OSCAR TRAVI. Emocionado adiós a un digno heredero de Evita

Ha muerto Oscar Travi, un consecuente militante peronista con quien estaba unido por fuertes lazos de afecto. Una semblanza suya al final. Primero lo que me llegó como un mensaje de guatsáp suyo pero recién vi ayer y era de su hijo Juan Manuel:

Mañana (por el martes) a las 9 de la mañana despedimos a mi papá Oscar Travi. Salimos de Dauria ( Ipalaguirre y Arieta), pasamos por su querido sindicato, pasamos por su casa y después vamos rumbo al cementerio de Villegas donde le daremos santa sepultura. El que quiera acompañar es libre de hacerlo.

El mensaje iba a acompañado por la siguiente publicación de Política 2000.

Fue un gran militante peronista

 

Inesperadamente este domingo 27 falleció don OSCAR TRAVI, el “Loco Travi”, como muchos de sus compañeros peronistas y municipales lo conocían. Un infarto le dijo ¡basta! a sus 67 años de trabajador y luchador por los derechos de los obreros. Fue taxista, camionero y desde hace 32 años, trabajador municipal en La Matanza.
Fue Inspector en la Dirección de Abastecimiento y Policía Municipal. Se había jubilado como encargado hace 2 años y estuvo siempre activo hasta último momento. Participó de la marcha del 18 de septiembre hacia el municipio reclamando por un justo aumento de sueldos para los trabajadores. Estaba enojado por la numerosa policía que el Intendente Espinoza había puesto en la puerta.
Alguna vez, como militante, (presidente de la Agrupación “Herederos de Evita”) se dio el gusto de publicar una edición de 200 ejemplares del libro “Mi mensaje”, póstumo de Evita y que presentó en San Justo, con distribución gratuita. Nuestro respetuoso saludo a su familia, especialmente a sus hijos Juan Manuel y Facundo Travi.
Su amigo y compañero de trabajo y militancia política y gremial, Miguel Feniello, le dedica su saludo final:

El homenaje de Miguel Feniello:

Se fue con la placidez y la tranquilidad que no tuvo su vida.
Espíritu inquieto e indomable, rebelde con causa, militante a tiempo completo, emprendedor obstinado e incansable.
Sos el mismo que en plena dictadura, embestiste con tu auto los portones de los cuarteles de La Tablada al grito de «¡Viva la democracia, fuera los milicos!», y no te mataron por milagro de Dios.
El mismo que en las épocas más oscuras de aquella primera resistencia peronista, con 15 años, exigías participar en acciones peligrosas en un grupo comandado por Jorge Rulli, quién recordara ese episodio con afecto y cariño en su libro «El Guerrero de la periferia».
Gracias querido amigo por esa cuota de coraje y osadía que supiste transmitirnos.
Gracias por haberme acompañado en todos estos años, gracias por la generosidad de tu amistad que me dispensaste.
Decía Borges «todos caminamos hacia el olvido, pero los mediocres llegan tempranamente».
Tengo la certeza Oscar, que quienes te conocieron tendrán de ti recuerdos difícil de olvidar, y quién esto escribe no te olvidará jamás.

Alma de diamante

Conocí a Oscar, “El Rata” Travi haciendo la colimba y nos hicimos amigos en los calabozos del cuartel de La Tablada (RIM3), esos mismos de los que 14 años y medio después, incendiados, saldrían Iván Ruiz y José Díaz para entregarse a militares que los desaparecieron (entiéndase los torturaron y asesinaron sin hacerse cargo). Ambos éramos peronistas, pero desconfiábamos de un gobierno que, muerto Perón, tenía a media Triple A en la quinta de Olivos. Como me la pasaba aullando canciones de Moris en la celda para combatir la depresión y templar el ánimo, Oscar me bautizó “El Loco Serenata”. A pesar de que nos peleamos cuando arrojó afuera a mi culebra Lucrecia, sentí instantáneamente sentí una fortísima simpatìa por él, y es que su rebelión ante el autoritarismo y su sentido de la justicia me resultaron conmovedores. Su resistencia a los atropellos me recordaban a una película que había visto en mi primera juventud, La leyenda del indomable, con Paul Newman. En fin, que me pareció transparente, me cayó muy simpático y de alguna manera avivó mis sentimientos de protección, pues Oscar hacía cosas verdaderamente arriesgadas.

Oscar trataba de manera igualitaria a todos, colimbas, suboficiales y soldados. Doy un ejemplo: A la mañana nos sacaban del calabozo para contarnos. Un suboficial, no recuerdo por qué, se dirigió a el diciéndole “A ver, Travi, che”, a lo que él respondió “si che”. Oscar no se dejaba avasallar. Un dìa, haciendo guardia, se quedó dormido. Un oficial lo sorprendió, lo despertó de un grito y le ordenó que le entregara el fusil (lo que estaba prohibido por los reglamentos militares: el fusil solo se debe entregar al cabo de cuarto, es decir a quien nos ordenó hacer guardia en determinado turno y lugar y encargado de relevarnos, lo que tiene su lógica puesto que si no un enemigo enfundado en un uniforme de oficial lograría que nos rindiéramos sin la menor resistencia ) pues bien, a corta distancia Oscar le apuntó el fusil a la nariz informándole a los gritos que si hacia el menor movimiento para quitárselo, dispararía. Actitudes como esta le granjearon el respeto de algunos oficiales y la resignación de otros, que lo dieron por perdido, un irrecuperable.

Los dos teníamos en común, tratar de pasar por locos, yo para dejar en segundo plano mis antecedentes policiales.

Que Oscar era capaz de disparar quedó claro al protagonizar un tiroteo en el que vació el cargador del FAL una vez que hacía guardia sobre la calle Somellera, cerca del Polígono (creo recordar que el sitio se llamaba en la jerga interna “Puesto Pistola”). Aquella vez –fue en la primavera de 1974, época en que el ERP  estaba muy activo en su lucha contra los militares) y fue puesto de ejemplo por el subjefe del regimiento en una formación. Mientras disparaba (tiempo después me confesaría que hacia el cielo), Oscar había rodado entre las malezas por lo que tenía cara y brazos rasguñados.

Cuando los oficiales comenzaron a sospechar que les había tomado el pelo, comenzó a pasar más tiempo en los calabozos que en la compañía (la B, Tuyutí, la misma cuyas santabárbara explotó al caer la tarde del lunes 23 de enero de 1989). Aprovechando esta circunstancia, Oscar se dejó el bigote, lo que estaba estrictamente vedado para los colimbas. Era cómico verlo caminar por el cuartel embozado, con la pera y parte de la nariz bajo el cuello de la camisa caqui, a fin de ocultar el bigote,  y de pronto extraer del bolsillo unas jinetas rojas de sargento, colocárselas con un alfiler en un brazo y sorprender descansando a reclutas bisoños, recién incorporardos y “bailarlos” a los gritos de “Carrera marrrr… cuerpo a tierra…. carrera marrr. Los bigotes eran indispensables para hacer verosímil su supuesta condición de sargento.

Si a mi nunca me terminaron de gustar las “novatadas” aunque fueran tan poco cruentas como la descripta, mi admiración llegó al summum cuando en su lucha por resistir la uniformación y preservar su individualidad, Oscar se las ingenió para llevarse el uniforme de combate (vivía muy cerca) y lavarlo con abundante lavandina, lo que hizo que virara del verde olivo al amarillo hojas muertas. En fin, que en todo el cuartel, él era el único con uniforme de ese color.

Me fui con la última baja pero Oscar se quedó mucho tiempo mas. No recuerdo si porque en alguna de sus escapadas lo habían declarado desertor o por alguna otra circunstancia. Me lo narró con detalles cuando nos reencontramos al regreso de mi exilio catalán pero lo he olvidado. Si sé que el haber sido un personaje durante aquellos años 1974 y 1975, le salvó la vida cuando, no recuerdo ahora si en 1978 o 1979, embistió con su taxi contra las barreras del acceso principal del RIM3, episodio que hizo que le dedicara mi primer libro (Gorriarán, La Tablada y las ‘guerras de inteligencia’ e América Latina, en coautoría con Julio Villalonga) asì:

Al Rata Travi, entrañable compañero de los calabozos del RIM-3 que cuando enloqueció de dolor, asaltó el cuartel solo.  

Y digo que aquella la popularidad y respeto que se había ganado le salvó la vida porque, cuando ya le habían arruinado varios dientes a culatazos, alguno de los militares lo reconoció “¡Es el Rata Travi!” gritó, y eso detuvo la golpiza.

A Oscar le gustó tanto el texto póstumo de Eva Perón, Mi Mensaje, y lo conmovió tanto su historia, tan parecida al destino que sufrió el cuerpo embalsamado de su autora, que se empeñó en reeditarlo, y me invitó a presentarlo en sus pagos matanceros.

La pandemia fue especialmente cruel con Oscar. Porque murió a causa de un cáncer su adorada hermana mayor, Carmen, sin que pudiera estar a su lado. Estaba disgustado con el intendente Espinoza, entre otras cosas por el trato dispensado a los trabajadores municipales. Así fue que participó en una nutrida manifestación frente al Palacio Municipal hace exactamente una semana.

Me alegro de que haya partido al parecer sin dolor.

Escribo estas sentidas líneas temo que carentes de elocuencia: no se como expresar hasta que punto Oscar se alzaba automáticamente contra las injusticias, su alma de diamante. Se sentía y era un digno heredero de Evita.

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