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ACERCA DE LA MINISERIE «ADOLESCENCIA»: El fracaso de un mirada adulta

Vi esta aclamada miniserie y no me gustó. Me quedé con las ganas de entender la mente y sentimientos de Jamie, el adolescente que asesina a cuchilladas a una compañera de colegio. Una miniserie de cuatro capítulos interesante por su objeto y propósito pero fallida en su realización más allá de su virtuosísimo técnico . Hasta el punto de que en el cuarto y último capítulo uno puede compartir el dolor y desasosiego de los padres del encarcelado Jamie pero también permanecer en ascuas (por no decir, en bolas) acerca de los sentimientos y motivaciones de su desgraciado hijo.

Cuando viví en Barcelona en tiempos de la dictadura, me aficioné a la lectura de El País y de sus columnistas, entre ellos del vasco Fernando Savater, de talante claramente libertario y alejado de los abertzales, a los que considera poco menos que ultramontanos. Poco a poco Savater (como le paso a otros columnistas de excelente prosa, como Rosa Montero) fueron adocenándose, plegándose a una socialdemocracia que a su vez fue tempranamente (¿recuerdan aquello de OTAN, de entrada NO?) adecuándose a lo que unos pocos años después se visibilizaría como el consenso de Washington. Por lo que, así como en 1982 participé de la victoriosa campaña que aupó a Felipe «Isidoro» González a la Presidencia desde el Diario de Barcelona, le tomé tirria al observar desde Argentina su involución hasta convencerme  de que entonces fui un pánfilo y darle la razón a Nicolás Redondo, el sindicalista vasco que le había cedido la dirección del PSOE en el congreso de Suresnes, para terminar reconociendo mucho después que ya entonces González y su socio Alfonso Guerra –también sevillano– habían llegado antes a un acuerdo no sólo con el alemán Willy Brandt (lo que todos sabíamos) , sino también con la CIA norteamericana.

Todo este largo circunloquio viene a cuento de que mis prejuicios sobre la figura de Fernando Savater, sus puros  cubanos y equinos purasangre, se habían trasladado mecánicamente a su hijo Amado. Pero tuve la suerte de que una sagaz amiga española, Milde Poncelas, me desasnara, pidiéndome que leyera al vástago y olvidara al padre. Así lo hice y di con esta excelente artículo en el que coincido en todo excepto –tal como me sucede con Bifo Berardi– con sus apelaciones a la deserción. Y es que de este lado del Atlántico toda deserción es dejarle las manos libres a quienes nos entregan, los enemigos de todo lo bueno.

‘Adolescencia’: el fracaso de la mirada adulta

POR AMADOR FERNÁNDEZ SAVATER /  LOBO SUELTO! 

¿Por qué se llama ‘Adolescencia’ cuando retrata fundamentalmente a los adultos? Son ellos los que actúan, los que preguntan, los que hablan. La serie es un espejo del espejo. Los adultos miran a los jóvenes y nosotros les miramos a ellos. ¿Qué podemos ver? Fundamentalmente, la incapacidad para entender. El fracaso de la mirada adulta.

¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.

Sin escuchar y entender no es posible cuidar. La serie nos deja desazón y desasosiego al acabar porque nos pone frente a nuestra radical impotencia ante el mal.

Las instituciones adultas

En el primer capítulo vemos desplegarse la maquinaria penal. ¿Qué se nos muestra? La brutalidad policial en la detención de Jamie, el adolescente acusado de homicidio, la humillación a que es sometido en comisaría (la escena del cacheo), la frialdad y la distancia en el trato, la protocolización burocrática obligatoria de todos los comportamientos.

La maquinaria penal no busca entender, sino apresar, acusar, hacer confesar. La verdad que importa aquí no es la verdad humana o subjetiva (“todo lo que diga podrá ser usado en su contra”), sino la verdad penal, la verdad de los hechos, la verdad objetiva. Esa verdad fría exige la frialdad en los procedimientos, el lenguaje del desprecio y la deshumanización.

La maquinaria penal no está diseñada para comprender, se nos dirá, sino para averiguar y juzgar la verdad de los hechos. Asumamos que sea así, aunque eso vacíe la palabra “reinserción”, pero ¿dónde se comprende entonces? ¿Qué institución trata de entender algo para transformar y conjurar el mal? ¿Será tal vez la Escuela?

En el segundo capítulo la policía se acerca al instituto de Jamie buscando pruebas. La serie nos muestra la Escuela como un espacio completamente desbordado: los profesores corren de un sitio para otro apagando fuegos, apercibiendo a los chicos, tratando de articular algo.  Demasiadas urgencias que resolver, demasiadas demandas que atender, demasiada velocidad, demasiada complejidad.

Saturación, piloto automático, huida hacia adelante. Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, sin espacios comunes donde conversar y elaborar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero tampoco entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible para ella. La directora jamás escuchó la palabra ‘incel’.

¿Y la familia? El último capítulo de la serie se adentra en el ámbito familiar de Jamie. El chico se volvió un extraño para sus padres y su hermana, encerrado en los círculos concéntricos del cuarto y la pantalla. Antes, los padres podían tal vez sentarse a ver la tele con sus hijos y conversar sobre lo que veían. Ahora es imposible. No sólo porque los chicos reciban a solas las imágenes, sino porque desconocen sus códigos de significado. Ni saben lo que ven, ni son capaces de entenderlo.

El desencuentro es radical. Capítulo a capítulo, asistimos al fracaso de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Ni saben, ni pueden, ni quieren. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero al hacerlo sólo agravan el caos.

El comentado plano-secuencia en el que se desenvuelve la serie, ¿no es el procedimiento idóneo para hacernos sentir el bucle ensimismado de la vida adulta? Sin cortes o interrupciones, sin aperturas o pasarelas hacia afuera, las estructuras adultas se han convertido en verdaderos callejones sin salida.

Explicar sin escuchar

¿Qué es lo que las instituciones adultas rechazan escuchar? A las personas singulares y concretas, a cada uno y a cada cual. Son espacios sin sujeto. Los sujetos, en ellas, se vuelven objetos: de vigilancia y castigo, de cálculo y control, de extracción de datos y saber.

El tercer capítulo nos muestra un largo interrogatorio psicológico a Jamie. La psicóloga parece humana, en contraste con el frío burocrático y distante que reina en el centro carcelario de menores. Tal vez tiene buenas intenciones, ganas de empatizar y escuchar, pero identificada con su función y su trabajo, elaborar un informe psicológico exprés para la maquinaria penal, su conversación se convierte en interrogatorio inquisitorial.

Freud inventó la relación analítica como un espacio donde el sujeto podía escucharse a sí mismo, entender algo por sí mismo y cambiarse a sí mismo. La relación analítica, mediada por un afecto de confianza, es una forma de encuentro y conversación. La psicóloga traiciona todo eso. La psicología en general traiciona todo eso cuando se pone el servicio del poder (sanitario, social, educativo) y no del sujeto.

La psicóloga necesita construir un relato. Pregunta desde ahí, escucha desde ahí, conversa desde ahí. No acompaña a Jamie a entenderse a sí mismo, desde sus propias palabras, con el tiempo que necesite, sino que pretende encajarle en un molde. Jamie se resiste con evasivas y gestos airados a las preguntas trucadas, al paripé de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado.

Los adultos se quedan perplejos en la serie cuando las adolescencias no colaboran con ellos, cuando se encolerizan, cuando se rebelan. Están tan seguros de sí mismos, tan seguros de lo que hacen, tan seguros de que representan el bien… Se dirigen a los chicos como si fuesen inferiores, como si fuesen ganado, como si fuesen monstruos, y se sorprenden cuando los monstruos les muerden.

Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos. Los estereotipos pre-suponen y pre-juzgan: no hay nada singular que percibir o atender, lo podemos saber todo de antemano, a priori. Así se cancela lo más humano: lo contradictorio, lo complejo, lo impuro, lo imprevisto.

La serie intenta desafiar algunos de nuestros clichés. Jamie, el supuesto incel, no lleva gafotas ni tiene la cara llena de granos, sino que es un chico muy guapo. El padre no es el abusador de menores ni el maltratador de mujeres que estamos esperando. La familia no fracasa por exceso de crueldad, sino por razones bien distintas. La causalidad es siempre múltiple y, en el límite, un misterio singular a sondear cada vez.

No sólo somos el reflejo pasivo de varios condicionamientos (de raza, género o clase), sino también un sujeto singular, un modo particular de habitar las determinaciones, nuestras marcas de origen. Las categorías sociológicas o identitarias se convierten en pesados estereotipos cuando dejan de ser puntos de partida, términos de referencia, para convertirse en puntos de llegada, explicaciones masivas. Entender no es presuponer, estandarizar, sino escuchar el detalle, algo específico.

Escucha, amor y deserción

Escuchar es una palabra hermosa, pero un camino largo y difícil. Escuchamos, para empezar, sólo si no creemos saberlo ya todo. Si confiamos en que el otro tiene algo para decirnos, algo que no sabemos, algo que queremos o necesitamos saber. Pero los adultos saben, creen que lo saben todo, eso precisamente les constituye como adultos en esta sociedad.

Adam, el hijo del policía que lleva el caso de Jamie, se acerca a su padre. Quiere explicarle algunos códigos del lenguaje de internet que a todas luces el padre desconoce. “No soporto verte patinar así”. El padre se come el orgullo y le escucha.

Es tal vez la escena más importante de la serie, quizá la única donde se rompe el bucle ensimismado en que viven los adultos. Es el chico quien sabe, es el hijo quien tiene algo que enseñarle al padre, son los adolescentes quienes conocen el presente y pueden explicárselo a los adultos.

El policía tiene súbitamente una revelación: no tiene ni idea de quién es su hijo. Le podría pasar exactamente lo mismo que a Jamie, ¿por qué no? También a él le humillan en el colegio, lo ha visto con sus propios ojos. El policía se larga del trabajo y se va con el chico a tomar algo, a conversar, a estar. El amor entre padres e hijos no consiste más que en eso: estar, sin más, regalarse tiempo, acompañarse. Así se escucha, con afecto, en lo informal, sin protocolo.

¿De qué se da cuenta repentinamente el policía? Ni más ni menos que de esto: la inutilidad de la policía para frenar el mal. La maquinaria penal ha sido capaz a lo largo de su historia de castigar algunos malos comportamientos, pero nunca podrá detener el mal. El miedo, el único recurso que tiene a mano, no cambia nada de fondo, no previene, no transforma.

Si queremos escuchar, debemos desertar. Eso nos dice la serie. Desertar de todo lo que nos roba el tiempo del afecto, el tiempo de los vínculos, del compartir sin más objetivos. Desde luego la loca exigencia de productividad 24/7 que se nos ha metido dentro, pero también la posición de superioridad que define la condición adulta. Desertar significa sustraer y preservar toda la humanidad posible.

“Incluso a un paralítico hay que preguntarle: ¿cuál es tu tormento?”, dice Simone Weil. Esa pregunta define para ella un verdadero vínculo de atención. Cuidar, atender al otro, es preguntar, no presuponer. Abrirse a un diálogo y a una respuesta inesperada, no prejuzgar. Arriesgarse al encuentro, no ponerse todo el rato por encima del otro. Salir del bucle.

La transmisión inter-generacional no es una carrera de relevos entre padres e hijos, sino un encuentro. En toda la serie nadie habla realmente con Jamie. Nadie se dirige a él como sujeto. Nadie le pregunta cuál es tu tormento. Nadie le presta verdadera atención. 

El gobierno de Reino Unido ha anunciado que difundirá la serie gratuitamente en los institutos de todo el país. Me parece una gran iniciativa. Hay que mostrar urgentemente la serie, pero no a los adolescentes, sino a los profesores, los padres, los directores. Ponerla en todos los claustros, en todas las AMPAS, en todos los consejos escolares. Conversar sobre el fracaso de la mirada adulta, empezar la deserción.

La verdadera catástrofe es que todo siga igual.  

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4 comentarios

  1. Solo un comentario.

    Me causa gracia este comienzo (y el estilo general del texto):

    “¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.”

    porque Amador Savater tenía en su web http://www.filosofiapirata.net un botón que proponía “Conversamos?” y al hacerle clic te llevaba al formulario email en el que le podías enviar un mensaje. Bien, solo por probar algo que ya imaginaba, le escribí:

    “Qué tal Amador. ¿Puedo enviarte unos apuntes?”

    A lo que contestó:

    “Hola Ricardo, estoy sin tiempo para nada, perdona, mil tareas y lecturas pendientes!”

    En otras palabras, estos tíos no quieren “conversar”. Quieren que los escuches a ellos.

    Dicho esto, sin duda que es preferible al padre, que es un pelmazo.

    Pero aquí nomás, en la web de Página 12, entre los comentaristas del artículo “¿Qué comprendemos cuando comprendemos, qué aún no?” (https://www.pagina12.com.ar/814551-que-comprendemos-cuando-comprendemos-que-aun-no) que trataba sobre la serie, se han dicho cosas bastante más profundas que las generalidades que plantea Savater, y ya directamente centradas en el tema del patriarcado.

    Transcribo los mensajes entre dos foristas:

    McYugal

    Hará ya como diez años que un par de amigos de casi toda la vida se fueron de mi casa ofendidos por una discusión sobre el tema del patriarcado. Uno ya murió y el otro no ha vuelto a aparecer. Yo no los eché. Solo les señalé, quizá con demasiado énfasis, que su versión del tema era superficial, descuidada, poco seria.

    La hija de uno de ellos había propuesto, en una reunión anterior, criar sus futuros hijos repitiéndoles cada mañana: ¡No matarás mujeres! Otras jóvenes apoyaron su propuesta. A mi me pareció delirante y no porque no comprenda que la situación ya lo es. Simplemente, no podía ni puedo imaginar qué sucede en la cabeza de un niño de 4 o 5 años que recibe todos los días, gratuitamente, semejante mensaje.

    En la reunión en mi casa estos amigos, sin llegar a proponer literalmente lo que proponía la joven, sostenían soluciones parecidas. Como digo, alternativas que sobrevuelan el problema sin atreverse a nunca entrar en él.

    Puse como ejemplo de la profundidad del problema, que excede ampliamente el capitalismo, los relatos del Padre Gusinde sobre los Selk’nam —en El mundo espiritual de los Selk’nam—, ejemplificados por el Klóketen, una celebración periódica y ancestral, y un espacio construido a tal efecto, de iniciación de los adolescentes. Las mujeres tenían prohibido entrar o siquiera acercarse al recinto del Klóketen, exclusivo para varones, e, incluso, hablar de él.

    Creo que es en uno de sus libros que se haya [mal, es halla] el caso de un varón que, ante una pregunta de su mujer referida a la celebración, sin mediar palabra, la deja inconsciente de un palazo en la cabeza y continúa con lo suyo. Hay muchos otros ejemplos de parcialidad masculina en dicha etnia —y en muchísimas otras— que no es necesario detallar.

    Pero lo particular de los Selknam u Onas es que los vestigios arqueológicos más antiguos en Tierra del Fuego tienen entre 10,000 y 11,000 años, lo que sugiere que los primeros habitantes llegaron cuando aún existía una conexión terrestre o poco después de su ruptura. Esto significa que pudieron haber cruzado antes de que el estrecho estuviera completamente inundado. Y por tratarse de una tribu que no construía canoas —que no navegaba— estuvieron sin contacto la mayor parte de su existencia. El primer contacto registrado con los europeos fue el protagonizado por Pedro Sarmiento de Gamboa en 1580.

    En consecuencia, su “machismo” era completamente original y no el resultado de influencias.

    Aquí fallan, pues, tanto las explicaciones psicológicas como las sociológicas. ¿Qué nos queda, entonces? La antropología. Pero la antropología está contaminada, como aquellas, por la urgencia de la explicabilidad inmediata y renuncia por principio al misterio de lo viviente.

    Solo resta, entonces, el análisis existencial. Pero el análisis existencial —el llevado a cabo, por ejemplo, por Heidegger en Ser y Tiempo— es tildado de antemano de idealista y metafísico.

    Sin embargo, es la única “herramienta” disponible para abordar un tema de tal calado.

    AndresP12

    “Puse como ejemplo de la profundidad del problema, que excede ampliamente el capitalismo, los relatos del Padre Gusinde sobre los Selk’nam —en El mundo espiritual de los Selk’nam—, ejemplificados por el Klóketen, una celebración periódica y ancestral, y un espacio construido a tal efecto, de iniciación de los adolescentes. Las mujeres tenían prohibido entrar o siquiera acercarse al recinto del Klóketen, exclusivo para varones, e, incluso, hablar de él.”

    Quizás esa iniciación y esa segregación es un ritual que prepara a los hombres de la tribu para enfrentar peligros físicos que pueden exterminar a la tribu, por ejemplo ataques de otras tribus o de animales salvajes.

    Guste o no, la musculatura está inclinada hacia la masculinidad y es necesaria para matar a quien viene a matarte.

    McYugal

    Correcto. Esa sería la explicación antropológica del asunto. Es relevante, pero no es el fondo de la cuestión. Porque exacerbar las características de la masculinidad como forma de autodefensa —algo que han hecho y hacen todas las culturas— no debería suponer la discriminación de la mujer.

    La cultura, los componentes simbólicos de una comunidad, sin duda tienen mucho que ver, pero que hay algo que está más allá de la “cultura” lo manifiesta la generalización de esta circunstancia, el que tantas culturas ancestrales —aun con matices y variantes— manifiesten un sesgo en el mismo sentido.

    Hay algo, pues, que no es inmediatamente accesible, que excede la capacidad de la mirada cosificadora, que se oculta, y que exige otro abordaje porque escapa a la transparencia exigida por la ciencia, la de la continuidad de los nexos causales.

    Aquí no hay continuidad sino discontinuidad, porque, nuevamente, ¿qué tiene que ver exacerbar las características de la masculinidad con la discriminación de la mujer? ¿Combatir lo femenino en el hombre? Nunca hubo mejores luchadores que la de esos hombres femeninos que combatían en pareja entre los espartanos.

    AndresP12

    Porque exacerbar las características de la masculinidad como forma de autodefensa —algo que han hecho y hacen todas las culturas— no debería suponer la discriminación de la mujer.

    Depende qué entendemos por «discriminación».

    hay algo que está más allá de la “cultura” lo manifiesta la generalización de esta circunstancia, el que tantas culturas ancestrales —aun con matices y variantes— manifiesten un sesgo en el mismo sentido.

    El sesgo se asienta en la pura y dura realidad de que la fuerza bruta tiene primacía, y generalmente es el hombre quien se impone en ese ámbito.

    Hay algo, pues, que no es inmediatamente accesible, que excede la capacidad de la mirada cosificadora, que se oculta, y que exige otro abordaje porque escapa a la transparencia exigida por la ciencia, la de la continuidad de los nexos causales.

    MIentras eso no implique «sacarle el culo a la jeringa», OK, pero honestamente me suena más a sarasa para negar la realidad «física» descripta más arriba.

    Nunca hubo mejores luchadores que la de esos hombres femeninos que combatían en pareja entre los espartanos.

    Puede ser, pero en el conjunto de los hombres afeminados contemporáneos mis observaciones detectaron más hombres abusados por no ser lo suficientemente «machos» que esa figura histórica griega.

    McYugal

    Sería imposible abrirse a todas la derivaciones del debate, por eso me voy a centrar solo en una: lo físico. Tu referencia a la realidad física la interpreto en el sentido de “la contundencia de los hechos” o “el peso de la realidad”.

    No existe un mundo que no se defina en relación a un ser para quien dicho mundo es un mundo.

    Siempre que hablamos del mundo hablamos del mundo a los ojos del hombre. No es que el hombre “crea” el mundo, al modo del idealismo. Pero no hay más mundo que el que es significativo para el hombre. Nunca sabremos qué gusto tiene la hierba para la vaca. O, como propuso Nagel, ¿qué se siente ser un murciélago?

    Lo físico se vuelve físico en el hombre, no fuera de él. “Físico” es una determinación humana. Un concepto que tiene su historia y que no nació con el sentido que luego se le atribuyó. Cuando hablas de lo físico en la actualidad, hablas de una atribución, de una convención, de un acuerdo, de una delimitación que es histórica y supuestamente incluye algunas cosas y deja afuera otras.

    Una roca es algo “físico”. Tiene consistencia, dureza, persistencia, todos los atributos de lo físico. Pero una roca llega a ser porque el hombre se abre a su presencia. Sin esta apertura la roca sería solo un signo de pregunta, una posibilidad, como el sabor del pasto para la vaca.

    Si el argumento de lo físico sufre este grado de desinflación apenas se lo analiza, bien pueden los argumentos no físicos de la femineidad inflacionarse.

    No se trata simplemente de que si no hubiera algo femenino no habría algo masculino o de que todo hombre nace de una mujer.

    Se trata de que sin la mirada femenina no habría mundo posible. Se trata de que no todo, por suerte, pasa por la defensa y el ataque sino, más bien, al revés: por la comprensión y el cuidado. Y pasa también porque los hombres puramente hombres y las mujeres puramente mujeres, no existen.

  2. Aprecio mucho tu aporte. Leí con atención tus comentarios y los ajenos, incluyendo la nota de la psicoanalista Lila Feldman. Debería reelerlos para avanzar en este tema pero pienso que ya soy un hombre mayor, formateado para que me gusten las mujeres que no sean para nada estereotipos pero que tampoco compitan para adquirir características marcadamente masculinas. Ahora bien, el intento de comprender no logra que permeen en mi cerebro términos como «niñeces» (¿por qué no «la niñez» o, si se quiere abarcar más sus diversidades «les niñes»?) que me parecen tan inútiles como rizar un rizo ; me dejan en ascuas frases como » en un yo en el que sedimentarán identificaciones, solx.» ¿Cómo traducir esta ultima palabra, que significa, qué quiere decir? y estoy en desacuerdo con consideraciones como que «nunca hubo mejores luchadores que la de esos hombres femeninos que combatían en pareja entre los espartanos». No me parece que a los bravos luchadores de las Termópilas, por más homosexuales que fueran, se los pueda calificar de «afeminados» pues al hacerlo se me vacía el adjetivo y no entiendo que es lo que entiende por afeminado quien escribe.

  3. El artículo de Savater deja ver que, contra la opinión de Salinas, la serie es excelente y es un muestrario cabal y exhaustivo del fracaso de la «mirada adulta». Nos muestra cómo son las cosas, no como deberían ser. Y a Salinas no le gusta cómo son las cosas…

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