Y no es un insulto, apenas una constatación. Está tan a la vista que Trump es un asesino despiadado, como que Milei, Karina & Co. son ladrones compulsivos. Hagámonos cargo.
Si hiciera falta reafirmarlo, aquí está el discurso patoteril que Trump dio ayer en la Asamblea General de las Naciones Unidas:
Donald Trump habló sobre la guerra con Irán: «¿Quiero entrar y aniquilarlos? ¿o no?»
Aquí, su discurso completo:
Más de 70 legisladores de 13 países de América piden el fin de los ataques de Estados Unidos en el Caribe y el Pacífico
En una carta pública, denuncian que Trump practica “ejecuciones extrajudiciales” contra barcos pesqueros bajo el paraguas de una presunta guerra contra el narcotráfico.
Ayer escribió Atilio Borón (@atilioboron):
Desde la tribuna de la ONU, Trump le ofreció a Irán dos caminos: un acuerdo o la aniquilación. La delegación iraní se levantó y se fue. Detengámonos un segundo en la escena. Una semana antes, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU había señalado motivos razonables para creer que Estados Unidos cometió crímenes de guerra en Irán. El acusado subió al estrado a amenazar. Después le llegó el turno de América Latina. Trump celebró «el mayor acuerdo petrolero de la historia» y avisó que usará su poderío militar para defender sus intereses en el hemisferio. Puso a Venezuela como ejemplo y le exigió a México «recuperar el control» de su territorio. Eso tiene nombre: Doctrina Monroe, versión siglo XXI. Un imperio que reemplaza la diplomacia por la amenaza y usa la ONU como escenario para anunciarlo. Lo que se dijo hoy en Nueva York marca la agenda de nuestra región para los próximos años. Entenderlo es el primer paso para pararse frente a eso.
Inmediatamente antes, el periodista colombiano Gonzalo Guillén (@HELIODOPTERO) publicó lo siguiente:
Donald Trump es un mafioso. Y mafioso de los peores: mafioso de Nueva York. Superó a todos los de esa ciudad en todos los tiempos. En sus inicios, Trump, preparado por su padre, que era otro mafioso temible, estafó y persiguió a los mafiosos rivales en Nueva York. Desde entonces delinque con las mismas tácticas de la mafia más refinada: se enfrenta a un rival, lo derrota y, si no se doblega, lo mata o lo anula. Enseguida les dice a todos los miembros de la organización vencida: “ahora ustedes trabajan para mí o se mueren”. Es exactamente lo que hizo, por ejemplo, en Venezuela al apresar y secuestrar a Nicolás Maduro. Se lo llevó y les dijo a Delcy Rodríguez, a Diosdado Cabello y al resto de la organización que en adelante serían de los suyos y delinquirían para él. Obviamente, aceptaron.
Así lo hizo en los años 30 Luky Luciano, quien fue el más grande de la historia hasta que llegó Trump a superarlo. Luciano se deshizo de sus dos más grandes rivales y reinó en la ciudad. A Joe Masseria lo acribilló en un restaurante en 1931 y a Salvatore Maranzano —mafioso siciliano que, ante la ausencia del otro, se había proclamado brevemente “jefe de jefes”— lo asesinó cuatro meses más tarde en su propia oficina, ubicada en el piso 9 del edificio de la New York Central(en el 230 de Park Avenue, Manhattan). Las mismas tácticas las ha utilizado Trump como presidente, dentro de Estados Unidos y alrededor del mundo. Por eso es el mafioso más peligroso y sanguinario de la historia, después de Luky Luciano, quien en 1962 murió de infarto en Nápoles. Tenía 64 años.
En América Latina Trump está por consolidarse como “capo de capos” y ya creó su propia organización criminal, se llama “Escudo de las Américas”. Solamente le faltan México y Brasil. Ojalá no lo logre jamás.
Por fin, hoy ¡a las 5 AM! Carlos Balmaceda publicó una nota editorial del Teheran Times:
Ayer se conmemoró el 46.º aniversario de la invasión de Irán por parte de Saddam Hussein. En los primeros días de la guerra, mientras se encontraba en territorio iraní ocupado, cerca de la frontera suroccidental del país, Saddam declaró a los periodistas que concedería su próxima entrevista en Teherán unos días después.
El delirio de Saddam no carecía de fundamento. Irán acababa de atravesar una revolución turbulenta que había transformado radicalmente casi todos los pilares del país, mientras que muchas instituciones aún estaban en sus inicios. Numerosos altos mandos del ejército habían huido del país o habían sido arrestados y juzgados. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica se había creado hacía poco tiempo, y muchos de sus miembros tenían escasa o nula experiencia militar. En consecuencia, Saddam y sus adversarios no consideraban al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica una fuerza capaz de hacer frente a una invasión extranjera a gran escala.
En general, Saddam creía enfrentarse a un Irán debilitado y que una ofensiva militar rápida y masiva podría someterlo, brindándole una victoria fácil y contundente en cuestión de días. Sin embargo, esa sangrienta ilusión se convirtió en una guerra de ocho años, y Saddam no logró ninguno de los objetivos que había declarado al inicio del conflicto.
Donald Trump, quien ahora libra una guerra contra Irán, guarda innegables similitudes con Saddam Hussein. Trump también creía que Irán se encontraba en un estado vulnerable y debilitado, y que una rápida y masiva campaña aérea acabaría con él. De igual modo, Saddam inició su guerra con una amplia ofensiva aérea contra decenas de objetivos militares y civiles dentro de Irán, con la intención de paralizar el país.
Trump y Saddam comparten otra similitud. Durante la guerra, Saddam cometió repetidamente crímenes de guerra mediante el uso de armas químicas suministradas por Occidente, así como a través de ataques aéreos contra zonas urbanas y civiles que causaron la muerte de civiles iraníes. Trump también ha cometido crímenes de guerra en el conflicto actual al atacar escuelas, universidades, hospitales y otros objetivos civiles en Irán. El ataque a una escuela en Minab el primer día de la guerra, que dejó más de 120 estudiantes muertos, es solo un ejemplo de estos crímenes.
Otra similitud radica en su relación con algunos de los vecinos del sur de Irán. Durante la guerra de ocho años, algunos estados árabes del Golfo Pérsico se convirtieron en una fuente de financiación crucial para el aparato bélico de Saddam Hussein, ayudándolo a perpetrar sus crímenes. En la guerra actual, estos mismos países, al poner su territorio a disposición del ejército estadounidense y brindar otras formas de apoyo bélico a quienes atacan territorio iraní, se han convertido en cómplices de Trump y sus crímenes. Así como respaldar a Saddam durante esa guerra les causó arrepentimiento, ahora han apostado por el bando perdedor y no pueden eludir las consecuencias de este error.
Otra similitud entre estos dos hombres delirantes y criminales es su errónea percepción del pueblo iraní. Saddam creía que la población de habla árabe de la provincia de Juzestán recibiría con los brazos abiertos a los invasores. En cambio, fueron de los primeros en oponerse a la invasión, oponiendo una feroz resistencia y dejando un legado histórico y perdurable de desafío. Trump también imaginó que, una vez que comenzaran los intensos ataques aéreos, el pueblo iraní saldría a las calles y completaría su plan para derrocar a la República Islámica de Irán. Expresó abiertamente esta expectativa en repetidas ocasiones e incluso, en una ocasión, manifestó sorpresa y frustración, con enojo, por el hecho de que el pueblo iraní no se sublevara.
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COMPARTIR 🟢 WhatsApp ✈️ Telegram 📘 Facebook 🔗 Copiar enlace Para que quede claro, parafraseando al Gran Capitán, que los perukas no somos empanadas que se comen en dos bocados. COMPARTIR 🟢 WhatsApp ✈️ Telegram 📘 Facebook 🔗 Copiar enlace