PANORAMA MUNDIAL. Entérense dónde estamos parados
Me gustó el ajustado panorama que hizo de la actualidad internacional Jorge Wozniak. Encuentro, además (todo tiene que ver con todo) que está emparentado con mis dos post anteriores. Comprobando que estamos en la misma sintonía y sin temor al sesgo de confirmación, no vacilo ni hesito en felicitar a Tektónicos por publicarlo.
Una radiografía histórica de la decadencia del Imperio Americano.
EE.UU. y un declive incontenible

Estamos presenciando un cambio de .época que tal vez la mayoría del público .difícilmente percibe. Es una transformación tan profunda como la que vivieron (sin valorarlo cabalmente) los contemporáneos que presenciaron el declive y el fin del Imperio Romano.

Vivimos una situación que cambia rápidamente en direcciones múltiples, una transformación tan multifacética que a veces es difícil evaluar el futuro rumbo al que conducen los acontecimientos.
Antonio Gramsci vivió transformaciones de magnitud semejante en el periodo de entreguerras: el retroceso del liberalismo, el auge de los fascismos, el declive de Gran Bretaña como potencia hegemónica, la disolución o retroceso de otros imperios europeos y el crack de 1929 que afectó a todo el mundo capitalista. Por ello para referirse a su momento histórico escribió que «La crisis consiste precisamente en que el viejo mundo está muriendo y el nuevo no acaba de nacer; en este interregno surgen una gran variedad de síntomas mórbidos».
Hoy vemos cómo uno de esos esos síntomas enfermizos la emergencia de multitud de líderes gobernantes, más parecidos a personajes tragicómicos que a dirigentes políticos; el reemplazo de principios o programas políticos por frases vacías de contenido; el uso de la fuerza abierta para tratar de mantener el statu quo internacional. En este período de crisis sistémica se observan síntomas de la ruptura del orden anterior pero no todavía la consolidación de una nueva normalidad.
Asistimos indudablemente al fin de la hegemonía de los EE.UU. y del bloque occidental, a un cambio en las relaciones internacionales de tal magnitud que en pocos años seguramente se consolidará un nuevo equilibrio de poderes entre los nuevos actores en ascenso.
Desde fines de la Segunda Guerra Mundial los EE.UU. construyeron un conjunto de instituciones internacionales que le permitieran asegurar su hegemonía económica (FMI, Banco Mundial, GATT (N. del E.:, luego sucedida por la OMC) y regular las relaciones políticas o militares (ONU, OTAN) con su rival ideológico del momento, el bloque socialista.
La guerra mundial había afectado profundamente la capacidad económica de sus aliados y rivales capitalistas: las destrucciones en las redes comerciales y en la capacidad productiva fueron significativas, mientras que el conflicto (que no afectó prácticamente su territorio) transformó a los EE.UU. por lejos en la mayor potencia industrial del mundo. El uso de su moneda como divisa de reserva internacional era una expresión de esa realidad y por ello las diferentes instituciones económicas y financieras que se crearon a partir de ese momento pusieron al dólar como la principal moneda de referencia y les dieron por lo tanto a los gobiernos de ese país un peso mayoritario al momento de tomar decisiones vinculantes para el resto de los Estados capitalistas.
El colapso de la URSS y de todo el bloque soviético condujo a un orden unipolar donde los gobiernos de los EE.UU. impusieron a discreción sus decisiones, al margen de las normativas internacionales pactadas hasta entonces. En 1999 la OTAN, sin autorización del Consejo de Seguridad de la OTAN atacó Yugoslavia, demostrando que no había contrapeso válido a la hegemonía occidental. El ataque a Afganistán en 2001 o la invasión de Irak en 2003 por parte de EE.UU. y algunos de sus aliados tampoco contaron con autorización de la ONU.
Estos acontecimientos demostraron que la OTAN y la Unión Europea entre otras organizaciones se revelaron como meros apéndices de la política exterior decidida desde Washington.
Esa hegemonía indiscutible comenzó a estar en entredicho desde el final de la primera década del siglo XXI y es mucho más palpable en el curso de este año.
El debilitamiento de la posición de los EE.UU. responde a factores básicamente estructurales pero también inciden factores coyunturales.
Uno de los aspectos más importantes es que a partir de la crisis del fordismo, la del petróleo de 1973 y especialmente desde la caída del bloque soviético, los diferentes gobiernos de Washington apoyaron la política de sus grandes empresas para impulsar la globalización: en ese mundo unipolar el capital fluyó hacia aquellas las regiones del planeta donde los factores de producción fueran más rentables para los grandes inversores capitalistas.
En ese proceso, el alto costo de la mano de obra y los impuestos alentaron un proceso de desindutrialización de EE.UU. que, sin embargo, seguía conservando el control de los resortes financieros internacionales, era un centro de innovación tecnológica indiscutible y, sobre todo, su capacidad militar le daba el estatus de “gendarme del mundo”. Ningún cuestionamiento aparecía contra esa hegemonía evidente, solo grupos marginales o “Estados paria” sin capacidad para alteraban ese orden evidente.
En el contexto de la globalización algunas economías comenzaron a crecer de forma sostenida desde el año 2000; a modo de ejemplo China, India y Rusia multiplicaron casi diez veces su PBI nominal en los últimos 25 años mientras otros países tuvieron crecimientos menores, pero aun así significativos.
Por el contrario, la economía de los EE.UU. se triplicó en esos mismos años, lo cual no deja de ser relevante pero mostraba una tendencia. Entre todas ellas, la de China es la que más impacto internacional tiene porque se transformó en la mayor potencia industrial del mundo, y también por ser cada vez más un polo de innovaciones tecnológicas. Actualmente su PBI, si se mide por poder adquisitivo, ya es superior al de los EE.UU.
El proceso de desindustrialización que se inició con la globalización implicó una pérdida progresiva del valor real del dólar. Si en 1970 casi el 85% de las reservas de los bancos centrales estaban en dólares hoy esa cifra ronda menos del 52%, posición dominante pero que muestran un retroceso sostenido, expresión del propio retroceso de la economía estadounidense.
Al mismo tiempo, el papel de “gendarme del mundo” implicó que el gasto en defensa fuera en aumento, mientras su base productiva no crecía a la par. El permanente déficit fiscal era cubierto con deuda que los bancos centrales de las principales potencias adquirían, lo cual le daba estabilidad a una moneda que era emitida sin relación con su propia capacidad productiva. El PBI nominal de los EE.UU. era en 2025 de casi 30 billones de dólares, mientras que la deuda pública representaba un 120% de ese PBI, casi de 37 billones. Para poder refinanciar la gran deuda que vencía en 2025 se contrajeron nuevos créditos y por ese motivo la deuda supera ya en junio de 2026 los 39 billones.
Hoy el pago de los intereses anuales de la deuda es incluso superior al presupuesto de defensa, que es de por si el mayor del mundo. La creciente deuda pública, más otras partidas fijas que se incrementan anualmente constituyen un serio problema para la estabilidad de EE.UU.
Este panorama incierto acerca del futuro económico del país se expresa en la búsqueda de otras fuentes de reserva por parte de numerosos Estados, siendo el oro el que más ha crecido en los últimos años.
Las sanciones aplicadas por EE.UU. y sus aliados contra Rusia desde la anexión de Crimea en 2014 y más aun con el enfrentamiento con Ucrania desde 2022 llevaron a excluir a casi todos los bancos rusos del sistema SWIFT que registra las transacciones internacionales en dólares. Para remediar esta situación ya después del 2014 Rusia y luego China crearon un sistema alternativo de pagos internacional en sus propias monedas. Aunque todavía no tienen la magnitud del SWIFT, son intentos de desengancharse a nivel comercial del pago en dólares y esto representa un peligro potencial para el dominio financiero de EE.UU. en el futuro en la medida en que cada vez más países se sumen a sistemas de pago alternativos al dólar.

Estos factores estructurales, que son indicios del declive de la hegemonía estadounidense, se retroalimentan con factores coyunturales. Entre estos últimos el principal es el comportamiento errático del actual mandatario estadounidense. Más allá de sus grandilocuentes o estrafalarias declaraciones públicas, que algunos atribuyen al carácter narcisista de su personalidad, es evidente que en la actual administración hay sectores en pugna acerca de cómo afrontar los cuestionamientos que enfrenta el poder estadounidense.
Algunos analistas atribuyen el desmantelamiento parcial del USAID en 2025 como una muestra de una política sectaria, como una forma de poner fin a proyectos de política exterior impulsados por los demócratas. El recorte del 80% del personal de esa organización y la baja significativa en los 60.000 millones que tenían asignados con Biden sin embargo se pueden interpretar de otra manera. Por un lado, podría responder a intentos de disminuir gastos innecesarios en un contexto de un déficit que se está volviendo insostenible. Por otro lado, esta agencia fue una herramienta fundamental para crear consenso en el exterior hacia las políticas que defendían los intereses de Washington. Frances Stonor Saunders detalló en La CIA y la guerra fría cultural, cómo se financiaban actividades en diferentes países, y sostuvo que la mejor propaganda es aquella que no parece propaganda. La USAID era fundamental para expandir lo que se llama el “poder blando” de los EE.UU. Que la administración de Trump haya restringido su financiamiento podría representar que ya se han desarrollado medidas en otros países para contener sus acciones de propaganda, entre ellas, limitar las acciones de ONGs financiadas desde el exterior. Pero también, el desfinanciamiento de la USAID podría significar que ahora Washington necesita recurrir más directamente a la fuerza antes que a la propaganda para imponer su política en algunas regiones del mundo.
Frente al avance de otras potencias en otros continentes, EE.UU. trata de reafirmar un control indiscutible sobre su propio patio trasero, todo el continente americano. En ese contexto hay que interpretar la expulsión de empresas chinas de diferentes ámbitos en Latinoamérica, como ser la que gestionaba el Canal de Panamá. También en igual dirección hay que leer la reciente invasión de Venezuela y la creciente presión sobre Cuba.
Fuera del hemisferio americano, la guerra en Ucrania y el ataque a Irán deben ser interpretados como intentos de debilitar o contener a rivales en ascenso y subordinar aún más a los países aliados. Como sostenía antes de 2022 la fundación neoconservadora RAND Corporation, para mantener la influencia en Europa había que desacoplar la integración energética entre Rusia y la Unión Europea. Además, una guerra en Ucrania podría afectar tan gravemente a Rusia que el país podría colapsar y tal vez, disgregarse territorialmente. El cálculo resultó parcialmente erróneo: ciertamente puso fin a la integración económica de ambas partes, pero en el caso de Rusia impulsó una movilización de recursos de tal magnitud que hoy Rusia es mucho más peligrosa para Washington que antes del conflicto.
Algo similar ocurre con el ataque a Irán: el fracaso en doblegar a las autoridades de Teherán a las exigencias de Trump ha demostrado los límites del poder militar estadounidense. La retirada en 2021 de Afganistán luego de 20 años de intervención directa, la imposibilidad de derrotar a Rusia desde 2022 y el actual fracaso en Irán son un reconocimiento de que el supuesto poder incontestable de EE.UU. y la OTAN está llegado a su fin.
No obstante, en el corto plazo estas acciones han tenido algunos aspectos positivos: lograron volver más dependientes a los países importadores de la producción de hidrocarburos de EE.UU. Hoy la UE importa gas al triple de lo que lo pagaba a Rusia en 2021. Al mismo, el reciente bloqueo de Ormuz y la destrucción de instalaciones en el golfo y en Rusia han generado un aumento de precios a nivel mundial, aumentando las recaudaciones del Tesoro.
Al mismo tiempo, la inflación es beneficiosa para Washington porque licua en parte el pago de la deuda pública al desvalorizar al propio dólar y disminuye las importaciones y el déficit comercial. En igual sentido hay que interpretar el proteccionismo de Trump: más que responder a un capricho político sería una forma de aumentar la recaudación y contener el déficit comercial y fiscal. Sin embargo, esta medida que sirve a los fines recaudatorios del gobierno va a terminar afectando el poder adquisitivo de los habitantes, lo cual puede tener consecuencias en la política interna.
Paralelamente hay que considerar cómo influyen las medidas externas de Trump sobre su bloque aliado más importante, los miembros europeos de la OTAN. Las medidas adoptadas desde Biden han resultado enormemente perjudiciales para los integrantes de la Unión Europea: las sanciones contra Rusia luego de 2022 han perjudicado más a los europeos que a quienes pretendían afectar. La suspensión en la compra de energía y otros insumos rusos aceleraron la inflación, la desindustrialización y la recesión en la economía europea.
Frente a esta realidad habría que plantearse por qué la dirigencia europea acepta subordinarse a los intereses de EE.UU. antes que defender los del propio bloque. Aquí cabría hacer un doble análisis. Por un lado, la intensiva campaña de adoctrinamiento proestadounidense luego de la Segunda Guerra Mundial hecha por la USAID y sus instituciones culturales mediante becas y diferentes programas de intercambios estudiantiles contribuyeron a moldear una opinión pública antisoviética durante la Guerra Fría y antirrusa luego. Por otro lado, los dirigentes políticos europeos necesitan fondos para propaganda para ganar las elecciones y eso proviene fundamentalmente de las empresas estadounidenses o europeas asociadas con ellos. Merz, actual canciller de Alemania, fue presidente de Black Rock. Macron fue miembro destacado de la Banca Rothschild. Rishi Sunak, primer ministro británico entre 2022 y 2024, trabajó para Goldman Sachs; lo mismo ocurrió con Romano Prodi, dos veces primer ministro de Italia o el presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi. Estos nexos entre los políticos y sus grupos de financiamiento no siempre son tan visibles pero su influencia es innegable. Y la sistemática adopción de medidas favorables a los intereses o la política exterior de los EE.UU. serían una confirmación de ello.
Actualmente en Europa hay un rearme en marcha, motivado por cuestiones externas e internas. En la medida en que la dirigencia de la OTAN apuesta a involucrar a Rusia en una escalada mayor, el peligro de una respuesta rusa a las constantes provocaciones (incautación de petroleros en aguas internacionales, inteligencia para ataques en el territorio ruso, fabricación, el guiado de drones para atacar infraestructura sensible, etc.) requiere preparase para un conflicto convencional. Incluso el ministro de Relaciones Exteriores de Lituania, Kęstutis Budrys, declaró al diario suizo Neue Zürcher Zeitung el 18 de mayo que la OTAN podría arrasar en caso de emergencia las bases de misiles y las defensas en la provincia rusa de Kaliningrado (ubicada entre Polonia y Lituania). Esto se suma a otras declaraciones belicosas de varios dirigentes europeos. Sin embargo, más allá de las intenciones reales de llegar a un conflicto directo, difundir entre la población europea la creencia del peligro ruso y de un ataque próximo por parte de Moscú, permite hacer recortes significativos en pensiones, ayudas sociales y salud con la excusa de aumentar la defensa. Frente a la desindustrialización de los sectores tradicionales y la recesión innegable, el rearme asume las características de una política keynesiana, aunque con rasgos particulares. Pero es una defensa no autónoma: el aumento del presupuesto de los países de la OTAN debe destinarse en gran parte a comprar armamento de EE.UU. o sus empresas en Europa; la UE, sin capacidad industrial propia, queda más dependiente de los EE.UU. Y aunque EE.UU. por cuestiones presupuestarias (¿o previendo una respuesta militar rusa ante las provocaciones?) haya iniciado el retiro de tropas de Europa desde octubre de 2025 eso no debe llevar a la conclusión de que la región carece de interés para Washington. Implica que ahora no es un frente prioritario y que, además, es una zona tan segura para los intereses de los EE.UU. que no requiere tanto despliegue militar.
Simultáneamente, a nivel internacional el papel de garante del orden para sus aliados se vuelve incierto. El ataque iraní sobre todas las bases estadounidenses de la región del Cercano Oriente, y las instalaciones energéticas de los países a los que se supone que debían proteger, muestra cómo el alineamiento o subordinación a Washington puede empezar a ser más contraproducente que beneficioso.
Esta pérdida del poder de EE.UU. se puede evaluar al comparar las visitas de Trump y de Putin a Beijing recientemente.
En la primera no hubo comunicado conjunto, síntoma de que no hubo acuerdos. Cada uno de los gobiernos destacó en su comunicado lo que creyó haber conseguido del otro o los temas relevantes tratados. No se establecieron acuerdos comerciales sino solo “conversaciones”. Lo significativo es que Trump no pudo imponer concesiones para sus empresas (como ocurría antes): Apple tuvo que aceptar para operar en China integrar en sus programas la inteligencia artificial local; Nvidia, que recién recibió autorización de Washington en diciembre de 2025 para exportar su procesador H 200, no pudo concretar ninguna venta porque el gobierno de China impuso a las principales compañías del país que usaran únicamente software nacional; Tesla, que vendió millones casi tres millones de vehículos, para aplicar la conducción autónoma de sus vehículos en el país, debió aceptar almacenar los datos de usuarios y geolocalización en servidores estatales chinos. Las empresas de EE.UU. ahora deben aceptar estar subordinadas en China a los intereses fijados por ese gobierno.
Por el contrario, en el caso de Putin si hubo un comunicado conjunto luego de la visita y se anunciaron los acuerdos alcanzados en varios ámbitos. Especialmente significativo fue el acuerdo alcanzado para el pago recíproco en moneda local para la casi totalidad de sus intercambios, ejemplo de un desplazamiento del dólar. Tengamos presente que ambos países son miembros fundadores de los BRICS y que desde esta organización han iniciado los pasos para implementar el uso entre sus miembros de una moneda virtual. Así, el orden de Bretton Woods está siendo desplazado por los acuerdos de los BRICS, las nuevas potencias emergentes que buscan mejor un lugar en el panorama financiero internacional.

Actualmente, EE.UU. tiene abiertos varios frentes de resolución posiblemente desfavorable para sus objetivos: Ucrania e Irán son los más visibles, pero el conflicto con China por Taiwán puede ser el más significativo y perjudicial. La producción de microchips en la isla es fundamental para la producción industrial en gran parte del mundo. En la medida en que en China aumente el desarrollo tecnológico y los microchips fabricados allí iguales o superen a los elaborados en Taiwán, el gobierno de esta isla perderá su principal pieza de presión para evitar la anexión y seguir contando con el respaldo de Washington.
Pareciera que la actual capacidad militar y financiera de los EE.UU. sólo le permite sostener en cierta medida los dos primeros conflictos de forma acotada. De sumarse el de Taiwán las consecuencias serían impredecibles para el prestigio y el poder de Washington.
El conjunto de medidas adoptadas por Trump a nivel interno y externo para tratar de mantener el rol hegemónico de EE.UU. en claro retroceso es difícil prever cómo se traducirán en las próximas elecciones legislativas en noviembre. Una derrota de los republicanos podría llevar a replantear a los sectores de MAGA cuáles son los objetivos reales de la política externa, lo cual implicaría enfrentar más abiertamente a los sectores del llamado “Estado profundo”.
(No hay lugar para el optimismo). Siguiendo la caracterización de Gramsci acerca de que durante las crisis que implican la ruptura del viejo orden “surgen una gran variedad de síntomas mórbidos”, esto es preocupante: la crisis se da en una de las mayores potencias militares del mundo que ve cuestionada en diferentes ámbitos su hegemonía y esto no augura tiempos apacibles a nivel internacional.
