos de corrupción, negociados con el erario público y hasta el procesamiento del propio Mauricio en la causa por las escuchas telefónicas.

“No me la trajo a la Antonia”, repitió Bergoglio en la Capilla Sixtina, esta vez con los labios sobre la oreja de Macri. Este persistió en su silencio. Luego, explicó: “Estaba tan emocionado que me olvidé de hablar. Me había quedado sin palabras.” Un Austria Menor de pura cepa.

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