A 66 AÑOS DEL BOMBARDEO A PLAZA DE MAYO, el mayor atentado terrorista de la historia argentina.

En unos minutos se cumplirán 66 años desde el bombardeo a la Plaza de Mayo, la Casa Rosada y la residencia presidencial, atentado terrorista que dio comienzo a casi tres décadas de violencia política cuyas reverberaciones llegan hasta nuestros días. El investigador histórico Gogo Morete ha sido el más tenaz impulsor de que el recuerdo de aquella jornada luctuosa permanezca vivo, y que las víctimas fueran indemnizadas, primero desde la nonata Secretaria de Derechos Humanos de la Nación y luego desde el Archivo Nacional de la Memoria (que produjo un informe oficial de los hechos ocurridos, del que tuve el orgullo de ser co-redactor). Su texto es completado por otro, en la misma sintonía, de Ernesto Jauretche. Y, por último, una canción alusiva de Gabriel Torres.

Natividad López

 

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POR GOGO MORETE

 

Las fotos del bombardeo son estremecedoras, pero hay una en particular. Una mujer acostada en la vereda mirando en su cuerpo lo que ya no está. A unos pasos, su pierna desgarrada.

No hay dolor en esa mirada, solo sorpresa. Esa foto me parece  una síntesis del embrión del Terrorismo de Estado.  Aviones tripulados por los hijos de una clase que se siente superior, dándoles a los negros una lección de democracia.

Respecto a la “chirinada” del 28 de septiembre de 1951, un fracasado intento  de golpe de Estado, el general Benjamín Menéndez expresó; “Ahí supimos que para voltear a Perón no bastaba con un golpe tradicional, iba a tener que correr mucha sangre”.

Quien mejor lo explicitó fue el teniente de fragata Baratta quien estaba a cargo de una ametralladora pesada emplazada en el 5º piso del Ministerio de Marina, cuando los vio avanzar al grito de “La vida por Perón”:

“Les di el gusto, descargué una ráfaga y muchos cayeron”, expresó con claridad, como consta en la causa Olivieri.

Es probable que en ese momento los Gloster-Neteor que venían desde el sur hayan impactado a Natividad. Muchos años después me contó que sintió como un fuego. “Serían las 3 de la tarde, venía de Villa Martelli, tenía 26 años y 3 hijos. Había ido a la zona de Plaza de Mayo buscando una ayuda escolar”.

Habló pausado, con una voz resignada: “No es fácil olvidarse, yo iba en el trole mirando y de pronto estaba en la vereda, no me desmayé, era como un dolor para arriba. Se sabía que iban a pasar aviones. Creíamos que iban a caer flores”.

14 toneladas de bombas fueron el contundente argumento con que la Marina de Guerra y la Fuerza Aérea terminaron con la ingenuidad de Natividad y parieron el Estado Terrorista.

Después del golpe sangriento de septiembre, a Natividad las cosas se le complicaron. Ya no tenía su pierna derecha, tampoco la posibilidad de explicar su ausencia.

A la “dentadura que la mordía” (así llamaba a la prótesis) con dificultades para bañarse, dolor de cintura: “Todo me dolía”.

Se preguntaba “por qué me toco a mi”

Tuvieron que pasar 54 años para que el Estado reconociera el atentado terrorista más grande de la historia reciente. Fue con la sanción de la LEY 26564. Las leyes reparatorias solo son eso, reparatorias. Son como el pegamento para un vaso roto. Por las heridas se escapa el líquido de la vida.

Cuando terminaba el testimonio y le entregamos el libro, producto de nuestra investigación, conoció algunos números: 308 muertos, más de mil heridos, 14 toneladas de explosivos, 20 North American AT6, 5 Beechcraft ATII, 3 Hidroaviones Catalina, 20 Gloster Meteor, 5 horas desde el primer bombardeo, a las 12.40 (cuando cayó la bomba sobre ese trolebús, en Hipólito Yrigoyen y Paseo Colón, hasta la finalización del último, a las 17.40, cuando se ametralló el Departamento Central de Policía y se asesinó a un oficial que estaba en su oficina del tercer piso.

Un nieto de Natividad dijo “Ojalá que esto sirva para que no solo mi familia sepa que paso el 16 de junio de 1955″.

Ya pasaron casi diez años desde ese encuentro. No sé que habrá sido de Natividad López, pero si lo encuentro al nieto le responderé que si sirvió; que son muchos los que rescatan ese momento trágico de nuestra historia.

Claro que me faltaría contar una parte si no le dijera que los mismos apellidos de los que bombardearon la plaza, hoy queman barbijos, son anticuarentenas y antivacunas. ¿Querés conocer a algunos?

Amadeo Bullrich Pinedo Lanusse Peña Estrada…

El mayor atentado terrorista ocurrido en Argentina

 

POR ERNESTO JAURETCHE
Hoy se cumplen sesenta y seis años del acontecimiento fundacional de la barbarie oligárquica contemporánea, cuyos sucesores y usufructuarios siguen animando a la oposición política en el presente. Porque no era contra Perón: era contra los trabajadores.
A las 12.40 del mediodía del jueves 16 de junio de 1955 una escuadrilla de combate de 29 unidades de la aviación naval conducida por militares sediciosos con apoyo en tierra de infantes y “comandos civiles” ametralló y bombardeó por sorpresa una ciudad desprevenida y a sus indefensos ciudadanos.
Reinaba la democracia y no se podía adivinar un estado de beligerancia: bullía una Nación grande con un pueblo feliz. No hubo declaración de guerra ni ultimátum ni advertencia alguna. La elección de los blancos no fue error ni confusión sino deliberado desatino: una de las primeras bombas de 50 kilos de trotyl estalló sobre el techo de la Casa Rosada; otra destruyó un trolebús repleto de pasajeros y mató a todos los pasajeros; ametrallaron la Plaza de Mayo atestada de gente y en los alrededores a los que escapaban del horror;  la residencia presidencial (el palacio Alzaga Unzué, en avenida del Libertador donde ahora se levanta la Biblioteca Nacional) y otras zonas de gran concurrencia de transeúntes en un día laborable recibió la inconcebible carga letal de millones de proyectiles de gran calibre, la explosión y dispersión de metralla de noventa mil quinientos kilos de bombas.
Un día común de trabajo se convirtió en un infierno horroroso. La ferocidad reinó en la calle. De otras maneras, pero mientras el peronismo siga viviendo en el espíritu del pueblo argentino, el salvajismo volvería a reinar una y otra vez. Sus crímenes fueron creciendo en crueldad y saña. Y hoy apenas estamos brotando, pacífica y amorosamente, con indecibles sacrificios y sobrellevando la ausencia irrevocable y fatal de los 30.000 que nos siguen faltando, decididos a reanudar el ciclo virtuoso que expresan nuestras tres banderas, con la esperanza como bandera.
Dos tercios de un siglo atrás los argentinos vivíamos esa tragedia. Y perseveramos en procura de la grandeza de la Patria y la felicidad del pueblo. Mientras, la cría de aquella recua de asesinos nos desafía desde la impunidad que les provee una justicia que levanta patíbulos para los justos y agasaja a los bandidos y de un sistema de medios y recursos de educación y comunicación que hace culto de la mentira y la doctrina de la injusticia económica y social.
¡Cómo será de torcido el futuro que nos prometen los heraldos de aquel espantoso pasado que después de acaecido más de medio siglo de semejantes hechos de terror perseveran en la propagación de su falsa literatura! Insisten y obtienen éxitos en instalar en la memoria del imaginario colectivo que el incendio de algunas iglesias (¡y hasta el del Jockey Club!), en los que hubo daños materiales pero ninguna víctima, ocupa el lugar principal en esa atormentada y sangrienta historia, superior al del atroz bombardeo que originó la masacre fundacional de la barbarie oligárquica contemporánea.

“El Corpus Christi tira Booom-bas / las vomita / sobre la plaza de unas madres jovencitas…”.

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