ASESINATO DE CHARLIE KIRK / 3. Por qué se lo quería acallar
El autor escribió esta nota sin haber leído la anterior, remitida desde Barcelona por Montserrat Mestre. Llama la atención la coincidencia de enfoques, tan distintos a los que proliferan en la prensa hegemónica. Hasta Al Jazzera refleja esta narrativa, según la cual el asesinado era un fiel amigo de los genocidas, que lo lloraron públicamente como fariseos. Sin embargo, si se lee su nota-obituario hasta el fin, se puede comprobar que el redactor no desconoció su alejamiento del gobierno de Netanyahu y su rechazo a su desmedida influencia del lobby israelí en los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos.
La foto de presentación de Kirk data de 2014.
¿Todos somos Charlie?

POR CARLOS BALMACEDA
En un tiempo en que el fusil reemplaza a la palabra, Charlie Kirk fue un polemista: a veces elemental y básico, casi siempre disruptivo, ejerciendo con mucho más estilo esa rudeza intelectual que los libertarios de por aquí confunden con zafia grosería.
Este jovencito, que hace cien años podría haber encarnado Harold Lloyd en alguna de sus películas, epítome del muchacho optimista y emprendedor dispuesto a triunfar a como dé lugar, abrió con su prédica en las universidades unas 3500 «unidades básicas» para los republicanos, dicho en términos argentinos.
Es decir, resultaba algo más que una cara bonita de YouTube.
No era el Gordo Dan ni cualquiera de los youtubers que pululan por el cyberespacio libertario, endogámicos y satisfechos de sí mismos frente a la pantalla. Y aunque no sabemos si resultaba sincero cuando aseveraba que sus hijos eran mucho más importantes que sus vistas (es fácil decirlo cuando se tiene cinco millones y medio de seguidores en tuiter), tenía una vida familiar que dista de la de los libertarios argentinos más conocidos.
Era Kirk por demás simple como cualquier americano promedio: suponía que Dios le había otorgado a su pueblo el derecho de portar armas y que los padres fundadores de su país habían plasmado esa indicación del Creador en la Segunda Enmienda. Por eso, sostenía que un par de masacres escolares de vez en cuando era un precio bajo a pagar por ese derecho divino.
La religión nutría su pensamiento, así que el origen socio-histórico de cualquier fenómeno le era esquivo: se oponía a la educación que revisaba la esclavitud como fuente de las diferencias en los Estados Unidos porque «demonizaba» al blanco y «victimizaba» al negro, lo que proyectaba su pensamiento a conclusiones como esta: «Las personas blancas son más propensas a ser atacadas, especialmente per cápita, por personas negras en este país. La narrativa que han promovido durante los últimos diez años es que existe un ataque implacable contra las personas negras por parte de las personas blancas. Y los datos no lo demuestran. De hecho, ¡es exactamente lo contrario!».
Seguramente sus números no mentían, pero Charlie fue incapaz de apearse y ver el entresijo por donde aquellos dos actores fueron paridos por la historia, sus condiciones históricas, el abismo que se inició en unos grilletes, siguió en una plantación y se marcó a fuego en la miseria del Bronx.
En el mismo sentido, se oponía a las cuotas: «United Airlines tiene una política que requiere que el 40% de sus pilotos sean de color o mujeres. Cuando ocurre en pilotos o enfermeros, simplemente espero que al ser negro tenga la cualificación adecuada. No contratamos en base a méritos, sino en base a la raza».
El remate provocador de esta idea es “por eso, si veo a un piloto negro, pienso: ‘¡Ojalá esté cualificado!’”
La resaca de esta reflexión se pasea por las redes definiéndolo como un racista hecho y derecho, cuando en realidad, su argumento es un contrapunto con los que suponen que los cupos son la solución a la desigualdad.
Ni ellos ni Charlie tienen razón, pero ninguno podrá romper la matriz hegemónica de pensamiento de los Estados Unidos. Kirk, porque no admite más que la superchería liberal de la superación personal como remedio a toda desigualdad, y sus oponentes, porque suponen que con apuntar su varita mágica hacia la súper estructura cultural, conseguirán la igualdad.
Marx les diría a ambos que es ¡la base económica, estúpidos!: la acumulación originaria, la propiedad de los medios, pero poco se le puede pedir a los dos contendientes: son hablados, como en Argentina, por una grieta, más sólida en el Norte, y por lo tanto, volviendo a Marx, más alienada.
Si un mérito tuvo el discurso de Kirk fue el de atenuar los rasgos discursivos más groseros del trumpismo, basados en «inundar la zona», técnica que alguna vez Steve Bannon describió como abrumar a la oposición y los medios con una retahíla de afirmaciones distractivas. Poco importa si se habla de volver al uso de los sorbetes de plástico en la administración pública o sostener que los haitianos de Springfield, Ohio, secuestran y comen perros y gatos; cualquier definición absurda difundida por las redes hará que el progresismo se pierda en el absurdo.
Este gurú del conservadurismo, por el contrario, vadeaba la inundación, y situaba la polémica en tierra seca. No era un ideólogo de fuste, y poco podía esperarse de este publicista del sentido común americano, pero sus giras, donde podía discutir con varias decenas de personas, eran una suerte de show de la confrontación, no exentas de fair play y honestidad intelectual.
Su lema en estas giras era «convencéme de que estoy equivocado». De hecho, lo asesinaron cuando intentaba polemizar con opositores e incluso detractores cerriles a sus ideas. Valga un ejemplo: la última pregunta que responderá, de un modo un tanto pendenciero y superficial fue «¿Sabés cuántas personas trans cometieron masacres con armas?» «Demasiadas», remató con cierto desdén.
Una de las paradojas de su muerte es que habiendo surgido de las redes, con 14 millones de espectadores promedio cada vez que se volvía píxel, fue muerto al salir de la virtualidad y poner el cuerpo. He aquí otra diferencia enorme con nuestros libertarios, que al pisar la calle después de escupir odio por las redes, son incapaces de bancar la parada ante el temor de ligar un par de cachetazos.
Charlie Kirk ascendió al cielo de los youtubers por la escalera de una paradoja: los latiguillos camorreros lo auparon, y reflexiones más o menos sólidas lo mataron. Cuando en el planeta ya no media la palabra como mediador simbólico, quiso confiar en ella.
De nuevo: con el 1% de influencia y recursos intelectuales que dispuso Kirk, tipejos como Fran Fijap o Iván Matías Cheang –el que suele infiltrarse con uniforme en marchas opositoras–, son tan inconsistentes con la lengua como rápidos con las piernas.
En los últimos dos meses, Kirk inició un cambio que tal vez lo condujo a la muerte: siguiendo la consigna de sus «tours», se empezó a convencer de que estaba equivocado. Empezó por Ucrania, su millón de muertos, el negocio del complejo militar industrial. Se salió entonces de la ideología, esa cáscara que pudre el alma y la cabeza, y se quedó con la realidad, que es la única verdad o viceversa. Y situado en su mangrullo de ciudadano estadounidense, empezó a pensar desde los intereses de su país.
Después, se asomó a un más allá un poco más tenebroso. Sionista, sostenedor desde sus entrañas de chico listo y creído de esa masacre que ya es histórica pero que hoy refulge con la certeza del genocidio más atroz, dudó.
Y esa duda la expresó nada menos que ante Ben Shapiro, sionista insanable.
¿Sus dos bebés de 1 y 3 años habrán sido su piedra de toque frente al álbum diario de horrores que nos trae Gaza?
¿O será que la vanguardia moral que nos informa a diario del horror horadó su coraza de evangélico sionista? «¿Cómo seguir defendiendo a Israel?» preguntó a Shapiro, palabras más, palabras menos.
Más allá de Charlie, el conspiracionista conservador Alex Jones, y Tucker Carlson ya se muestran abiertamente contrarios al régimen sionista.
Su muerte no solo aflige por la pérdida de una vida joven, sino porque no pudimos asistir al ciclo entero de esta metamorfosis. Ese cambio nos habría anticipado mucho del mundo que vendrá.
Alguna vez dijo Kirk: «Cuando la gente deja de hablar, surge la violencia, es cuando se produce una guerra civil, porque se empieza a pensar que el otro bando es muy perverso y se pierde su humanidad».
Hoy esas palabras resuenan proféticas.
Charlie Kirk empezó como millonario y superficial influencer y, tomado por la realidad, acabó como un polemista que respondió a una de las pocas tradiciones liberales que, ejercidas aún con nobleza, dan como resultado un producto genuino: el uso honesto de la palabra y su consecuente acción sobre la propia realidad.
Si hay algo que nadie puede negar es que, por la disposición del acto y el ritual, lo asesinaron para callarlo.
Respecto al asesino:

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