REFLEXIONES MEDULOSAS: El gobierno del miedo y la pandemia de estulticia
Vulgo pelotudez. Vengo de tomar un café con Osvaldo, un amigo entrañable con el compartimos el temor de estar volviéndonos cada vez menos inteligentes, entre otros motivos porque cada vez delegamos más nuestra memoria a los dispositivos electrónicos, compus, smartphones y nubes. El llevaba consigo un ejemplar de Moisés y la religión monoteísta y yo un libro mio escrito hace más de dos décadas que le regalé diciéndole que a veces me creo incapaz de volver a escribir algo de esa calidad (sea la que fuere). Antes, él había recordado un comentario mio sobre la película Ideocracy de hace, también, dos décadas atrás. Por que hace tiempo habíamos recordado esta premonitoria pelicula y cavilado sobre la estulticia creciente que venimos detectando. En un momento él se fue al baño y yo abrí su libro en la parte en que Freud conjetura que Moisés era un noble egipcio ¡Que calidad la de su escritura! Recordé la prosa eximia de Trotsky y cuando mi amigo regresó nos preguntamos si las redes sociales y la IA están aplanando notoriamente las mentes, como parece probarlo la existencia de presidentes de las cataduras de Milei y Trump.

De vuelta a casa, me pongo a leer esta nota de otro gran amigo que, justo, qué casualidad, aborda este mismo tema, por suerte con mucha mayor profundidad. Me digo que todo tiene que ver con todo. Y recuerdo a mi amado Luis Alberto Spinetta cuando zahería a los necios del público que no se cansaban de pedirle a gritos que cantara Muchacha ojos de papel: «Tengan cuidado que en un ratito pasa el bobero».
La estupidez contemporánea

El sistema que controla la realidad política y social necesita al estúpido, así como el mercado necesita que la libertad individual se confunda con el acto del consumo. La estupidez que rige el capitalismo destruye fuerzas productivas, atacando capacidad industrial en decenas de países, en función de juegos especulativos. En el escenario de la crisis de 1929, solo el 3% de los estadounidenses estaba vinculado con la especulación bursátil. Ahora es superior al 60%. Y la crisis “in progress” ya no es solamente financiera, sino también energética, alimentaria, psicológica, ambiental.
POR ÁNGEL BECCASINO / LE MONDE DIPLOMATIQUE
En la Convención Republicana de Dallas (8-9-26), Trump anuncia que comprará votos. Promete 5.000 dólares a cada adulto estadounidense si sus votos permiten a los republicanos retener el control del Congreso en las elecciones de noviembre. ¿Seducirá la oferta a un país que suma millones de familias viviendo en la pobreza, y en el que la inflación está desbocada desde que el gobierno decidió atacar a Irán? Como un adelanto de posible respuesta, los asistentes a la Convención chillan y aplauden gritando “U.S.A!, U.S.A!”, y lanzan ovaciones cuando Trump les promete seguir bombardeando Irán.
Toda elección nos pone delante una foto de la sociedad, una radiografía política-ideológica de un momento dado. En la radiografía actual, el éxito de personajes como Trump, Bolsonaro, Milei, Kast, muestra una sociedad liderada por una identidad política que tiene como denominador común la exclusión violenta de todo aquel que piense diferente. Y también tiene en común algo que Umberto Eco desarrolló en una entrevista que publicó el diario turinés La Stampa, en junio de 2015, que “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Lo redondeó alguna vez el escritor de ciencia ficción Harlan Ellison: “Los dos elementos más comunes en el universo son el hidrógeno y la estupidez.”
“El cibercapitalismo aumenta su control gracias a la guerra neocortical, cuya capacidad para anular la conciencia y la reflexión eleva el grado de sumisión y acrecienta el socialconformismo”, comenta Marcos Roitman Rosenmann, en La democracia, una práctica política venida a menos. Y Arturo Pérez Reverte, sintonizado con aquello que observó el historiador económico Carlo Mario Cipolla, de que la estupidez no se corrige ni con la experiencia, ni con estudios, ni tampoco desaparece con el tiempo, por lo cual “la persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe”, aporta: “Yo pensaba cuando era jovencito que lo peor eran los malvados. No. Con el tiempo, la edad, la comprensión de causa-efecto, te das cuenta que lo peor son los tontos. El mayor mal del mundo son los idiotas, que son fácil presa para los malvados. Tú juntas un malvado con cien tontos y tienes 101 malvados. Dando un click en “salvar a las focas” sientes que ya no estás solo, formas parte de un conjunto, de un territorio moral en el cual te sientes arropado y te sientes importante. Es que es muy fácil para un tonto sentirse importante. Las redes sociales te lo facilitan.”
Encerrado en una celda de la Alemania nazi, poco tiempo antes de ser ejecutado por ese régimen el 9 de abril de 1945, el teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer reflexionó sobre la imbecilidad de la sociedad de su tiempo, una característica que identificó como más peligrosa que la maldad. Porque la persona estúpida se siente tan segura de sí misma, que con ella no tienen ningún efecto ni los argumentos lógicos ni los hechos objetivos. Heredero de aquella observación, al igual que Pérez Reverte, Cipolla exploró el controvertido tema de la estupidez en un ensayo breve de 1988, titulado Allegro ma non troppo, observando a los estúpidos como un peligro mayor que la mafia o el complejo industrial-militar. Sus conclusiones aplican a la perfección y en múltiples sentidos a un momento en que, como parte de la normalidad, algunos gobernantes conjugan mafia, negocios militares y estupidez, seguros de que la historia los acariciará por haber arrojado toneladas de bombas sobre niños, al tiempo que un ministro israelí celebrado en su patria, aboga por asesinar cada noche 30 o 40 habitantes de Gaza. Y, en la vida cotidiana social, como muestra del poder adquisitivo, en una subasta alguien paga 3,35 millones de dólares por un balón que, como valor añadido, carga el haber sido aquel del gol hecho con la “mano de Dios” encarnada en Maradona, o alguna cifra más o menos similar por los calzones que usó una cantante, mientras miles se arrastran por una limosna en las calles y el hambre grita en el cuerpo de cientos de millones.

La gama de la estupidez contemporánea supera la de todos los tiempos, incluidos en ellos personajes como Calígula o los ideólogos nazis que creyeron ser parte de una raza superior, como la creen hoy los sionistas que llevan adelante el genocidio de palestinos. Estúpido es quien no aprende de lo que ha sufrido, como lo es quien repite errores porque es incapaz de autocrítica, y entonces siempre cree estar en lo correcto. Estúpido es el gobernante que, ante una devastadora tragedia, impide ayuda humanitaria por consideraciones ideológicas. Estúpido es quien no evalúa el efecto de sus decisiones más allá, o no, de lo inmediato. Estúpido es el que en una pandemia difunde consejos falsos, o llama a tener conductas perjudiciales para la salud, como Donald Trump. Estúpidos son quienes promueven discursos negacionistas sobre evidencias históricas, verdades objetivas y consensuadas, el caso de la negación de la tortura y el asesinato de miles de personas en Argentina y Chile por sus actuales gobernantes, aunque su estupidez opere desde el cinismo oportunista que implicaría una funcionalidad.
Estúpidos son quienes se llenaron de temores cuando en mayo del año anterior en el manga japonés El futuro que vi, un vidente, maestro de feng shui, predijo una catástrofe: el 5 de julio se abrirá una grieta bajo el lecho marino entre Japón y Filipinas, cuya consecuencia serán olas tres veces más altas que las que siguieron al terremoto de Tohoku en 2001. Y acto seguido se disparó esa versión de la estupidez que es la superstición, produciendo una crisis en la industria japonesa del turismo: los visitantes desde Hong Kong, Korea y otros países asiáticos se redujeron a la mitad. Porque el algoritmo refleja, y multiplica la reproducción de aquello de lo que más gente está hablando, construyendo certezas por repetición de una versión. En otras palabras, operando una vez más esa ley de la comunicación con intención persuasiva que dice que la clave para el logro del objetivo no es otra que el mensaje más su frecuencia de exposición. Lo cual tiene como segunda versión aquello de que la mentira repetida muchas veces termina siendo percibida como incuestionable verdad. Que es lo que ocurre con las versiones generadas por sectas paranoicas como la norteamericana Qanon que veían pederastas y niños en el sótano de una pizzería, o con aquellos que movidos por sus cámaras de eco, como una jauría de estúpidos tomaron el capitolio de Washington reclamando por unas elecciones que perdió Trump, como los brasileros que intentaron tomarse Planalto en Brasilia cuando ganó Lula. Estúpidos que se hacían selfies destrozando lo que encontraba a su paso, como turistas encandilados con lo que están haciendo, y colgaban las imágenes en tiempo real para que todos sepan que han sido ellos.

El gran problema es que cuando se intenta convencer al estúpido de su error, este se atrinchera en su estupidez como si fuera su mayor valor. Así como ocurre cuando se le ridiculiza detonando su resentimiento. Ni la razón, ni la exposición de los hechos, ninguna evidencia sirve para convencer a quien vive en la repetición del relato afín a sus creencias.
El algoritmo depredador de la singularidad
—“Así como un cordón umbilical satisface las necesidades de un feto antes de que pueda comunicarlas, las plataformas tecnológicas se esmeran para asociar nuestros deseos antes de que los hayamos expresado”. Mark Andrejevic, Automated Media.
Así como Google y Wikipedia hicieron desaparecer las enciclopedias, cuando se masificó el uso de smartphones o teléfonos móviles “inteligentes, la posibilidad práctica que ofrecían condujo a la delegación de una amplia gama de funciones cerebrales. Y llegó el confortable sometimiento al algoritmo decidiendo qué deseamos, qué nos interesa, cómo movernos por la ciudad, adónde ir a comprar algo, cuál restaurante elegir para comer, qué modelo de cualquier cosa escoger. Una suerte de vida en piloto automático, siguiendo Google maps.
Si el humano evolucionó por siglos poco a poco, y la sociedad otro tanto a través de la cultura y sus lentos ritmos, con la evolución de la tecnología y sus usos todo se aceleró, y la vida se fue “algoritmizando” velozmente. Respondiendo a las órdenes del algoritmo, y no a la realidad “natural” del mundo, se eliminaron diferencias unificándose mercados, generándose tendencias que estandarizan conductas, y se avanzó en la intervención sobre la biología eliminando particularidades para optimizar la explotación de seres vivos como fuentes de proteína. De orientarnos por nuestro sentido de ubicación y conocimiento del territorio, estando atentos a lo que ocurría a nuestro alrededor, pasamos a movernos obedeciendo al GPS y dejando atrás nuestro vínculo cerebral con la calle. Al igual que los niños delegando la función de sumar 2+2 en una calculadora o una tablet, nos entregamos a la facilidad que proporciona una máquina, y eso mismo ocurrió con nuestra forma de conectar con la información como búsqueda de conocimiento. Información cuyo flujo enorme pasó a ser una parte más del entretenimiento, y por tanto dejó de producir el efecto de atención, reflexión, conciencia que en otros tiempos producía.
No más que dos o tres décadas antes del presente, hablar de “algoritmo” era hablar de matemáticas. Hoy es hablar de tendencias, de conductas, de reacciones sobre lo que nos ocurre, sobre lo que nos interesa. El algoritmo se ha convertido en quien orienta nuestras vidas, ofreciéndonos la convergencia entre lo que buscamos y lo más popular en las búsquedas como guía. Es decir, el algoritmo nos integra a las corrientes dominantes de cada momento, haciéndonos sentir integrados, “parte” de ellas. El algoritmo nos hace sentir pertenencia, identidad. Y lo hace porque conoce de nosotros lo que nos interesa, los lugares donde estamos y donde planeamos estar, lo que hemos venido comprando, los que repetimos en nuestra escogencia (N. del E.: Acción y efecto de escoger) y a partir de eso nos hace sentirnos parte, encajar en el mundo. Entonces nos pone delante ofertas en función de nuestras preferencias y nivel económico. Y juega con nuestra ansiedad, diciéndonos que hay otros mirando lo que nos están ofreciendo, amenazándonos con perder las oportunidades. Pero, además, nos gestiona dentro de contextos comerciales, porque no solamente cruza oferta con demanda, sino que evalúa disponibilidad de lo que se busca, la ansiedad que tenemos por llegar a tenerlo, la insistencia en la búsqueda, y en función de eso decide la relación, el precio. Por eso a dos personas de igual característica que preguntan en busca de un resultado, la respuesta les sorprende con dos precios diferentes para alcanzarlo.
Hoy que ya nadie lee la letra pequeña y se universaliza el “acepto término y condiciones”, así como el “acepto cookies” para poder acceder a casi cualquier página, se ha logrado instalar la idea de que la política es una idea pasada de moda y que todos los políticos son la misma cosa, sean de derecha o de izquierda, y que, finalmente, lo único que puede salvarnos somos nosotros mismos, cada uno por su cuenta. Y ahí juega el libre mercado, mostrándonos que ya no se trata de la lucha colectiva por el acceso a mayores niveles de igualdad y distribución de la riqueza, sino que todo depende de cada uno, y para muestra, la exhibición de algunos cuantos que, seg{un nos dicen, se han vuelto millonarios con solo proponérselo y ser constantes en lo que se han propuesto.

Refiriéndose a las plataformas digitales que “controlan todos los flujos de información, lo que en una sociedad digitalizada comprende una buena parte de las relaciones sociales”, en su texto La Sociedad Serializada, Edwin Cruz Rodríguez escribió en Desde Abajo, 19 de julio de 2024 que “dado que se trata de información cuantitativa en grandes cantidades y que circula a gran velocidad, las personas quedan sin posibilidad de dotarla de significado para convertirla en conocimiento, como hacían con los mensajes televisivos o radiales. Solo las grandes empresas tecnológicas disponen de los medios para convertir los datos en conocimiento y solo ellas se benefician de ese enorme poder.” El algoritmo cuenta con toda nuestra data, nuestros movimientos físicos por la ciudad, nuestros movimientos de tarjetas de crédito, nuestras repeticiones de compras, la comida que pedimos al domicilio, los espectáculos por los que nos interesamos, lo que miramos en las páginas, la música que escuchamos… Y así como se controla el consumo, se construyen tendencias en momentos electorales, guiando las decisiones del votante, y en general se gestionan las tendencias de opinión, tanto como de emoción política, en dirección al objetivo de proyectos que cuentan con los apoyos que se requieren para hacerlo.
La situación de los humanos (entre otros avances civilizatorios de la estupidez)
Desde hace décadas la estupidez es una política pública, comenzando por la educación, que forma a los niños priorizando la memorización sobre el pensamiento crítico, reflexivo. Es la biopolítica de la ignorancia, de que hablaba Michel Foucault. Es el trabajo del sistema para neutralizar cualquier rebeldía, cualquier motivación en dirección a cuestionar el sistema, de imaginar otra posibilidad. Y es el resultado de la manipulación sistemática de ese miedo que, como sensación, acompaña a la humanidad quizás desde siempre. Porque ese miedo que para Aristóteles era el resultado del diálogo entre las pasiones y las creencias, y que hacía a John Locke decir que es “la emoción más fuerte que la mente pueda sentir”, y por eso nos mueve más que el deseo, es hoy la máxima herramienta de cohesión social, rigiendo las relaciones de desequilibrio entre quienes tienen y quienes necesitan.
Haciendo equilibrio entre el miedo de Hobbes y esa ansiedad masiva ante la pérdida de control, a la que Montesquieu define como el terror, en medio de la desorientación que produce la rapidez con que cambian las cosas en la escena pública, Alexis de Tocqueville centra su mirada en el miedo político, que observa como algo que afecta a la masa produciendo un estado psíquico colectivo al que el individuo se somete. Entonces escribe que “vivimos en una época y en una sociedad democrática en que los individuos, incluso los más grandes, son muy poca cosa”. Y por eso necesitan de la autoridad para superar la angustia del sentimiento de estar solos. Tocqueville, que cree que cuanto más sentido del yo tiene una persona menos propensa es a sufrir ansiedad, ve en la masa el mal, y afirma en Democracy que un pueblo sumido en la desagradable ansiedad y pretendiendo estabilidad y orden con respecto a las cosas, temeroso del posible irrespeto por la propiedad, en suma, se convierte en un pueblo que aplaude la esclavitud, que deja que le quiten su libertad, y que “incluso con frecuencia la entrega él mismo”.
Hay un elemento nuevo en el territorio del miedo, y es la irrupción de un posible apocalipsis tecnológico como consecuencia del desarrollo de la Inteligencia Artificial y la robótica. En los primeros días de septiembre 2026, Evan Hubinger, jefe de seguridad de Anthropic, una de las empresas líderes en el desarrollo de la Inteligencia Artificial, escribe en X: “Creemos sinceramente que la IA podría acabar con la humanidad”. Días después Darío Amodei, CEO de la misma Anthropic, se manifiesta en el sentido de que es necesario frenar el desarrollo de la IA con el fin de evaluar mejor los riesgos derivados de sus crecientes capacidades que le permitirían “controlar toda internet”, esto es, superar la capacidad humana para controlarla. De inmediato recibe el apoyo de Sam Altman, cabeza de su competidora Open AI, y de Elon Musk, al tiempo que el rechazo de Donald Trump y otros de su círculo, entre ellos el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, que argumenta a CNN que si el congreso intenta regular la IA “perderemos la carrera de la Inteligencia Artificial con China”, y eso no se debe permitir que suceda.
En otras palabras y hablando claro, no importa si la IA toma independencia y decide cualquier desastre sobre el mundo, porque la estupidez indica que lo único importante es la carrera de negocios sobre los usos militares de la IA y el potencial para desarrollar mayor poder destructor.
IA a un lado, Craig Gent, en su libro Cyberboss: TheRise of Algorithmic Management and the New Struggle for Control at Work (Cyberjefes: El auge de la gestión algorítmica y la nueva lucha por el control en el trabajo), observa que el problema para los trabajadores, además de la sustitución por robots, fáciles de ser afectados por el polvo y caros de mantener, y por tanto no tan funcionales en la mayoría de trabajos, es ser dirigidos por ellos mediante la gestión algorítmica. Esto es, el reemplazo del gestor humano como autoridad del sistema informático en la supervisión de la productividad de los trabajadores, tal como funciona en las cadenas de comida rápida o en el servicio de taxis. En los centros de trabajo logístico, tipo Amazon, los algoritmos gestionan a los trabajadores tanto como controlan los procesos de transporte de mercaderías: el trabajador interactúa con una pantalla, que organiza los pedidos, así como en la economía colaborativa interactúa con una aplicación. Las computadoras dirigen a los trabajadores optimizando su rentabilidad, al tiempo que los sustituyen. La tecnología reconfigura el trabajo, lo “optimiza” reorganizando procesos, controlando los tiempos del trabajador. Las computadoras no son humanas, por tanto, el trabajador no podrá exigir por su dignidad, pidiendo que sea respetado y, obviamente, esto conduce a implicancias de inhumanidad.
Por otra parte, de igual modo al que opera para intensificar el trabajo, esto es rentabilizarlo al máximo cuantificando la productividad sobre el tiempo, la gestión algorítmica opera también para incrementar el consumo, al tiempo que trabaja a otros niveles. El objetivo es que las mayorías acumulen cosas, en su mayor parte rápidamente desechables, para que unas mínimas minorías acumulen capital. Y hay cuestiones más de fondo, como lo que también ocurre en aquella “superestructura” de la que hablaba Gramsci, cuando en los Estados Unidos de la eugenesia o el supremacismo blanco anglosajón, se viralizan en las redes sociales mensajes publicitarios como el de American Eagle protagonizado por Sydney Sweeney y el slogan “Good Jeans” jugando con la homofonía entre “jeans” y “genes”, ya que la pronunciación de ambas palabras en inglés es muy similar.
La rubia de cuerpo deseable es portadora de buenos genes, decodifica el consumidor. Y así la marca de los “buenos jeans” marca la cultura aspiracional desde la hegemonía de los “buenos genes”. Y esto mientras millones utilizan diversos robots de asistencia sexual y “conversan” con la IA sobre sus vidas, sus deseos, sus traumas, sus fantasías, y en una nueva versión de la transferencia del psicoanálisis, le consultan qué decisiones les conviene tomar para resolver conflictos afectivos, o cómo resolver sus angustias, su depresión.
La economía de la estupidez
En su trabajo sobre el capitalismo y la contracción del sueño reparador en las personas, Jonathan Crary afirma que el tiempo medio dedicado al sueño en el último siglo ha disminuido dos horas: de ocho horas y media a seis y media. Y se pregunta sobre el efecto que el bombardeo de impulsos electrónicos, independiente del contenido, tiene en la mente humana y su capacidad de discriminar lo verdadero y lo falso, lo conveniente y lo inconveniente. Indiferente ante esto, y desde el pragmatismo que requieren sus intereses, el director general de Netflix, Reed Hastings, declara en una entrevista que el principal competidor de su negocio es el sueño. Si la persona duerme, no ve su oferta de entretenimiento. Como parte del deseo de colonizar horas de sueño por parte de las plataformas de streaming y del comercio en general, ante la fragilidad de la atención y la contracción constante del tiempo disponible para dejarse capturar por un estímulo, se observa la priorización de temas como los asesinos en serie, así como del impacto visual y la simplificación en la oferta de contenidos tanto como en la publicidad. Esto es, nuevos ingredientes para la profundización de la estupidez.

En su escrito sobre el Brutalismo Suprematista Libertario, Franco Berardi recuerda a Mc Luhan, que en 1964 escribió aquello de que cuando la comunicación interhumana pasa de la dimensión lenta de la técnica alfabética a la dimensión rápida de la técnica electrónica, el pensamiento se vuelve inadecuado para la crítica y el pensamiento mitológico se restablece. Ahí observa Berardi que, en la mirada libertaria, la empatía “no es compatible con la economía de la supervivencia; de hecho, es autolesiva.” Y escribe que “Mientras que la justicia social se condena como una intrusión aberrante del socialismo de Estado en la libertad de los individuos, la ferocidad competitiva se naturaliza: en la lucha por la vida, aquellos que no están a la altura de la ferocidad merecen morir.”
Entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, que mencionaba Gramsci, se ha vuelto normal aceptar que esta será una generación que vivirá peor que la anterior. Lo contrario a lo que venía sucediendo. Un reciente estudio liderado por el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, y encargado por la presidencia del G-20, que el mundo está atravesando una “emergencia de desigualdad” derivado de la alta concentración de la riqueza por parte de los más privilegiados. La definición de alta desigualdad que hace el Banco Mundial, aplica al 83% de los países, que representan al 90% de la población mundial, mientras que la riqueza de los multimillonarios equivale ya al 16% del PIB global, alcanzando el nivel más alto de la historia. En términos cotidianos, la situación es que, en el año 2025, 2.300 millones de personas se vieron obligadas frecuentemente a no ingerir alimentos, lo que representa 335 millones más que el registro correspondiente al año anterior a la pandemia Covid19.
«Medir la prosperidad en puntos de PIB es tan absurdo como pretender medir la felicidad en metros cuadrados.»
La prosperidad de los países se sigue midiendo a través de un indicador, el Producto Interno Bruto, que cuando sube se considera que la economía ha crecido, que las cosas están funcionando, que todo va de maravillas, en tanto cuando baja se encienden las alarmas. No entran en estas consideraciones los daños ambientales que genera en muchos países el crecimiento de ese PIB, lo que sugiere que medir la prosperidad en puntos de PIB es tan absurdo como pretender medir la felicidad en metros cuadrados. Entonces aparecen voces críticas que piden políticas de decrecimiento, reducir la producción y el consumo, acabar con la obsolescencia programada, deconstruir la lógica comercial-consumista, para con esto solucionar la crisis climática y otros problemas ambientales. Y se propone optar por una economía que contemple límites, aceptando el vivir bien con lo que tenemos, lo que se traduce en el concepto de simplicidad voluntaria, o de sobriedad feliz, de hedonismo alternativo, como alternativa a la búsqueda individual de más ingresos para así poder comprar más cosas.
El éxito del capitalismo que nos muestran los medios de comunicación a través de «alfombras rojas», vestidos largos, yates y mansiones, concursos de belleza y laureles de artistas, deportistas y monarquías, representa a una muy ínfima parte de la humanidad, menos del uno por ciento. Y nos tratan de convencer de que algún día podremos vivir como ese 1% que posee la mayor parte de la riqueza, y por tanto tiene acceso a las posibilidades de multiplicar esa fortuna de tal forma que algunos cuantos de ellos ganan cada día más de mil millones de dólares mientras, gracias a su poder de influencia, o distintas formas de lobby, casi no pagan impuestos. En tanto un trabajador de un país pobre entrega más de un 30, o un 40% de sus ingresos en impuestos directos o indirectos, los grandes millonarios no pagan más de un 3 o un 5%.
La voracidad capitalista que “optimizando costos” ha ido exterminando derechos laborales adquiridos tras largas luchas, que luego ha pasado a atacar al sistema pensional, que le quita a cada país sus recursos naturales, sus “commodities”, su patrimonio público, después de haberle robado los derechos a su pueblo, se ha enseñado como la lógica que debe regir el mundo. La lógica de la voracidad del deseo de lucro, que en su aprobación del egoísmo regente solo habla de crecimiento y progreso en términos de incremento de ese lucro, jamás de inclusión, de incorporar multitudes humanas a la posibilidad de vivir con lo que necesitan, como el camino para que industria y comercio se expandan.
La lógica de economías en que el Estado se sostiene endeudado y reendeudándose, y a su déficit constante debe sumar el creciente pago de intereses en los que se va la calidad de vida de sus ciudadanos. Un modelo evidentemente insostenible, pero que mientras siga implantado nos seguirá convirtiendo, generación tras generación, en aquellos “hombres degradados” a los que Hegel atribuía impotencia física y espiritual.
