SÓTANOS & FILTRACIONES. Santiago 0’Donnell, Assange y el futuro del periodismo
El objetivo del mejor periodismo es revelar y hacer público lo que el Poder quiere mantener en secreto, lejos del escrutinio de los ciudadanos de a pie. Es por ello que Santiago 0’Donnell, que acaba de publicar un nuevo libro, Filtraciones (y antes, entre otros libros, Politileaks y Argenleaks) considera a Julian Assange un prócer del periodismo y las filtraciones la mayor arma que puede garantizar el futuro de nuestro oficio.
O’Donnell es un periodista atípico. Luego de sus inicios en el Buenos Aires Herald, trabajó en dos grandes diarios de los Estados Unidos, Los Ángeles Times y el Washington Post, lo que le dejó una impronta que siempre procuró conservar. Hijo del politólogo Guillermo y hermano de la también periodista María o’Donnell, es desde hace muchos años el jefe de noticias internacionales de Página/12. Tiene además un blog personal, santiagoodonnell.blogspot.com.ar. y dirige un sitio web, Filtraleaks.com, dedicado a la difusión de filtraciones, a las que considera el último baluarte del periodismo.
Nos conocimos en 1997, cuando inesperadamente quedamos prácticamente solos en Pinamar investigando el asesinato de José Luis Cabezas, luego de casi todos los periodistas se marcharan en estampida a Dolores para seguir la falsa pista distractiva de «Pepita la pistolera».
Santiago trabajaba entonces para La Nación y yo había sido enviado por la presidencia de la agencia Télam. Rápidamente entendimos que éramos complementarios: él estaba a pata y yo tenía un Ford Falcon. Télam entonces dependía de la Presidencia de la Nación, es decir de Carlos Menem, y una placa sobre el salpicadero lo hacía saber, por lo que todos los policías me hacían la venia. Sin embargo, yo no podía publicar muchas cosas porque el principal sospechoso de haber instigado el crimen, Alfredo Yabrán, era íntimo de los Menem. En cambio, los jefes de Santiago publicaban todo lo que les enviaba.
Así fue como, entre otras cosas, ubicamos a uno de los asesinos materiales, el policía Sergio Camaratta, y lo sometimos a un breve pero muy revelador interrogatorio.
Considero a Santiago, en tanto periodista casi gringo (como yo lo soy casi español), lo que en EEUU se llama un «liberal», es decir un demócrata progresista clásico. Es público que tenemos grandes diferencias en la manera en que juzgamos a algunos gobiernos –por ejemplo, los de la Cuba de Fidel y la Venezuela de Chávez– pero aun así aprecio su honestidad y la calidad de su trabajo, materializado en varios libros.
Ese aprecio hizo que lo llamara para manifestar mi desacuerdo por ejemplo cuando recientemente se plegó a una investigación internacional que descubrió ¡Chocolate por la noticia! que la Rusia de Putin habría distribuido unos pocos dineros para conseguir que algunos periodistas hablaran bien de ellos, a mi juicio algo nimio frente a la ingente cantidad de recursos empleados en prostituir medios y periodistas por el imperialismo y el sionismo. (Por cierto, quien todo indica que fungió de espía ruso fue el extorsionador Daniel Santoro, Premio Rey (emético) de España y principal operador judicial del Grupo Clarín, pero casi nadie escribió ni escribe sobre ello).
Pero nuestras diferencias son minucias, zarandajas, frente a mi respeto y admiración por el hecho incontrovertible de que Santiago ha sido y es el periodista que (al menos en lengua castellana) mejor ha entendido la importancia de defender a Julian Assange como colega ante los embates de la CIA, que no le perdona haber revelado, entre otros pecados nefandos, el carácter criminal y genocida de las intervenciones estadounideses en el Cercano Oriente.
Otra fuerte coincidencia con él es que ambos sostuvimos desde un primer momento (yo llegue a escribir un libro sobre ello) que Nisman se había suicidado, y que para colmo el suyo fue un suicidio de manual, incontrovertible, que solo la ex ministra de Seguridad Patricia Bullshit se animó a controvenir en base a una pseudopericia hecha por unos gendarmes tan incompetentes como obedientes que construyeron una mala réplica del baño en que se ultimó el hipercorrupto fiscal en el atrio del Edificio Centinela para luego asegurar que al menos dos sicarios lo habían primero drogado y luego golpeado y asesinado.
El caso Assange ha sido y es crucial, para el destino de nuestro oficio. Por eso sigo y secundo a Santiago en todo lo que ha hecho y hace en este tema . A riesgo de ser reiterativo: considero esencial la lucha de ambos para el futuro de nuestro oficio.

Santiago ha publicado un nuevo libro, Filtraciones, en colaboración con Mariano Melamed (que ya lo había secundado en Derechos Humanos. La historia del Cels) que sirvió como disparador de la entrevista que le hicieron los jóvenes periodistas rosarinos de Cabaret Voltaire (Tomás Trape y Mauricio Vera), sitio que me ha recomendado insistentemente desde Berlín Gabo Konrreich.
Escuché atentamente la entrevista y me pareció especialmente relevante que Santiago volviera a destacar lo orwelliano de la que acaso haya sido la más medulosa de las revelaciones hechas por Assange, esto es la existencia en Estados Unidos de un tribunal secreto (una «Corte Suprema» llega a decir para subrayar su autonomía y falta de control) que juzga sin posibilidad de apelación a quienes considera enemigos extranjeros y puede condenarlos sin que nadie se entere.
Algo que, pensándolo bien, ya no me sorprende tanto puesto que a partir del 11-S y el derribo de las Torres Gemelas, el gobierno de EEUU secuestró, torturó y virtualmente desapareció a muchas personas, principalmente hombres árabes sospechosos de terrorismo, tema que abordé en mi libro Narcos, Banqueros y criminales.

Al amparo de la Ley de Vigilancia de la Inteligencia Extranjera (FISA, Foreign Intelligence Surveillance Act ) se constituyó, tal como reveló Assange, un tribunal secreto que en los hechos se autoadjudicó muchas más atribuciones que las que tenía originalmente: recopilar información de inteligencia y efectuar operaciones de contrainteligencia dentro del país (para lo que ya estaba el FBI).
La muy controvertida sección 702 de dicha ley se autorizó al FBI y a NSA a interceptar las comunicaciones electrónicas de cualquier ciudadano extranjero tanto dentro como fuera de los Estados Unidos sin necesidad de una orden judicial (ver aquí y aquí) . Assange pudo demostrar en base a filtraciones que ese espionaje secreto se extendió a mandatarios de países aliados, diplomáticos y personas comunes por meras sospechas (lo que se llama en la jerga realizar «excursiones de pesca») (ver aquí y aquí).
Este espionaje, denunciado como ilegal por la Unión Americana por las Libertades Civiles (ACLU) y otras organizaciones defensoras de los Derechos Humanos no sólo se centraba en extranjeros: también en periodistas, activistas y comunidades de los Estados Unidos. Films tan antiguos como La Conversación (1974), de Francis Cóppola y Los tres días del Cóndor (1975) de Sidney Pollack, queda claro, fueron proféticos.
La entrevista a Santiago me parece muy recomendable pese a algún furcio menor (como la confusión entre Hafez al Assad y su hijo Basahr, o entre Jeff Bezos y Elon Musk) propio de las personas de nuestra edad) y a pesar también de su mirada poco crítica sobre las democracias republicanas de matriz yanqui.
Santiago se refirió, por ejemplo, a la mayor filtración de documentos de los servicios de inteligencia de los Estados Unidos conocida como Vault 7. También al muy poco mentado GCHQ (Government Communications Headquarters; Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno británico ), homólogo a la NSA yanqui y a como todas nuestras comunicaciones electrónicas, absolutamente todas nuestras interacciones a través de internet convergen y pasan por Estados Unidos.
Santiago se refirió a Edward Snowden pero no lo puso en el mismo plano que Assange. Por paradójico que pueda parecer teniendo en cuenta su obligada residencia de Snowden en la denostada Rusia, lo consideró un patriota estadounidense cuyas motivaciones fueron evitar que su amada nación se hundiera en el fango.
Me sorprendió cuando dijo que el ex agente de la CIA Frank Holder le había provisto a Natalio Alberto Nisman el Audi que utilizaba. Tenía para mi que ese automóvil peretenecía a una sociedad integrada por Eugenio «Pipo» Ecke, ex director del Grupo Exxel que tenía baso la lupa a Alfredo Yabrám y que, presumo, también trabajaba para la CIA como su jefe, el uruguayo Juan Navarro. No había relacionado a Holder con Ecke.
YAPAS: 1) Santiago habla del episodio de Lago Escondido con Rolando Graña: https://x.com/santiodonnell/status/2097756202793091568/video/1 ; 2) y recomendado por el propio Santiago, la historia de su relación con Julian Assange.
