FENÓMENOS: El amor por la Scaloneta muestra que la Argentina sigue viva

Regresaba a casa luego de la derrota de la selección ante España, cuando al pasar por la esquina de San Juan y Boedo me topé con una entusiasta manifestación multicolor en la que tremolaba una enorme sábana con la leyenda «Las Malvinas son argentinas». Paré el auto, sorprendido, y saqué algunas fotos. Sufrido hincha de San Lorenzo como soy, por un instante pensé que serían otros como yo, puesto que «los gauchos de Boedo» son los únicos, que yo sepa, que se resisten a dejar su barrio para ir a festejar al obelisco, pero enseguida vi dos entusiastas con camisetas de Boca y de Banfield. Ya en casa, vi por la tele como multitudes convergían en el obelisco expresando su amor por la «Scaloneta». Se trata de un fenómeno que ha dado y seguirá dando mucho que hablar y dando también pie para, además de comentarios triviales, sesudos análisis. No es de una originalidad absoluta (los catalanes festejan el 11 de septiembre, día en que en 1714 las tropas borbónicas de Felipe V tomaron Barcelona y abrogaron sus instituciones) pero no deja de ser una rareza. Con ganas de festejar la frustada consecución de la cuarta estrella junto a su hijo, la joven empresaria Silvana Malacari había reservado una habitación en un hotel aledaño al obelisco para pernoctar una vez que los festejos hubieran terminado, y lo hizo justo antes de que incomprensiblemente las falanges del Macri negro arremetieran contra los congregados (otro motivo de estupor para ella y otros observadores). Ésta es su crónica.

Argentina sigue viva

POR SILVANA MALACARI

Después de la perder la copa del mundo frente a España, miles de personas continuaron cantando, bailando y festejando en el centro de Buenos Aires. Lo que debía ser la celebración de un campeonato terminó convirtiéndose en un fenómeno inexplicable: una multitud festejando no la victoria, sino la necesidad de permanecer unida en celebración, a pesar de la adversidad.

La autora y su hijo.

La Previa

Habíamos llegado temprano ese domingo a la avenida 9 de Julio con mi hijo Axel, de 12 años. Teníamos reservada una noche en un hotel ubicado a dos cuadras y media del Obelisco. Mi intención era estar en el corazón mismo de la celebración para que él pudiera vivir desde la calle, rodeado por una multitud, lo que se siente cuando Argentina gana una Copa del Mundo.

Llegamos durante la previa. Era un día raro: llovía, hacía frío y, pese a todo, la gente llegaba desde todas las direcciones, saltaba, cantaba y se tiraba espuma bajo el agua. Había familias, grupos de amigos, banderas de diferentes clubes, argentinas y provinciales, bombos, bengalas, vendedores ambulantes y personajes vestidos especialmente para la ocasión. La ciudad se había preparado para una fiesta y para quienes habíamos decidido pasar la final ahí, la fiesta ya había comenzado.

El partido, sin embargo, no fue transmitido en las pantallas gigantes de la avenida tal como se suponía. Cuando fue evidente que no podríamos ver la final desde el Obelisco, mucha gente comenzó a dispersarse en busca de bares, hoteles o cualquier televisor visible desde la calle.

Nosotros volvimos al hotel. En el camino observé cómo se formaban pequeños grupos alrededor de las vidrieras: personas que no se conocían se acomodaban como podían para mirar una pantalla desde afuera, mientras otros alentaban con banderas enormes y seguían tocando los bombos y bailando. La gran concentración se había fragmentado en decenas de tribunas improvisadas, distribuidas por las calles del centro.

Vimos el partido en el hotel, junto a otros huéspedes. Palpitamos la angustia de ver a España avanzar una y otra vez y Argentina resistir. La defensa criolla resistía una y otra vez, pero parecía a punto de ceder. Finalmente, España hizo un gol. Después llegó el final y con él una evidencia inmediata, seca, imposible de discutir: habíamos perdido.

Durante algunos minutos presumí también que se había terminado aquello que nos había llevado hasta el centro. Axel necesitó un rato para recuperarse. Para un chico acostumbrado a recordar celebraciones, perder una final no era todavía una experiencia conocida. Fuimos a la habitación, descansamos unos minutos, dejamos los abrigos porque ya no hacía tanto frío y volvimos a salir.

La Fiesta del Obelisco

Esperaba encontrar una ciudad que poco a poco se iría vaciando, amargada y abatida. Imaginaba que quienes minutos antes se habían amontonado frente a los televisores se habrían dispersado, que los bombos se habrían callado y que la multitud estaría regresando a sus casas.

Nos encontramos con otra cosa. La gente seguía ahí. No solamente poblaba las calles: seguía cantando, bailando y saltando con una intensidad que parecía incluso mayor que antes del partido. El Obelisco, la avenida 9 de Julio y las calles aledañas estaban llenas de argentinos vestidos de celeste y blanco. En los sectores que no habían sido cerrados con vallas metálicas por la policía, los grupos iban y venían, compraban bebidas por doquier porque pululaban los vendedores ambulantes que también ellos  celebraban y saltaban a la par de la multitud. Las banderas seguían desplegadas, los bombos seguían resonando y desde distintos puntos surgían cánticos  que eran retomadas y esparcidas por todos. Poco a poco fue llegando toda la parafernalia preparada para el festejo de la fiesta, una fiesta que no se canceló.

Habíamos perdido la final, pero el centro de Buenos Aires no era un campo de lágrimas. Era una auténtica celebración.

La escena me produjo una mezcla de desconcierto y felicidad. No se trataba sólo de algunos grupos descontrolados que habían decidido prolongar la noche. Seguían allí y fueron sumándose familias, grupos de jóvenes, hinchas de diferentes clubes, vendedores, turistas extranjeros y otras personas que como yo se habían acercado porque querían formar parte de algo colectivo.

Estaban los que se subían a los postes de luz y a las estaciones del Metrobús, los disfrazados, los que agitaban banderas inmensas y los que continuaban tocando bombos con el frenesí de un partido que estuviera en su climax.

Durante horas fuimos y vinimos entre el hotel y la avenida. La fiesta no se desarmaba, aunque cambiaba de forma a medida que avanzaba la noche. Aparecían murgas, fuegos artificiales, bengalas de colores, pelotas gigantes y nuevas y muy largas banderas que recorrían la multitud pasando de mano en mano.

Axel saltaba como todos los pibes y observaba todo con la misma sorpresa que yo. Habíamos ido para que conociera una celebración por el campeonato y terminamos participando de algo para lo cual ninguno de los dos tenía una explicación preparada.

Si Argentina hubiera ganado, habría sido fácil de comprender. La multitud, la música, las bebidas, los fuegos artificiales y los cantos habrían sido la consecuencia natural de una victoria. La Copa habría ordenado el sentido de la noche.

Pero Argentina había perdido. Había bronca, frustración y una sensación amarga que seguía existiendo debajo de los cantos. Nadie negaba el resultado, sin embargo miles de personas habían decidido que no era todavía el momento de volver a casa. Y nosotros nos incluíamos como parte de esos argentinos que no tenían pensado renunciar a celebrar la argentinidad al palo, victoria o derrota.

Orgullosos de ser argentinos

En algún punto de la noche comprendí que todos habíamos llegado al centro atraídos por el fútbol, pero que ya no nos quedábamos ahí por eso. Habíamos perdido el Mundial, pero subsistía la necesidad de seguir compartiendo el espacio, de continuar cantando y de no abandonar de inmediato ese raro estado en el que personas desconocidas podían reconocerse como parte de un mismo grupo.

No creo que quienes estábamos allí celebráramos un segundo lugar, o solamente el esfuerzo de los jugadores. Habíamos ido a buscar una victoria y nos encontramos con algo menos espectacular, pero acaso más revelador: la comprobación de que todavía podíamos ocupar las calles sin vernos unos a otros como una amenaza, de cantar la misma canción, saltar y sentir que la alegría ajena podía contagiarnos y a su vez esparcirse en los demás.

No resolvió ninguno de nuestros problemas y tampoco borró los conflictos que nos esperaban al día siguiente pero permitió que recordásemos que debajo de todo eso todavía existe una pertenencia compartida, por momento frágil y momentánea, que vuelve a aparecer cuando millones de personas se reconocen bajo los mismos colores y una misma identidad.

Pasé aquella noche junto a mi hijo entre las banderas, los cantos, el suelo mojado y una multitud que decidió festejar incluso después de perder. Yo había querido llevarlo a conocer la alegría de una victoria mundialista. En cambio, terminamos viviendo una lección de unión colectiva inolvidable.

Argentina perdió una final y al día siguiente cada uno regresó a su vida, a sus problemas y a sus diferencias. Nada esencial quedó resuelto frente al Obelisco. Pero durante unas horas una ciudad se negó a apagarse y miles de personas se recordaron mutuamente que todavía podían encontrarse, cantar juntas y reconocerse en los demás bajo la misma bandera celeste y blanca.

Argentina no salió campeón. Pero aquella noche, frente al Obelisco, volvió a sentirse una nación.

 

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