PROSTITUCIÓN, LITERATURA Y POLÍTICA. El efímero paso por el “Grupo literario de Boedo” de Clara Beter, a quien Elías Castelnuovo llamó “La Voz angustiosa de los lupanares”

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Y los proxenetas actuales y los encubridores de los asesinos de la AMIA /  Aunque no deja bien parado a Elías Castelnuovo, un connotado hincha de mi querido San Lorenzo, esta historia es sencillamente maravillosa. Y, como yapa, la comprobación de que la Zwi Migdal ha tenido descendencia, y que ésta ha sido protegida por los dirigentes de la misma DAIA que tanto ha hecho para congelar y desviar la causa AMIA.
Los dejo con Teodoro Boot:

De la serie “La verdad verdadera”

Hacia fines del siglo XIX y principios del XX la trata de blancas era un próspero negocio en Buenos Aires, Rosario, Montevideo, Río de Janeiro y otras grandes ciudades sudamericanas. Las mismas razones que en Europa llevaban a tantos hombres solos a dejar atrás su tierra, sus parientes y, en algunos casos, hasta sus esposas e hijos a fin de labrarse un porvenir en América, eran las que hacían tan rentable la provisión de compañía femenina, reclutada, preferentemente en las pequeñas aldeas judías del este de Europa, diezmadas por pogromos tan recurrentes como los brotes de antisemitismo fomentados desde antiguo por las clases dirigentes.
Como una suerte de Jewish Colonization Association (creada por el barón Hirsch para facilitar la emigración masiva de judíos rusos y polacos a Canadá. Brasil y Argentina), en 1889 se conformó en Buenos Aires el autodenominado “Club de los 40”, una asociación de proxenetas judíos para hacer, al fin y al cabo, lo que cualquier grupo de inmigrantes: prestarse ayuda mutua, intercambiar información y compartir estrategias de supervivencia.
Desde luego, la trata de blancas no era privativa de los judíos rusos y polacos, ya que existían organizaciones de distintas nacionalidades, pero sólo la temible mafia marsellesa podía hacerle sombra al Club de los 40 que, en 1906, bajo la protección del caudillo conservador Alberto Barceló, propietario de varios prostíbulos, conformó la “Sociedad Israelita de Socorros Mutuos Varsovia de Barracas al Sud y Buenos Aires”.
Con el tiempo y ante las protestas del gobierno polaco, la asociación mutual aceptó cambiarse el nombre y se denominó Zwi Migdal. En sus momentos de apogeo llegó a agrupar a más de 400 rufianes y, con sede en Buenos Aires, tenía filiales en Brasil, Varsovia, Nueva York, India, China y Sudáfrica. Su especialidad: las jóvenes judías, que en gran número de casos eran traídas con engaños y promesas de trabajo y hasta de matrimonio.
El testimonio de Raquel Liberman le permitió al comisario Alsogaray hundir a la Zwi Migdal.
Independientemente de si muchas de esas chicas hubieran ejercido antes la prostitución o si eran inocentes jovencitas engañadas, su condición de esclavas sexuales era indiscutible, y no sólo eran violadas y metidas en jaulas no bien subían al barco, sino rematadas al mejor postor en el café Parisienne de avenida Alvear 3184, y seguidamente obligadas a atender un promedio de 30 clientes diarios.
Fue entonces que, a mediados de los años 20, desde la ciudad de Rosario, una de estas jóvenes, víctimas inocentes del engaño y la explotación sexual llamada Clara Beter, se las ingenió para hacer llegar un poema al conventillo de la calle Boedo 837/41, donde funcionaban la librería, cigarrería y editorial de Francisco Munner; el taller del impresor gallego Manuel Lorenzo Rañó y la Cooperativa Editorial Claridad de Antonio Zamora. Allí se había ido formando una tertulia de jóvenes escritores, gente de teatro y artistas plásticos unidos por el amor a las artes y un común anhelo de redención y justicia social.
Luego del entusiasmo que despierta “Versos a (la actriz) Tatiana Pavlova” (“Mas, pasaron los años y nos llevó la vida / por distintos senderos: tú eres grande ¿y feliz? / y yo… Tatiana, buena Tatiana, si te digo / que soy una cualquiera, ¿no te reirás de mí?”), un animoso Elías Castelnuovo, líder intelectual de la tertulia, propuso contactar a la autora.
“Rezuman demasiada verdad estos versos para atribuirlos a una imaginación desgobernada. Clara Beter existe”, sentenció.
Y así llegaron “Quicio” (“Me entrego a todos, mas no soy de nadie/ para ganarme el pan vendo mi cuerpo/¿qué he de vender para guardar intactos/ mi corazón, mis penas y mis sueños?”) y gradualmente otros 42 poemas, precedidos por el aleccionador epígrafe: “Entonces Jesús dijo: ‘Aquél de vosotros que se halle exento de pecado, que arroje la primera piedra’”.
En 1926, como octavo volumen de la serie “Los Nuevos”, la editorial Claridad publicó “Versos de una…”, de la novel autora, con un enjundioso prólogo en el que, tras apostrofar “a los nuevos poetas fanáticos de la imagen por la imagen”, Castelnuovo afirmó que “Clara Beter es la voz angustiosa de los lupanares. Ella, reivindica con sus versos la infamia de todas las mujeres infames. Todos estos escritores traen un elemento nuevo a nuestra literatura: la piedad. Ella cayó y se levantó y ahora nos nuestra la historia de sus caídas. Cada composición señala una etapa recorrida en el infierno social de su vida pasada. Esta mujer se distingue completamente de las otras mujeres que hacen versos por su espantosa sinceridad”.
A los pocos días de publicado el volumen –que llegó a vender nada menos que cien mil ejemplares– el respetadísimo crítico uruguayo Alberto Zum Felde consagró a Clara Beter su glosa del diario “El Día” de Montevideo, comentando la desgarradora tragedia del alma sensible e intelectiva que percibía en la desconocida escritora, y llegó a alucinar una biografía en la que –no obstante que Clara Beter habia hecho referencia explícita a “la Ukrania natal”–, le atribuyó origen polaco.
Castelnuovo, empeñado en convencer a la prostituta de escribir una novela, y a la vez intrigado por el hecho de que dos de los poemas estuvieran mecanografiados, encomendó a dos amigos –el escultor Herminio Blotta y el escritor Angel Rodríguez– viajar a Rosarioe ir a la pensión de la calle Estanislao Zeballos, que Clara Beter consignaba en el remitente de cada una de sus cartas.
No habiendo podido dar con ella, deambulan por las barriadas prostibularias hasta que sorprenden a una prostituta francesa escribiendo un epitafio rimado para la tumba de un hijo que acababa de perder.
–¡Vos sos Clara Beter! –se exalta Abel Rodríguez tomándola por los hombros. E intenta besarla mientras exclama: –¡Hermana! ¡Hermana! ¡Venimos a salvarte!
Sólo la intervención de un agente de policía y la nacionalidad francesa de la meretriz pudieron calmar al exaltado escritor quien, al no poder encontrar información alguna sobre la poetisa, atribuyó su enigmática desaparición a motivos de recato, por tratarse de una ex-mantenida o, tal vez, hasta de una mujer casada deseosa de ocultar su turbio pasado.
El halo de romanticismo que rodeaba a la misteriosa poetisa no hizo más que aumentar y, junto a los ejemplares de “Versos de una….” que Zamora distribuía en todas las capitales latinoamericanas, su fama fue mucho más allá y su obra comentada en Santiago de Chile, Lima, Costa Rica… hasta que Israel Zeitlin, un joven repartidor de soda que aun no había cumplido los 18 años y participaba de las tertulias bajo el alias de “César Tiempo” tratando de infructuosamente de hacerse de un lugar entre los literatos, confesó: “Clara Beter soy yo”.
Sugestionado por la recomendación que Platón le atribuyó a Sócrates de que “Un poeta, para ser un verdadero poeta no debe componer discursos en verso, sino inventar ficciones” y, sobre todo, como dirá tiempo después en tercera persona, “…ganoso de dar candonga a los camaradas mayores que se resistían a creer en los talentos del mequetrefe”, el tal escribe una poesía dedicada a Tatiana Pavlova, la gran actriz ítalo-rusa que por aquel entonces arrebataba al público de Buenos Aires desde el escenario de un teatro porteño.”
César Tiempo de mayor.
En el poema, la supuesta autora se dirige a Tatiana, preguntándole si no se acuerda de su amiga de la infancia Kátinka (“esa rubia pecosa, nieta del molinero,/ la del número 8 de Poltávaia Úlitcha/ con quien ibas al Dnieper a correr sobre el hielo?”). Karinka es el nombre de la protagonista de “Resurrección”, novela de Tolstoi de gran popularidad en esos años. Y, como si las pistas no hubieran sido suficientes, el joven botarate usa el “gorkiano apellido ‘Beter’, amargo”… pero nada de eso sirvió para que lo identificaran. Ccuando hay ganas de creer, hasta los ateos creen.
Una tarde, el joven “César Tiempo” había deslizado los versos de su poema entre los originales de la revista “Claridad”, donde Castelnuovo y los otros colaboradores –entre ellos el propio autor de la cachada– los “descubrieron”. Y puesto que una cosa lleva a la otra, ante el interés manifiesto de Castelnuovo, el joven atribuyó a la prostituta poeta el domicilio de la pensión de la calle Estanislao Zeballos donde vivía su amigo Manuel Kirshbaum “dueño de una caligrafía pasmosamente parecida a la de Alfonsina Storni”, según confesará el malhechor.
Si bien César Tiempo será expulsado del grupo de Boedo, a partir de ese momento merecerá el respeto por la calidad de su poesía que su corta edad le habían impedido obtener, recibiendo a cambio el negro odio de muchos de sus viejos amigos.
“No era una prostituta –declaró resentido Elías Castelnuovo– sino un prostituto”.
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Neuburger fue durante largos años director ejecutivo de la DAIA y mano derecha de Rubén Beraja, su presidente. Fue Neuburger quien me envió no uno sino tres telegramas acusándome de “antisemita” luego de que en 1997 publicara “AMIA. El Atentado. Quienes son los autores y por qué no están presos” (Planeta) producto de más de tres años de investigaciones financiadas por la AMIA. Beraja y Neuburger fueron siempre encubridores a fin de que no quedara claro quienes habían sido los autores de ese crimen y del anterior, la demolición de la Embajada de Israel. Neuburger fue escrachado por los Wikileaks: acudía a la Embajada de los Estados Unidos para tramar el método más idóneo para que los autores de estos asesinatos masivos nunca fueran descubiertos, tal como en su momento denunció Memoria Activa. Pero, como se vera, siempre gozó de la protección de la prensa hegemónica.
Fíjense como Clarín (eh, colorado Kirschbaum) protege a Neuburger, borrándolo de la foto. A continuación la carta que Memoria activa le dirigió hace ya casi una década al presidente de la DAIA cuando salieron a la luz los Wikileaks y en ellos las comunicaciones que la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires dirigía a Washington, que desnudaron la actitud de encubrimiento (de los asesinos) del entonces director ejecutivo de la DAIA. Aprovecho para recordar que la única vez que estuve con Neuburger a solas fue circa 1996 cuando pedí entrevistarlo por el equipo que integraba -y que trabajaba para el abogado de la DAIA, Luis Dobniewski, y era pagado por la propia AMIA- descubrió entre los escombros de la mutual arrojados en lo que hoy es el Parque de la Memoria, un documento que probaba que en la sede de la DAIA trabajaba un equipo de inteligencia que reportaba a “la Universidad de Tel Aviv”. En esas circunstancias Neuburger se puso violento (tiempo después me enteré por uno de sus colaboradores que creyó que lo que quería chantajear, ya saben, piensa el felón que todos son de su condición) y me dijo que estaba más que claro que el atentado había tenido como objetivo a la DAIA y no a la AMIA. A confesión de parte, relevo de pruebas.
Carta Abierta al Sr. Presidente de DAIA, Aldo Donzis:
Memoria Activa ve con grave pesar (pero no por ello algún tipo de sorpresa) la revelación de cables confidenciales recientemente hechos públicos, que arrojan luz sobre el rol de un funcionario de vuestra institución en la causa AMIA. En dichos cables queda clara la intención de la Embajada Americana de que no se avance en la investigación de la Causa Encubrimiento y así salvar a los procesados Menem, Anzorreguy, Galeano, Mullen, Barbaccia, Beraja, Palacios, entre otros. El informante de la Embajada, quien abogaba para que esta Causa no se investigue fue (o es) Alfredo Neuburger. Memoria Activa expresa su profundo repudio ante esta situación y exige una aclaración por parte de vuestra institución frente a este episodio. Es macabro que una institución que pretende representar políticamente a la comunidad judía argentina, y/o sus funcionarios, puedan ser parte de maniobras de encubrimiento y un obstáculo para el esclarecimiento de la verdad y búsqueda de justicia en el mayor atentado terrorista ocurrido en nuestro país el 18 de Julio de 1994 y que provocara 85 muertos y más de 300 heridos. No nos sorprende la conducta de Neuburger dentro y fuera de la DAIA, tampoco nos sorprende la postura jurídica que adoptaron en defensa de los procesados, lo que sorprende es que 16 años después sigan negociando en nombre de nuestros muertos. Lo que sorprende Sr. Donzis es que ni usted ni ningún miembro de su comisión directiva, haya dicho ni una sola palabra. Vuestro silencio os hace cómplices.

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