DOSSIER TORRES GEMELAS Y PENTÁGONO, A 20 años del Golpe de Estado y de la invasión a Afganistán, por Thierry Meyssan, Eduardo Vior e Israel Shamir
Es un tema tan acojonante (con perdón de quienes cultivan lenguajes inclusivos, ya que el término parece dejar afuera a mas de la mitad de la humanidad que carece de esas glándulas, capaces, entre otras cosas, de arrugarse casi como garbanzos en remojo) que al iniciar la compilación y edición de este dossier, sobre algo tan cruento y siniestro, pude hacerlo con una sonrisa. Porque la medulosa nota del director de la Red Voltaire, cuya atenta lectura merece mucho la pena, comienza con un título y una introducción que demuestra que Thierry Meyssan tiene un ego tan hipertrofiado (seguramente para compensar las muchas persecuciones que sufrió, que lo obligaron a salir de Francia e instalarse en Damasco) como para poner o al menos aprobar un título que le da plena razón. Sin embargo, en térninos generales coincido con él, de quienes sus críticos más acerbos lo peor que suelen murmurar es que obtiene información de primera calidad de los servicios de inteligencia de Rusia, como si esto fuera un pecado nefando. Insisto: recomiendo leerlo con atención.
Después, Eduardo Vior retradujo al castellano rioplatense y matizó sus hallazgos desde una óptica más circunspecta.
Seguidamente, un exhaustivo informe de BBC News deja claro que el Gobierno Talibán se ha convertido en una potencia militar gracias a la gran cantidad y variedad del armamento que las tropas estadounidenses dejaron abandonado. Y luego una nota del Correo Vasco explica porque el casi inexpugnable Valle de Panjshir, que en el pasado fue el bastión de la Alianza del Norte, donde la etnia tayika es mayoritaria, es el único foco posible de resistencia al poder talibán/pahstun.
Por último, Israel Shamir produjo una pieza disruptiva, políticamente incorrecta y reivindicadora de los talibanes que recuperaron el poder en Afgamistán luego de veinte años de guerra. Conviene leerla aunque mas no sea para intentar refutar sus argumentos, que se me hacen emparentados con los de Alexander Dugin.
Digresión
Me tomé el trabajo de ver los cinco capítulos de la primera temporada de Punto de Inflexión (ver arriba el trailer), el documental de Netflix sobre los atentados del 11-S. Que decepciona al centrarse en las invasiones a Afganistán y a Irak, sobre todo en la primera… lo que es muy oportuno por coincidir con el triunfo talibán y la retirada de los militares estadounidenses, pero que poco tiene que ver con el esclarecimiento de dichos ataques.
Asi, aparecen testigos que dan como hechos comprobados ficciones como que hubo comunicaciones desde el vuelo 11 de American Airlines, telefonemas que habrían descripto apuñalamientos por parte de los secuestradores: «La azafata me avisó que el piloto y toda la tripulación fueron apuñalados» (sic). Aparecen pìlares de la Historia Oficial como Bruce Hoffman, y ex superagentes de la CIA como Milton Bearden –especializado en Paquistán y Afganistán– y hasta la memoria de William Casey, un ex jefe de la CIA, tan fanático anticomunista que estuvo en la génesis de los contras (antisandinistas) nicaragüenses a comienzos de los años ’80. Se habla de Al Qaeda, se insinua una autocrítica por haber ayudado a los mujaidines de Bin Laden a combatir a los sovieticos que habían acudido a combatir a los musulmanes extremistas a pedido del gobierno laico de Kabul y aparace un experto en contraterrorismo del FBI, Alí Saufan; otro del Servicio de Inteligencia del Cuerpo de Marines (uno de los 16 servicios de inteligencia del país), Mark Fallon, quien se explaya sobre la evolución de Al Qaeda en Sudán, pero de las torres gemelas y del Pentágono casi no se dice nada.
El primer crítico ma non troppo de La Historia Oficial es el periodista Dexter Filkins, de The New Yorker, el mismo al que CFK hizo famoso, autor de La guerra eterna (Forever war), quien subraya que nunca se quiso realmente atrapar a Bin Laden en las montañas de Afganistán sino inixiar eso, una cadena de guerras ad infinitum que enhebró a Afganistán con Irak y Libia y encontró su freno en la larga y atroz guerra de Siria. Pero el que más se destaca es un latino cipayo y cínico, Albert Gonzales, asesor jurídico del presidente Bush, acérrimo defensor es de la doctrina de «si no estás conmigo estás contra mi» y uno de los padres de la Patriotic Act que cercenó decenas de derechos personales. Gonzáles espeta sin pestañear que se sabía de movida que el del 11-S, tan pronto un avión se estrello contra la Torre Sur, que se trataba de «un ataque terrorista y que fue orquestado por Al Qaeda» y defiende a capa y espada que el Presidente (o quienes actuaron en su nombre) pasaran olímpicamente de lo que opinaran y resolvieran congresistas y senadores.
Así se llega al capítulo 3, prometedoramente titulado «El lado oscuro» pero que decepciona paseándonos por Malasia e Irán para darle la palabra al chantapufi de Hoffman. Lo únco que queda claro es que el FBI descarga responsabilidades en la CIA, y que la CIA lo hace en el FBI. Más adelante, y luego de centrarse en un misterioso saudí residente en San Diego, un tal Omar Bayouni, pone la lupa en una especie de bativillano, el francés Zacaría Mossaui, detenido un mes antes de los atentados y al que se lo forzó a fuerza de casi doscientos ahogamientos y otras sevicias a declararse culpable de conspirar y seguidamente se lo condenó a prisión perpetua.
Después aparece el vice Dick Cheney, que en los hechos estuvo al mando en lugar del pasmarote de Bush. Al principio no se lo traduce (puse la versión en castellano con subtítulos en castellano, pero Netflix muchas veces deja a los espectadores «latinos» en ascuas) y después suelta que «Tenemos el mejor ejército del mundo y vamos a trabajar el lado oscuro, por así decirlo, usando todas las fuentes y los métodos disponibles». Lo que se tradujo en la institucionalización de la tortura. Después aparece el fiscal general Jack Goldsmith dándole la razòn (?) al cipayo Gonzalez al dar su opinión «absolutista acerca de los poderes presidenciales en tiempos de guerra», es decir, a no hacer ni puto caso de lo que haga o diga el Congreso. Y, por si no hubiera quedado claro, enfatizó: «Usaremos cualquier medio a nuestro alcance para lograr nuestros objetivos».
Ahora bien ¿Quien declaró la guerra? ¿Afganistán? ¿Iran? ¿Libia? ¿O, mas bien, una alianza impía entre servicios saudíes y locales?
¿Una alianza petrolera tal vez?
Lo cierto es que la implicación del servicio secreto saudí en los atentados es clamorosa; de la misma manera en que está claro que el aseinato del periodista Jamal Kashogui en el consulado saudí en Estambul fue ordenado por el hombre fuerte del reino, el príncipe Mohamed Salman.
Y que (casi) todos fingen demencia para no hacerse cargo.
El infierno en la tierra
Un periodista del Miami Herald pone la lupa sobre que la cosecha de prisioneros es un pingüe negocio y que en Guantánamo «no se aplica ninguna ley». Y aparece nuevamente Gonzáles que justifica sustraer a los prisioneros de la convención de Ginebra alegando que no son parte de ningun Estado ni usan uniforme… lo que recuerda al Videla explicando que los desaparecidos «no puede tener tratamiento especial, porque no tienen entidad. No están ni muertos ni vivos… está desaparecidolos desaparecidos». Gonzales y sus compinches pretenden que la prisión de Guantánamo es un limbo y no un infierno construido en el extremo occidental de la isla de Cuba.
El nº 2 del FBI, Dale Watson, cuenta diálogos con su jefe, Robert Mueller, y de como la CIA no quería que detuviesen a un sospechoso (Abu Zubaydeh, si es que anoté bien) que había salido del país y menos que menos que volviera («No nos corresponde evitarlo» habría sido la respuesta de Mueller) lo que no me extraña ya que lo mismo hizo la CIA presionando a nuestra SIDE cuando el clérigo iraní Moseh Rabbani, acusado mediáticamente de haber sido el cerebro de los bombazos que demolieron la AMIA, se fue de vacaciones a su país (ver Operación Cacerola).
Después Donald Rumsfeld encomia las supuestas virtudes del «submarino» (ahogar a los prisioneros en agua u orines).
El documental consigna que gracias a la «Ley Patriota» el FBI entró sigilosamente y se llevo cosas a voluntad de muchos domicilios particulares son orden de allanamiento, y que la NSA se puso a recopilar información sobre todo el mundo violando la ley. como luego habría de denunciar Edward Snowden.
Tengo muchas anotaciones, pero me estoy cansando y temo estar cansándolos a ustedes. Lo de qie Irak, no tenía absolutamente nada que ver con el 11-S ya lo saben. Acusaron falsamente a Sadam Hussein de tener «armas de detrucción masiva» y con ese pretexto destruyeron el país, principalmente la antiquísima Bagdad, imitando a lo que habían hecho los talibanes en Afganistán con los monumentos anteriores al Islam. Antes fabricaron ataques supuestamente masivos con ántrax. Después llegaron a tener cien mil tropas en Afganistán. Y desde ahí, casi todo el capítulo 4 y el capítulo 5 se dedican a la guerra en ese país y a la supuesta captura, asesinato y arrojamiento al mar del supuesto Bin Laden del que se revela que su rostro estaba tan desfigurado por los balazos que los mismos Navy Seals hicieron tender a uno de sus efectivos, supuestamente de la misma altura que el líder de Al Qaeda para descartar que se tratara de otro. Todo antes de subirlo a un helicíptero y arrojarlo lastrado en algún lugar del Océano´Índico.
También se aborda el lacerante tema de la prisión de Guantánamo, donde llegó a haber setecientos prisioneros, muchos de ellos autémticos detenidos-desaparecidos, un agujero negro en la historia como los centros clandestinos de detención de la dictadura argentina. Estos capítulos son interesantes, si, pero poco y nada tienen que ver con la manera en que se hicieron los atentados y, menos, con revelar quienes los hicieron. Se aguardan futuras temporadas.
Ahora si, los dejo con Thierry Meyssan. ¡Adentro!:
Hoy todo da la razón a Thierry Meyssan
Al poner en duda la versión oficial de los atentados del 11 de septiembre, Thierry Meyssan abría un debate mundial en 2001. Pero la parte más importante de su libro sobre el 11 de septiembre era un estudio de ciencias políticas que pronosticaba la evolución futura de Estados Unidos después de aquellos crímenes. El problema no es saber cómo se cometieron los atentados sino por qué Estados Unidos reaccionó aquel día violando su propia Constitución y por qué adoptó de inmediato profundas reformas que cambiaron la naturaleza de sus instituciones. Meyssan pronosticó entonces la transformación del Imperio estadounidense, transformación que estamos viendo con la planificación de la caída de Kabul. Todo lo que había anunciado en 2002 se ha visto confirmado en los últimos 20 años.

A finales del año 2001, publiqué una serie de artículos sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 y en marzó de 2002 publiqué un libro sobre ese asunto [1]. Desde su publicación mi libro fue traducido a 18 idiomas y abrió un debate mundial que cuestionaba la veracidad de la narrativa oficial de Estados Unidos sobre los hechos del 11 de septiembre.
Sin embargo, la “prensa internacional” se negó a tomar en cuenta mis argumentos y emprendió una campaña acusándome de «amateurismo» [2], de «conspiracionista» [3] y de «negacionismo» [4].
Lo más importante es que las autoridades de Estados Unidos y sus aliados redujeron todo mi trabajo al contenido de las primeras páginas de mi libro –las que ponían en duda la versión oficial sobre los atentados– y fingieron no ver que era un libro de ciencias políticas que denunciaba lo que aquellos atentados “false flag” [5] iban a permitir justificar: el recrudecimiento de la vigilancia institucional sobre la ciudadanía en los países occidentales y el inicio de la «guerra sin fin» en el Medio Oriente ampliado o Gran Medio Oriente.
En el presente artículo voy a pasar revista a todo lo que hemos logrado saber en los últimos 20 años sobre aquellos atentados. Pero veremos sobre todo si mis predicciones de 2002 resultaron ser ciertas o no.

El agujero negro del 11 de septiembre de 2001
Si alguien pregunta qué sucedió el 11 de septiembre de 2001, usted seguramente evocará las imágenes de los atentados contra las Torres Gemelas del World Trade Center y contra el Pentágono. Pero seguramente olvidará muchas otras cosas, como los casos de personas que se beneficiaron con la caída de las acciones de las compañías aéreas afectadas… beneficios que pudieron obtener porque sabían lo que iba a suceder aquel día; el incendio que devastó el anexo de la Casa Blanca –el Old Eisenhower Building– o el derrumbe de un tercer edificio del World Trade Center.

Lo más sorprendente es que casi nadie recuerda ya que, a las 10 de la mañana del aquel día, Richard Clarke puso en marcha el «Plan de Continuidad del Gobierno» [6]. Con aquella decisión, el presidente George W. Bush y todo el Congreso quedaban suspendidos de sus funciones y bajo “protección” militar.

El presidente Bush fue conducido a una base aérea en Nebraska, donde ya estaban –desde la noche anterior– todos los jefes de empresas que ocupaban los pisos superiores de las Torres Gemelas [7], mientras que todos los miembros del Congreso habían sido concentrados en el megabúnker de Greenbrier. El Poder quedó así en manos del «Gobierno de Continuidad», que se hallaba en otro megabúnker –el llamado «Complejo R» de Raven Rock Mountain [8]. El Poder no le fue devuelto a los civiles hasta el final de aquel día.

¿Quiénes eran los miembros de aquel «Gobierno de Continuidad» y qué hicieron durante el tiempo que asumieron el Poder? Todavía no se sabe. Los miembros del Congreso que plantearon esa interrogante nunca pudieron organizar una audiencia para aclararlo.
Es importante entender que mientras no se aclaren ese y otros aspectos de lo sucedido aquel día, se mantendrá la polémica sobre el 11 de septiembre de 2001. El protocolo que se aplicó aquel día había sido concebido por el presidente Eisenhower en momentos en que se temía una guerra nuclear y partiendo del principio que si perecían él –el presidente de Estados Unidos–, los presidentes del Senado y de la Cámara de Representantes, así como la mayoría de los miembros del Congreso, o sea ya en ausencia de los poderes constitucionales, los militares tendrían lógicamente que asumir la continuidad del gobierno. Pero, el 11 de septiembre de 2001 no sucedió absolutamente nada de eso. No murió ni un solo representante de los tres poderes reconocidos en la Constitución estadounidense. Por consiguiente, el traslado del poder a un «Gobierno de Continuidad» fue una medida inconstitucional.
En otras palabras, fue un golpe de Estado.

Los atentados del 11 de septiembre
En mi libro sobre el 11 de septiembre y los hechos posteriores, emití una hipótesis sobre lo que realmente sucedió aquel día. Pero eso carece de importancia en mi demostración. La facción que perpetró aquel crimen quería provocar una conmoción comparable a lo que suscitaron los hechos de Pearl Harbor… conforme a lo que ya habían escrito antes los miembros del Project for a New American Century, para justificar una modificación del modo de vida y del funcionamiento de Estados Unidos. Lo que hicieron fue contar a la opinión pública una historia increíble… que todos se tragaron sin chistar.
Sin embargo:
- Hasta el día de hoy, no existe todavía nada que demuestre que los 19 individuos designados como “secuestradores aéreos” estuvieron realmente a bordo de los aviones secuestrados. Esas personas ni siquiera aparecían en las lista de pasajeros que las compañías aéreas publicaron aquel mismo día. Los videos que muestran a esos “secuestradores aéreos” no fueron grabados en Nueva York sino en otros aeropuertos donde estuvieron en tránsito.
- Hasta el día de hoy, no existe ninguna prueba de que las 35 comunicaciones telefónicas con pasajeros que se hallaban en los aviones secuestrados hayan existido realmente [9]. Lo mismo sucede con la conversación telefónica atribuida a un pasajero que supuestamente atacó a los secuestradores del vuelo UA 93 y con la conversación telefónica que el Procurador General, Theodore Olson, decía haber sostenido con su esposa, quien viajaba en el vuelo AA 77. Por el contrario, el FBI especificó que los aviones secuestrados no tenían teléfonos incorporados en los asientos de los pasajeros y que dichos pasajeros habrían tenido que utilizar sus propios teléfonos celulares… que en aquella época no funcionaban a más de 5 000 pies de altitud. Además, en las listas de comunicaciones proporcionadas por las compañías telefónicas no aparecía ninguna de las comunicaciones mencionadas –ni siquiera la que reportó el Procurador General Olson.

- Una mentira flagrante. Theodore Olson. Dijo haber recibido una llamada de su esposa Bárbara, que viajaba y murió en el vuelo 77. No era posible.
- Hasta el día de hoy, no existe ninguna explicación física que permita entender el derrumbe vertical (sobre sí mismas) de las Torres Gemelas del World Trade y de un tercer edificio (la torre 7) de aquel complejo. Las Torres Gemelas recibieron cada una el impacto de un avión, sin que eso las derribara. Según la versión oficial, el combustible de los aviones ardió y el fuego fundió las vigas verticales que sostenían las dos torres, lo cual explicaría su derrumbe. La Torre 7 también se derrumbó –sin impacto de ningún avión– supuestamente porque fue afectado por los derrumbes de las Torres Gemelas… pero no cayó lateralmente sino que también se derrumbó sobre sí mismo. Obsérvese que nadie explica las explosiones laterales que reportaron los bomberos y que se ven en numerosas imágenes filmadas. Nadie explica tampoco la presencia de vigas verticales seccionadas –no fundidas. Tanto las explosiones como la presencia de vigas seccionadas indican la existencia de una demolición no accidental sino controlada. Otro hecho, ni antes ni después del 11 de septiembre de 2001 se ha producido el derrumbe de ningún rascacielos como resultado de un incendio de grandes proporciones [10]. Y después de aquel 11 de septiembre, nadie ha sugerido modificar la manera de construir los rascacielos para evitar una catástrofe similar. Para terminar, las fotos de verdaderas “piscinas” de acero fundido tomadas por los bomberos y las fotos de la FEMA (la agencia estadounidense para la gestión de catástrofes) que muestran como se derritió la roca sobre la cual estaban construidos los cimientos son inexplicables según la versión oficial.
- Hasta el día de hoy, no existe ninguna prueba de que un avión de pasajeros se haya estrellado contra el Pentágono. Al día siguiente de los atentados, los bomberos explicaron en una conferencia de prensa que no habían encontrado allí nada proveniente de un avión. Las autoridades, que publicaron un comunicado feroz contra mi libro, anunciaron haber encontrado numerosas piezas de avión y aseguraron que estaban utilizándolas para reconstituir el aparato en un hangar… pero luego dejaron de informar al respecto (lo que recuerda lo que sucedió entre nosotros con las supuestas piezas de las camionetas-bomba que supuestamente demolieron la Embajada de Israel y la AMIA. N. del E.) Por cierto, familiares de víctimas, inicialmente escandalizados por el contenido de mi libro, cambiaron de actitud cuando las autoridades les entregaron urnas funerarias con restos supuestamente identificados gracias a… las huellas digitales, lo cual debería ser imposible tratándose de personas muertas en medio de las altísimas temperaturas de un incendio de gran envergadura. Algunos de esos familiares de víctimas se negaron a firmar el acuerdo de confidencialidad que las autoridades les proponían a cambio de una fuerte indemnización.

Generalización del control de los Estados occidentales sobre sus propios ciudadanos
Inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre, sólo en cuestión de días, la administración de George W. Bush hizo aprobar en el Congreso un Código Antiterrorista, bajo la denominación de USA Patriot Act, la “Ley Patriótica Estadounidense”. Era un texto muy voluminoso que había sido redactado a lo largo de los dos años anteriores por la Federalist Society –que contaba entre sus miembros al Procurador General Theodore Olson y al secretario de Justicia John Ashcroft. La US Patriot Act suspende la aplicación de la Carta de Derechos (Bill of Rights) en los casos de terrorismo.
Hagamos un poco de historia. Durante la formación de los Estados Unidos de América, surgieron dos facciones opuestas. Una de ellas, encabezada por Alexander Hamilton, redactó la Constitución estadounidense con intenciones de instaurar un sistema similar a la monarquía británica, pero con gobernadores en lugar de la nobleza. La otra facción, encabezada por Thomas Jefferson y James Madison, rechazó aquella Constitución hasta que se agregaron a ella 10 Enmiendas que debían evitar que los futuros gobernantes estadounidenses pudiesen recurrir a la «Razón de Estado». Esas 10 Enmiendas constituyen la United States Bill of Rights o Carta de Derechos y su suspensión mediante la Patriot Act echa por tierra el equilibrio que debía servir de base para la fundación de Estados Unidos. La imposición de la Patriot Act favorece las aspiraciones de la facción que quiso construir la nación estadounidense a imagen y semejanza de la monarquía británica, la facción de los descendientes de los llamados «Padres Peregrinos», los puritanos exiliados de Inglaterra. El presidente George W. Bush, al igual que su padre el presidente George H. Bush, es descendiente directo de uno de los 41 firmantes del «Pacto del Mayflower» de 1620.

Para aplicar la USA Patriot Act, se creó en Estados Unidos un nuevo ministerio, el Departamento de Seguridad de la Patria (Department of Homeland Security o DHS), que abarca toda una serie de agencias que ya existían. Este Departamento de Seguridad de la Patria de Estados Unidos se dotó de una policía política capaz de espiar a cualquier ciudadano estadounidense. El Washington Post reveló en 2011 que el Departamento de Seguridad de la Patria reclutó 835 000 funcionarios, de los que 112 000 fueron contratados en secreto [11], lo cual significa que esa agencia tiene un espía por cada 370 habitantes, convirtiendo a Estados Unidos en el país más orwelliano del planeta.
Edward Snowden reveló en 2013 cómo trabaja el Departamento de Seguridad de la Patria. Snowden no se limitó a revelar información sobre el sistema de espionaje mundial de las comunicaciones internacionales implantado por la Agencia de Seguridad Nacional (National Security Agency o NSA) sino que además divulgó elementos sobre la vigilancia interna de masas en Estados Unidos. Hoy vive en Rusia como refugiado político.
Ese sistema de vigilancia y control interno de la población, aunque menos documentado, ha venido extendiéndose progresivamente en todos los Estados occidentales mediante los “Cinco Ojos” (Five Eyes) [12] y la OTAN.

La «guerra sin fin», del 11 de septiembre de 2001 a la caída de Kabul en 2021
Un mes después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, creaba la “Oficina de Transformación de la Fuerza” (Office of Force Transformation) y la ponía bajo la dirección del almirante Arthur Cebrowski. Se trataba de cambiar la función misma de las fuerzas armadas de Estados Unidos.
La doctrina Rumsfeld-Cebrowski [13] es una reforma tan importante como la creación del Pentágono después de la crisis de 1929. Pero esta vez se trata de adaptarse al capitalismo financiero. Estados Unidos ya no trataría de ganar guerras sino de prolongarlas el mayor tiempo posible. Es ese el verdadero significado de la expresión «guerra sin fin» del presidente George Bush hijo. El verdadero objetivo de Estados Unidos sería destruir las estructuras mismas de los Estados en los países cuyas riquezas pretende explotar. Con la destrucción de los Estados se busca evitar que los países víctimas de esa estrategia puedan ejercer algún tipo de control político sobre sus propios recursos. El coronel estadounidense Ralph Peters resumió esa doctrina en una frase: «La estabilidad es enemiga de Estados Unidos» [14].
Eso es exactamente lo que acaba de suceder en Afganistán. Estados Unidos inició su guerra contra Afganistán justo después del 11 de septiembre. Supuestamente sería una guerra de sólo semanas, pero se convirtió en una guerra interminable. La victoria de los talibanes a la cual acabamos de asistir fue organizada –por Estados Unidos– para seguir prolongando el conflicto. Es por eso que el presidente Biden acaba de declarar que Estados Unidos no invadió Afganistán para construir allí un Estado –exactamente lo contrario de lo que Estados Unidos hizo en Alemania y en Japón después de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando se reunió con Vladimir Putin en Ginebra, Biden rechazó públicamente la «guerra sin fin». Pero ahora acaba de reactivarla, alineándose –como Barack Obama– tras la doctrina Rumsfeld-Cebrowski.
Todos los conflictos iniciados después del 11 de septiembre de 2001 se han prolongado hasta hoy. Lejos de terminar después de la victoria militar proclamada por Estados Unidos, la inestabilidad se ha instalado en Irak. Lo mismo ha sucedido en Libia, en Siria, en Yemen y en Líbano. Por supuesto, siempre existe el recurso de calificar lo que sucede en esos países de «guerra civil» y de acusar a sus líderes de ser «dictadores» o simplemente no explicar nada. Pero lo cierto es que esos países eran estables antes de las intervenciones occidentales impulsadas por Estados Unidos y que, cuando empezaron sus desgracias, la Libia de Gadafi y el Líbano de Aoun eran incluso aliados de Estados Unidos.

Bajo la administración de George Bush hijo, el vicepresidente Cheney había creado en la Casa Blanca un grupo secreto, encargado de definir el desarrollo de la política energética de Estados Unidos (National Energy Policy Development). Aquel grupo estaba convencido de el mundo estaba a punto de enfrentar una grave escasez de petróleo. Así que, si Estados Unidos destruyó Estados fue para poder explotar el petróleo de esos países, pero no precisamente ahora sino en otro momento.
Además, la doctrina Rumsfeld-Cebrowski estipula que Estados Unidos no debe luchar contra las potencias globalizadas como Rusia y China sino que debe, al contrario, darles acceso a los recursos naturales de los países conquistados… pero obligándolas a pagar a Estados Unidos para obtener ese acceso.
Al publicar numerosos informes internos de las fuerzas armadas estadounidenses, Julian Assange no reveló información realmente sensible. Pero el conjunto de documentos revelados permite comprobar que el Pentágono nunca trató de ganar las guerras que emprendió después del 11 de septiembre.
Para librar esas guerras, el Pentágono se dotó secretamente de fuerzas especiales clandestinas: 60 000 soldados que no portan uniformes [15] y que son capaces de asesinar a cualquiera, en cualquier país y sin dejar rastro. Ya en 2002, el periodista estadounidense Bob Woodward revelaba la operación bautizada «Matriz del Ataque Mundial», que se había decidido sólo 3 días después de los atentados del 11 de septiembre [16]. Por su parte, Wayne Madsen –también estadounidense– publicaba los nombres de las primeras víctimas en Papuasia, Nigeria, Indonesia y Líbano [17].

Conclusión
Los últimos 20 años confirmaron todas mis previsiones. Desgraciadamente, son pocos los que han visto con claridad la evolución del mundo. La mayor parte de la gente se niega a ver la relación que existe entre las revelaciones de fuentes diversas y casi nadie quiere ver la responsabilidad de las democracias occidentales en los crímenes perpetrados contra los países del Gran Medio Oriente.
El problema sigue siendo el mismo: casi nadie puede admitir que el criminal esté tan cerca.
NOTAS
[1] L’Effroyable imposture, Thierry Meyssan, Carnot, 2002. Segunda edición, revisada y corregida L’Effroyable imposture suivie du Pentagate con prefacio del general Leonid Ivashov (quien era jefe interino del estado mayor de las fuerzas armadas rusas el 11 de septiembre de 2001), Demi-Lune, 2006. En el mismo año 2002, este libro fue publicado en español bajo el título La Gran Impostura: Ningún avión se estrelló en el Pentágono.
[2] Según mis detractores, yo no había estado en el lugar de los hechos, como habría tenido que hacerlo un «verdadero periodista». Pero Estados Unidos había prohibido el acceso a las tres “escenas del crimen” por razones de «seguridad nacional» y durante años ningún periodista, de absolutamente ningún medio, tuvo acceso a ellas. Así que el reproche de «amateurismo» tendría que aplicarse no sólo a mí sino también a todos los periodistas que repetían la versión oficial.
[3] El calificativo «conspiracionista» comenzó a utilizarse en los años 1960 para designar a quienes ponían en duda la tesis oficial del francotirador solitario que supuestamente asesinó al presidente Kennedy y denunciaban que fue un complot lo que hizo posible aquel magnicidio.
[4] En efecto, yo niego la versión oficial sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001. Pero el término «negacionismo» alude en realidad a una corriente de extrema derecha –cuyas ideas siempre he combatido– que niega la voluntad de los nazis de perpetrar el genocidio de los judíos en Europa.
[5] Las operaciones false flag o “bajo bandera falsa” son operaciones realizadas de manera tal que sea posible atribuirlas al bando adverso. Nota de Red Voltaire.
[6] Against All Enemies, Inside America’s War on Terror, Richard Clarke, Free Press, 2004. Publicado en francés bajo el título Contre tous les ennemis: Au cœur de la guerre américaine contre le terrorisme, Albin Michel, 2004.
[7] Como todos los años, Warren Buffet –quien era entonces el hombre más rico del mundo– daba una cena de caridad en Nebraska. Pero, cosa que nunca antes había sucedido, aquel día la cena anual no se organizó en un gran hotel sino… en una base militar. Los jefes de empresas invitados habían dado el día libre a sus empleados de Nueva York, lo cual explica la cantidad relativamente reducida de muertos en el derrumbe de las Torres Gemelas.
[8] A Pretext for War: 9/11, Iraq and the abuse of America’s intelligence agencies, James Bamford, Anchor Books, 2004.
[9] «¿Quién inventó las falsas llamadas telefónicas desde los aviones secuestrados el 11 de Septiembre?», por Giulietto Chiesa, Megachip-Globalist (Italia), Red Voltaire, 28 de julio de 2013.
[10] Cuatro años después de los hechos del World Trade Center, los madrileños fueron testigos del incendio de la Torre Windsor, un edificio de 32 plantas y más de 106 metros de altura. En la noche del 12 al 13 de febrero de 2005, la Torre Windsor estuvo ardiendo durante horas. Algunas partes del edificio colapsaron de forma aislada pero la Torre Windsor no se derrumbó sobre sí misma. De hecho, se mantuvo en pie y tuvo que ser objeto de un trabajoso proceso de desmantelamiento para liberar el terreno que ocupaba. A pesar de su engañoso título, el lector podrá encontrar detalles interesantes en el artículo “Quince años del incendio del Windsor, el rascacielos que se derritió a 1.000 grados”, El País, 12 de febrero de 2020, y en Wikipedia. Nota de Red Voltaire.
[11] Top Secret America: The Rise of the New American Security State, Dana Priest y William M. Arkin, Little, Brown and Company, 2011.
[12] Los “Cinco Ojos” o Five Eyes es la denominación de la alianza de servicios de escuchas e intercepción de las comunicaciones mundiales en la que participan Australia, Canadá, Estados Unidos, Nueva Zelanda y Reino Unido, alianza creada en 1941 por la Carta del Atlántico.
[13] «La doctrina Rumsfeld-Cebrowski», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 25 de mayo de 2021.
[14] “Stabiliy American’s Ennemy”, coronel Ralph Peters, Parameters #31-4, invierno de 2001.
[15] “Exclusive: Inside the Military’s Secret Undercover Army”, William M. Arkin, Newsweek, 17 de mayo de 2021.
[16] “Saturday, September 15, At Camp David, Advise and Dissent”, Bob Woodward y Dan Balz, The Washington Post, 31 de enero de 2002.
[17] “J’accuse – Bush’s Death Squads”, Wayne Madsen, Makingnews.com, 31 de enero de 2002.
El golpe de Estado del 11/9, veinte años después
El autoatentado del World Trade Center sirvió para instaurar el Estado de vigilancia total e iniciar un ciclo bélico continuo que llevaron a la derrota de Afganistán y a una cuasi- guerra civil interna.

POR EDUARDO J. VIOR / INFOBAIRES 24
Este sábado 11 el mundo conmemora el vigésimo aniversario de la voladura de las Torres Gemelas de Nueva York que sirvió de pretexto, para la promulgación de la Ley Patriótica que puso a la sociedad norteamericana bajo el control total de sus servicios de inteligencia y para justificar el inicio de un ciclo de guerras sin fin que condujo a la calamitosa retirada de Kabul. El recuerdo debería servir para revisar la maniobra de entonces y a Estados Unidos para reconducir su relación con el mundo. Sin embargo, el cerrado círculo que lo domina persiste en su versión mentirosa sobre el volantazo que dio hace dos décadas, en repetir las aventuras exteriores que llevaron al país a perder el cetro mundial y en tensar los conflictos socioculturales que polarizan a su sociedad.
Cuando volvemos la mirada hacia lo que sucedió el 11 de septiembre de 2001, se reavivan en nuestras retinas las imágenes de los atentados contra las Torres Gemelas del World Trade Center, pero no guardamos recuerdo de los pingües negocios que algunos hicieron con las acciones de las empresas aéreas afectadas, gracias a que tenían información de primera mano sobre lo que iría a suceder. Tampoco están en nuestra memoria el incendio en el anexo de la Casa Blanca (el Old Eisenhower Building) ni la caída de un tercer edificio del World Trade Center. Por ello es bueno refrescar la denuncia del periodista francés Thierry Meissan (en castellano: La Gran Impostura, Buenos Aires: El Ateneo, 2013). El libro, publicado por primera vez en Francia en 2002, fue traducido a 18 idiomas y tuvo una gran resonancia. Más allá de muchos detalles técnicos, es importante después de la retirada occidental de Afganistán revisar sus implicaciones políticas.

Richard Clarke, jefe de Contraterrorismo de los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush (1998-2003)
En primer lugar, resulta sorprendente que casi nadie recuerde ya que a las 10 de la mañana de aquel día Richard Clarke, Coordinador Nacional de Seguridad, Protección de Infraestructuras y Lucha contra el Terrorismo (1998-2001), puso en marcha el “Plan de Continuidad del Gobierno”. Se trataba de un esquema de emergencia de la época de D. Eisenhower (1953-61), para evacuar al ejecutivo, al Congreso y a los directivos de las principales empresas norteamericanas en caso de guerra nuclear. Al aplicarse esta medida, el presidente George W. Bush y todo el legislativo quedaron suspendidos de sus funciones y bajo protección militar.
El jefe de Estado fue conducido a una base aérea en Nebraska, donde ya estaban desde la noche anterior todos los jefes de empresas que ocupaban los pisos superiores de las Torres Gemelas. Cuenta T. Meissan (https://www.voltairenet.org/article213880.html#nb6 ) que, “como todos los años, Warren Buffet –entonces el hombre más rico del mundo– daba una cena de caridad en Nebraska. Pero, cosa que nunca antes había sucedido, aquel día el evento no se realizó en un gran hotel sino en una base militar. Los jefes de sociedades invitados habían dado el día libre a sus empleados de Nueva York, lo cual explica la cantidad relativamente reducida de muertos en el derrumbe de las Torres Gemelas”.
Por su parte, los miembros del Congreso habían sido concentrados en el megabúnker de Greenbrier, en Virginia Occidental. El poder quedó así durante doce horas en manos del “gobierno de continuidad” refugiado en el llamado “Complejo R” de Raven Rock Mountain, Virginia, hasta que fue devuelto a las autoridades legítimas al final de aquel día. Todavía no se sabe quiénes eran los miembros de aquel ejecutivo de emergencia ni qué hicieron durante esas doce horas. En el Congreso tampoco prosperaron nunca los pedidos de audiencia pública para discutirlo.
El autor francés insiste en que, “mientras no se aclaren ese y otros aspectos de lo sucedido aquel día, se mantendrá la polémica sobre el 11 de septiembre de 2001”. Ese día no murió ningún miembro del gobierno, el poder legislativo o el judicial ni los servicios de inteligencia tuvieron noticia alguna de que amenazara un ataque exterior. Por lo tanto, el traslado del poder a un gobierno paralelo nunca estuvo justificado. “En otras palabras, fue un golpe de Estado”, dice T. Meissan.
Thierry Meissan, periodista francés, analista internacional, editor de Voltaire.net
Es más, la versión oficial sobre los atentados es insostenible (T. Meissan, https://www.voltairenet.org/article213880.html#nb6):
1) Hasta el día de la fecha, no se ha demostrado que los 19 supuestos “secuestradores aéreos” efectivamente hayan estado a bordo de los aviones secuestrados. Esas personas no aparecen en las lista de pasajeros que las compañías aéreas publicaron aquel mismo día y los videos que los muestran no fueron grabados en Nueva York, sino en otros aeropuertos por donde pasaron en tránsito.
2) Tampoco existen pruebas de las tan citadas 35 comunicaciones telefónicas con pasajeros que se hallaban en los aviones secuestrados. Por el contrario, el FBI especificó que los aviones secuestrados no tenían teléfonos incorporados en los asientos de los pasajeros, quienes habrían tenido que utilizar sus propios teléfonos celulares que en aquella época no funcionaban a más de 5.000 pies (1.700 m) de altitud. Además, en las listas de comunicaciones proporcionadas por las compañías telefónicas no apareció ninguna de las llamadas mencionadas.
3) Hasta ahora tampoco nadie ha explicado congruentemente el derrumbe vertical (sobre sí mismas) de las Torres Gemelas y de un tercer edificio de aquel complejo. Según la versión oficial, el combustible de los aviones ardió y el fuego fundió las vigas verticales que sostenían las dos torres, lo cual explicaría su derrumbe. Un tercer edificio del complejo también se derrumbó –sin impacto de ningún avión– supuestamente, porque fue afectado por los derrumbes de las torres vecinas, pero también se derrumbó sobre sí mismo. Tanto las explosiones laterales como la presencia de vigas seccionadas indican la existencia de una demolición no accidental sino controlada. Para terminar, las fotos de verdaderas “piletas” de acero fundido tomadas por los bomberos y las fotos de la FEMA (la agencia estadounidense para la gestión de catástrofes) que muestran cómo se derritió la roca sobre la cual estaban construidos los cimientos son inexplicables según la versión oficial.
4) Del mismo modo no existe asimismo evidencia alguna de que un avión de pasajeros se haya estrellado contra el Pentágono. Al día siguiente de los atentados, los bomberos explicaron que no habían encontrado allí nada proveniente de un avión. Por el contrario, las autoridades sí anunciaron haber encontrado numerosas piezas de avión, pero nunca las mostraron.
Inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre, sólo en cuestión de días, la administración de George W. Bush hizo aprobar el USA Patriot Act (la Ley Patriótica estadounidense). Es un texto muy voluminoso que fue redactado a lo largo de los dos años anteriores por la Federalist Society, que contaba entre sus miembros al Procurador General Theodore Olson y al secretario de Justicia John Ashcroft. Esta ley suspende la aplicación de la Carta de Derechos (Bill of Rights), incorporada a la Constitución en 1791, en los casos de terrorismo.
La Declaración de Derechos (Bill of Rights) fue añadida en 1791 a la Constitución de EE.UU. para balancear el poder de un Ejecutivo muy fuerte.
La interpretación política de los hechos del 11/9 aún no es concluyente. Según Thierry Meissan, los atentados habrían sido escenificados por una facción reaccionaria dentro del poder norteamericano para limitar las libertades individuales e imponer una estrategia de guerra permanente. Para aplicar la ley mencionada, se creó el Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security, DHS) que concentró 16 servicios de inteligencia ya existentes. En 2011 el Washington Post informó que el DHS había reclutado a 835.000 funcionarios, de los cuales 112.000 tenían contratos secretos. En 2013 Edward Snowden reveló cuán masiva es la vigilancia que el Estado ejerce sobre cada habitante de EE.UU. Por algo vive todavía hoy en Rusia como refugiado político.
Como explica a continuación el periodista francés, un mes después de los atentados el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, creó la Office of Force Transformation (Oficina de Transformación de la Fuerza) y la puso bajo el mando del almirante Arthur Cebrowski. Con esta oficina no sólo se modificó radicalmente la organización del poder militar norteamericano sino todas sus funciones. Estados Unidos ya no trataría de ganar guerras, sino de prolongarlas el mayor tiempo posible. Para ello, los siete comandantes regionales obtuvieron un poder sólo comparable al de los virreyes coloniales. La superpotencia ya no se interesa más por vencer a sus adversarios, ocuparlos y remodelarlos a su imagen y semejanza. Con la nueva estrategia sólo interesa destruir los Estados en los países cuyas riquezas se pretende explotar.
Esta estrategia se aplicó primero en Afganistán. A Washington nunca le interesó combatir al terrorismo ni instaurar un sistema democrático, sino extraer el opio para mantener el control sobre el mercado europeo de la heroína y, eventualmente, construir el gasoducto de Turkmenistán a India, a través de Afganistán y Paquistán, que le habría dado el control sobre el gas turkmeno. Nada más.
Es lícito preguntarse, si tanta gente estaba involucrada en los secretos de esa conspiración, por qué nadie salió a denunciarla. En primer lugar, efectivamente, a lo largo de los años hubo muchas denuncias sobre aspectos parciales de los acontecimientos del 11/9, pero pasaron desapercibidos, porque los sucesivos gobiernos de EE.UU. parecían estar llevando adelante una guerra mundial contra el “terrorismo islámico” y nadie parecía cuestionar seriamente la finalidad proclamada.
Después de las invasiones a Libia, Siria e Irak y tras difundirse innumerables revelaciones sobre la responsabilidad de los servicios secretos norteamericanos en la promoción y el sostén de al Qaeda, el Estado Islámico y organizaciones similares, es evidente que algunas instituciones estadounidenses por épocas pueden haber estado interesadas en combatir el terrorismo islámico, pero sólo después de que otras lo habían fomentado y lo siguen haciendo.
La primera conclusión a extraer es, entonces, que mucha gente estuvo involucrada en la conspiración del 11/9, quizás conociendo sólo aspectos parciales, pero que no lo denunciaron, porque pensaron que el fin justificaba los medios. Y si lo hicieron, sus voces fueron silenciadas por el consenso general sobre la corrección básica de la “lucha contra el terrorismo islámico”.
La cuestión de fondo radica en la disposición que mostró la opinión pública norteamericana y buena parte de la europea para aceptar la mentira del 11/9. Durante la Guerra Fría en EE.UU., Europa Occidental y Japón se convenció a los pueblos de que el precio del Estado de Bienestar y de la paz precaria de los que gozaban era aceptar el enfrentamiento constante con el bloque soviético y las consecuentes restricciones a la libertad. Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1989-91, no sólo desapareció la imagen de enemigo que justificaba esas limitaciones, sino que la reducción de la productividad de la economía norteamericana obligaba a la superpotencia triunfante a buscar el modo de mantener su supremacía.
Entonces, primó dentro de EE.UU. la tendencia al facilismo: en lugar de modernizar su infraestructura y de mejorar la productividad de su economía, la política económica de Clinton, Bush Jr. y Obama favoreció la especulación global del capital financiero, para sostenerse mediante beneficios rentísticos. Mientras tanto, la República Popular de China se desarrollaba a la sombra de la hegemonía norteamericana, mientras se apropiaba de gran parte de la deuda pública de EE.UU. El gobierno de Donald Trump y la fractura que hoy divide a la sociedad estadounidense son sólo el resultado de esa decadencia. Se ha roto el consenso de la Guerra Fría. Al no existir el bienestar generalizado, no se justifican ni la guerra permanente ni el cercenamiento de las libertades.
Después de la derrota en Afganistán, la sociedad estadounidense está pasmada. Quizás por el estupor que la invadió todavía no pide cuentas por la sucesión de mentiras, ocultamiento y engaños de los últimos veinte años. La oligarquía dominante sigue agitando el odio interno, mientras busca espantajos externos que justifiquen nuevas aventuras, pero quien no revisa su pasado, entrega su presente e hipoteca su porvenir.
Afganistán: Black Hawks y Humvees: ahora son equipo militar de los talibanes
¿Cuántos aviones tienen los talibanes?
¿Qué otro equipo de combate han heredado los talibanes?
¿Qué pueden hacer los talibanes con su nuevo arsenal?
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El movimiento pide ayuda a Francia, Estados Unidos y Reino Unido para resistir, pero la prioridad de estos países ha sido irse
La resistencia de Panjshir se queda sola contra el Emirato

EL CORREO VASCO
Solo el Panjshir se ha resistido a jurar lealtad al Emirato impuesto por los talibanes. Desde el primer momento el gran líder local, Ahmed Massoud, llamó a la resistencia armada, pero con el paso de los días se han intensificado los contactos y de momento no hay choques de alta intensidad a la vista, aunque sí alguna escaramuza. “Mantenemos conversaciones con los talibanes y la atmósfera es positiva. Ambas partes hemos decidido apostar por la paz y evitar los ataques”, informó Hafiz Mansour, miembro del recién formado Frente de Resistencia Nacional, creado para englobar a todos aquellos que quieran hacer frente a los talibanes.
Massoud tiene 30 años, regresó hace cinco de Londres tras terminar sus estudios y es hijo del legendario comandante muyahidín Ahmed Sha Massoud, asesinado pocos días antes del 11-S y considerado héroe nacional antes de la llegada de los fundamentalistas. Desde la victoria del Emirato se ha prodigado en medios internacionales con entrevistas en las que exige un gobierno integrador como único camino para mantener la paz. “Nuestra demanda es grande y no se limita al Panjshir, como nuestro trabajo. Nuestra lucha es por todo Afganistán”, escribió recientemente en su cuenta de Twitter,
Esta pequeña provincia montañosa al norte de Kabul está blindada por la muralla natural del Hindu Kush, y el valle que surca el río de los “cinco leone”’ (que es la traducción de Panjshir) ha sido escenario de algunas de las más importantes batallas que se recuerdan en Afganistán.
El escritor afgano Natiq Malikzada apunta que “Kachkan es la tierra en la que no pudo entrar Alejandro Magno y Kachkan es el primer nombre de Panjshir; Genghis Khan también sufrió para poder entrar… la verdadera dificultad para conquistarlo es su gente. En la época moderna ellos fueron quienes lanzaron la guerra de guerrillas contra el Ejército Rojo, que luego se extendió por el resto del país”
Alternativa integradora
Afganistán es un crisol de etnias y las cinco principales son los pastunes, tayikos, uzbekos, turcomanos y baluchis. Si Kandahar es el epicentro pastún, la etnia mayoritaria en el país, el Panjshir es el bastión de los tayikos, la segunda más importante. Los primeros hablan pustu, los segundos dari, un dialecto del farsi iraní. Los pastunes forman la columna vertebral de los talibanes, los tayikos intentan alejarse del extremismo religioso y se erigen como una alternativa de poder más integradora.
“A la hora de combatir, los militares aseguran que se trata de un valle al que se puede entrar, como lo hicieron los soviéticos, pero luego la salida es un desafío enorme por su orografía, a veces una misión imposible”, comenta Malikzada. Un ejemplo de esta dificultad es que la imagen bucólica de las montañas siempre verdes y el río caudaloso partiendo el valle está acompañada de un cementerio de chatarra de antiguos tanques y vehículos soviéticos. Se han convertido en parte del escenario local al que todos se han acostumbrado.
Ahora son los talibanes quienes ponen cerco a los hombres de Massoud, en los ochenta fueron los rusos, que asaltaron el valle en nueve ocasiones, una por cada año que estuvieron en Afganistán. “El más feroz de todos los ataques fue el séptimo, en el que emplearon 30.000 soldados, 200 helicópteros, 60 cazas y 160 tanques… no pudieron someter a los milicianos”, recuerda Malikzada apelando a esa épica a la que estos días apelan el joven Massoud y el vicepresidente Amrullah Saleh, también tayiko y refugiado en el Panjshir desde la llegada del Emirato.
Como en el pasado, piden ayuda a Francia, Estados Unidos y Reino Unido para resistir, el problema es que la prioridad de París, Washington y Londres ha sido irse de Afganistán. Al Panjshir le quedan sus hombres, su leyenda y las montañas para plantar cara al Emirato.
Pura alegría en Afganistán

POR ISRAEL ADAN SHAMIR
¡Mis felicitaciones, amigos y lectores! La victoria de los talibanes es nuestra victoria, es vuestra y mía. Nosotros, la gente no musulmana ni pastún, en Estados Unidos y Europa, podemos alegrarnos, porque en Afganistán, la masculinidad viril (no «tóxica») derrotó a la «diversidad de género», los creyentes vencieron a los débiles de fe, la moral de nuestros padres venció a la moral de nuestros hijos. Esta es la pura alegría que se desprende de la victoria afgana; esta victoria de los hombres barbudos en armas sobre unas huestes dirigidas por marimachos y sus ONG feministas es también nuestra victoria. No te avergüences de ser un hombre varonil; ¡mantente firme! Es un soplo de aire fresco, esta victoria varonil en las lejanas montañas que pisaron las falanges de Alejandro Magno; y para mí, esto es mucho más agradable de escribir que las cosas habituales, especialmente después de tanto tiempo alimentados a cuentagotas por las noticias hipocondríacas sobre otro anciano más que sucumbe al terrible virus, sobre los pasaportes verdes, los consejos médicos sobre cómo vivir más tiempo, la expiación de las fechorías de nuestros antepasados, por pertenecer a la raza equivocada y sobre cómo evitar las microagresiones, no sea que alguien se sienta herido. Si nosotros, los hombres, queremos herir a alguien, no nos detendremos en una broma, sino que vamos a empuñar un RPG.
El lanzacohetes RPG, del tipo preferido por los talibanes, hiere de verdad. No es una sensación imaginaria de malestar, sino un agujero real en la armadura. O una cabeza arrancada. No hay nada «micro» en sus disparos. No necesitas una máscara contra el covid en el campo de batalla porque la máscara no detendrá el cohete lanzado. No te preocuparás por el virus cuando te encuentres con balas reales. En el campo de batalla no se plantea el problema de los aseos sin género. Twitter no puede prohibir una ametralladora, pero una ametralladora puede desterrar a Twitter y a toda su pandilla. Los talibanes derrotaron a los militantes «woke»; no tienen miedo de ser políticamente incorrectos como nosotros. Los talibanes no tienen miedo de adorar a Dios e invocarlo, como nosotros. No tienen miedo de defender los valores familiares, ni siquiera entienden cómo podría ser de otra manera.

Los talibanes son los precursores de la verdadera democracia musculosa y liberadora, contra los Bill Gates, Greta Thunberg, Anthony Fauci, Nancy Pelosi, que nos esclavizan. No se someterían a esta pandilla; someterían a la justicia revolucionaria a aquellos que quieren privarnos de la calefacción, que quieren tapar el sol y asfixiarnos con sus máscaras. Un defensor de Trump observa con envidia cómo estos rebeldes tomaron realmente el palacio presidencial en lugar de verse acusados descaradamente de hacerlo el pasado 6 de enero.
Estos campesinos armados nos recuerdan que todavía podemos cambiar el mundo. No es necesario someterse. Se pueden reescribir todas las reglas del juego; se puede voltear el tablero. Se puede recuperar la normalidad, la norma tradicional.
Y es algo en lo que todos van a ganar: yo, por mi parte, no creo que Estados Unidos haya sido derrotado ni que el presidente Biden haya cometido un error. Ni mucho menos. Poner fin a la ocupación de una tierra extranjera es un acto noble. Fue una verdadera victoria para Biden, victoria sobre el Estado profundo, victoria sobre el Lobby judío. Si dependiera del Lobby, del NY Times, de la CIA, Estados Unidos nunca jamás abandonaría Afganistán. Lean a Bret Stephens en el New York Times (aquí está el texto sin tener que pagar), esta es la auténtica voz del Lobby. Stephens, neoconservador e hijo de padres judíos (a pesar de su supuesto apellido gentil), fue redactor jefe de The Jerusalem Post en la época de la Intifada y glorificó los horrores de la ocupación israelí. Stephens se lamenta de la «derrota» estadounidense y afirma que Estados Unidos debería haber permanecido en Afganistán para siempre. Su mejor argumento es el siguiente: «¿Pero no teníamos que dejar Afganistán en algún momento, dicen algunos? Pero esto es un contraargumento. Sí, aunque hemos estado en Corea durante 71 años, con un coste mucho mayor, y el mundo está mejor por ello». ¡Tonto! El mundo estaría mucho mejor sin las tropas estadounidenses en Corea; el Norte y el Sur se unirían, y el dinero malgastado allí podría haber servido para pagar la educación y la salud de los estadounidenses.
Los neoconservadores, los amos del Estado profundo, nunca habrían permitido que Trump saliera de Afganistán, de la misma forma que desbarataron sus mansos intentos de salir de Siria. Ahora Trump puede criticar a Biden por las feas escenas del aeropuerto de Kabul, pero a decir verdad, no hay forma agradable de separarse, ni de un país ocupado, ni de una mujer con la que has vivido durante veinte años. Si decides marcharte, prepárate para un montón de momentos desagradables. La retirada de Vietnam también fue fea, pero fue una decisión correcta entonces, y lo es ahora.
Piénsese en Auschwitz, un lugar hosco, quién lo duda. Cuando los alemanes tuvieron que marcharse, cientos de judíos los siguieron hacia el oeste (Elie Wiesel, el novelista especialista del Holocausto, estaba entre ellos). Tenían miedo de que el Ejército Rojo viniera a liberarlos y preferían seguir a los alemanes, que conocían. Por eso no me sorprende que muchos afganos quieran seguir a las tropas estadounidenses a otro lugar: tienen miedo de sus liberadores.
Las cosas podrían ser difíciles para los partidarios del régimen de ocupación, demasiado ansiosos. Cuando los nazis abandonaron Francia, muchos colaboradores fueron a la cárcel, algunos fueron linchados por los patriotas franceses. Pero eso no significa que hubiera sido mejor mantener a Francia ocupada.
Biden hizo bien en ordenar a Estados Unidos la retirada de Afganistán. Demostró mucha resistencia al ir en contra de los ruegos de su ejército, de sus servicios de inteligencia y de todo el Estado profundo. Debo admitir que hoy tengo mucho más respeto por el presidente Biden que antes de la retirada. Lo respeto aún más por su excelente respuesta al caniche británico. Los estadistas británicos se quejaron de la decisión de Biden de retirarse «después de haber derramado tanta sangre allí». El Reino Unido podía quedarse allí en Afganistán si quería, respondió Biden. Tenían esa opción, quedarse. Sólo que sin el apoyo estadounidense. Estados Unidos no quiere seguir siendo el policía del mundo.
Por cierto, el Reino Unido era el único miembro de la OTAN que tenía ganas de quedarse allí, admitió Boris Johnson. El nuevo jefe del partido laborista de la oposición, Keir Starmer (que llegó a su puesto después de que Jeremy Corbyn fuera acosado por acusaciones de antisemitismo) se mostró tan enérgico contra Biden como Johnson. Bueno, los británicos son así, les gustan las guerras. Empujaron a los reacios EE.UU. a la Primera Guerra Mundial y a la Segunda Guerra Mundial, y recientemente trataron de desencadenar algo de acción en el mar de Crimea. Es bueno que Biden no sea un tipo fácil de manejar; no tan fácil como lo fueron Wilson y Roosevelt.
Ahora existe la posibilidad de que Biden ordene sacar a las tropas estadounidenses de Irak y Siria; y con algo de suerte, de otros países, de Corea y Filipinas, o incluso de Alemania y el Reino Unido. Sería muy bueno para el pueblo estadounidense; y tal vez veamos dentro de poco a Boris Johnson subiendo al tejado del edificio de Grosvenor Square de la embajada de Estados Unidos en Londres para tomar el último vuelo en helicóptero hacia un portaaviones estadounidense antes de que los británicos lo lleven al paredón.
2
No se trata de restar importancia a la victoria de los talibanes. Lograron una hazaña increíble: en el transcurso de unos pocos días, acabaron con la Guerra de los Veinte Años. Sí, es una buena noticia: la larga guerra afgana ha terminado oficialmente. Comenzó en 2001 con la invasión estadounidense; terminó el pasado domingo 15 de agosto, cuando el protegido de Estados Unidos, el ex presidente de Afganistán, Ashraf Ghani, partió hacia los Emiratos Árabes Unidos con sus cuatro carros cargados de dinero.
El Ángel de la Historia cumplió las reglas de la triple unidad del drama clásico: unidad de acción, unidad de lugar y unidad de tiempo. En un día, el poder pasó a manos de los rebeldes: en Kandahar; en Mazar-i-Sharif, y, finalmente, en Kabul. Las expectativas apocalípticas de la «batalla por Kabul» que se avecinaba no se materializaron: el nuevo gobierno entró en el palacio presidencial prácticamente sin disparar un tiro.
La instantánea más notable de este giro histórico se produjo el lunes. No eran combatientes con bazucas ni muyahidines en el palacio. Eran niñas de Kabul que iban a la escuela por la mañana. Con pañuelos blancos, con mochilas, ellas, como siempre, iban a la escuela: o sea, sin miedo.
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Dos días más tarde, hubo un vídeo aún más notable de unas cuantas activistas femeninas que salieron a la calle para manifestarse con pancartas frente al palacio presidencial. Esta es probablemente la prueba más clara de su convicción de que ningún talibán les va a sacar del espacio público. Y, efectivamente, nadie molestó a estas señoras a pesar de la tontería de sus burdas consignas en medio del trascendental alboroto.
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El tema de la discriminación de la mujer en Afganistán fue inflado por las feministas al servicio del Departamento de Estado estadounidense, cuando fue necesario justificar la agresión y la toma de este país independiente. Es poco probable que la condición de una mujer en Afganistán difiera mucho de la de una mujer en Pakistán o Arabia Saudí, pero nadie tiene prisa por desembarcar tropas allí. El supuesto maltrato a las mujeres y a los homosexuales suele ser utilizado por los halcones británicos y estadounidenses para justificar las «intervenciones humanitarias» y debe tomarse con pinzas. Y el invasivo discurso occidental sobre multitudinarios colectivos LGBT no parece ni real ni normal, no sólo para los afganos. Los hombres sí aman a las mujeres, ¡no creas a las hienas que te mienten, hermana!
La ética en cuestiones de sexo puede ser extraña, tanto en Afganistán como en Inglaterra. Los talibanes piden a las mujeres que se cubran el pelo, como los judíos ortodoxos, y que se comporten con modestia. En Occidente se ha inventado el absurdo del sexo ¡»mutuamente no consentido«! El 28% de las mujeres jóvenes llegan a creer que guiñarles el ojo «normalmente o siempre» constituye un acoso sexual lo que supera a los talibanes en fanatismo. Algunas de las ideas de los talibanes son, en efecto, extrañas; pero no tanto como la flagelación pública del príncipe Andrew por los dichos de una puta avejentada en el Reino Unido/Estados Unidos.
La vida en Afganistán seguirá mejorando para las mujeres y los hombres, y será mejor que bajo el régimen de marionetas, esto es lo que esperan los afganos. Es la segunda toma de posesión de los talibanes, y las dos veces llegaron al poder prácticamente sin encontrar resistencia, clara señal de que cuentan con apoyo popular.
Los talibanes surgieron a principios de la década de 1990, después de que el gobierno prosoviético de Najibullah (muchos afganos dicen ahora que fue el mejor gobernante del país en el siglo XX) fuera derrocado por los muyahidines patrocinados por la CIA. En aquella época, la anarquía reinaba en el país. Cada señor de la guerra se consideraba un rey. En este contexto, los talibanes surgieron como un movimiento popular a favor de la honestidad, la ley y el orden, contra la anarquía de los señores de la guerra. Consiguieron ganar en 1996, sin derramamiento de sangre, entrando triunfalmente en Kabul. Detuvieron la producción y el comercio de drogas y prácticamente eliminaron esta lacra. Esto fue su perdición. La CIA no permitía la intromisión en el suministro de drogas, pues quería mantener a los estadounidenses en un sueño inducido por los narcóticos.
Afganistán fue sometido a sanciones progresivas; el pobre país se empobreció aún más; las tribus del norte se rebelaron, y luego la invasión estadounidense derrocó a los talibanes, hasta que volvieron al poder 20 años después. Durante este tiempo, Afganistán ha cambiado; Kabul ha crecido hasta convertirse en una ciudad de cuatro millones de habitantes. Pero seguía sin haber orden; los señores de la guerra y los grandes productores de droga seguían gobernando libremente, robando a los aldeanos a su antojo.
La base de apoyo original de los talibanes eran los pastunes de las aldeas, que en general querían muy poco del Estado: querían orden, un derecho consuetudinario que funcionara, o la ley islámica, ninguna interferencia en su vida privada y, preferiblemente, ningún impuesto. (Aquí hay un excelente artículo de fondo de Anatol Lieven) Ahora que las grandes ciudades están bajo el dominio de los talibanes, tendrán que mostrar más flexibilidad. En ciudades con más de un millón de habitantes, el derecho consuetudinario no siempre funciona. Pero los talibanes también han aprendido mucho. Se espera que sean capaces de encontrar un compromiso entre la aldea y la ciudad, teniendo en cuenta que las armas están en manos de los aldeanos.
Este enfrentamiento entre la ciudad y la aldea nos recuerda la revolución de Mao y la toma del poder por los jémeres rojos en Camboya. Pero el mundo es diferente hoy en día. El modo de vida occidental apenas es atractivo ahora; el progreso entró en un callejón sin salida con la locura de género, los encierros con el pretexto del coronavirus, la teoría crítica de la raza y el totalitarismo digital. Incluso aquél gran crimen de los talibanes antes de 2001, la destrucción de monumentos antiguos, ahora ha sido repetido por los progresistas estadounidenses y británicos desde Atlanta hasta Londres. Tal vez los afganos sean capaces de encontrar el buen método para administrar su país. Cada nación es un gran arquitecto de su futuro. Y durante los últimos 200 años de constantes incursiones, los afganos han tenido pocas posibilidades de averiguar lo que realmente necesitan.
Un factor nuevo e importante es la China poderosa, que necesita el tránsito comercial afgano. Los británicos y los estadounidenses no necesitaban transitar por Afganistán, ya que dominan el mar. Pero en los viejos tiempos, antes de la llegada de los europeos, las rutas de caravanas pasaban por Afganistán. Tal vez los flujos de tráfico se reanuden, el petróleo de Irán fluya hacia China, se reanude el comercio con el norte a través de la antigua Asia Central soviética y se abra un corredor hacia la India. Las prospecciones geológicas rusas han descubierto enormes reservas de minerales de tierras raras en las montañas de Afganistán, y su desarrollo podría volver a vincular a Rusia y China con Afganistán.
3
En Kabul, la población esperaba con gran inquietud la entrada de los talibanes. Sin embargo, los talibanes no interfirieron en la evacuación; cuando el presidente Biden les pidió permiso, dieron inmediatamente el visto bueno. Pero, en general, no hubo necesidad de apurar los aviones.
El Ministerio de Asuntos Exteriores ruso anunció que había llegado a un acuerdo con los talibanes para que las aerolíneas civiles rusas sacaran a todos los que tuvieran un lugar al que ir. Por desgracia, no hay ningún lugar en la tierra que quiera aceptar a tantos refugiados afganos. La gente debería quedarse en casa y hacer las paces con sus compatriotas; si han cometido crímenes, deberían pagar por ellos. Sin embargo, los talibanes emitieron una amnistía general, y es de esperar que se atengan a esta vía humana y misericordiosa.
En la propia Kabul, como en otras ciudades, los primeros días del nuevo gobierno transcurrieron con calma. Los talibanes sustituyeron a los soldados en sus puestos en las embajadas y prometieron que no caería ni un solo pelo de las cabezas de los diplomáticos. En la embajada rusa, los diplomáticos dijeron que ahora la ciudad es incluso más segura que bajo el antiguo régimen.
Las declaraciones de los talibanes también son tranquilizadoras. Han prometido que no habrá venganza. Las mujeres pueden seguir trabajando sin tener que vestirse al estricto estilo tradicional. De hecho, en los primeros días del nuevo Afganistán, estas promesas se han cumplido.
El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, cree que hay que esperar para ver cómo se desarrollan las cosas en Afganistán, aunque sus primeras impresiones son favorables: «Estamos observando procesos positivos en las calles de Kabul, donde la situación es bastante tranquila y los talibanes están aplicando eficazmente la ley y el orden». El embajador ruso ante la ONU también expresó un cauto optimismo en la reunión del Consejo de Seguridad. «No hay que dejarse llevar por el pánico. Es importante que hayamos conseguido evitar el derramamiento masivo de sangre entre la población civil», dijo. El enviado especial del presidente ruso para Afganistán, Kabulov, también valoró positivamente el giro de los acontecimientos. «Hace tiempo que los talibanes me parecen mucho más fiables que el gobierno títere de Kabul», dijo.
Los primeros pasos de los talibanes en la elaboración de leyes son también alentadores. Los talibanes han prohibido las vendettas sangrientas entre familias, el viejo azote de Afganistán. Dicen que se guiarán por la sharia, lo que puede parecer una pesadilla para nuestros lectores laicos occidentales, pero que es una alternativa mucho más misericordiosa que la ley tribal pashtunwali. El Pashtunwali aprueba las luchas de sangre; según la Sharia, esta manera clánica de dirimir conflictos está prohibida. Refiriéndose a la Sharia, los talibanes prohibieron la distribución y el consumo de drogas, que era la principal ocupación de los afganos bajo la ocupación estadounidense. También prohibieron la costumbre local del bacha bazi, la explotación homosexual de los niños. Prohibieron la brujería y los préstamos con intereses, e incluso cancelaron todas las deudas, algo de lo que todos podemos aprender. Veamos qué de todo esto se pondrá en práctica y qué se quedará en promesas huecas.
Un peligro real y presente sería cualquier intento de las fuerzas occidentales de volver a inmiscuirse en Afganistán. Hay muchos belicistas; tipos como John Bolton que siempre quieren más guerra. Ahmad Massoud, un hijo del señor de la guerra del Norte, ya ha pedido armas para seguir luchando contra los talibanes. Se ha reunido con BHL (Bernard-Henri Lévy), el maestro franco-judío del discurso que siempre llega donde va a cuajar la tormenta.
Por eso el presidente Putin, en su rueda de prensa tras reunirse con Frau Merkel, dijo: «No nos interesa ahora hablar del fracaso de Estados Unidos. Nos interesa que la situación del país sea estable». Vladimir Putin ha exigido que los países no se inmiscuyan en Afganistán tras la liberación de Kabul, y ha dicho que Occidente «debe detener la política irresponsable de imponer valores extranjeros desde el exterior». Y eso puede ser un punto muy bueno, sí.
Se puede contactar con Israel Shamir en adam@israelshamir.net
Original: Original: https://www.unz.com/ishamir/the-sheer-joy-of-afghanistan/ Traducción: MP

