PRESOS POLÍTICOS. La responsable de la prisión y de ordenar la libertad de nuestros compañeros es la Corte Suprema

 

Decia un filósofo español de doble apellido “Argentinos a las cosas”. A  mi y a muchos compañeros nos parece que deberíamos hacer lo más pronto posible una gran manfestación frente al Palacio de Tribunales, sede de la CSJN, emplazando a ésta a convertir en efectividades conducentes su última acordada y poner en libertad ambulatoria a todos nuestros compañeros. Y si es necesario (y presumo que lo será) intervenir el poder judicial de Jujuy, tan o más inicuo que el de la efímera “república” fascista de Saló. Una manifestación que cuente con el concurso masivo de la militancia, sindicatos y organizaciones sociales, no para simbólica y testimonial para tranquilizar conciencias, sino para abochornar a unos ministros de la Corte que de tener más vergüenza ya hubieran renunciado y obligarlos a hacerse cargo de sus palabras. Ya les torcimos el brazo cuando el 2 x 1 a los condenados por delitos de lesa humanidad. Podemos volverlo a hacer. Compañeros, ¡A las cosas!

PS: Publiqué la nota de Boot que sigue esta mañana y ahora, después del almuerzo cuando me gustaría permitirme una siesta, me encontré con un largo comentario –en realidad, otra nota– de Ernesto Jauretche, que pongo a continuación de la de Boot, a la que se refiere.

No tengo nada nuevo para decir, porque creo haberle contestado más arriba, aún antes de leerla. Si Boot quiere hacer algún agregado o comentario lo subiré aquí mismo esta noche, luego de cenar con él.

Lean a Boot y a Jauretche:

FOTO: Homenaje del Grupo Oleiros a Amado Boudou poco antes de que volviera a prisión.

POR TEODORO BOOT

Para felicidad de una oposición cerril, amoral y corrompida, que se pasa por el cuarto los intereses nacionales y pretende condenar definitivamente a más de la mitad de la población a la marginalidad económica, política y social a la que la llevó en los últimos cuatro años, una irresponsable polémica –a primera vista bizantina y boba– amaga con desgarrar a la coalición gobernante: los ex funcionarios y dirigentes opositores al macrismo, debido a razones políticas primero estigmatizados por los medios de comunicación y después detenidos –y en algunos casos condenados– por distintas instancias judiciales, en la mayoría de los casos transgrediendo las normas del debido proceso ¿son o no son presos políticos?

El presidente aclara que técnicamente no lo son, en tanto no se encuentran a disposición del poder ejecutivo y no está en manos del poder político la facultad de liberarlos o desprocesarlos. Y, trascartón, la presidenta de una de las líneas de Madres de Plaza de Mayo, un senador nacional y nada menos que un miembro del gabinete salen a contradecirlo.Estando, como uno cree (tal vez erróneamente), estar entre gente grande, que sabe o debería saber de qué se trata, que (vistas las consecuencias) ha aprendido de lo peligroso y perjudicial  que resulta el chamuyarse encima al divino botón, cuesta creer  que lo que se discute sea lo que se argumenta públicamente. Pero si se debate mediáticamente al estilo Wanda Nara, agarrémonos fuerte: es señal inequívoca de que muchas personas grandes y al parecer serias no han aprendido absolutamente nada, ni de lo ocurrido en los últimos 75 años ni del reciente desastre propiciado por errores y liviandades de similar naturaleza.

No estamos –ni lo estuvimos en la mayor parte de los años transcurridos desde el 17 de octubre de 1945 o, con mayor precisión, desde que un 12 de octubre de 1916 asumía el gobierno el primer presidente electo por el voto popular– frente a un conglomerado de poder que tenga algunos puntos de coincidencia, tanto en los aspectos económicos, como en los sociales, culturales o en lo que al interés nacional se refiere, con lo que, más que un partido político, debiéramos entender como un necesario movimiento nacional. Que en los últimos tiempos, empezó a gestarse como un tímido frente electoral. Estamos –hoy más que nunca antes– frente a una banda de gángsters decididos a depredar un país que no les importa en lo más mínimo, infinitamente menos de lo que les preocupaba a los Duhau, Álzaga Unzué o Pereyra Iraola, quienes obtenían su renta del territorio, al que en consecuencia, se veían obligados a cuidar de alguna manera: estos gángsters tratan de apropiarse de todo cuanto puedan y al costo que sea: sus verdaderos y estratégicos intereses no están vinculados al territorio sino al sistema financiero internacional. Se trata –y ya lo han demostrado con claridad– de tipos dispuestos a acabar –de la forma que necesiten hacerlo, aun físicamente– con quien se les ponga delante, que cuentan con inmensos recursos mediáticos, judiciales, delictivos y –lo que no es menor–, en algunos casos por interés y en la mayoría por manipulación, con el apoyo o la simpatía de un significativo porcentaje de la ciudadanía.

Es suicida jugar –como alegremente se hizo en el 2015, con las consecuencias a la vista– con gente dispuesta a todo, sin pruritos ni prejuicios de ninguna naturaleza, y con el suficiente poder como para conseguir lo que quieren.En un país partido desde sus mismo origen, organizado institucionalmente en contra del pueblo y los intereses nacionales, con poderes económicos ausentistas que han sido capaces de colonizar al poder judicial, manejar los medios de comunicación y “educar al soberano”, un país que después de décadas de violencia consiguió por fin estabilizar algo parecido a la democracia, lo primordial es siempre construir la mayoría suficiente para ganar las elecciones, y después –evitando la tentación de hablarse encima en la absurda creencia de que el palabrerío es capaz de transformar las cosas– ampliar esa mayoría –no de hacerla “mejor”, más pura y cristalina, sino más amplia, más gris y heterogénea– a fin de contar con alguna capacidad de gobernar. Y, dentro de lo posible, tener la calma y la sabiduría suficientes como para no propiciar la unidad de esa oposición que, en esencia, está dividida y a la que sólo han unido nuestros errores y nuestra propia estupidez.

No vamos aquí a sumar nuestro palabrerío al palabrerío al divino botón y –viejos y cascoteados como estamos– ni se nos ocurrirá ponernos en tiquismiquis y especular sobre quién tiene la razón acerca de si los detenidos, procesados y hasta condenados judicialmente por pertenecer a un movimiento político son o no son presos políticos. ¿Qué importancia tiene esto finalmente? Lo que interesa es saber que su liberación no está en manos del Poder Ejecutivo sino de quien los ha procesado y detenido ilegalmente: el poder judicial. Y muy especialmente de la Corte Suprema, que de una vez por todas debe hacer cumplir su propia acordada. Es ahí donde hay que mirar y exigir la solución de un estado de cosas que no sólo viola la ley sino que vulnera los derechos humanos y agravia el más elemental sentido de la decencia.En suma, al menos por una vez dejemos de estar mirando a los lados y miremos hacia donde hay que mirar: al frente.

………………..

RESPUESTA AL PAJARO SALINAS
QUERIDO COMPAÑERO: DE ACUERDO CON ESO DE LOS PRESOS POLITICOS (O NO TANTO SEGÚN SE VEA) PERO TAMPOCO LA PAVADA
Cristina, con la autoridad que emana tanto de su compromiso como de su experiencia, en su primer discurso como vicepresidenta de todos los argentinos en Plaza Mayo advirtió claramente a Alberto que para gobernar era necesario escuchar la voz del pueblo. El propio Alberto, al asumir ese mandato, dijo allí mismo que estaba para escuchar, que se lo marcaran cuando estemos en desacuerdo. Esas son sus declaradas virtudes, que apreciamos y que ilustran sus contratos con el campo nacional y popular. ¿O no? En todo caso, los militantes le tomamos la palabra; y no es para ejercer un derecho sino para cumplir con una obligación de amor y lealtad, cualquiera sea el contexto, que no cuenta cuando está en juego EL SER PERONISTA.
Hablando desde la militancia: ¿NO NOS JUGAMOS HASTA LA VIDA EN PEORES CIRCUNSTANCIAS CUANDO FUE NECESARIO?
Esas palabras de Cristina y Alberto no hacen más que reafirmar, incluso desde arriba, el pliego de encargos con que la militancia desde abajo debe perfeccionar el ejercicio del poder que ha delegado.
Uno no se retira ni se toma vacaciones de militante; mucho menos arruga ante la adversidad: lo es todos los días a toda hora, y siempre, cueste lo que cueste. Y un aspecto principal de la conducta militante es no contribuir a callar la demanda social, objetivo primordial del enemigo, eficaz en este caso.
Me dirás: en una cultura sin piedad ni aprecio por la persona humana la libertad de los presos no es una demanda social, entendida sociológica o jurídicamente. No, no lo es. Es una voz sectaria, minoritaria, inconducente, y si querés, en este contexto, improbable si no  imposible.
Ahí empieza nuestra labor militante. Debemos hacerla necesidad, imperio, respeto y dignidad.  Es nuestra labor instalarla como sentimiento masivo. Y no porque signifique algo tan inespecífico como estado de derecho, sino porque es humanidad y justicia, cuerpos y almas atormentados, sociedad sin respeto. Siempre que sean soldados del campo popular no importa de quiénes, de qué partido o facción sean los presos políticos (o eso que Alberto llama víctimas de inconsistencias jurídicas). No debe ser una cuestión técnica. Es una protesta politizada e ideológica. ¡SI! Entre peronistas el reclamo por los presos políticos es histórico, forma parte de nuestro ADN, es irrenunciable e imperativo. ¡Demasiado lo hemos sufrido! Tiene para nosotros un componente ético principal e insoslayable. Sea un reclamo material o simbólico, el papel de la militancia es canalizarlo, potenciarlo, sacarlo del sótano de la indiferencia y la confusión y darle sentido político, épica, contenido moral, trascendencia social –y no digo mediática, que nunca la tendrá.
¿Que es crítico? Sí. Lo es. Y bienvenida la crítica que hará de nuestro gobierno un resultado transformador y saludable. Para eso está la militancia.
¿Que ponen escollos al armonioso cumplimiento de las labores burocráticas de reconstrucción del Estado y la economía nacional? Sí, ¿y qué? Para que cumplan con todos sus compromisos los elegimos.
¿Que son argumentos sentimentales, ingenuos, demagógicos?, y… sí… también; pero no solo eso. ¿Por qué no permitírnoslos? Somos pueblo. Reaccionamos ante un sistema de consensos racionales, de un liberalismo cruel, de cálculo de pérdidas y ganancias, de méritos y castigos. Tomémonos un minuto para ser sensibles ante la injusticia y el dolor ajeno. No es debilidad. Es amor. Es una integridad, una paciencia y una caridad incompatible con el mero pragmatismo de lo necesario y prioritario.
Y viene a cuento. Un sacerdote jesuita, Ignacio Ellacuría, asesinado por sicarios del imperio en El Salvador, aseguraba: “Los pueblos no se rebelan contra la pobreza sino contra la injusticia”.
Pájaro querido. Alberto lo dijo con todas las palabras: “Nunca hubo un gobierno que usara la justicia para castigar a sus adversarios”. Una violación a la tradición y costumbres democráticas, populares y nacionales, argentinas y universales (al menos en occidente). No es una cuestión de menor valía que tantas otras tantas deudas que el gobierno hereda, incluso el hambre. Esto merece inmediata reparación porque no se puede gobernar un solo día con presos políticos peronistas, sociales  o de los otros. No son cuestiones técnicas ni de táctica y estrategia. Son de secuela y corolario histórico. De humanidad. Y de honor. Que no nos distraigan con abalorios.
Ernesto Jauretche
La Plata

Comentarios (2)

  1. xuxuyoc450

    Muy buena reflexión de Teodoro Boot sobre la semántica de MEDIOS colonizadores, porque, aunque se niegue que no es lo medular de la crítica, lo cierto es que no existen por razones cronológicas las frases “presos políticos” o “líderes políticas presas”, aun cuando sean unas tigresas en su lucha política cotidiana, presa por causas políticas Milagro Sala desde hace cuatro años, por un gobernador acusado por EU de narcotraficante y otros géneros por la estafa de El Pongo y un poder judicial provincial acompañado por el nacional y el prejuicio social que forman los medios en esas poblaciones del NOA. La literatura jurídica de cualquier país, aún en el de la corona pirata, esa expresión es inexistente, como no existe “preso religioso”. Lo equivalente en el lenguaje específico de las leyes es lo mismo. Están presxs y hay perseguidos políticos por el poder judicial cuya definitiva decisión en el país está en la Suprema Corte de Justicia Argentina, si no, que sean demandados penalmente en La Haya por ser funcionarios corruptos, que se llame a un necesario plebiscito para renovar esta Constitución y se deje candados para cosas atroces hechas en el gobierno anterior, que los golpes de estado sean juzgados no por jueces sino por una comisión legislativa, que jueces que inventen causas como las de Milagro Sala y sus compañeras, Amado Boudou, las de CFK y su familia y muchos otras fabulaciones sean presos comunes por cometer delitos por todos conocidos, en fin, habría tantos cambios gramaticales, de sentido, de interpretación y de defensa de la sociedad argentina y sus bienes materiales, estratégicos, culturales y de circulación de los mensajes en prensa y redes que impedirían que los empresarios nacionales y extranjeros vuelvan a meter sus garras en el hacer político de la nación.

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  2. Enrique Juan Box

    Coincido plenamente con la preocupación, si bien creo que el reclamo hay que hacérselo a las víctimas de la epidemia de indiferencia que parece afectar a diputados y senadores.
    ¿Qué ocurre que desde el congreso no hay formadas comisiones de juicios políticos (paralelas a la de investigación de la corrupción) a los jueces corruptos que actuaron conforme a carpeta y no a derecho?
    ¿Por qué dejar que el costo político de los presos políticos, los termine pagando el ejecutivo?
    ¿Es una Tara morbosa, impericia, índolencia o es vocación desestabilizadora?
    No podemos ser solo los ciudadanos comunes, los que debamos custodiar la tibieza de este gobierno.
    Esa responsabilidad política también es de los que supuestamente nos representan.

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