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106º ANIVERSARIO DE LA SEMANA TRÁGICA. Lo que los trabajadores y sus representantes no deben olvidar

Solemos preguntarnos a menudo por esa tendencia que parece regir la historia, al menos la historia argentina, que la lleva a repetirse tanto. La nueva experiencia hiperneoliberal disfrazada de «libertaria» que se ha hecho con la presidencia de la Nación desde hace un año, viene a confirmarlo. Proponemos como antídoto revisitar nuestra historia en clave crítica y detenernos en algunos episodios que nos hagan preguntarnos cómo y por qué nuestras clases dominantes vuelven a la carga con sus sueños húmedos, por ejemplo, las jornadas laborales de más de ocho horas, conquista de luchas seculares de la clase proletaria que tiene muchos héroes, heroínas y mártires, lo que debería encontrarnos entonando aquellos versos del himno «Hijo del Pueblo»:

“Combatir a la burguesía por su malvada estupidez”. 

 Se cumplieron 106 años de aquella semana de enero de 1919 en la que una huelga por la reducción de la jornada de trabajo, el aumento de los jornales, el pago de las horas extras, la eliminación del trabajo a destajo y la defensa de la sindicalización en los talleres metalúrgicos de Vasena e Hijos Ltda. se expandieron, desde la fábrica y los depósitos de la compañía, por toda la ciudad de Buenos Aires, aledaños y buena parte de los centros poblados del país. Ambas márgenes del Riachuelo fueron el epicentro de la conmoción inicial.

Les proponemos un recorrido por la Argentina de principios del siglo XX, añorada por algunos sectores del poder económico, social y político.

Tensión en Nueva Pompeya

Tras 36 días de huelga los directivos de Vasena se mantienen intransigentes a las demandas obreras y contratan rompehuelgas que mantienen los talleres en funcionamiento. Los obreros, en su mayoría nucleados en la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos, permanecen firmes en sus reclamos. La mañana del martes 7 de enero de 1919, un grupo de huelguistas se acerca a las inmediaciones de las actuales calles Osvaldo Cruz y Diógenes Taborda, donde estaban los depósitos de Vasena, para intentar convencer a los esquiroles (carneros) que conducían las “chatas” cargadas de materiales hacia los talleres de San Cristóbal, de sumarse a la medida de fuerza. La respuesta fue una descarga de armas de fuego.  Las fuerzas policiales que estaban en las inmediaciones se sumaron a la balacera. Se estima que hubo 4 muertos y 40 heridos, en su mayoría vecinos de que regaron con su sangre las calles del barrio.

A principios de la Semana Trágica

Los sindicatos de obreros metalúrgicos, de la construcción, del calzado, de la construcción naval, constructores de carros, choferes, curtidores, molineros, tabacaleros, tapiceros, toneleros, se solidarizan con los trabajadores de Vasena y convocan a la huelga para el día 9. En Nueva Pompeya, comercios y talleres permanecen cerrados en solidaridad con las víctimas de la represión.

El mismo jueves 9 los obreros de la fábrica argentina de Alpargatas, los pasteleros, ebanistas y los talleres de las inmediaciones del Riachuelo paralizan sus actividades.

Desde el local del partido socialista de la calle Loria, una nutrida manifestación se pone en marcha, rumbo al cementerio de la Chacarita, con los féretros de las víctimas de la represión del día 7. A su paso se cierran los comercios en señal de duelo.  La columna se irá engrosando a lo largo del trayecto con obreros, obreras y niños.

En el camino se producen enfrentamientos entre la policía y los manifestantes.  Los más feroces serán en los talleres Vasena, en La Rioja y Cochabamba, y en la iglesia Jesús Sacramentado, en Corrientes y Yatay. Los pocos tranvías y vehículos que circulan son obligados a detener la marcha y, si no lo hacen, son descarrilados o volcados. Cuando la movilización llega al cementerio es recibida, una vez más, por disparos policiales. Las víctimas de la jornada se cuentan, de acuerdo a distintas fuentes, entre 3 y 20. Esa noche se registran estallidos locales en varios barrios porteños. Se especula con la instalación del estado de sitio. Sin ser convocada por el Ejecutivo, la guarnición de Campo de Mayo se pone en marcha hacia la capital. Creyendo que venían a deponerlo, Yrigoyen recibe al comandante diciéndole: “General Dellepiane, soy su prisionero”.

Parálisis

Los frigoríficos de nuestra región como “La Negra”, “La Blanca” y “Wilson” se ven afectados por el paro de los trabajadores en los mataderos, así como por los piquetes de huelga. Sumado a la huelga de los panaderos y otras actividades, se produce el virtual desabastecimiento de la Capital y sus alrededores. La paralización de las actividades es casi total en los talleres de ambas márgenes del Riachuelo.

Cuando cae la noche en distintos barrios se escuchan disparos. En los alrededores del Departamento Central de la policía porteña en la avenida Belgrano el nerviosismo y el desconcierto cunden por partes iguales entre uniformados, vecinos y transeúntes. Más aún cuando se corta la luz en el edificio. Cualquier sombra puede ser un enemigo del orden. Al punto de que el general Luis Dellepiane será recibido a tiros al intentar ingresar al edificio sin previo aviso.

Desconfiando de la capacidad del gobierno radical para lidiar con la situación, las clases altas, alineadas con el conservadurismo, adiestran militarmente a sus jóvenes para formar grupos de choque parapoliciales. La formación se hará en el Centro Naval y estará a cargo del contraalmirante Manuel Domecq García y sus oficiales. Así nace la Liga Patriótica, jóvenes de la oligarquía armados y arengados por los marinos que recorren, a bordo de los automóviles familiares, los barrios obreros para castigar a quienes se atreven a cuestionar el orden establecido.

José Ramón Romáriz, funcionario policial a cargo de la comisaría de La Boca (después conocida como “la 24”) explicará las relaciones entre la Liga Patriótica, la Policía Federal y el Poder Ejecutivo:

“La Liga Patriótica Argentina (…)  pareció responder en su origen a honrados y exclusivos propósitos de combatir a los extremistas (…) y de tal creencia pareció participar el mismo gobierno radical, que no sólo autorizó al personal policial a integrar como afiliados esa Liga, sino que también permitió que sus secciones (…), se reunieran en las respectivas comisarías”[1].

La Liga Patriótica, la prensa oficial, la policía y el gobierno identifican a los huelguistas con los bolcheviques soviéticos. Y a éstos con inmigrantes rusos. Y a los rusos, con los judíos. Siguiendo ese razonamiento, recorren Balvanera, Almagro y Villa Crespo atacando a cualquier transeúnte (hombre, mujer, ancianx o niñx) que se cruza en su camino. Envalentonados por el “éxito” inicial de su plan de terror, los grupos de choque conservadores deciden expandir su radio de acción hacia el sur.

En el sur de la ciudad

El territorio de La Boca que hoy conocemos como “Barrio Chino” tenía otro nombre a principios del siglo XX. Con una alta densidad de pobladores anarquistas y socialistas que habían pasado un tiempo a la sombra en el penal de Ushuaia, era conocido como la “Tierra del Fuego”.

Cuando los muchachitos de la oligarquía lleguen a este extremo sur de la ciudad, serán recibidos por una andanada de piedras, una lluvia de agua hirviendo y disparos de distintos calibres que buscan la revancha de la sangre obrera derramada.

Una vez más recurrimos a las memorias del oficial Romáriz:

“Se nos hacía fuego desde varios lugares a la vez: desde lo alto de las azoteas, por las ventanas abiertas de las casas de madera, y aun desde los zaguanes.  Estábamos bloqueados y en el más completo aislamiento, (…) nadie concurría en nuestro apoyo o protección.  Me asaltó (…) la idea de que de allí no saldríamos con vida.  Pensé que la revolución, que adjudicábamos a un sector circunstancial de la población, tomaba las graves proporciones de una insurrección armada de todo el pueblo” [2].

El sóviet de Buenos Aires

El conflicto parece extenderse, pero a un costo muy alto para las organizaciones obreras. Lo que lleva a éstas y al gobierno radical a buscar una salida. En lo relativo al origen de la protesta, el gobierno convoca a los hermanos Vasena a la Casa Rosada para que acepten el pliego de reivindicaciones de los trabajadores metalúrgicos. Luego, el ministro del interior y el presidente Yrigoyen recibirán a una delegación de la FORA del IX Congreso, a quienes anunciarán el acuerdo con los Vasena y el compromiso de liberar a los detenidos. Los delegados obreros llevan la propuesta oficial para someterla a la discusión de los sindicatos nucleados en la Federación. Tras un largo debate, aceptan la propuesta gubernamental y convocan a los obreros a retomar las actividades.

A pesar del exhorto de la conducción gremial, la mayoría de los trabajadores no vuelven al trabajo. Muchos de los sindicatos que habían adherido a la huelga en solidaridad con los obreros de Vasena han sumado, con el correr de los días, sus propias demandas y esperan respuestas de sus respectivas patronales.

Por otra parte, Buenos Aires continúa militarizada, varias sedes gremiales han sido intervenidas y la prensa y el gobierno abonan la versión de que detrás de todo el movimiento están los hilos de una conspiración de agentes foráneos, maximalistas, bolcheviques que pretenden instalar un sóviet que gobierne la ciudad.

¿Recrudece el conflicto?

A pesar de la decisión de la FORA IX de dar por concluida la huelga alegando que el gobierno radical garantiza que Vasena acepta las demandas de sus trabajadores, obreros de la firma hacen circular un comunicado que desconoce lo actuado por la Federación Obrera porque ningún delegado de Vasena estuvo presente en la negociación, por lo que el acuerdo carece de la firma de los afectados en primer término.

Según la Sociedad de Resistencia Metalúrgicos Unidos, la huelga continuará hasta tanto los detenidos queden en libertad y se desmovilicen las fuerzas de seguridad y las tropas del ejército que tienen virtualmente ocupada la ciudad.

Si bien la razón parece estar del lado de los trabajadores de Vasena, estos han jugado todas sus cartas en una sola mano ya que la decisión de la FORA IX lleva detrás de sí a muchas de las organizaciones obreras y podía dejar aislados a los metalúrgicos de Pompeya y San Cristóbal. Apuestan a que, pasado el primer fin de semana en huelga, durante los próximos días se vayan adhiriendo las sociedades obreras de las provincias.

La solidaridad de las regionales Bahía Blanca, Balcarce y Mar del Plata en el sur de la provincia de Buenos Aires, y Campana y Zárate en el norte, y el llamado a la huelga general por parte de las delegaciones de Paraná, en Entre Ríos, Rosario, en Santa Fe y Córdoba capital, parecen darles la razón.

Aunque sin los recursos de sus correligionarios de la capital, los conservadores de provincias se suman a la represión  de las policías locales. El periódico anarquista “La Protesta” describirá a las huestes parapoliciales del interior como,

“(…) formadas por todo el vagabundaje de los pueblos del interior, los matones y caudillos de los comités, los hijos de los dueños de tiendas, almacenes o restaurantes y algún pobre gato ilusionado” [3].

Hacia el fin

Ante la expansión de la huelga por distintos centros poblados del país, el gobierno radical se prepara para extender la represión. El ministro del interior se presenta en la cámara de diputados argumentando e favor de la declaración del estado de sitio.

Curiosamente, el mismo día, el general Dellepiane se reúne con delegados de la FORA del V Congreso, federación integrada mayoritariamente por militantes anarquistas. Más curioso aún es que, mientras el comandante de la guarnición de Campo de Mayo y los representantes obreros discuten las condiciones de un acuerdo que ponga fin a la huelga y a la represión, agentes de la división de Investigaciones Sociales de la Policía de la Capital allanan el periódico anarquista “La Protesta”, llevándose detenidos a todos los presentes. Dellepiane entiende que un sector del gobierno radical está boicoteando su labor y presenta su renuncia. Horas después, el incidente será aclarado y el general retira su dimisión.

Algunos periódicos del martes 15 dan cuenta de que la FORA V se ha pronunciado por el cese de la huelga. Las reivindicaciones planteadas a Dellepiane incluyen las ya mencionadas: libertad a los detenidos durante las jornadas de enero y desmilitarización de los centros urbanos. A esas demandas, los anarquistas agregarán: el respeto a la libertad de reunión, lo que significará la reapertura de las organizaciones gremiales clausuradas; la garantía de que no habría represalias de las fuerzas policiales contra sus militantes y el compromiso de que no se instruirían causas judiciales ni se les imputarían delitos por los episodios de la Semana Trágica.

En estos puntos hay que buscar los motivos por los cuales los anarquistas dan por concluido el movimiento. La represión se había ensañado particularmente con sus militantes y sus organizaciones, al punto tal de que la mayor parte de los referentes anarquistas se encontraban tras las rejas. Lograr su libertad se transforma en vital para la supervivencia de la corriente ácrata.

El día después

Ese martes 15, el presidente Hipólito Yrigoyen recibe a delegaciones de la FORA IX, la FOM y de FOF. Los representantes obreros ratifican el final de la huelga y solicitan al presidente que intermedie entre las reivindicaciones del trabajo y la intransigencia empresaria. Todos los protagonistas de la reunión intentan mostrarse, de cara a la sociedad, como quienes condujeron el conflicto hacia las aguas del acuerdo y la concordia. Yrigoyen querrá aparecer como articulador de las demandas de los trabajadores, dialoguista y con capacidad para resolver conflictos gremiales. Por su parte, los gremialistas querrán asegurarse de ser considerados, al interior del movimiento obrero, como el sector con llegada al gobierno y con la capacidad de conseguir la libertad de los detenidos y la reapertura de los sinicatos clausurados.

Los militantes anarquistas deberán extremar el ingenio para no perder predicamento en la masa trabajadora. Su decisión, compromiso y predisposición a la acción directa serán los puntos en los que se apoya su vínculo con la clase. Mientras que los conservadores fustigarán al gobierno radical por no actuar con mayor dureza frente a los desmanes de los huelguistas y canalizarán esa demanda represiva creando las primeras organizaciones parapoliciales y de choque con las que intentarán disputar la calle, en un peligroso ejercicio autoritario con rasgos clasistas, racistas, supremacistas.

Más allá de lecturas circunstanciales que puedan realizarse y de la intención de dar vuelta la página, el conflicto alrededor de la metalúrgica de los hermanos Vasena dejó una huella profunda en la memoria de los sectores populares que se manifestará en las formas de encarar la lucha por sus reivindicaciones. La Semana Trágica duró eso, una semana. Pero sus ecos reverberan hasta hoy desde los barrios del sur de la ciudad hacia todos los territorios en lucha. (sigue)

La Comisión por la Conmemoración de la Semana Trágica realizará, como todos los años, un homenaje a las y los militantes a 106 años de la gesta obrera. Será este sábado 18 de enero a las 17 en la plaza Martín Fierro, La Rioja y Cochabamba, San Cristóbal. Desde allí marcharemos a la plazoleta de la Memoria «Pastor De Luca», Av. Caseros y Monteagudo donde tendrá lugar el acto político y cultural a las 18:30.

Notas

[1] Romáriz, J. R., “La Semana Trágica. Relato de los hechos sangrientos del año 1919”. Bs. As., Hemisferio, 1952.

[2] Romáriz, J. R., Ib. ídem.

[3] La Protesta, edición del 22 de enero de 1919.

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